"La túnica de Bahlul el bufón que quiso poseer Hamdonna, la hija del Califa" de JEQUE NEFZAQUI (ABU ABDULLAH MUHAMMAD BEN UMAR NAFZAWI) (TURQUÍA, siglo XV d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "El jardín perfumado, para el deleite del corazón", de fecha 1535  d.n.e.




... [El califa] le regaló una túnica de seda, bordada con hilos de oro. Bahlul se la puso y se dirigió a su casa, pero antes de llegar pasó por delante del palacio del gran Visir, cuya esposa, Hamdonna, hija del Califa, estaba asomada a una ventana de sus aposentos.

La joven le dice a su negrita:

—¡Por Alá, el Dios de las tempestades de la Meca, que aquí viene Bahlul con una túnica bordada en oro!

—¿Qué podría hacer para conseguirla?

—¡Oh!, ama mía –respondió la negrita–, jamás lograreis esa prenda.

Pero Hamdonna dijo:

—Ya he imaginado una estrategia para conseguir que me la dé.

—Ama mía, Bahlul es muy astuto. La gente cree que puede burlarse de él, pero es él quien se burla de los demás. Abandona ese deseo, y no vayas a salir burlada de tus burlas.

—¡Es preciso que lo intente! –exclamó Hamdonna.

Y envió a la negrita a Bahlul, invitándole a visitarla. Él aceptó de inmediato. Después de haber hecho servir un refrigerio, la esposa del Gran Visir le dijo:

—No sé cómo he tenido este antojo, pero deseo que te quites esta túnica y me la regales.

—Oh, ama mía– respondió Bahlul–, he hecho juramento de regalarla a aquella que haga conmigo lo que una mujer hace con un hombre.

—¿Cómo? –gritó ella– ¿Sabes lo que dices, Bahlul?

—¿Que si lo sé? Yo instruyo a los demás en las delicias que se pueden proporcionar a una mujer. Yo les enseño a acariciarlas, satisfacerlas. Ningún hombre conoce mejor que yo el arte de las delicias del amor.

Hamdonna era considerada una belleza perfecta, de cuerpo maravilloso y formas armoniosas. El hombre que la contemplaba perdía la cabeza. Por esto Bahlul, durante la entrevista, mantenía los ojos fijos en el suelo.

—¿Qué precio pides?

Él respondió.

—El acoplamiento.

—¿Sabes qué es esto, Bahlul?

—Sé que ningún hombre conoce mejor que yo a las mujeres. Todos mis pensamientos han estado siempre dedicados al amor, a la posesión de mujeres hermosas. Yo curo a las enfermas de amor, les doy consuelo en su seno sediento de caricias.

Hamdonna quedó sorprendida por estas palabras y el dulce tono de voz, y contestó:

—No sabía que fueras maestro en arte del amor.

(...)

Mientras Hamdonna escuchaba se acercó para examinar el miembro de Bahlul, y al ver que estaba erecto como una columna entre sus muslos, el deseo se apoderó de ella. Y decía para sí: ¡Quiero entregarme a este hombre! Pero pronto se corregía y murmuraba en su interior: ¡No, no quiero! ¡No quiero!

Pero mientras vacilaba entre estos dos impulsos internos, el diablo hizo nacer en ella el deseo, y también la idea de que si Bahlul se ufanaba de esta victoria amorosa, nadie daría crédito a sus palabras.

Por tanto, ella le pidió que se quitara la túnica y pasara con ella al dormitorio.

Pero él replicó:

—No me quitaré la túnica hasta que haya satisfecho mi deseo.

Entonces Hamdonna se levantó, se desató el cinturón y temblando por la excitación, le invitó a que la siguiera.

Bahlul fue tras ella, mientras pensaba: ¿Sueño o estoy despierto?

Y entró en el dormitorio. En un diván de seda, ella se recostó y levantando sus ropas, dejó al descubierto sus muslos y toda su belleza quedó en los brazos de Bahlul.

Bahlul examinó el vientre de Hamdonna, redondo como una cúpula elegante; luego posó sus ojos sobre su ombligo, que era como una perla en una copa dorada; luego, más abajo, encontró unas piezas hermosas labradas por el Supremo artesano, unos muslos blancos y tersos.

Sin poder contenerse ya, la envolvió en un abrazo apasionado, y sintió cómo el rubor coloreaba sus mejillas y desfallecía. Ella, perdiendo la cabeza, sostenía el miembro de Bahlul entre sus manos, excitándolo y encendiendio su fuego más y más.

Bahlul le preguntó:

—¿Por qué te veo tan inquieta a mi lado?

Y ella le contestó:

—Tómame, yo soy como una yegua en celo, excítame con tus ardientes palabras. Hazme sentir como una mujer que se incendia, con tus palabras y tus versos.

Bahlul le preguntó:

—¿Entonces no soy como tu esposo?

—Sí –le contestó ella–, pero una mujer se enciende por causa de los hombres, igual que una yegua goza por un caballo. Si el hombre es el esposo o no ¿cuál es la diferencia? Sin embargo, la yegua sólo goza en ciertas épocas del año, mientras que una mujer puede siempre encenderse por las palabras del amor. Todo esto lo siento en mí, y como mi esposo está ausente, gózame, que él volverá pronto.

Entonces Bahlul le dijo:

—Oh, mi señora, me duele la espalda si estoy montado sobre ti. Toma mi lugar y entonces la túnica será tuya.

Entonces la colocó sobre sí, en esa posición en que la mujer recibe al hombre; ya que su dekeur estaba firme como una columna.

Hamdonna tirando de Bahlul, tomó su miembro entre sus manos y comenzó a mirarlo. Se asombró por su tamaño, fortaleza y consistencia, y le dijo:

—Ésta es la ruina de todas las mujeres y la causa de muchos problemas. ¡Oh Bahlul! ¡Nunca ví un dardo más hermoso que el tuyo! Y mientras decía esto, los labios de su vagina parecían decir: “Oh dekeur, ven a mí”.

Entonces Bahlul metió su dekeur en la keuss de la hija del Califa, y ella, completamente perdida le dijo:

—¡Cuán lasciva ha hecho Alá a la mujer, y cuán infatigable en sus placeres! –y luego, cual si fuera una danza, se empezó a mover, hacia la derecha y a la izquierda, hacia adelante, hacia atrás; nunca había bailado de ese modo.

La hija del califa continuó su paseo sobre el dekeur de Bahlul hasta que llegó la culminación del disfrute, el cual ambos saborearon con avidez.

Luego Hamdonna, tomando el miembro lo sacó lentamente, diciendo:

—Éste es el dekeur de un hombre verdadero –a la vez que lo secaba con un pañuelo sedoso y rosa.

Bahlul se levantó dispuesto a irse, pero ella le dijo:

—¿Y la túnica?

Él le contestó:

—¿Por qué, señora? ¿Usted ha gozado, y todavía quiere un presente?

—Pero –le dijo ella–, tú me dijiste que no podías montarme por el dolor de tu espalda.

—En realidad importa poco, pero –dijo Bahlul–, la primera vez fue su turno, ahora el segundo será el mío, y ese será el precio que pagará por la túnica, y entonces me iré.

Hamdonna pensó: “Que él se coloque ahora sobre mí, y así se irá”.

Luego se recostó, pero Bahlul le dijo:

—Yo no me acostaré contigo a menos que accedas a desvestirte por completo.

Entonces ella, se fue quitando su ropa hasta quedar completamente desnuda. Bahlul quedó deslumbrado al ver la belleza y perfección de su cuerpo.

Miró sus magníficos muslos y la copa de su ombligo, la redondez de su vientre, sus senos firmes y espléndidos cual si fueran un par de jacintos. Su cuello de gacela, el anillo de su boca, sus labios frescos y rojos. Sus dientes podían haber sido tomados por un manojo de perlas, y sus mejillas, por rosas. Sus ojos eran negros y soñadores, y sus cejas de ébano parecían el adorno trazado por la mano de un artista. Su frente era como una luna llena en la noche.

Bahlul la comenzó a abrazar, mordió sus labios y besó sus senos; luego continuó hasta llegar a sus muslos. Siguió besando todo su cuerpo, hasta que la sintió desfallecer y ver cómo sus ojos se entornaban. Besó su keuss, y ella no lo rechazó. Miró apasionadamente las partes íntimas de Hamdonna, un espectáculo tan hermoso del cual no podía apartar la mirada.

Bahlul exclamó:

—¡Oh, la tentación de los hombres! Y la siguió mordiendo y besando hasta que su deseo fue imposible de contener. Se aceleranon sus ansias, y ansiendo su dekeur lo hizo desaparacer en el keuss de su amada.

Ahora fue él quien llevaba el movimiento, y era ella quien le respondía apasionadamente. El clímax les llegó al mismo tiempo, calmando sus anhelos.

Fue Bahlul el que ahora sacó su dekeur, y lo secó. Se disponía a retirarse, cuando Hamdonna le dijo:

—¿Dónde está la túnica? ¿Te estás burlando de mí, oh Bahlul?

Él le contestó:

—Oh mi señora, únicamente me separaré de ella con la siguiente condición. Usted ha ejercido primero sus derechos, luego, yo los míos; ahora es el turno de la túnica.

Y diciendo esto, colocándola sobre el diván, la tomó nuevamente. Después, sacó su dekeur, le entregó la túnica y se marchó.

Luego, Hamdonna llamó a su negrita, la cual le dijo:

—Ama mía, no creas que has ganado. Bahlul es un malvado, y tú no has podido engañarle. La gente piensa que puede burlarse de él, pero Alá sabe que es él quien se burla de ellos. ¿Por qué no me crees?

—No me aburras con tontas observaciones –respondió la hija del Califa–. Lo que ha pasado tenía que pasar. Pues a la entrada de la gruta de cada mujer está escrito el nombre del hombre que allí entrará, para bien o para mal, para el amor o para el odio. Pues, ¿no dijo el Profeta que Alá controla el destino de todos los seres vivos de la tierra? Si el nombre de Bahlul no hubiera estado escrito a la entrada de mi gruta, no habría entrado, aunque me hubiese dado como regalo todo el universo con lo que encierra adentro.

Mientras estaban ambas conversando, llamaron a la puerta.

—¿Quién es? –preguntó la negrita.

—Soy yo –contestó la voz de Bahlul.

Hamdonna se espantó, pues ignoraba las intenciones del bufón.

La negrita le preguntó qué deseaba y él contestó:

—Quiero un poco de agua. Tengo demasiada sed para ir a buscarla más lejos.

La negrita abrió la puerta y le dio un cántaro de agua. Bahlul bebió y luego dejó resbalar el cántaro de entre sus manos, de modo que se rompió en el suelo. Entonces la negrita cerró de golpe la puerta y Bahlul se sentó delante de la misma.

Poco después, cuando llegó el gran Visir, le vio y le preguntó:

—¿Por qué estás aquí, Bahlul?

Y él respondió:

—Oh mi señor, pasaba por esta calle cuando de pronto sentí una sed apremiante. Vino una negrita y me dio un cántaro de agua, pero este cayó al suelo y se rompió. Entonces mi ama Hamdonna tomó en pago la túnica que nuestro Señor el Califa me había dado como recompensa por mi poema.

—¡Que le devuelvan su túnica! –exclamó el Gran Visir.

Hamdonna, al oír la voz, abrió la puerta y su marido le preguntó si era cierto que le había quitado la túnica a Bahlul por haber roto el cántaro.

Entonces Hamdonna apretó los puños y gritó:

—¿Qué has hecho, Bahlul?

Y el bufón le contestó:

—Yo he hablado con tu marido el lenguaje de mi locura; habla tú con él el lenguaje de tu prudencia.

Encantada por la delicadeza mostrada por Bahlul, la joven le devolvió la prenda y él se marchó de allí.

"Cuando desciende la noche, mi amada
me ofrece el terciopelo negro de su cabellera
y el botón en rosa de sus senos…
y mis ansias encienden mi deseo.
"


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