Loto dorado. Hsi Men y sus esposas

Fragmento perteneciente al libro "Loto dorado. Hsi Men y sus esposas", de autor desconocido, escrito alrededor de la segunda mitad del siglo XVI  d.n.e.



Hsi Men casi se desmayó cuando ella le rodeó el cuello con sus brazos de un blanco azulado, pues este simple movimiento arrastró la estremecedora camisa sobre la superficie de su cuerpo fuerte pero sensible.
Él atrajo hacia sí el rostro de ella, ahora extrañamente serio. Pero la mujer se anticipó a su deseo y , levantándose sobre las puntas de sus piececitos con vivacidad, puso su ardiente boca contra los anhelantes labios del hombre, mientras lo miraba profundamente con ojos húmedos. La sorpresa de aquella ternura súbita y  desconocida le subió a la cabeza como licor y  sus manos se deslizaron hacia la espalda de la mujer y  la apretaron con más fuerza aún. Sus dos cabezas, unidas por las bocas, se inclinaban juntas, sus narices jadeaban, sus ojos se cerraban. Nunca había comprendido antes Hsi Men tan claramente como entonces, en el vértigo, el frenesí, el estado semiinconsciente en que se encontraban, todo lo que realmente significa la "embriaguez del beso". Y a no sabía quién era ni qué iba a suceder. El presente era tan intenso que el futuro y  el pasado desaparecían.
Ella mueve sus labios con los suyos. Arde en sus brazos y  él siente que oprime su pequeño v ientre contra el suy o en una ferviente y  sedosa caricia que no había conocido nunca; luego se aparta un poco, coloca su mano lilial sobre el miembro al rojo candente que se levanta con firmeza, lo mete y  lo aprieta entre sus muslos acojinados, y  mientras el miembro se desliza y  sube hasta donde sus labios del amor han humedecido la camisa, recorre el espinazo de Hsi Men con sus dedos tiernos y  ágiles como brotes de bambú.  
Una mujer se corta las garras
para que sus ojos sean más dulces,
domina su malignidad
para liberar su sensualidad.  
Luego él baja las manos, sube la camisa y  se pega a la piel quemante de la mujer; se aleja para recrear sus ojos, lev anta la camisa por encima de la cabeza de ella y  la arroja al suelo.
¡Oh su adorable forma bañada por la luz de la luna! La plenitud de un intenso perfume la env uelv e en aromática nube. La afelpada sombra que se hincha bajo su pequeño v ientre y  los azulados penachos de sus axilas están perfumados de menta y  env ían a su olfato trepidantes mensajes de frescura mezclada con el antiguo olor de la sensualidad.
Y  ahora él entra en el aura de la mujer, cuyos senos sostiene en sus manos. ¡Qué suaves se sienten! ¡Qué dulcemente tibios! Comparados con estos, los senos de su amada Quinta Esposa son duros como los de una estatua de mármol. Posa los labios ardientes en los desnudos brazos de Ping, sobre sus redondeados hombros, sus tiernos pechos, su blanco cuello, una y  otra vez.
Él suspira profundamente y  ella le toma de la mano, retira la cortina de seda anaranjada y  le hace arrodillarse en la mullida cama; sube a su lado y  desliza la cabecita bajo su vientre. Entonces, imitando al tembloroso niño que mama del seno de su madre, chupa la esponjosa teta que corona su miembro. Hsi Men ya no puede contenerse; salta y  la abraza con tanta fuerza que ella  grita de dolor, luego cae sobre ella salvajemente para abrirse camino con un hacha cruel hacia el interior de su misteriosa selva azul. Ella le oprime contra su cuerpo como sobre una herida ardiente, balancea sus ágiles muslos y  pasa la lengua entre sus labios espumantes; ahora no sabe nada más del mundo y  podrían cortarle las cuatro extremidades sin despertarla de su delicia. El galopante caballo de batalla de Hsi Men es como una lanzadera que entrelaza sus nervios como hilos y  hace de ellos un nudo sensual que se estrangula y  le hincha hasta que estalla mágicamente en líquido disparo y  se esparce dentro de la roja caverna como perdigones.
Por fin yacen en calma. Los flancos de la mujer se ahuecan, suavemente cóncav os como un frutero, ¡y  realmente las más dulces frutas están contenidas dentro de sus bordes! Junto a la húmeda, azul fruta femenina está el gordo fruto rosado masculino, y  debajo de éste la fruta fuente que contiene dos mágicas semillas.
Como después de una agitada danza, mil perlas de sudor aparecen en la brillante piel de la mujer; ésta, pues, toma una toalla de la mesita, al lado de la cama, y  se frota el v ientre hasta la cabeza, como saliendo del baño…



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