martes, 30 de mayo de 2017

"Venus en el pudridero", de EDUARDO ANGUITA (CHILE, 1914-1992, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Venus en el pudridero", de fecha 1967  d.n.e.





(Fragmento)
II.

Os contaré, amantes, qué hacéis cuando estáis juntos;
lo que yo hice y sentí
en aquel huerto de espigas corporales.

El gallo a mitad del día, erguido para el amor,
y la luna que espera al ave de fuego,
mojada, abierta y silenciosa.

La tomé por la mirada, rebanando con mi vista su entrecejo,
y desde ahí, humedecí con su vista mis manos y con mi vista su cuerpo,
hasta que su cabeza derramóse en mi hombro.
Su cabeza era una blanda caverna donde se escondía el torrente,
el que me llevaría hacia abajo, a las zarzas de sigiloso esplendor.

Palpé sus sienes, oyendo latir la piedra,
la piedra azulada por la respiración y el anhélito.

Ella tomó mi boca con su boca, llenar un hueco con otro hueco
para partir unidamente exhaustos.
Mis labios son yo que salgo; los suyos son yo que entro.

Y nos reconocimos íntimos y temblorosamente obvios.
Comencé a ser mi semejante.

Inquirí su cuello, la columna despierta
hecha de luz intencional explícita.
Besos en su garganta de cascada de nieve, y sus pechos,
particulares bóvedas del cielo, copas de árbol, salidas
de sol y cualquier cosa aquí sólo representada.
Mi boca me ungió único entre dos calores contiguos.

De ser una la esfera,
Yo habría inventado la repetición.

Rodeaba mi cintura para ser ella copa y yo agua.
Quería aprisionarme, y no sólo por fuera,
pues podría escaparme hacia adentro,
y para que no me evadiera así, me insinuó encerrarse ella dentro de mí.
Accediendo, la ceñí a mi vez por la cintura,
siendo ella ahora el agua y yo el vaso.
Y se hizo tan íntima, que aun durmiendo me encontraba con ella
como si la hubiera habitado y comulgado.
Estrechamos la condena y caímos veloz
por la corriente que arrastra juntos al pájaro y al vuelo.

III.

Su mano en mi nuca bordeaba la piel y el cabello.
Se ponía en la orilla: en la extrañeza y en la propiedad.
Estuve de acuerdo: también como ella deseé los contrarios.
Me adentré tanteando por el interior de sus muros
hasta esa cercanía más y más ajena,
pero, ¿entendéis?, sin llegar, sin llegar todavía
a decirle tú.

Sentí lo que ella sentía
y supe que yo era hombre porque ella así lo sentía.
Sentí por ella y me hice rápidamente mujer,
amándome a mí mismo.

Tú eres mujer, tú eres hombre.
Eres el muchacho y también la doncella.
Tú, como un viejo, te apoyas en el cayado.
Eres el pájaro azul oscuro
y el verde de ojos rojos.

Tú eres aquello. Y yo soy tú.
Pero no al mismo tiempo. Por eso entro y salgo.

Eduardoe-lisa Elisae-duardo
Elisaeduar-do Eduardoeli-sa

Se colapsa el vaivén, en qué quedamos,
¿a qué fracción tu-i-yo soy reducido?

E-duardoelisa E-lisaeduardo
Elisaeduardo Eduardoelisa

Si alguien pregunta por mí, respondan:
Salió y no puede entrar.
Entró y no sabe salir.

IV.

Yacentes, los brazos y los muslos del uno se enlazaron
con los del otro.
Este abrazo se llama
mezcla de grano de sésamo y arroz.
Si ella coloca, estando acostada, una de sus piernas encima de mi hombro
y extiende la otra; después, pone ésta a su vez sobre el hombro
y alarga la primera, rápida y alternativamente,
es la hendidura del bambú.

¡Oh cuerpo nunca completamente poseído!
¡Los cuerpos no osen tocar el misterio del cuerpo!

Parte con parte, todo con todo.
Aludir y eludir.
Con mis palmas sensibles como espejos internos,
amorosé su espalda;
bajaron por los flancos hasta la juntura que da acceso.

Luego giré en medio círculo y quedó mi conciencia
en dirección a sus pies, ella de espaldas y yo de bruces,
uno sobre el otro:
hicimos así lo que yo llamo
sinceramente
la clepsidra.

No sé cuál de los dos compartimientos recibía y cuál donaba.
Aunque desnudos, fue preciso esta inversión de los cuerpos
para vaciar toda la arena, hasta quedar realmente innatos:
ella y yo, pasado y futuro,
uno consumado, el otro consumido.
Medianoche, sin duda.

Rétame con tus muslos,
tiemble tu herida previa.
Me insertaré tan hondamente
que quedaremos confundidos
más que un hecho con el tiempo que ocupa.

Yo entro, joven mía, calor mío, en ti,
como un llanto en otro llanto.
Astros corren por sílabas,
animales más suaves que.

Horror si estoy en ti, mujer mía, como una llave enajenada dentro de la velocidad.

Tus pechos son las cabezas del dolor
bajo un cielo que yo amaría devorar
mezclado al agua de mi cuerpo.

Tus nuevas llagas me recorren como una madre al fuego.
Un paso infinito y que nunca llega a realizarse
es la mirada de la mujer que recibe al hombre;
sobre su nariz, el entrecejo es el puente atravesado sobre el goce y el río,
para que yo mida mi alcance, mi agonía
y mi consumación.


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lunes, 29 de mayo de 2017

"A veces cruza mi pecho dormido" de EDUARDO CARRANZA FERNÁNDEZ (COLOMBIA, 1913-1985)



A veces cruza mi pecho dormido
una alada magnolia gimiendo,
con su aroma lascivo, una campana
tocando a fuego, a besos,
una soga llanera
que enlaza una cintura
una roja invasión de hormigas blancas,
una venada oteando el paraíso
jadeante, alzado el cuello
hacia el éxtasis,
una falda de cámbulos
un barco que da tumbos
por ebrio mar de noche y de cabellos,
un suspiro, un pañuelo que delira
bordado con diez letras
y el laurel de la sangre,
un desbocado vendaval, un cielo
que ruge como un tigre,
el puñal de la estrella fugaz
que sólo dos desde un balcón han visto,
un sorbo delirante de vino besador,
una piedra de otro planeta silbando
como la leña verde cuando arde,
un penetrante río que busca locamente
su desenlace o desembocadura
donde nada la Bella Nadadora,
un raudal de manzana y roja miel
el arañazo de la ortiga más dulce
la sombra azul que baila en el mar de Ceilán,
tejiendo su delirio,
un clarín victorioso levantado hacia el alba
la doble alondra del color del maíz
volando sobre un celeste infierno
y veo, dormido, un precipicio súbito
y volar o morir...

A veces cruza mi pecho dormido
una persona o viento,
un enjambre o relámpago,
un súbito galope:
es el amor que pasa en la grupa de un potro
y se hunde en el tiempo hacia el mar.


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domingo, 28 de mayo de 2017

"Primer amor", de CARMEN CONDE ABELLÁN (ESPAÑA, 1907-1996)



¡Qué sorpresa tu cuerpo, qué inefable vehemencia!
Ser todo esto tuyo, poder gozar de todo
Sin haberlo soñado, sin que nunca
Un ligero esperar prometiera la dicha,
Esta dicha de fuego que vacía tu testa,
Que te empuja de espaldas,
Te derriba a un abismo
Que no tiene medida ni fondo.
¡Abismo y sólo abismo
De ti hasta la muerte!
¡Tus brazos!
Son tus brazos los mismos de otros días,
Y tiemblan y se cierran en torno de su cuerpo.
Tu pecho, el que suspira, ajeno, estremecido
De cosas que tú ignoras,
De mundos que lo mueven...
¡Oh pecho de tu cuerpo, tan firme y tan sensible
Que un vaho lo pone turbio
Y un beso lo traspasa!

¡Si nunca nadie dijo que así se amaba tanto!
¿Podías tú esperar que ardieran tus cabellos,
Que toda cuanta eres cayeras como lumbre
En un grito sin cifra,
Desde una cordillera gritada por la aurora?
¿Ceniza tú algún día? ¿Ceniza esta locura
Que estrenas con la vida recién brotada al mundo?
¡Tú no te acabas nunca, tú no te apagas nunca!
Aquí tenéis la lumbre, la que lo coge todo
Para quemar el cielo subiéndole la tierra.


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sábado, 27 de mayo de 2017

"Cuerpo de la amante", de JORGE CARRERA ANDRADE (COLOMBIA, 1902-1978, d. n. e.)



I
Pródigo cuerpo:
dios, animal dorado,
fiera de seda y sueño,
planta y astro.
Fuente encantada
en el desierto.
Arena soy: tu imagen
por cada poro bebo.
Ola redonda y lisa:
En tu cárcel de nardos
devoran las hormigas
mi piel de náufrago.


II
Tu boca, fruta abierta
al besar brinda
perlas en un pocillo
de miel y guindas.

Mujer: antología
de frutas y de nidos,
leída y releída
con mis cinco sentidos.


III Nuca: Escondite en el bosque,
liebre acurrucada
debajo de las flores,
en medio del torrente.
Alabastro lavado
en medio del torrente,
mina
y colmena de mieles.
Nido
de nieves y de plumas.
Pan redondo
de una fiesta de albura.


IV
Tu cuerpo eternamente está bañándose
en la cascada de tu cabellera,
agua lustral que baja
acariciando peñas.
La cascada quisiera ser un águila,
pero sus finas alas desfallecen:
agonía de seda
sobre el desierto ardiente de tu espalda.
La cascada quisiera ser un árbol,
toda una selva en llamas
con sus lenguas lamiendo
tu armadura de plata
de joven combatiente victoriosa,
única soberana de la tierra.
Tu cuerpo se consume eternamente
entre las llamas de tu cabellera.


V
Frente: cántaro de oro,
lámpara en la nevada,
caracola de sueños
por la luna sellada.
Aprendiz de corola,
albergue de corales,
boca: gruta de un dios
de secretos panales.


VI
Tu cuerpo es templo de oro,
catedral de amor
es donde entro de hinojos.
Esplendor entrevisto
de la verdad sin velos:
¡Qué profusión de lirios!
¡Cuántas secretas lámparas
bajo tu piel, esferas
pintadas por el alba!
Viviente, único templo:
La deidad y el devoto
suben juntos al cielo.


VII
Tu cuerpo es un jardín, masa de flores
y juncos animados.
Dominio del amor: en sus collados
persigo los eternos resplandores.
Agua dorada, espejo ardiente y vivo,
con palomas suspensas en su vuelo
feudo de terciopelo,
paraíso nupcial, cielo cautivo.
Comarca de azucenas, patria pura
que mi mano recorre en un instante.
Mis labios en tu espejo palpitante
apuran manantiales de dulzura.

Isla para mis brazos nadadores,
santuario del suspiro:
Sobre tu territorio, amor, expiro
árbol estrangulado por las flores.


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viernes, 26 de mayo de 2017

"Diálogo entre Venus y Príapo", de RAFAEL ALBERTI MERELLO (España, 1902-1999, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Diálogo de Venus y Príapo", de fecha 1963  d.n.e.




Príapo: ... Despierta, sí, cerrada
caverna de coral. Voy por tus breñas,
cabeceante, ciego, perseguido.
Ábrete a mi llamada,
al mismo sueño que en tu gruta sueñas. [5]
Tus rojas furias sueltas me han mordido.
¿Me escuchas en lo oscuro?
Sediento, he jadeado las colinas
y descendido al valle donde empieza
el caminar más duro, [10]
pues todo, aunque cabellos, son espinas,
montes allí rizados de maleza.
¿Duermes aún? ¿No sientes
cómo mi flor, brillante y ruborosa
la piel, extensa y alta se desnuda, [15]
y con labios calientes
—coral los tuyos y los míos rosa—
besa la noche de tus labios muda?

¡Despierta!

Venus: ¿Quién me nombra?
¿Quién persigue mis óleos seminales, [20]
quién mi gruta de sombra
y navegar oculto mis canales?

Príapo: Quien solamente puede y se desvela,
levantado por ti de noche y día,
se atiranta en candela [25]
y no se dobla hasta que el mar lo enfría.
¡Deja que te contemple!

Venus: Que te mire,
déjame a mí también. ¡Siempre eres bello!

Príapo: ¡Déjame que en tus selvas te respire! [30]

Venus: ¡Que me despeine en tu robusto cuello!

Príapo: ¿Por qué dormías?

Venus: Todo era fingido.
Mi dormir no era más que desearte.
Tú alzas mi sueño cuando estás dormido.
Nací tan sólo para levantarte. [35]

Príapo: ¡Oh noche clara!

Venus: ¡Oh clara luna llena!
¡Rayo directo que me inundas!

Príapo: Eres
taza de espuma azul, concha marina,
alga abierta en la arena,
paraíso de sal de las mujeres, [40]
secreto erizo que en la mar trasmina.
Golfo nocturno, ábrete a mí, bañadas
del más cálido aliento tus riberas.
Sabes a mosto submarino, a olas
en vivientes moluscos despeñadas, [45]
a tajamares, soles de escolleras
y a rumor de perdidas caracolas.
Sabes también...

Venus: Repósate un momento...

Príapo: El reposar es mi mayor tristeza.

Venus: También yo quiero repetir al viento [50]
toda mi admiración por tu grandeza.

Príapo: Hincho las velas. Habla.

Venus: Eres trinquete,
palo mesana, torre indagadora
y, ardido del más rojo gallardete,
cresta de gallo al despuntar la aurora. [55]
Sales de un bosque, lanza o jabalina.
Redondos aramboles, de espejuelos
te alumbran cuando cazas.
Pende en los dos la gloria masculina.
Llenas las nubes, los cargados cielos [60]
rebosan de sus tazas.

Príapo: ¡Oh, ven más cerca! ¡Ven!

Venus: ¡No! No me riegues,
amor, de blancos copos todavía.
Guarda, mi bien, esas nevadas flores
hasta que al fin me llegues [65]
a lo más hondo de mi cueva umbría
con tus largos y ocultos surtidores.

Príapo: ¿Qué quieres más?

Venus: Anhelo que me cantes
cosas que faltan. Mis alrededores
prometen sima al sur y al norte cumbre. [70]

Príapo: Hacia ellas van mis rayos penetrantes,
su flor certera, sus certeras lumbres.

Venus: ¿Qué ves, qué me iluminas?

Príapo: ¡Oh precipicio, oh noche bordeada
de oscuridad también! ¡Despeñadero [75]
que hacia las sombras sólo me encaminas!
Te miro y más se hunde mi mirada.
Si la dicha es redonda, está en tu cero.

Venus: Pasa a los altos, sube a los alcores...
¿Qué ves ahora, dime?

Príapo: Un baluarte [80]
de clavel y de nieve a cada lado.
¡Oh fortalezas! ¡Claros miradores
para clavar en ellos mi estandarte
y descender al bosque enamorado!

Venus: Dime si escondes para mi ventura [85]
cosas que acaso yo no sepa.

Príapo: Escondo,
también allá en lo hondo
de una caverna oscura,
de blancas y mordientes
almenas vigiladas, [90]
una muy dulce y de humedad mojada
cautiva...


Venus: Yo prosigo. Son los dientes
los que fijos la rondan y dan vela.
También yo otra cautiva
como la tuya guardo. ¿No la sientes? [95]
A navegar sobre su propia estela
mírala aquí dispuesta, siempre viva.


Príapo: ¡Oh encendido alhelí, flor rumorosa!
Deja que tu saliva
de miel, que tu graciosa [100]
corola lanceolada de rubíes
mojen mi lengua, ansiosa
de en la tuya mojar sus carmesíes.


Venus: ¡Flor contra flor!

Príapo: ¡Qué blandos oleajes
ya por mis flancos tu alhelí resbala! [105]


Venus: Gira la noche...

Príapo: Cantan los cordajes...

Venus: Cambia el viento... Dan vueltas los paisajes...
Príapo: Y hace en tus labios mi navío escala,
mientras tu fuente oculta, prisionera
de mi boca, entreabriendo [110]
su dócil ya y sumisa enredadera,
dulce y quejosamente va fluyendo.


Venus: ¡Oh bonanza!

Príapo: ¡Oh tranquilo
descanso ahora! ¡Calmas, aunque plenas, [115]
nuncios ya de los hondos y más duros
combates!

Venus: Desflecadas, hilo a hilo,
tus espumas descienden mis almenas.

Príapo: Tus arroyos y peces más oscuros
me corren por los labios todavía. [120]


Venus: Un sabor a jazmín me permanece
y a tallo donde nada antes crecía.

Príapo: A tallo que por ti de nuevo crece.

Venus: ¡Oh asombro! ¡Prodigiosa,
mágica fuerza!

Príapo: ¡Abismo que me atrae! [125]

Venus: ¡Oh cima misteriosa!

Príapo: ¡Cima que sólo en ese abismo cae!

Venus: ¡Qué mármol jaspeado!
¡Pálida, arquitectónica belleza!
¡Qué alto fuste estriado [130]
de azules ríos! ¡Capitel armado
para elevar el mundo en su cabeza!

Príapo: Avanzo ya.

Venus: La noche abrasa.

Príapo: Gotas
de esperma verde tiemblan los luceros.

Venus: Las dehesas remotas [135]
de la luna, sus albos ventisqueros
se llenan de bramidos.
Del cielo penden signos genitales.
La Vía Láctea rueda sus henchidos
torrentes de amorosos sementales. [140]

Príapo: Gruta sagrada, toco tus orillas.
Abre tus labios ya, siénteme dentro.

Venus: ¡Oh maravilla de las maravillas!
¡Luz que me quema el más profundo centro!

Príapo: Se confunden los bosques, las lianas [145]
se juntan y conmueven.
En el pomar revientan las manzanas
y en el jardín copos de nardos llueven.

Venus: ¡Qué bien cubres mis ámbitos! Sus muros
¡cómo me los ensanchas y los llenas! [150]
¡Qué pleamar, qué viento acompasados!

Príapo: Jaca y jinete, unísonos, seguros,
galopan, de corales y de arenas
y de espumas bañados.

Venus: Detente, amor. No infundas ese aliento [155]
tan rápido a las brisas. Aminora
un poco el paso. Da a tu movimiento
un nuevo ritmo ahora.

Príapo: Pondré en mis alas un volar más lento.

Venus: ¡Dulce vaivén! Rezuman mis paredes [160]
las más blandas esencias.

Príapo: Desasidas de sus más hondas redes,
ya mis médulas saltan encendidas.

Venus: Ten más el freno.

Príapo: ¿El freno? Querencioso,
mi caballo se pierde a la carrera. [165]

Venus: Sigo también su galopar furioso,
antes que derramado en mí se muera.

Príapo: ¡Amor!

Venus: ¡Amor! La noche se desvae.
Nos baña el mar. ¡Oh luz! El mundo canta.
Cae la luna... El viento...

Príapo: Todo cae [170]
cuando el gallo del hombre se levanta.


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jueves, 25 de mayo de 2017

"La cita", de JUANA DE IBARBOUROU, seudónimo de JUANA FERNÁNDEZ MORALES (Uruguay, 1.892 - 1.979 d.n.e.).


Me he ceñido toda con un manto negro.
Estoy toda pálida, la mirada extática.
Y en los ojos tengo partida una estrella.
¡Dos triángulos rojos en mi faz hierática!

Ya ves que no luzco siquiera una joya,
ni un lazo rosado, ni un ramo de dalias.
Y hasta me he quitado las hebillas ricas
de las correhuelas de mis dos sandalias.

Mas soy esta noche, sin oros ni sedas,
esbelta y morena como un lirio vivo.
Y estoy toda ungida de esencias de nardos,
y soy toda suave bajo el manto esquivo.

Y en mi boca pálida florece ya el trémulo
clavel de mi beso que aguarda tu boca.

Y a mis manos largas se enrosca el deseo
como una invisible serpentina loca.

¡Descíñeme, amante! ¡Descíñeme, amante!
Bajo tu mirada surgiré como una
estatua vibrante sobre un plinto negro
hasta el que se arrastra, como un can, la luna.


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miércoles, 24 de mayo de 2017

"Se miran, se presienten, se desean", de OLIVERIO GIRONDO (ARGENTINA, 1891-1967 d.n.e.).



Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.


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martes, 23 de mayo de 2017

"Edén de los edenes", de MIGUEL RASCH ISLA (COLOMBIA, 1889-1953 d.n.e.)


En la grata penumbra de la alcoba,
todo indecisamente sumergido,
y ella, desmelenada, en el mullido
y perfumado lecho de caoba.

Tembló mi carne —¡enfiebrecida loba!—
y arrobéme en el cuerpo repulido,
como en un jazminero florecido
una alimaña pérfida se arroba.

Besé con beso deleitoso y sabio,
su palpitante desnudez de luna...
y en insaciada exploración, mi labio

bajó al umbroso edén de los edenes
,
mientras sus piernas me formaban una
corona de impudor sobre las sienes.


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lunes, 22 de mayo de 2017

"Ronda", de JOSÉ ASUNCIÓN SILVA (COLOMBIA, 1865-1896, d.n.e.).


(Versión original de "Poeta, di paso")

Poeta, di paso
Los furtivos besos...

....................................................................

La ronda... Los recuerdos... La luna no vertía
Allí ni un solo rayo, temblabas y eras mía
El aire estaba tibio bajo el follaje espeso,
Una errante luciérnaga alumbró nuestro beso...
El contacto amoroso de tus labios de seda...
La selva oscura y mística fue la alcoba sombría
El musgo, en ese sitio tiene olor de reseda...

...................................................................

Filtró luz por las ramas cual si llegara el día
Entre las nieblas pálidas la luna aparecía.

Poeta di paso
Los íntimos besos.

¿De las noches más dulces te acuerdas, todavía?
En señorial alcoba, do la tapicería
Amortiguaba el ruido, con sus hilos espesos,
Desnuda tú en mis brazos, fueron míos tus besos,
Tu cuerpo de veinte años sobre la roja seda,
Tus cabellos dorados y tu melancolía
Tus caricias de virgen y tu olor de reseda...

.........................................................................

Apenas alumbraba la lámpara sombría
Las desteñidas sedas de la tapicería

Poeta di paso
El último beso...

De la trágica noche me acuerdo todavía
El ataúd heráldico en el salón yacía,
Fatigado mi cuerpo por vigilias y excesos
Oí, como a distancia, los monótonos rezos,
Tú, mustia, yerta y rígida entre la negra seda,
La llama de los cirios temblaba y se movía,
Perfumaba la atmósfera un olor de reseda...
Un crucifijo pálido, los brazos extendía,
Y estaba helada y cárdena la boca que fue mía.

Poeta, a las sombras
Temblando me vuelvo.


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domingo, 21 de mayo de 2017

"Margarita", de RUBÉN DARÍO (NICARAGUA, 1867-1916 d.n.e.)


In memoriam...

¿Recuerdas que querías ser una Margarita
Gautier? Fijo en mi mente tu extraño rostro está,
cuando cenamos juntos, en la primera cita,
en una noche alegre que nunca volverá.

Tus labios escarlatas de púrpura maldita
sorbían el champaña del fino baccarat;
tus dedos deshojaban la blanca margarita:
«Sí..., no..., sí..., no...», ¡y sabías que te adoraba ya!

Después, ¡oh flor de Histeria!, llorabas y reías;
tus besos y tus lágrimas tuve en mi boca yo;
tus risas, tus fragancias, tus quejas eran mías.
Y en una tarde triste de los más dulces días,
la Muerte, la celosa, por ver si me querías,
¡como a una margarita de amor, te deshojó!


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