lunes, 24 de julio de 2017

"Lina", de ANAÏS NIN CULMELL (FRANCIA, EE.UU., 1903-1977 d.n.e.)

Cuento perteneciente al libro póstumo "Pájaros de fuego", de fecha 1979  d.n.e.



CUENTO TERCERO.

Lina es una mentirosa incapaz de soportar su verdadera cara en el espejo. Tiene una cara que pregona su sensualidad: los ojos brillantes, la boca ávida, la mirada provocativa. Pero en lugar de rendirse a su erotismo, se avergüenza; lo sofoca. Y todo este deseo y toda esta codicia se retuercen en su interior y destilan el veneno de la envidia y los celos. Lina odia todo aquello donde florece la sensualidad. Está celosa de todo, de los amores de todos. Siente celos cuando ve a las parejas besarse por las calles de París, por los cafés y por los parques. Las mira con una extraña mirada de rabia. Desearía que nadie hiciera el amor puesto que ella no puede hacerlo.

Se compró un camisón de blondas negras, igual que el mío. Vino a mi piso para pasar algunas noches conmigo. Dijo que se había comprado el camisón para un amante, pero yo me di cuenta de que aún llevaba la etiqueta del precio. Embriagaba mirarla porque era regordeta y le sobresalían los pechos por el escote de la blusa blanca. Vi su feroz boca entreabierta y el pelo rizado aureolándole salvajemente la cabeza. Todos sus gestos eran desordenados y violentos, como si hubiera un león en el cuarto.

Comenzó afirmando que odiaba a mis amantes, Hans y Michel.

—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Por qué?

Sus razones eran confusas, poco convincentes. Me puse triste. Eso significaba citas secretas. ¿Cómo iba a entretener a Lina mientras estuviese en París? ¿Qué era lo que quería?

—Simplemente estar contigo.

De modo que nos limitamos a la mutua compañía. Nos sentábamos en los cafés, íbamos de compras, dábamos paseos.

Me gustaba verla arreglarse para la noche, con joyas exóticas que tanta viveza daban a su rostro. No pertenecía al París elegante ni a los cafés. Lo suyo era la jungla, las orgías y las danzas africanas. Pero no era un ser libre, sacudido por las naturales oleadas del placer y del deseo. Si su boca, cuerpo y voz estaban hechos para la sensualidad, interiormente se sentía inhibida. Llevaba empalado entre las piernas el rígido poste del puritanismo. Todo el resto de su cuerpo era suelto, provocativo. Tenía siempre el aspecto de quien acaba de salir del lecho de algún amante o bien está a punto de ir a acostarse con alguien. Tenía ojeras y un gran desasosiego, una especie de energía que emanaba de todo su cuerpo en forma de impaciencia o avidez.

Hizo todo lo posible por seducirme. Le gustaba que nos besáramos en la boca. Me cogía la boca y se excitaba y luego se alejaba. Desayunábamos juntas. Acostada, levantaba las piernas para que le viera el sexo desde mi sitio a los pies de la cama. Mientras se vestía, dejaba caer la camisa, simulando no haberme oído entrar, y durante un momento quedaba desnuda, cubriéndose luego.

Las noches que Hans venía a verme siempre teníamos alguna escena. Entonces ella debía dormir en el cuarto encima del mío. A la mañana siguiente se despertaba enferma de celos. Me hacía besarla en la boca una y otra vez hasta que nos excitábamos, y entonces paraba. Le gustaban aquellos besuqueos sin clímax.

Salíamos juntas y yo admiraba a la mujer que cantaba en el cafetucho. Lina se emborrachaba y se enfurecía conmigo.

—Si fuera hombre, te mataba —decía.

Yo me enfadaba. Entonces ella lloraba y decía:

—No me abandones. Si me abandonas, estoy perdida.

Al mismo tiempo bramaba contra el lesbianismo, diciendo que era repugnante y que ella no pasaría de los besos. Sus escenas me iban agotando.

Cuando Hans la vio, dijo:

—El problema de Lina es que es un hombre.

Me dije que intentaría y conseguiría romper su resistencia de una u otra forma. Nunca he sido muy hábil para seducir a quienes se resisten. Quiero que quieran, que se rindan.

Cuando Hans y yo estábamos por la noche en mi dormitorio, teníamos miedo de hacer ruidos que Lina pudiese oír. No quería lastimarla, pero odiaba sus escenas de frustración y sus celos disimulados.

—¿Qué quieres, Lina, qué es lo que quieres?

—Quiero que no tengas amantes. Odio verte con hombres.

—¿Por qué odias tanto a los hombres?

—Tienen algo que yo no tengo. Querría tener pene para poder hacerte el amor.

—Hay otras formas de hacer el amor entre mujeres.

—Pero yo querría tenerlo.

Más adelante, un día le dije:

—¿Por qué no vienes conmigo a visitar a Michel? Quiero que conozcas su madriguera de explorador.

—Tráela y la hipnotizaré. Ya verás —me había dicho Michel.

Lina aceptó. Fuimos al piso de Michel. Él había quemado incienso, pero una clase de incienso que yo desconocía.

Lina se puso bastante nerviosa cuando vio el lugar. La atmósfera erótica la turbaba. Se sentó en el canapé forrado de piel. Parecía un hermoso animal, un animal cuya captura bien valía la pena. Me di cuenta de que Michel quería dominarla. El incienso nos iba adormeciendo.

Lina quiso abrir la ventana, pero Michel vino a sentarse entre nosotras y comenzó a hablarle.

Tenía la voz dulce y envolvente. Contaba historias de sus viajes. Vi que Lina escuchaba, que había dejado de retorcerse y de fumar febrilmente, que estaba reclinada contra la espalda y fantaseando sobre las inacabables historias de Michel. Lina tenía los ojos semicerrados. Luego se quedó dormida.

—¿Qué has hecho, Michel?

Yo también me sentía soñolienta.

Él sonrió.

—He quemado un incienso japonés que da sueño. Es afrodisíaco y no es peligroso.

Sonreía maliciosamente. Yo me reí.

Lina no estaba completamente dormida. Había cruzado las piernas. Michel se subió encima de ella y trató de separar las piernas con las manos, pero se mantuvieron firmemente cerradas. Entonces le insertó la rodilla entre los muslos y las abrió. Me excitaba ver a Lina tan rendida y abierta. Empezó a acariciarla, a desnudarla. Ella se daba cuenta de lo que hacíamos, pero le causaba placer. Mantuvo su boca en la mía, con los ojos cerrados, y dejó que Michel y yo la desnudáramos por completo.

Sus abundantes pechos cubrieron el rostro de Michel. Él mordió los pezones. Lina dejó que Michel la besara entre las piernas y le introdujera el pene. A mí me dejó besarle los pechos y acariciárselos. Tenía unas hermosas nalgas, firmes y redondeadas. Michel siguió manteniéndole las piernas separadas y mordiéndola en su carne más tierna hasta hacerla gemir. Lina sólo quería el pene. Así que Michel la poseyó y cuando hubo gozado quiso poseerme a mí. Lina se irguió en el asiento, abrió los ojos y nos miró un instante con asombro. Luego me sacó el pene de Michel y no permitió que volviera a introducirlo. Se tiró sobre mí, hecha una furia sexual, acariciándome con la boca y las manos. Michel volvió a poseerla, esta vez por detrás.

Cuando Lina y yo salimos a la calle, cogidas de la cintura, ella hizo como si no recordara nada de lo ocurrido. Se lo permití. Al día siguiente abandonó París.


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domingo, 23 de julio de 2017

"Sobre unos labios muertos", de JOSÉ LUIS CANO GARCÍA DE LA TORRE (España, 1912-1999, d.n.e.)



Ciega, impasible muerte de tu boca.
Está callada, está rota y oscura
aquella su rosada arquitectura
fiel a mis labios cálidos de roca.

La gloria de tu aliento ya no evoca
calientes rosas de esta tierra dura,
sino la sombra y soledad futura
de tus labios de mar. ¡Oh sol, invoca

tu luz más viva, y quema entre esos dientes,
de nieve ya, su lengua, amarantina,
clavel de su garganta delicada!


¡Fulgura en su humedad, y en los ardientes
arenales, de tu onda sibilina
un último sabor a su granada!


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sábado, 22 de julio de 2017

"Diálogos de cortesanas", de LUCIANO DE SAMÓSATA (TURQUÍA, SIRIA -ANTIGUA ROMA-, 125-181 d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "Diálogos de las cortesanas", de fecha s. II  d.n.e.




(...)
CLONARION.— No paramos de oír, Leena, cosas realmente nuevas acerca de ti, a saber, que Megila la lesbia, la ricachona está enamorada de ti como un hombre, que vivís juntas y que no sé qué cosas os hacéis la una a la otra. ¿Qué me dices de eso? ¿Te sonrojas? Vamos, dime si es verdad.

LEENA.— Es verdad, Clonarion, y estoy abochornada pues es algo... antinatural.

CLONARION.— Por Afrodita, ¿de qué se trata? O ¿qué pretende la mujer? ¿Y qué hacéis cuando estáis juntas? ¿Estás viendo? No me quieres, pues no me ocultarías asuntos de tal índole.

LEENA.— Te quiero más que a cualquier otra, es que la mujer en cuestión es terriblemente varonil.

CLONARION.— No entiendo lo que dices a no ser que se trate de una «hetera para mujeres». Cuentan que en Lesbos hay mujeres de esa índole, con pinta de hombres, que no quieren trato con hombres sino que son ellas las que acechan a las mujeres como si de hombres se tratara.

LEENA.— Se trata de algo así.

CLONARION.— Entonces, Leena, explícame estos detalles, cómo se te insinuó la primera vez, cómo te dejaste persuadir y todo lo que vino después.

LEENA.— Ella y Demonasa, la corintia, mujer también rica y de las mismas costumbres que Megila, habían organizado una fiesta, y me habían contratado para que les tocara la cítara. Una vez que terminé de tocar, como ya era una hora intempestiva y había que acostarse, y ellas estaban aún borrachas, va Megila y me dice: vamos, Leena, es un momento estupendo para acostarse; así que métete en la cama con nosotras, en medio de las dos.

CLONARION.— ¿Y dormías? ¿Qué sucedió después?

LEENA.— Me besaban al principio como los hombres, no limitándose a adaptar sus labios a los míos, sino entreabriendo la boca, y me abrazaban al tiempo que me apretaban los pechos. Demonasa me daba mordiscos a la vez que me colmaba de besos. Yo no podía hacerme una idea de lo que era aquello. Al cabo de un rato, Megila que estaba ya un poco caliente se quitó la peluca de la cabeza —llevaba una que daba el pego perfectamente acoplada— y se dejó ver a pelo, como los atletas más varoniles, rasurada. Al verla quedé impresionada. Pero ella va y me dice: Leena, ¿has visto ya antes a un jovencito tan guapo? Yo no veo aquí, Megila, a ningún jovencito, le dije. No me tomes por mujer, me dijo, que me llamo Megilo y hace tiempo que casé con Demonasa, ahí presente, que es mi esposa. Ante eso, Clonarion, yo me eché a reír y dije: ¿Así pues, Megilo, nos has estado ocultando que eres un hombre exactamente igual que dicen que Aquiles se ocultaba entre las doncellas y tienes lo que los hombres tienen y actúas con Demonasa como los hombres? No lo tengo, Leena, replicó, ni puñetera la falta que me hace; tengo yo una manera muy especial y mucho más gratificante de hacer el amor; lo vas a ver. ¿No serás un hermafrodito, dije yo, como los muchos que se dice que hay que tienen ambos sexos? pues yo, Clonarion, desconocía todavía el tema. ¡Qué va! respondió, soy un hombre de cabo a rabo. Oí contar, decía yo, a la flautista beocia Ismenodora historias locales, que según dicen en Tebas alguien se convirtió de mujer en hombre, y que se trata de un excelente adivino, Tiresias se llama, creo; ¿acaso te ha ocurrido a ti algo así?. No Leena, dijo; yo fui engendrada igual que todas vosotras las demás mujeres, pero mi forma de pensar, mis deseos y todo lo demás lo tengo de hombre. ¿Y tienes suficiente con los deseos?, dije. Si desconfías, Leena, dijo, dame una oportunidad y comprenderás que no necesito para nada a los hombres, pues tengo algo a cambio de la virilidad; ya lo vas a ver. Se la di, Clonarion, pues me suplicaba con insistencia y me regaló un collar de los caros y unos vestidos de los finos. Después yo le iba dando abrazos como a un hombre en tanto que ella no dejaba de actuar y besarme y de jadear y me parecía que su placer era superior al normal.

CLONARION.— ¿Y qué hacía, Leena, y de qué manera? Dímelo antes que nada, que eso es lo que más deseo saber.

LEENA.— No preguntes tan minuciosamente, pues se trata de cosas vergonzosas; así que, por Afrodita, no te lo podría decir.


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viernes, 21 de julio de 2017

"¡Oh, esa ambrosía que bebo de ti!", de JEQUE NEFZAQUI (ABU ABDULLAH MUHAMMAD BEN UMAR NAFZAWI) (TURQUÍA, siglo XV d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "El jardín perfumado, para el deleite del corazón", de fecha 1535  d.n.e.




Capítulo I.


"¡Oh, esa ambrosía que bebo de ti,
esas caricias que recorren tu vientre,
esos besos que mi boca resecan...
Dame los diamantes de tus lágrimas,
las perlas de tu sonrisa
y los rubíes de tus labios, porque…
yo ya estoy impregnado de la sed de tu cuerpo!"


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jueves, 20 de julio de 2017

"Hojas secas. III", de MANUEL ACUÑA NARRO (Méjico, 1849-1873 d.n.e.)


Mañana a la misma hora
en que el sol te besó por vez primera,
sobre tu frente pura y hechicera
caerá otra vez el beso de la aurora;
pero ese beso que en aquel oriente
cayó sobre tu frente solo y frío,
mañana bajará dulce y ardiente,
porque el beso del sol sobre tu frente
bajará acompañado con el mío.




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miércoles, 19 de julio de 2017

"Último deseo", de PIERRE JULES THÉOPHILE GAUTIER (FRANCIA, 1811 - 1872 d.n.e.)



Hace ya tanto tiempo que te adoro,
dieciocho años atrás son muchos días...
Eres de color rosa, yo soy pálido;
yo soy invierno y tú la primavera.

Lilas blancas como en un camposanto
en torno de mis sienes florecieron;
y pronto invadirán todo el cabello
enmarcando la frente ya marchita.

Mi sol descolorido que declina
al fin se perderá en el horizonte
y en la colina fúnebre, a lo lejos,
contemplo la morada que me espera.

Deja al menos que caiga de tus labios
sobre mis labios un tardío beso
,
para que así una vez esté en mi tumba,
en paz el corazón, pueda dormir.


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martes, 18 de julio de 2017

"El amor en los tiempos del cólera", de GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (COLOMBIA, 1927-2014 d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "El amor en los tiempos del cólera", de fecha 1985  d.n.e.



«Fue en la primera noche de buena mar, ya en la cama pero todavía vestidos, cuando él inició las primeras caricias, y lo hizo con tanto cuidado, que a ella le pareció natural la sugerencia de que se pusiera la camisa de dormir. Fue a cambiarse en el baño, pero antes apagó las luces del camarote, y cuando salió con el camisón embutió trapos en las rendijas de la puerta, para volver a la cama en la oscuridad absoluta. Mientras lo hacía, dijo de buen humor:

—Qué quieres, doctor. Es la primera vez que duermo con un desconocido.

El doctor Juvenal Urbino la sintió deslizarse junto a él como un animalito azorado, tratando de quedar lo más lejos posible en una litera donde era difícil estar dos sin tocarse. Le cogió la mano, fría y crispada de terror, le entrelazó los dedos, y casi con un susurro empezó a contarle sus recuerdos de otros viajes de mar. Ella estaba tensa otra vez, porque al volver a la cama se dio cuenta de que él se había desnudado por completo mientras ella estaba en el baño, y esto le revivió el terror del paso siguiente. Pero el paso siguiente demoró varias horas, pues el doctor Urbino siguió hablando muy despacio, mientras se iba apoderando milímetro a milímetro de la confianza de su cuerpo. Le habló de París, del amor en París, de los enamorados de París que se besaban en la calle, en el ómnibus, en las terrazas floridas de los cafés abiertos al aliento de fuego y los acordeones lánguidos del verano, y hacían el amor de pie en los muelles del Sena sin que nadie los molestara. Mientras hablaba en las sombras, le acarició la curva del cuello con la yema de los dedos, le acarició las pelusas de seda de los brazos, el vientre evasivo, y cuando sintió que la tensión había cedido hizo un primer intento por levantarle el camisón de dormir, pero ella se lo impidió con un impulso típico de su carácter. Dijo: “Yo lo sé hacer sola”. Se lo quitó, en efecto, y luego se quedó tan inmóvil, que el doctor Urbino hubiera creído que ya no estaba ahí, de no haber sido por la resolana de su cuerpo en las tinieblas.

Al cabo de un rato volvió a agarrarle la mano, y entonces la sintió tibia y suelta, pero húmeda todavía de un rocío tierno. Permanecieron otro rato callados e inmóviles, él acechando la ocasión para el paso siguiente, y ella esperándolo sin saber por dónde, mientras la oscuridad iba ensanchándose con su respiración cada vez más intensa. Él la soltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo.

Se alegró de estar a oscuras para que él no le viera el rubor abrasante que la estremeció hasta las raíces del cráneo. “Calma -le dijo él, muy calmado-. No se te olvide que las conozco.” La sintió sonreír, y su voz fue dulce y nueva en las tinieblas.

—Lo recuerdo muy bien -dijo—, y todavía no se me pasa la rabia.

Entonces él supo que habían doblado el cabo de la buena esperanza, y le volvió a coger la mano grande y mullida, y se la cubrió de besitos huérfanos, primero el metacarpo áspero, los largos dedos clarividentes, las uñas diáfanas, y luego el jeroglífico de su destino en la palma sudada. Ella no supo cómo fue que su mano llegó hasta el pecho de él, y tropezó con algo que no pudo descifrar. Él le dijo: “Es un escapulario”. Ella le acarició los vellos del pecho, y luego agarró el matorral completo con los cinco dedos para arrancarlo de raíz. “Más fuerte”, dijo él. Ella lo intentó, hasta donde sabía que no lo lastimaba, y después fue su mano la que buscó la mano de él perdida en las tinieblas. Pero él no se dejó entrelazar los dedos sino que la agarró por la muñeca y le fue llevando la mano a lo largo de su cuerpo con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal, pero ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó, incluso al contrario de lo que ella misma hubiera imaginado, no retiró la mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y alma a la Santísima Virgen, apretó los dientes por miedo de reírse de su propia locura, y empezó a identificar con el tacto al enemigo encabritado, conociendo su tamaño, la fuerza de su vástago, la extensión de sus alas, asustada de su determinación pero compadecida de su soledad, haciéndolo suyo con una curiosidad minuciosa que alguien menos experto que su esposo hubiera confundido con las caricias. Él apeló a sus últimas fuerzas para resistir el vértigo del escrutinio mortal, hasta que ella lo soltó con una gracia infantil, como si lo hubiera tirado en la basura.

—Nunca he podido entender cómo es ese aparato —dijo.

Entonces él se lo explicó en serio con su método magistral, mientras le llevaba la mano por los sitios que mencionaba, y ella se la dejaba llevar con una obediencia de alumna ejemplar. Él sugirió en un momento propicio que todo aquello era más fácil con la luz encendida. iba a encenderla, pero ella le detuvo el brazo, diciendo: “Yo veo mejor con las manos”. En realidad quería encender la luz, pero quería hacerlo ella y sin que nadie se lo ordenara, y así fue. Él la vio entonces en posición fetal, y además cubierta con la sábana, bajo la claridad repentina. Pero la vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al derecho y al revés, lo observó con un interés que ya empezaba a parecer más que científico, y dijo en conclusión: “Cómo será de feo, que es más feo que lo de las mujeres”. Él estuvo de acuerdo, y señaló otros inconvenientes más graves que la fealdad. Dijo: “Es como el hijo mayor, que uno se pasa la vida trabajando para él, sacrificándolo todo por él, y a la hora de la verdad termina haciendo lo que le da la gana”. Ella siguió examinándolo, preguntando para qué servía esto, y para qué servía aquello, y cuando se consideró bien informada lo sopesó con las dos manos, para probarse que ni siquiera por el peso valía la pena, y lo dejó caer con un esguince de menosprecio.

—Además, creo que le sobran demasiadas cosas —dijo.

El se quedó perplejo. La propuesta original para su tesis de grado había sido esa: la conveniencia de simplificar el organismo humano. Le parecía anticuado, con muchas funciones inútiles o repetidas que fueron imprescindibles para otras edades del género humano, pero no para la nuestra. Sí: podía ser más simple y por lo mismo menos vulnerable. Concluyó: “Es algo que sólo puede hacer Dios, por supuesto, pero de todos modos sería bueno dejarlo establecido en términos teóricos”. Ella se rió divertida, de un modo tan natural, que él aprovechó la ocasión para abrazarla y le dio el primer beso en la boca. Ella le correspondió, y él siguió dándole besos muy suaves en las mejillas, en la nariz, en los párpados, mientras deslizaba la mano por debajo de la sábana, y le acarició el pubis redondo y lacio: un pubis de japonesa. Ella no le apartó la mano, pero mantuvo la suya en estado de alerta, por si él avanzaba un paso más.

—No vamos a seguir con la clase de medicina —dijo.

—No —dijo él—. Esta va a ser de amor.

Entonces le quitó la sábana de encima, y ella no sólo no se opuso, sino que la mandó lejos de la litera con un golpe rápido de los pies, porque ya no soportaba el calor. Su cuerpo era ondulante y elástico, mucho más serio de lo que parecía vestida, y con un olor propio de animal de monte que permitía distinguirla entre todas las mujeres del mundo. Indefensa a plena luz, un golpe de sangre hirviendo se le subió a la cara, y lo único que se le ocurrió para disimularlo fue colgarse del cuello de su hombre, y besarlo a fondo, muy fuerte, hasta que se gastaron en el beso todo el aire de respirar.

Él era consciente de que no la amaba. Se había casado porque le gustaba su altivez, su seriedad, su fuerza, y también por una pizca de vanidad suya, pero mientras ella lo besaba por primera vez estaba seguro de que no habría ningún obstáculo para inventar un buen amor. No lo hablaron esa primera noche en que hablaron de todo hasta el amanecer, ni habían de hablarlo nunca. Pero a la larga, ninguno de los dos se equivocó.

Al amanecer, cuando se durmieron, ella seguía siendo virgen, pero no habría de serlo por mucho tiempo. La noche siguiente, en efecto, después de que él le enseñó a bailar los valses de Viena bajo el cielo sideral del Caribe, él tuvo que ir al baño después que ella, y cuando regresó al camarote la encontró esperándolo desnuda en la cama. Entonces fue ella quien tomó la iniciativa, y se le entregó sin miedo, sin dolor, con la alegría de una aventura de alta mar, y sin más vestigios de ceremonia sangrienta que la rosa del honor en la sábana. Ambos lo hicieron bien, casi como un milagro, y siguieron haciéndolo bien de noche y de día y cada vez mejor en el resto del viaje, y cuando llegaron a La Rochelle se entendían como amantes antiguos.»


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lunes, 17 de julio de 2017

"Sed de ti", de PABLO NERUDA (seudónimo de RICARDO ELIÉCER NEFTALÍ REYES BASOALTO) (CHILE, 1904-1973 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "El hondero entusiasta (1923-1924)", de fecha 1933  d.n.e.




Sed de ti que me acosa en las noches hambrientas.
Trémula mano roja que hasta su vida se alza.
Ebria de sed, loca sed, sed de selva en sequía.
Sed de metal
ardiendo, sed de raíces ávidas.
Hacia dónde, en las tardes que no vayan tus ojos
en viaje hacia mis ojos, esperándote entonces.

Estás llena de todas las sombras que me acechan.
Me sigues como siguen los astros a la noche.
Mi madre me dio lleno de preguntas agudas.
Tú las contestas todas. Eres llena de voces.
Ancla blanca que cae sobre el mar que cruzamos.
Surco para la turbia semilla de mi nombre.
Que haya una tierra mía que no cubra tu huella.
Sin tus ojos viajeros, en la noche, hacia dónde.

Por eso eres la sed y lo que ha de saciarla.
Cómo poder no amarte si he de amarte por eso.
Si ésa es la amarra cómo poder cortarla, cómo.
Cómo si hasta mis huesos tienen sed de tus huesos.
Sed de ti, sed de ti, guirnalda atroz y dulce.
Sed de ti que en las noches me muerde como un perro.
Los ojos tienen sed,
para qué están tus ojos.

La boca tiene sed, para qué están tus besos.
El alma está incendiada de estas brasas que te aman.
El cuerpo incendio vivo que ha de quemar tu cuerpo.
De sed. Sed infinita. Sed que busca tu sed.
Y en ella se aniquila como el agua en el fuego.


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domingo, 16 de julio de 2017

"En esta cama", de LÊDO IVO (BRASIL, 1924-2012 d.n.e.)



Es aquí, en esta cama, que la guerra comienza.
Luchan los dos guerreros
en un campo de lienzos.
¿Cómo separar frente y costado
si todo amor es un espejo?
El obelisco rosáceo y el negro se igualan exhaustos
en la plaza cuadriculada.
Dentro del día, la noche no distingue
macho o hembra. Y la boca se convierte en gruta
en la selva clara donde dos animales
se muerden y se lamen.


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sábado, 15 de julio de 2017

"Tom", de ANTONIO LOBO ANTUNES (PORTUGAL, 1942 - d.n.e.)



Hay sorpresas así: he recibido una carta de amor anónima.

Un hombre que firma Solitario Orgulloso. Dice que me ve todos los días en el autobús cuando voy al trabajo, me sigue de lejos sin atreverse a hablarme, se da cuenta de que trabajo en Monteiro & Seabra, espera hasta las seis, en una esquina discreta (es Solitario y Orgulloso, de ahí la esquina discreta), a que yo salga por la puerta de cristal camino del autobús otra vez, me acompaña desde el otro extremo del vehículo, solitaria y orgullosamente, en el viaje hasta casa, mirándome en los momentos en que no miro a nadie, baja en la parada siguiente y viene a espiarme por la ventana iluminada de la cocina donde empiezo a preparar la cena. En cuanto llega mi marido y me da un beso en el cuello se marcha muerto de celos. Es también casado pero no duerme con su mujer en la misma habitación y, por tanto, besos en el cuello ni en sueños. No hay nada entre ellos. No se separa por los hijos y porque ella le da pena. Dos hijos, el segundo minusválido: algo en la columna, ingresos, medicinas carísimas. Una vida sin sentido y en esto yo que le doy sentido a su vida, sujeta a la barra del 46. No entiendo cómo una mujer de mi edad, sujeta a una barra, puede darle sentido a la vida de un Solitario Orgulloso, yo que no soy guapa, soy bajita, uso gafas y sufro horrores con este pelo tan frágil, que siempre se me queda en el cepillo. Mirando con atención, se nota la piel al trasluz. Mi marido no es un Solitario Orgulloso sino un Solitario Indiferente.

Fuera del beso en el cuello, tan rápido, ni siquiera un poco de charla, aunque más no sea. No tengo dos hijos: tengo una hija de veintiún años que estudia periodismo. Su pelo, pobre, también es frágil. Mi marido, en compensación, una melena que ofende. En ocasiones descubro a mi hija que, disimuladamente, nos espía a ambos, comparando mechones, y nos mira con odio. Si consiguiese un novio pienso que su odio se mitigaría. Pero no consigue ninguno. Se encierra en la habitación, en caso de que la llame grita Ya voy y casi nunca viene y, si viene, es a mirarme de reojo, refunfuñando. La llamamos Bela (de Florbela, como mi madre) y mi hija repite ¡Bela! Con asco. Aún hoy no consigo saber si mi marido se da cuenta. Y en medio de todo esto me llega el Solitario Orgulloso y la carta de amor.

Antes me gustaba recibir cartas: hasta me alegran los folletos de propaganda en el buzón, supermercados, cerrajeros (realizan todas las reparaciones con perfección y rapidez), persianas, tarimas flotantes listas para transformar mi piso en un yate. Unas primas me escribían desde el norte: se cansaron de escribir. Mi marido cierta vez una postal, cuando fue por motivos de trabajo a Galicia, pero insulsa, sin ternura: llego sábado João. Y ahora, cuando menos me lo esperaba, un hombre que se exalta por mi modo de abrazarme a las barras. Solitario Orgulloso, en mi opinión, es un seudónimo bonito. Una especie de vaquero galopando en una planicie de cardos, sin miedo a los indios, con escopeta y lazo, camisa a cuadros y ojos azules. El domingo vi en el centro comercial una camisa a cuadros y enseguida pensé que le quedaría bien. Desde que llegó la carta, he intentado descubrir si hay alguien en el 46 con los ojos azules. O con botas con espuelas, bebiendo de una cantimplora polvorienta y secándose la boca con el dorso de la mano en un movimiento viril. A lo sumo pañuelos que se suenan.

Tipos con cartera. Viejas. Alguna que otra muchacha cuyo pelo me supera, todas más altas que yo, todas menos rechonchas. Y el conductor, sin nada de paciencia, gruñéndonos con cualquier pretexto.

He escondido la carta en el cajón de la ropa interior, por debajo de los sostenes y de las bragas, aunque me cohíba que el Solitario Orgulloso descubra intimidades. Lencería color carne. El mismo domingo en que vi la camisa a cuadros en el centro comercial, vi un sostén con encajes negros (dos números por debajo de mi talla pero qué importa) y me lo compré. Tiene una rosa de gasa roja en el centro (inventan cada cosa) y ahora la carta está pegadita a los encajes. Tuve el cuidado de acomodar las palabras Solitario Orgulloso junto a la rosa, haciéndose compañía. De vez en cuando abro el cajón y allí están abrazados. La carta llegó hace dos meses, el día veintisiete de julio, y desde entonces nada. Si observo desde el segundo piso de Monteiro & Seabra no hay nadie en la acera, lo que me angustia porque puede tener que ver con la esquina discreta, y en la esquina discreta un hombre que enciende un cigarrillo rascando la cerilla en el umbral. Debe de tener un nombre estadounidense, Ray, Nick, Bob. Bob ni por asomo, que es el perro de la planta baja. Ray o Nick. O Tom. Tom me gusta. Yo en la cocina con el agobio de la cena, ceñida por el sostén de la rosa, claro, y Tom dejando el sombrero sobre el frigorífico y acercándose a mí, ojalá que sin estropearme las baldosas con las espuelas. En lugar del beso en el cuello me da de beber de la cantimplora sin quitarse el cigarrillo de la boca. De puntillas casi le llego al mentón. Apoya la escopeta y el lazo en la encimera, se saca la pistola de la pistolera, la hace dar dos giros completos en el dedo y la enfunda otra vez. Lleva la camisa a cuadros del centro comercial. Huele a piel roja, a coyote, a búfalo. Lanza el cigarrillo al fregadero de una pulgarada. Se inclina hacia mí y yo erguida sobre mis zapatillas, con los ojos cerrados, aceptándolo. El cierre del sostén me lastima la espalda y ¿qué más da? Lo que cuenta es la rosa. De gasa. Hinchándose. Comienzo a arquear los brazos para acariciarle la cara y la voz de mi hija, desde la puerta ¿Vas a bailar el vira? con el odio de siempre, con la acritud de siempre. Si no me quejo de mi pelo ¿por qué razón sufre tanto por él de ella? Gracias a Dios no repara en Tom, así que siempre puedo responderle Para cenar hay guisantes con huevos escalfados señalando la cocina, mientras el olor a piel roja, a coyote y a búfalo se acentúa paso a paso y me lleva consigo camino del saloon donde unos desharrapados con revólver juegan a las cartas con una lentitud feroz y un tipo instalado frente a un piano vertical, con la chistera abollada, me sonríe sin parar de tocar.


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