miércoles, 20 de septiembre de 2017

"Madrigal: esa boca que sale de paseo, III", de CARILDA OLIVER LABRA (CUBA, 1924 - d.n.e..)

Poema perteneciente al libro "Sonetos", de 1990 d.n.e.




Esa boca que sale de paseo
con su hambre de amor, totalitaria;
esa boca que fuma y canta un aria
me recuerda a la luz en el deseo.

Esa boca, tan dulce, que bojeo,
bien parece una fruta imaginaria;
esa boca de carne planetaria
que me obliga a temblar con su aleteo.

Esa boca lujosa, hospitalaria,
donde pongo las nubes que recreo,
tiene suaves delirios de vicaria

y chispazos de nunca en apogeo.
Es por eso que, apenas la poseo,
al besarme se vuelve una plegaria.


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lunes, 18 de septiembre de 2017

"Azafrán", de ANAÏS NIN CULMELL (FRANCIA, EE.UU., 1903-1977 d.n.e.)

Cuento perteneciente al libro póstumo "Pájaros de fuego", de fecha 1979  d.n.e.



CUENTO ONCENO.

Fay había nacido en Nueva Orleans. A los dieciséis años la pretendió un hombre de cuarenta que siempre le había gustado por su aristocrática distinción. Fay era pobre y las visitas de Albert constituían auténticos acontecimientos familiares. Todos disimulaban diligentemente su pobreza. Albert resultaba una especie de libertador, que hablaba de una vida que Fay nunca había conocido, en el otro extremo de la ciudad.

Cuando se casaron, Fay se instaló como una princesa en su casa perdida en un inmenso parque. La servían hermosas mujeres de color. Albert la trataba con suma delicadeza.

La primera noche no la poseyó. Sostuvo que era una prueba de amor, no obligar a la propia mujer por el hecho de serlo, sino conquistarla lenta y morosamente, y tomarla cuando estuviese predispuesta y en el estado de ánimo adecuado para entregarse.

Iba a la habitación de Fay y se limitaba a acariciarla. Yacían envueltos en la mosquitera blanca como dentro de un velo nupcial, tendidos de espaldas en la cálida noche, haciéndose mimos y dándose besos. Fay se sentía lánguida y drogada. Con cada beso iba engendrando a una nueva mujer, descubriendo una nueva sensibilidad. Luego, cuando el marido se iba, se quedaba inquieta y no podía dormir. Era como si tuviese pequeños ardores bajo la piel, pequeñas corrientes que la mantenían despierta.

De este modo, fue atormentada con exquisitez durante varias noches. Al carecer de experiencia, no intentó llevar adelante un abrazo completo. Se abandonaba a aquella profusión de besos en el pelo, en el cuello, en los hombros, en los brazos, en la espalda, en las piernas... Albert disfrutaba besándola hasta hacerla gemir, como asegurándose de haber despertado una determinada parte de su carne, y luego llevaba la boca a otro sitio.

Descubrió una temblorosa sensibilidad debajo del brazo, en el nacimiento de los pechos, las vibraciones que se transmiten los pezones y el sexo, y la boca del sexo y los labios, todos los nexos misteriosos que excitan y tensan lugares distintos de los que se besan, las corrientes que circulan desde las raíces del pelo a las raíces del espinazo. Cada lugar que besaba, lo reverenciaba con palabras de adoración, observando los hoyuelos del final de la espalda de Fay , la firmeza de sus nalgas, la marcada curvatura de la espalda, que hacía sobresalir los cachetes del culo... «Como a las mujeres de color», dijo.

Le rodeaba los tobillos con los dedos y se complacía en los pies, que eran tan perfectos como las manos de Fay, y repasaba una y otra vez la suave línea estatuaria del cuello, perdiéndose en la melena larga y espesa.

Los ojos de Fay eran alargados y apretados como los de las japonesas, la boca llena y siempre entreabierta. Los pechos se hinchaban al besarla y mordisquearle la caída de los hombros. Y entonces, cuando gemía, la dejaba, cerrando cuidadosamente la mosquitera blanca, encerrándola como si fuera un tesoro, dejándola con los juguillos fluyéndole entre las piernas.

Una noche, como de costumbre, Fay no podía dormir. Se sentó desnuda en su nebulosa cama. Al levantarse en busca del quimono y las zapatillas, una gotita de miel le brotó del sexo, resbalando pierna abajo y manchando la alfombra blanca. Fay estaba sorprendida del control de Albert, de su recato. ¿Cómo era capaz de someter sus deseos y dormir después de aquellos besos y caricias? Ni siquiera la había desnudado nunca del todo. Ella tampoco había visto el cuerpo del marido.

Decidió salir de la habitación y pasear hasta calmarse. Le palpitaba todo el cuerpo. Anduvo lentamente, descendió la gran escalera y salió al jardín. El perfume de las flores casi la aturdió. Las ramas caían lánguidamente sobre su cabeza y los senderos mohosos silenciaban absolutamente sus pasos. Tenía la sensación de estar en un sueño. Paseó sin rumbo fijo durante largo rato. Luego un ruido la alarmó. Era un gemido, un gemido rítmico, como el de una mujer sollozante. La luz de la luna se colaba entre las ramas y descubría a una mujer de color tendida desnuda sobre el moho con Albert encima. Los quejidos eran quejidos de placer. Albert jadeaba como un animal salvaje y arremetía contra ella. También él pronunciaba voces confusas. Fay los vio convulsionarse ante sus ojos, presos de la violencia del placer.

A Fay no la vio nadie. Ella no dijo nada. Al principio la paralizó el dolor. Luego, regresó a la casa corriendo, rebosante de la humillación sufrida por su juventud, por su inexperiencia; la torturaban las dudas. ¿Era culpa suya? ¿Qué le faltaba, en qué no había conseguido gustar a Albert? ¿Por qué la dejaba para irse con la mujer de color? La brutal escena la había hechizado. Se maldecía por no responder bajo el encanto de las caricias del marido y no comportarse quizás como él deseaba. Se sentía condenada por su propia feminidad.

Albert hubiera podido enseñarla. Le había dicho que la estaba conquistando... esperando. Le bastaría susurrar unas palabras. Fay estaba dispuesta a obedecer. Sabía que él era mayor y que ella era inocente. Había esperado que la enseñaría.

Aquella noche Fay se convirtió en mujer, al hacer un secreto de su dolor, para salvar su felicidad con Albert, para demostrar sabiduría y sutilidad. Cuando él estuvo a su lado le susurró:

—Me gustaría que te quitaras la ropa.

Pareció sobresaltarse, pero aceptó. Entonces Fay vio a su lado el cuerpo juvenil y delgado, con sus cabellos muy blancos y resplandecientes, una curiosa mezcla de juventud y madurez. Y empezó a besarla. Mientras la besaba, la mano de Fay avanzó tímidamente hacia el cuerpo del hombre. Al principio estaba asustada. Le tocó el pecho. Luego las caderas. Él seguía besándola. La mano, lentamente, llegó al pene. Albert hizo un movimiento de alejarse, un movimiento delicado. Se alejó y se lanzó a besarla entre las piernas. Murmuraba una y otra vez la misma frase:

—Tienes cuerpo de ángel. Es imposible que semejante cuerpo tenga sexo. Tienes cuerpo de ángel.

La rabia, provocada porque el hombre alejara el pene de su mano, se extendió por el cuerpo de Fay como una fiebre. Se sentó con el pelo revuelto sobre los hombros y dijo:

—No soy un ángel, Albert. Soy una mujer. Quiero que me ames como a una mujer.

Entonces sobrevino la noche más triste que Fay había conocido en su vida, porque Albert intentó poseerla y no pudo. Él mismo guió las manos de Fay para que lo acariciaran. El pene se le empalmaba, lo ponía entre sus piernas y luego desfallecía en las manos de Fay.

Ella estaba tensa y silenciosa. Veía la tortura en los ojos del hombre, que lo intentó muchas veces.

—Espera un momentito —decía él—, sólo un momentito.

Lo decía con tanta humildad y con tanta suavidad que Fay se quedó quieta, mojada, deseosa y expectante, durante lo que le pareció toda la noche. Durante toda la noche se sucedieron los asaltos interrumpidos, fracasando, retrocediendo y besándola a modo de reparación. Luego Fay sollozó.

La misma escena se repitió dos o tres noches y luego Albert dejó de ir al dormitorio de Fay.

Y casi todos los días Fay veía sombras en el jardín, sombras que se abrazaban. Le daba miedo salir de su habitación. La casa estaba completamente alfombrada y era insonora y una vez, subiendo las escaleras, vislumbró a Albert montándose por detrás a una de las chicas de color y metiendo la mano por debajo de las voluminosas faldas.

El ruido de los gemidos la obsesionaba cada vez más. Le parecía oírlos a todas horas. Una vez fue a las habitaciones de las chicas de color, que estaban en una casita independiente, y estuvo escuchando. Oyó los mismos gemidos que había oído en el parque. Se echó a llorar. Se abrió una puerta. Quien salió no era Albert, sino uno de los jardineros de color. Se encontró a Fay sollozando junto a la puerta.

Finalmente, Albert la poseyó en las más extrañas circunstancias. Iban a dar una fiesta en honor de unos amigos españoles. Aunque rara vez salía de compras, Fay fue a la ciudad en busca de un determinado azafrán para el arroz, una clase muy rara de azafrán que acababa de llegar de un barco procedente de España. Disfrutó comprando el azafrán recién descargado. Siempre le habían gustado los olores, los olores de los muelles y de los almacenes. Cuando tuvo en su poder los paquetitos de azafrán, los guardó bien en el bolso, que llevaba bajo el brazo y contra el pecho. El olor era muy fuerte y le impregnó las ropas, las manos y el cuerpo.

Al llegar a casa, Albert la estaba esperando. Se acercó al coche y la ayudó a bajar, como en un juego, riendo. En la operación, Fay se restregó contra él con todo su peso.

—¡Hueles a azafrán! —exclamó Albert.

Ella apreció un extraño brillo en los ojos del hombre cuando volcó la cara contra sus pechos para olerla. Luego la besó y la acompañó al dormitorio, donde Fay dejó caer el bolso sobre la cama. El bolso se abrió y el olor a azafrán inundó el cuarto. Albert la hizo tenderse en la cama completamente vestida y, sin besos ni caricias, la poseyó.

—Hueles como las mujeres de color —dijo luego, satisfecho.

Y el hechizo se había roto.


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viernes, 15 de septiembre de 2017

"Sé lecho, sé volcán", de ANTONIO CARVAJAL MILENA (España, 1.943-)



Dame, dame la noche del desnudo
para hundir mi mejilla en ese valle,
para que el corazón no salte, y calle:
hazme entregado, reposado y mudo.

Dame, dame la aurora, rompe el nudo
con que ligué mis rosas a tu talle,
para que el corazón salte y estalle:
hazme violento, bullidor y rudo.

Dame, dame la siesta de tu boca,
dame la tarde de tu piel, tu pelo:
sé lecho, sé volcán, sé desvarío.

Que toda plenitud me sepa a poca,
como a la estrella es poco todo el cielo,
como la mar es poca para el río.


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jueves, 14 de septiembre de 2017

"Besos marinos", de JOSÉ LUIS CALDERÓN DÍAZ (REPÚBLICA DOMINICANA, 1975-- d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Raíces de la marea", de fecha 2011nbsp; d.n.e.



Las burbujas que duermen en las algas
son mis besos marinos en tu piel,
beberé de tu fuego cuando salgas
por las olas que mueven el bajel.

Si la playa te lleva con la orilla
te amaré con la arena de mis manos;
caracol que se funde a tu mejilla,
en tus curvas se pierden mis veranos.

Soy el pez que alimentas con tu verde,
con tu gota de luna por mi boca;
la marea no sabe lo que pierde
cuando deja tu cuerpo en una roca.

La pasión en los mares del deseo,
en tus aguas intrépido buceo.


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miércoles, 13 de septiembre de 2017

"Lasitud", de PAUL VERLAINE (FRANCIA, 1844-1896 d.n.e.)


Encantadora mía, ten dulzura, dulzura...
calma un poco, oh fogosa, tu fiebre pasional;
la amante, a veces, debe tener una hora pura
y amarnos con un suave cariño fraternal.

Sé lánguida, acaricia con tu mano mimosa;
yo prefiero al espasmo de la hora violenta
el suspiro y la ingenua mirada luminosa
y una boca que me sepa besar aunque me mienta.

Dices que se desborda tu loco corazón
y que grita en tu sangre la más loca pasión;
deja que clarinee la fiera voluptuosa.

En mi pecho reclina tu cabeza galana;
júrame dulces cosas que olvidarás mañana
Y hasta el alba lloremos, mi pequeña fogosa.


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martes, 12 de septiembre de 2017

"A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro", de GONZALO ROJAS PIZARRO (CHILE, 1916-2011 d.n.e.)



Bésense en la boca, lésbicas
baudelerianas, árdanse, aliméntense
o no por el tacto rubio de los pelos, largo 
a largo el hueso gozoso, vívanse
la una a la otra en la sábana 
perversa,
         y
áureas y serpientes ríanse 
del vicio en el
encantamiento flexible, total 
está lloviendo peste por todas partes de una costa 
a otra de la Especie, torrencial 
el semen ciego en su granizo mortuorio
del Este lúgubre 
al Oeste, a juzgar 
por el sonido y la furia del 
espectáculo.
            Así,
equívocas doncellas, húndanse, acéitense
locas de alto a bajo, jueguen 
a eso, ábranse al abismo, ciérrense
como dos grandes orquídeas, diástole y sístole 
de un mismo espejo.
                  De ustedes
se dirá que amaron la trizadura. 
Nadie va a hablar de belleza.

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lunes, 11 de septiembre de 2017

"Yo prefiero un hombre joven para hacer el amor", de JEQUE NEFZAQUI (ABU ABDULLAH MUHAMMAD BEN UMAR NAFZAWI) (TURQUÍA, siglo XV d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "El jardín perfumado, para el deleite del corazón", de fecha 1535  d.n.e.




Capítulo II.


Yo prefiero un hombre joven para hacer el amor;
que sea todo coraje y que tenga una sola ambición,
que su miembro sea fuerte para desflorar a una virgen,
que sea ricamente proporcionado en todas sus dimensiones
y que tenga una cabeza ardiente como un brasero.
Enorme, como no hay otro en la creación;
fuerte y duro, con su cabeza redondeada.
Preparado siempre para la acción y que ésta no decaiga;
que nunca duerma, debido a la violencia de su amor;
que suspire para entrar en mi keuss
y que se derrame en mi vientre;
que no pida ayuda y no requiera de nadie;
que no tenga necesidad de un aliado
y que permanezca solo en sus fatigas,
que nadie pueda dudar de sus esfuerzos.
Que lleno de vigor y vida se sostenga en mi keuss;
que su trabajo allí sea constante y espléndido.
Primero por delante y luego por detrás;
que su presión sea enérgica y vigorosa;
que roce su cabeza en la entrada de mi keuss.
Que acaricie mi espalda, mi vientre y mis caderas;
que bese mis mejillas y luego muerda mis labios.
Que me abrace y me lleve a su lecho;
que me tenga entre sus brazos como su amada,
y que cada parte de mi cuerpo reciba su amor;
que me cubra de besos encendidos
y me encienda con su mirada.

Que abra mis muslos y bese mi keuss
y ponga su dekeur en mi mano
para que toque en mi puerta.
Sé que pronto estará dentro de mí, gozándome.
Me tomará e iluminará mis ojos.
Oh, mi hombre sobre todos los hombres,
el que me da placer.
Oh, alma de mi alma, eres como el viento arrasador.
Has jurado por Alá que me tomarás durante setenta noches
y se que desearás que te abrace y te abrace durante todas ellas.


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domingo, 10 de septiembre de 2017

"Tal vez haya soñado con un beso instantáneo...", de BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO (ARGENTINA, 1886 − 1950 d.n.e.)



Tal vez haya soñado con un beso instantáneo,
dos estrellas fundidas augustamente en una.
Un temblor en el cuerpo y un mareo en el cráneo
y un ponerse la sangre del color de la luna.

No, jamás me has besado ni siquiera la frente,
sólo has puesto los labios o los atraje yo.
Continuaré soñando, Alondra, eternamente.
Ni tú tienes derecho a decirme que no.


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sábado, 9 de septiembre de 2017

"Si un beso no puede ser", de NICOLÁS CRISTÓBAL GUILLÉN BATISTA (CUBA, 1902-1989 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Poemas de amor", de fecha 2002  d.n.e.



Si un beso no puede ser.
la mano.
         No puede ser.
¿Y tus pies?
         No puede ser,
me llevan.
Entonces voy
contigo al atardecer.
         No puede ser.

Detén
tus pies.
Dame
la mano.
Un beso...
         ¿Pero por qué?
Pues no lo sé.
Sin embargo...
         ¿Qué?
Si no me besas,
me moriré.


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viernes, 8 de septiembre de 2017

"Por la nuca te beso", de ALBERTO RUY SÁNCHEZ LACY (MÉJICO, 1951-- d.n.e.)


Hay besos boca a boca
que comienzan en la nuca
como hay en la luna huellas
de los labios del sol.

Besos como dedos
que se abren y se cierran
en la nuca,
que despeinan,
o alborotan las ideas
sembrando su flor de anhelo
en raíces
donde esos labios
no suelen ir.

Son besos silenciosos
que acechan
detrás de las orejas,
muerden lóbulos,
exploran laberintos,
asaltan parpados
y dejan miradas húmedas
que, claramente, no se ven.

Besos mudos
que tardan en llegar
a su cita estruendosa
con la lengua amada
porque vienen siempre
desde muy atrás.

Besos de amaneceres ciegos,
donde la luz aún no nos mira
pero nos moja sin parar.


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