"Lina", de ANAÏS NIN CULMELL (FRANCIA, EE.UU., 1903-1977 d.n.e.)

Cuento perteneciente al libro póstumo "Pájaros de fuego", de fecha 1979  d.n.e.



CUENTO TERCERO.

Lina es una mentirosa incapaz de soportar su verdadera cara en el espejo. Tiene una cara que pregona su sensualidad: los ojos brillantes, la boca ávida, la mirada provocativa. Pero en lugar de rendirse a su erotismo, se avergüenza; lo sofoca. Y todo este deseo y toda esta codicia se retuercen en su interior y destilan el veneno de la envidia y los celos. Lina odia todo aquello donde florece la sensualidad. Está celosa de todo, de los amores de todos. Siente celos cuando ve a las parejas besarse por las calles de París, por los cafés y por los parques. Las mira con una extraña mirada de rabia. Desearía que nadie hiciera el amor puesto que ella no puede hacerlo.

Se compró un camisón de blondas negras, igual que el mío. Vino a mi piso para pasar algunas noches conmigo. Dijo que se había comprado el camisón para un amante, pero yo me di cuenta de que aún llevaba la etiqueta del precio. Embriagaba mirarla porque era regordeta y le sobresalían los pechos por el escote de la blusa blanca. Vi su feroz boca entreabierta y el pelo rizado aureolándole salvajemente la cabeza. Todos sus gestos eran desordenados y violentos, como si hubiera un león en el cuarto.

Comenzó afirmando que odiaba a mis amantes, Hans y Michel.

—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Por qué?

Sus razones eran confusas, poco convincentes. Me puse triste. Eso significaba citas secretas. ¿Cómo iba a entretener a Lina mientras estuviese en París? ¿Qué era lo que quería?

—Simplemente estar contigo.

De modo que nos limitamos a la mutua compañía. Nos sentábamos en los cafés, íbamos de compras, dábamos paseos.

Me gustaba verla arreglarse para la noche, con joyas exóticas que tanta viveza daban a su rostro. No pertenecía al París elegante ni a los cafés. Lo suyo era la jungla, las orgías y las danzas africanas. Pero no era un ser libre, sacudido por las naturales oleadas del placer y del deseo. Si su boca, cuerpo y voz estaban hechos para la sensualidad, interiormente se sentía inhibida. Llevaba empalado entre las piernas el rígido poste del puritanismo. Todo el resto de su cuerpo era suelto, provocativo. Tenía siempre el aspecto de quien acaba de salir del lecho de algún amante o bien está a punto de ir a acostarse con alguien. Tenía ojeras y un gran desasosiego, una especie de energía que emanaba de todo su cuerpo en forma de impaciencia o avidez.

Hizo todo lo posible por seducirme. Le gustaba que nos besáramos en la boca. Me cogía la boca y se excitaba y luego se alejaba. Desayunábamos juntas. Acostada, levantaba las piernas para que le viera el sexo desde mi sitio a los pies de la cama. Mientras se vestía, dejaba caer la camisa, simulando no haberme oído entrar, y durante un momento quedaba desnuda, cubriéndose luego.

Las noches que Hans venía a verme siempre teníamos alguna escena. Entonces ella debía dormir en el cuarto encima del mío. A la mañana siguiente se despertaba enferma de celos. Me hacía besarla en la boca una y otra vez hasta que nos excitábamos, y entonces paraba. Le gustaban aquellos besuqueos sin clímax.

Salíamos juntas y yo admiraba a la mujer que cantaba en el cafetucho. Lina se emborrachaba y se enfurecía conmigo.

—Si fuera hombre, te mataba —decía.

Yo me enfadaba. Entonces ella lloraba y decía:

—No me abandones. Si me abandonas, estoy perdida.

Al mismo tiempo bramaba contra el lesbianismo, diciendo que era repugnante y que ella no pasaría de los besos. Sus escenas me iban agotando.

Cuando Hans la vio, dijo:

—El problema de Lina es que es un hombre.

Me dije que intentaría y conseguiría romper su resistencia de una u otra forma. Nunca he sido muy hábil para seducir a quienes se resisten. Quiero que quieran, que se rindan.

Cuando Hans y yo estábamos por la noche en mi dormitorio, teníamos miedo de hacer ruidos que Lina pudiese oír. No quería lastimarla, pero odiaba sus escenas de frustración y sus celos disimulados.

—¿Qué quieres, Lina, qué es lo que quieres?

—Quiero que no tengas amantes. Odio verte con hombres.

—¿Por qué odias tanto a los hombres?

—Tienen algo que yo no tengo. Querría tener pene para poder hacerte el amor.

—Hay otras formas de hacer el amor entre mujeres.

—Pero yo querría tenerlo.

Más adelante, un día le dije:

—¿Por qué no vienes conmigo a visitar a Michel? Quiero que conozcas su madriguera de explorador.

—Tráela y la hipnotizaré. Ya verás —me había dicho Michel.

Lina aceptó. Fuimos al piso de Michel. Él había quemado incienso, pero una clase de incienso que yo desconocía.

Lina se puso bastante nerviosa cuando vio el lugar. La atmósfera erótica la turbaba. Se sentó en el canapé forrado de piel. Parecía un hermoso animal, un animal cuya captura bien valía la pena. Me di cuenta de que Michel quería dominarla. El incienso nos iba adormeciendo.

Lina quiso abrir la ventana, pero Michel vino a sentarse entre nosotras y comenzó a hablarle.

Tenía la voz dulce y envolvente. Contaba historias de sus viajes. Vi que Lina escuchaba, que había dejado de retorcerse y de fumar febrilmente, que estaba reclinada contra la espalda y fantaseando sobre las inacabables historias de Michel. Lina tenía los ojos semicerrados. Luego se quedó dormida.

—¿Qué has hecho, Michel?

Yo también me sentía soñolienta.

Él sonrió.

—He quemado un incienso japonés que da sueño. Es afrodisíaco y no es peligroso.

Sonreía maliciosamente. Yo me reí.

Lina no estaba completamente dormida. Había cruzado las piernas. Michel se subió encima de ella y trató de separar las piernas con las manos, pero se mantuvieron firmemente cerradas. Entonces le insertó la rodilla entre los muslos y las abrió. Me excitaba ver a Lina tan rendida y abierta. Empezó a acariciarla, a desnudarla. Ella se daba cuenta de lo que hacíamos, pero le causaba placer. Mantuvo su boca en la mía, con los ojos cerrados, y dejó que Michel y yo la desnudáramos por completo.

Sus abundantes pechos cubrieron el rostro de Michel. Él mordió los pezones. Lina dejó que Michel la besara entre las piernas y le introdujera el pene. A mí me dejó besarle los pechos y acariciárselos. Tenía unas hermosas nalgas, firmes y redondeadas. Michel siguió manteniéndole las piernas separadas y mordiéndola en su carne más tierna hasta hacerla gemir. Lina sólo quería el pene. Así que Michel la poseyó y cuando hubo gozado quiso poseerme a mí. Lina se irguió en el asiento, abrió los ojos y nos miró un instante con asombro. Luego me sacó el pene de Michel y no permitió que volviera a introducirlo. Se tiró sobre mí, hecha una furia sexual, acariciándome con la boca y las manos. Michel volvió a poseerla, esta vez por detrás.

Cuando Lina y yo salimos a la calle, cogidas de la cintura, ella hizo como si no recordara nada de lo ocurrido. Se lo permití. Al día siguiente abandonó París.


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