"Nefilim. El beso del amanecer", de LEAH COHN, seud. de JULIA KRÖHN (Austria, 1975--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "Nefilim. El beso del amanecer", de fecha 2005  d.n.e.



Capítulo 2.

«...Una vez reuní el valor para preguntarle qué o quién lo inquietaba tanto.
—¿Qué te pasa?
Sin embargo, cuando posó su mirada en mí, lo vi como ausente, como si despertara de un sueño tenebroso.
—No es nada.
—Parece que... —No pude seguir hablando, porque en ese preciso momento se inclinó hacia mí y me besó, como aquella vez al amanecer, delante de su casa. De nuevo sentí su aliento cálido en mi rostro, saboreé sus labios, me estremecí y al mismo tiempo sentí un calor abrasador. Cuando finalmente me soltó, me temblaban las rodillas. Nos estuvimos mirando un rato, fascinados, luego me acerqué a él, lo besé y él me correspondió de inmediato.
A partir de entonces apenas hablamos, nos besábamos tan a menudo y con tanta naturalidad e intensidad que no quedaba tiempo para hablar. Nos besábamos delante de la puerta de casa, en la Goldgasse, cuando me acompañaba por la noche, en los pasillos del Landertheater, donde vimos una ópera, y en un banco de Mönchsberg, desde donde se veía la escuela Felsenreitschule, el parque Fürtwängler y el colegio benedictino. Una tarde en Mönchsberg parecía que no quería soltarme, y no sólo me besó en la boca, me lamió los lóbulos de las orejas, durante tanto tiempo y con tal intensidad que se me contrajeron las entrañas. Me arrimé a él, sentí cada fibra de su cuerpo, no recordaba haber estado tan ávida de algo como del sabor de sus labios, su piel cálida y suave, el cabello sedoso y un poco rizado en mis manos. Quería sentirlo, no sólo en mi rostro, en la boca, sino en todas partes, así que agarré sus manos y se las deslicé por el cuello hasta los pechos. Entonces se me quedó mirando y se apartó con delicadeza y decisión.
—Hay tiempo —murmuró con voz ronca—. Mejor... no precipitar las cosas.
Asentí con las mejillas ardiendo y contemplé el atardecer de Salzburgo. Todo me parecía extraño, una ciudad desconocida, como si jamás hubiera pisado sus calles y callejones ni oído tañer las campanas de las iglesias. El mundo de Nathan y mío era único, separado y liberado de todo, pero cuando despertaba de nuevo a la realidad me sentía fría y sola. Sin embargo, no pasábamos mucho tiempo separados. Después del beso al amanecer delante de su casa, estuvimos viéndonos todos los días durante dos semanas. Tiempo más tarde, llegué a pensar que su ternura y los numerosos besos tal vez sólo tuvieran como objetivo eludir todas mis preguntas. Durante aquellas semanas viví únicamente para estar cerca de él, para sentir la pasión que despertaba en mí. Estaba atrapada en una ola de felicidad, convencida de que no podía ser más feliz.
Por eso me resultó aún más duro cuando de pronto Nathan se fue. A mediados de junio desapareció por segunda vez, sin avisar, sin una nota ni una explicación. Nos habíamos despedido delante de la Mozarteum y al día siguiente ya no lo vi».


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