"Los besos que yo te dí", de JOSÉ ANTONIO OCHAÍTA ( España, 1905 - 1973, d.n.e.)


Aunque entres en una alberca
de agua fría y arrayanes
que tenga disuelta dentro
estrellas, columnas y aires;

aunque te frotes después,
amontonando tu sangre,
con hilos recién hilados
que crujan al desdoblarse;

aunque en vez de agua prefieras
v pez, para purificarte
y entres en una cisterna
de hiel, de brea y vinagre,

de esas que funden troqueles
porque se tragan metales;

aunque con buriles nuevos
acuñen nueva tu imagen,
y un sayón bartolomeo
piel a túrdigas te arranque;

aunque nacieras de nuevo
en el vientre de tu madre
y el Padre Santo de Roma
de nuevo te acristianase,

los besos que yo te di
no te los quitará nadie,
que vas reluciendo besos
pregonando su linaje,

brillando y oscureciendo
como una luna en dos fases
que nunca mata el creciente
porque no quiere el menguante.

La saliva de mis besos
no se te pegó a la carne,
si se te hubiera pegado
arrancarla, fuera fácile
y pisotearla luego,
cosas de buenos amantes;

pero no fue pegadiza,
no fue postura de traje
que en una feria, se compra
y en otra feria, se añade,

y cuando pasa se cambia
conforme cambia el paisaje,
como un primero de mayo
que no quiere sofocarse.

La saliva de mis besos
te cimentó, la raigambre,
la respiraron tus huesos,
la comieron tus ijares

te clareó las entrañas,
te hizo crecer y esponjarte
como crecen y se esponjan
los chopos al agua fácile.

Lo canijo de tu vida
tuvo un apoyo de jaspe:
mis besos; el hambre tuya
dejó de ser malas hambres
con mis besos; la ceniza,
de tu horizonte sin cauce,
tuvo su lumbre en mis besos.

Tu palabra sin engarce
tuvo gramática, besos,
que son más que besos frases
de un evangelio de sangre
con nuestras dos iniciales.

¿Qué tienes que no tuvieras
unido a mis besos antes?

Eras cañamazo doble,
hilaza que se deshace
y en los labios tuve agujas
divinas para bordarte,
de la camisa al pañuelo,
desde el tuétano a la carne.
que que tú eras limo dormido
que no acierta ni a cuajarse.

Fue porque yo te mostré
en un joyel delirante,
en este panal de besos
alto, denso, claro y grave
y dentro de él relucías,
tú, que eras tristeza mate,
como reluce una Hostia
que acaba de consagrarse,
que es pan y no es pan, porque
se amasó de eternidades.

Ahora, quítate mis besos,
dáte alquitrán y vinagre,
entra en un río de greda
o en una selva de sables,
busca otros besos que pongan
a los míos antifaces.

¿Qué habrías de conseguir,
si habrían de machacarte
y en el polvo de tus huesos
estarían mis señales?

El agua se irá burlada,
la lumbre quemará en balde,
se mellarán las navajas,
caerán las caretas fáciles,
te señalarán cien dedos,
dianas de los cobardes,
te gastarás, en mentidos
esfuerzos por escaparte,
y aun allí, estarán mis besos,
fundidos en tu raigambre.

Y hasta el día que la tierra
con otra tierra te tape,
por debajo del montón
mis besos han de notarse
vivos, aunque te hayas muerto,
nuevos, aunque tú los gastes,
calientes, aunque te enfríes,
verdad, aunque los negaste,
para que Dios te conozca
por lo bizarro del traje
y sean los besos míos,
al cabo, los que te salven.


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