"En las bodas de Mirtila", de ALBERTO Rodríguez de LISTA y Aragón (ESPAÑA, 1775-1848, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Poesías de Don Alberto Lista", de fecha 1822 (red. de 1854),   d.n.e.



Desde los mares de mi patria suena
el canto del amor: ¿qué ninfa hermosa,
qué celeste beldad hora conduces,
alma Venus, al ara de Himeneo?
Mirtila, gloria de los dulces prados, 5
que dora el sol cayendo al occidente
con sonrisa benigna, de Cupido
al fin sintió los plácidos ardores.
Amor, supremo dueño de los seres,
hoy erige su trono entre las hijas 10
del africano mar: islas felices,
que veis al astro abrasador del cielo
templar cansado en vuestras frescas ondas
su guirnalda de luces fulminante,
no envidiéis ya de Chipre ni Citera 15
los deleitosos valles. Nueva Psiquis,
por la que Amor dejara la de Gnido
en su lecho de aromas, las orillas
del atlántico piélago hermosea.
Está en su rostro la brillante nieve 20
templada con la rosa: la benigna
luz de sus ojos sobre el campo esparce
el plácido calor del sol naciente:
la pura risa de la blanca aurora
tiñe sus labios
: su gracioso seno 25
es la colina, que en su falda cubre
los tesoros de amor: su hablar suave
es el canto de Venus, con que a Adonis
halagó blanda en su hechizado gremio.
No ya, felices campos de mi patria, 30
veréis yacer en inocencia inútil
tan bella flor, ni sola y sin amores
temer del tiempo la fatal guadaña.
No, Mirtila: la gracia encantadora,
el rostro de beldad, los ricos dones, 35
con que adornó Cupido tu hermosura,
no estériles serán. De ardor suave
tus ojos se animaron; y aquel fuego,
que en el pecho del joven venturoso
encendiste, hechizando su existencia, 40
por el tuyo de nieve se dilata.
Entre cándidos lirios resplandece
la rosa del pudor sobre tu rostro,
y en tu hablar apacible se desliza
el gemido de amor: tu tierno pecho 45
bate y suspira, y en los bellos ojos
los rayos de Cupido centellean.
Beldad, tú del hermoso Amor recibes
las más celestes gracias: a él las vuelve.
Deja, Mirtila, que tus sienes orle 50
su guirnalda de rosas: son cogidas
en el vergel de Idalia: con suspiros
y lágrimas amantes florecieron:
tejiola amor, y a tus hermosas plantas.
los juegos y las risas la presentan. 55
Fecundidad sonríe: tu hermosura
mirará el genial lecho retratada
en venturosa prole, que en mil nudos
estrechará los lazos de Himeneo:
y amor feliz, y amor correspondido, 60
y amor sin fin coronará tus días.
¿Mas dó vuelo? ¿qué canto desusado
el pecho herviente llena? Del Permeso
miro correr las cristalinas ondas:
estas son, Pindo, tus umbrosas selvas, 65
aquel el valle de Helicón: la fuente,
do reside el espíritu del canto,
de la castalia cumbre se desata.
Tu elogio son, Mirtila, dulces himnos
que resuena el Parnaso. El dios de Delo 70
así canta en la cítara divina,
que enfrena el fiero piélago y del noto
acalla el ronco horrísono bramido:
«Ninfas del Pindo umbroso, entre las flores,
que la guirnalda de la esposa bella 75
tejen, y el mirto de la idalia margen
entrelazad el lauro de Helicona.
Las artes, que otro tiempo su delicia
y dulce encanto de su edad primera
fueron, hoy la coronen; que no en vano, 80
bella Mirtila, tu naciente seno
para el amor formaron. Las lecciones,
que al sencillo pastor dictó Cupido
en el sonido de la ruda avena,
no en vano las oíste. El euro blando, 85
el manso susurrar del sesgo río,
Céfiro entre las flores bullicioso
imagen son de amor. Joven felice,
no solo el puro rostro de Diana
y las gracias de Venus en tus brazos 90
al pecho amante estrechas: cuanto el cielo
pudo inspirar de sus celestes dones,
el candor virginal, la fe constante,
la piedad dulce, el ánimo modesto,
por las sensibles Musas instruido, 95
y al que no encubre avara sus tesoros
Naturaleza, un genio sobrehumano
en tu dichoso seno se recata.
¡Ah! goza: del placer la dulce fuente,
que amor te brinda, agota: sé de amantes 100
el modelo y la envidia, y de Mirtila
gloria y felicidad; y antes que el alba
colore al Teide de su luz serena,
recibe el dulce beso de Himeneo.


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