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jueves, 9 de febrero de 2023

"¡Ten compasión, piedad, amor!", de JOHN KEATS (INGLATERRA, 1795-1821, d.n.e.)

Brisa primaveral, de William Adolphe Bouguereau

¡Ten compasión, piedad, amor! ¡Amor, piedad!
Piadoso amor que no nos hace sufrir sin fin,
amor de un solo pensamiento, que no divagas,
que eres puro, sin máscaras, sin una mancha.
Permíteme tenerte entero… ¡Sé todo, todo mío!
Esa forma, esa gracia, ese pequeño placer
del amor que es tu beso…
esas manos, esos ojos divinos
ese tibio pecho, blanco, luciente, placentero,
incluso tú misma, tu alma por piedad dámelo todo,
no retengas un átomo de un átomo o me muero,
o si sigo viviendo, sólo tu esclavo despreciable,
¡olvida, en la niebla de la aflicción inútil,
los propósitos de la vida, el gusto de mi mente
perdiéndose en la insensibilidad, y mi ambición ciega!




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martes, 8 de noviembre de 2022

"La casa de los encuentros", de MARTIN AMIS (INGLATERRA, 1949--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "La casa de los encuentros", de fecha 2006  d.n.e.



TERCERA PARTE. CAPÍTULO V. SANGRE EN EL HIELO.

(...) En el pasado, innúmeras veces, como todo varón ruso, me había visto solicitando a una mujer a todas luces ebria hasta el desvalimiento. Ninguna falsa delicadeza me disuadiría, entonces, de solicitar a una mujer que se encontraba en pleno síndrome de abstinencia alcohólica. Empecé por despojarme de determinadas prendas, para ponerme un poco a la par con mi invitada; el siguiente paso fue tenderme junto a ella. No se ajustaría a la verdad afirmar que Zoya estaba dormitando. Al igual que la mayoría de mis compatriotas, yo era un tanto versado en el delirium tremens —el «mono» y el elefante rosa—. Y lo que veía en ella era uno de esos comas superficiales que normalmente preceden a la recuperación. Zoya cooperaba profundamente con el sueño, se abandonaba a él, respiraba con avidez, y tenía la frente tersa.
Debe de haber muy pocas mujeres que, en un primer encuentro amoroso, se alborocen ante el amante inconsciente. Acaso tampoco sea algo del agrado de muchos hombres, pero sin duda tiene sus adeptos potenciales. De momento nada podría haberme venido mejor. Zoya estaba tendida sobre un costado, y me daba la espalda; entonces se desplazó hacia un lado con un giro de caderas, y quedó boca abajo en la cama.
Así, dio comienzo el inventario. Cada uno de los omóplatos, cada prominencia del espinazo, cada costilla. Una vez transcurrido un tiempo razonable se dio la vuelta y quedó boca arriba. Del recto al verso. ¿Entiendes? Tendría que averiguar qué le habían hecho los hombres en cada parte del cuerpo. Tendría que descubrir el historial, la picaresca completa de ambos pechos, de ambas nalgas, de aquellas piernas que tantas veces se habían abierto, de aquellos labios que tanto habían besado y chupado. E incluso empezaba a pensar que los dos tendríamos que vivir una vida larga. Zoya y yo necesitaríamos llegar a longevos para poder completar nuestra tarea.
El sostén sin tirantes (o bustier), que ya me había tomado la libertad de desabrochar, pasó de debajo de la combinación a mis manos. Asimismo, la aplicación paciente de la rodilla izquierda me valió una victoria sobre los muslos, que terminaron por separarse, laxos, lo que hizo que el dobladillo de la combinación fuera ascendiendo centímetro a centímetro hacia el retazo de blanco más blanco.
Fue entonces, al aprestarme yo a husmeos y hurgamientos, cuando Zoya empezó a moverse. Pequeños seísmos locales, con epicentro en las pantorrillas o en los antebrazos, se propagaban por las placas de su cuerpo. Partió de ella un leve sonido, nasal, un gemido suave; era como una perra temblorosa que en su cesta, en sueños, persigue gatos y coches. En mi interior la atmósfera era la de un día canicular en pleno invierno: calidez, gratitud, la conciencia postergada de lo antinatural.
Empecé a besarla en los labios. No era la primera vez, a fin de cuentas. Yo ya la había besado. Y ella me había besado a mí. Ahora volvíamos a besarnos. De pronto emergió de las profundidades, toda ella, en un instante: los brazos que asían, la lengua que me inundaba la boca, el empuje sincopado de las ingles. Pensé, con un murmullo de pánico: no bastará una noche. Una riada tal… —ni en una noche, ni en un año empezaría siquiera a darle cauce.
—Oh, joder…, sí —dijo.
Así, Venus, tuve varios segundos de ello. Tuve varios segundos de ello… Y entonces abrió los ojos. Y se despertó.


Supongo que lo mejor que se puede decir de lo que sucedió a continuación es lo siguiente: técnicamente hablando, no fue una violación desde el principio. Y ocurrió muy rápido. Zoya abrió los ojos y vio, a escasos centímetros de distancia, una aterradora alucinación: era yo, Delirium Tremens. Había tenido un mal sueño, luego un buen sueño, luego una aterradora alucinación. Ahora veía la realidad, y aquel cuerpo apresado bajo mi peso acometió un combate furibundo. Pero yo recordaba cómo se hacía. ¿Sabes?, recordaba cómo se hacía: la pesada palma sobre las vías respiratorias, mientras la otra mano… En un momento dado dejó de luchar, y fingió estar muerta. Fue muy rápido.
Para comprenderla, en este último pasaje, te ruego que excluyas de tu pensamiento cualquier imputación de teatralidad. Su actitud no era ni siquiera alusiva; no conducía a ningún sentido. Era una mujer misteriosa. Eso es lo que era.
Pero primero hube de permanecer en aquel lecho, con la mirada fija en la pared de enfrente, mientras la oía en el cuarto de baño, mientras oía cómo se movía bruscamente con todos los grifos abiertos, cómo descorría las cortinas de la ducha, el golpe de la tapa del inodoro y los repetidos vaciados de la cisterna. Se abrió la puerta; y empecé a distinguir los sonidos familiares a todo hombre, los sonidos de la mujer o de la amante que, con autosuficiencia callada (y envuelta en una toalla, quizá), recoge y organiza su ropa. Después la guía de la puerta corredera. Venus, el orgasmo masculino, el clímax del varón: solamente el violador conoce lo ínfimo que es. Me vestí, y fui hacia ella.
Zoya estaba de pie en la oscuridad, junto a la butaca en la que había dejado el abrigo, el gorro, las botas de goma. Tenía puestas las medias y el bustier, y nada más —como una mujer galante, pero inocente de todo cálculo y sensualidad seductora—. En la mano levantada sostenía la falda, y se humedecía un dedo para quitar un hilo o mota de la tela. Mientras se vestía metódicamente, y cuando acto seguido se sentó, con la espalda erguida, para maquillarse, yo me movía a su alrededor frotándome las manos. Sí, traté de hablar; de cuando en cuando emitía roncamente media frase de servilismo lastimero o de súplica. Una o dos veces su mirada reparó fugazmente en mi persona, sin reproche alguno, sin interés, sin reconocimiento. Zoya apenas emitía, a intervalos de unos diez segundos, una especie de bufido en absoluto enfático, pero de una puntualidad enloquecedora. Como cuando un niño descubre una nueva habilidad bucal —contener el aliento, hacer ruidos con los labios.
Un nuevo sentimiento nacía en mí. Al principio creí que al menos me resultaba vagamente familiar; algo, supuse, más o menos manejable —no muy diferente, quizá, al de un modo completamente nuevo de sentirse muy enfermo—. Me senté a la mesa, bajo la luz, y examiné detenidamente este «nacimiento». Era la invisibilidad. Era el dolor de la persona que fui.
Ya vestida —con abrigo y sombrero—, Zoya salió de las sombras. Estaba de pie, de perfil, al alcance de la mano. Transcurrió un minuto. Supe que estaba dándole vueltas a algo, a algo grave; y supe que yo no formaba parte de sus pensamientos. Cogió uno de los vasos altos y lo sacudió para quitarle el agua. Inclinó sobre él la panzuda licorera, se sirvió diez, doce centímetros y apuró el contenido en cuatro o cinco tragos. Se estremeció hasta las yemas de los dedos, soltó un bufido, espiró, volvió a bufar y se dirigió hacia la puerta.
Y ahora el fundamento del «agravio». Venus, corre rauda al diccionario a mirar «agravio»… Buena chica. Recuerda: cada visita suma una neurona.



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lunes, 11 de abril de 2022

Soneto: "Al besar sus labios", de EDMUND SPENSER (INGLATERRA, 1552-1599)

Al besar sus labios (pues sentí esa gracia)
creí oler un jardín de dulces flores;
qué finos perfumes en torno derramaban,
dignos de damas para adornar sus recámaras.

Sus labios perfumaban cual claveles,
sus lozanas mejillas cual rosas rojas,
su rostro de nieve cual capullos de jazmín,
sus bellos ojos cual jóvenes magnolias.

Su hermoso regazo cual lecho de fresas,
su cuello cual ramo de rododendros,
sus pechos cual jóvenes tulipanes,

que despuntaban cual floridas madreselvas.
Flores de tal fragancia brindan robustos aromas,
pero su perfume de mil a todas superaba.





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viernes, 24 de diciembre de 2021

"El beso preciso", de FREDERIC SODDY INGLATERRA, 1877-1956, d.n.e.)

Pueden besarse los labios, dos a dos,
sin mucho calcular, sin trigonometría;
mas ¡ay! no sucede igual en Geometría,
pues si cuatro círculos tangentes quieren ser
y besar cada uno a los otros tres,
para lograrlo habrán de estar los cuatro
o tres dentro de uno, o alguno
por otros tres a coro rodeado.

De estar uno entre tres, el caso es evidente
pues son todos besados desde afuera.
Y el caso tres en uno no es quimera,
al ser éste uno por tres veces besado internamente.

Cuatro círculos llegaron a besarse,
cuanto menores tanto más curvados,
y es su curvatura tan sólo la inversa
de la distancia desde el centro.

Aunque este enigma a Euclides asombrara,
ninguna regla empírica es necesaria:
al ser las rectas de nula curvatura
y ser las curvas cóncavas tomadas negativas,
la suma de cuadrados de las cuatro curvaturas
es igual a un medio del cuadrado de su suma.

Espiar de las esferas
los enredos amorosos
pudiérale al inquisidor
requerir cálculos tediosos,
pues siendo las esferas más corridas,
a más de un par de pares
una quinta entra en la movida.

Empero, siendo signos y ceros como antes
para besar cada una a las otras cuatro,
El cuadrado de la suma de las cinco curvaturas
ha de ser triple de la suma de sus cuadrados.




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viernes, 6 de marzo de 2020

"Amor terrible", de EVELYN DOUGLAS, seudónimo de JOHN BARLAS (INGLATERRA, 1860-1914, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Sonetos de amor", de fecha 1889  d.n.e.



Obra de Ivan Slavinsky





El matrimonio de dos asesinos en la oscuridad
de un templo sombrío, adorando la noche más oscura;
frente a un sacerdote que oculta sus manos
debajo de la túnica maldita,
para que todos vean las flores sangrientas que brotan
como gemas sobre los dedos, rojo sobre blanco;
creciendo hacia las bóvedas del vértigo
las trompetas del órgano tañen y se quejan:
así es nuestro amor. ¡Oh, suaves y deliciosos labios
Dónde toda la sangre del mundo fluye hasta mi!

¡Oh, cintura etérea, mejillas pálidas, ojos de fuego,
pequeños y firmes senos, gigantes caderas,
oscuros cabellos de serpentinas trenzas
que se deslizan de mis manos
en las horas del rojo deseo.






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martes, 3 de marzo de 2020

"Duerme ahora el pétalo carmesí", de ALFRED TENNYSON (1809-1892, d.n.e.)

Duerme ahora el pétalo carmesí, también el blanco.
No ondulan los cipreses en la senda del palacio
ni la aleta dorada brilla en la fuente de pórfido.
Despierta la luciérnaga. Despierta tú conmigo.

Ahora sueña el blanco pavo real como un fantasma
y también como un fantasma resplandeces en mí.
La tierra entera, como Dánae, a las estrellas
se expone, como se expone tu corazón a mí.

Ahora en el silencio resbalan los astros, dejan
un surco brillante, como tu pensamiento en mí.
Ahora repliega ya el lirio toda su dulzura
y al oscuro fondo del lago se va deslizando.

Así que repliégate también tú, mi amor, y duerme
en mi fondo, piérdete entera dentro de mí.





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jueves, 27 de febrero de 2020

"El jardín de sombras", de ERNEST DOWSON (INGLATERRA, 1867-1900, d.n.e.)

Obra de Konstantin Razumov

El amor ya no escucha el gemido del viento
bailando entre flores perfectas: tu cerrado jardín
crece en desérticas formas, donde nadie podrá encontrar
el extraviado pétalo de una rosa olvidada.

¡Oh, brillante, brillante cabello!
¡Oh, boca, labios trémulos como la fruta que cae del árbol
¿Puede el hambre permanecer cerca de esa cosecha?

El amor, que fue sinfonía, con su laúd quebrado
susurrará melodías sobre la hierba de los camposantos.

Deja que el viento murmure sobre las flores perfectas,
Y que el jardín renazca y brille con la primavera:
el amor ha crecido ciego sin contar las horas,
sin soñar en las semillas del tiempo, ni en su cosecha.




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lunes, 17 de febrero de 2020

"El perfume escondido en el corazón de la rosa", de EVELYN DOUGLAS, seudónimo de JOHN BARLAS (INGLATERRA, 1860-1914, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Sonetos de amor", de fecha 1889  d.n.e.



El perfume escondido en el corazón de la rosa;
la dulzura interior de un sueño; el grito
de tristeza que se escapa en un suspiro,
el amor en un beso; la contraparte espiritual

de un súbito movimiento del ojo,
o las luces que en los labios nacen y mueren,
llamadas sonrisas: Busca en tu pecho lo más sagrado
que mora en tus pensamientos, realizándolos,

un alma en el cuerpo de tu habla:
Luego yo en ti, tú en mí, superficial,
y el cielo en ambos, y ambos al alcance del cielo:
cielos en nuestro corazón y cielos a nuestro lado.

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martes, 14 de enero de 2020

"Vieja canción inglesa", de autor ANÓNIMO (INGLATERRA)

Ni un beso... ni siquiera una sonrisa
he de pedirte yo.
Con la dicha de un beso de tus labios
no ha soñado jamás mi corazón.

¿Sabes tú lo que quiero, lo que ansío
En mi amoroso afán?
Sólo besar el aire embalsamado
que con sus alas te besó al pasar.




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viernes, 19 de abril de 2019

"Ven a mí en sueños", de MARY SHELLEY (Mary Wollstonecraft Godwin) (INGLATERRA, 1797-1851 d.n.e.)

—¡Oh, ven a mí en sueños, mi amor;
no pediré una dicha más ansiada!
¡Ven con haces estrellados, mi amor,
y con tu beso acaricia mis párpados!

Y así fue, como las antiguas fábulas dicen,
que el amor visitó a una doncella griega,
hasta que ella perturbó el hechizo sagrado,
y despertó para encontrar sus esperanzas traicionadas.

Pero el apacible sueño velará mi vista,
y la lámpara de Psique se oscurecerá,
cuando en las visiones de la noche
renueves tus votos para mí.

Entonces, ¡ven a mí en sueños, mi amor,
no pediré una dicha más ansiada!
¡Ven con haces estrellados, mi amor.
y con tu beso acaricia mis párpados cerrados!



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jueves, 18 de abril de 2019

"Sueño nupcial ('placata Venere')", de DANTE GABRIEL ROSSETTI (INGLATERRA, 1828-1882)

Con cálida aflicción, al fin se deshizo el largo beso:
y como las últimas gotas repentinas caen
del resplandeciente alero cuando la tormenta ha huido,
a solas vaciló el latir de sus corazones.
Sus pechos se apartaron, con el brotar abierto
de las flores nupciales a su lado, extendidas
desde el tallo unido, mas aún sus bocas ardiendo
se acariciaron donde yacían separadas.

El sopor los hundió más profundamente que la marea
de los sueños, y sus sueños los vieron sumergirse
y escapar. Delicadas sus almas flotaron de nuevo
por esplendores acuáticos, y, ahogados, grises
objetos del día; hasta que, por un prodigio
de leños nuevos y corrientes, él se despertó y más
se maravilló: pues ella estaba a su lado.



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miércoles, 17 de abril de 2019

"Filosofía del amor", de PERCY BYSSHE SHELLEY (INGLATERRA, 1792-1822)

Poema perteneciente al libro "Poemas escogidos de Percy Bisshe Shelley", de fecha 1866  d.n.e.



Las fuentes se mezclan con el río,
y los ríos con el océano;
los vientos del cielo se mezclan para siempre
con una dulce emoción;
nada en el mundo es único,
todas las cosas por ley divina
se completan unas a otras...
¿por qué no debería hacerlo contigo?

Mira, las montañas besan el alto cielo
y las olas se acarician en la costa;
ninguna flor sería hermosa
si desdeña a sus hermanos:
y la luz del sol ama la tierra,
y los reflejos de la luna besan los mares...
¿De qué vale todo este amor
si tú no me besas?



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lunes, 15 de abril de 2019

"Era un fantasma del deleite", de WILLIAM WORDSWORTH (INGLATERRA, 1770-1850

Ella era un fantasma del deleite
cuando por vez primera la vi
ante mis ojos resplandeciente,
una adorable aparición enviada
para adornar un instante:
sus ojos eran como estrellas
de un bello crepúsculo,
como el atardecer
también sus cabellos oscuros.

Pero todo el resto de ella
provenía de la primavera y de la aurora gozosa:
una forma danzante,
una imagen radiante
que obsesiona, turba y descarría.

La observé más de cerca: era un espíritu,
¡pero una mujer también!
Leves y etéreos sus movimientos en el hogar,
y su paso era de virginal libertad;
un semblante en el que se contemplaban
dulces recuerdos, y promesas también.

Una criatura no demasiado brillante
ni excelente para lo cotidiano,
para los dolores fugaces, los engaños simples,
las alabanzas, los reproches, el amor, los besos,
las lágrimas y las sonrisas.

Ahora veo con ojos serenos
el mismo pulso de la máquina;
un ser respirando aire pensativo,
una peregrina entre la vida y la muerte,
la razón firme, la templada voluntad,
paciencia, previsión, fuerza y destreza.

Una mujer perfecta,
noblemente planeada para advertir,
para consolar,
para ordenar.
Y aún así, siempre un espíritu
que resplandece con algo de luz angelical.


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lunes, 8 de abril de 2019

"La belle dame sans merçi", de JOHM KEATS (INGLATERRA, 1795-1821)

—¡Oh! ¿Qué pena te acosa, caballero en armas,
vagabundo pálido y solitario?
Las flores del lago están marchitas;
y ningún pájaro canta.

¡Oh! ¿Por qué sufres, caballero en armas,
tan maliciento y dolorido?
La ardilla ha llenado su granero
y la mies ya fue guardada.

Un lirio veo en tu frente,
bañada por la angustia y la lluvia de la fiebre,
y en tus mejillas una rosa sufriente,
también mustia antes de su tiempo.

Una dama encontré en la pradera,
de belleza consumada, bella como una hija de las hadas;
largos eran sus cabellos, su pie ligero,
sus ojos hechiceros.

Tejí una corona para su cabeza,
y brazaletes y un cinturón perfumado.
Ella me miró como si me amase,
y dejó oír un dulce plañido.

Yo la subí a mi dócil corcel,
y nada fuera de ella vieron mis ojos aquel día;
pues sentada en la silla
cantaba una melodía de hadas.

Ella me reveló raíces de delicados sabores,
y miel silvestre y rocío celestial,
y sin duda en su lengua extraña me decía:
Te amo.

Me llevó a su gruta encantada,
y allí lloró y suspiró tristemente;
allí cerré yo sus ojos salvajes
sus ojos hechiceros, con mis labios.

Ella me hizo dormir con sus caricias
y allí soñé (¡Ah, pobre de mí!)
el último sueño que he soñado
sobre la falda helada de la montaña.

Ví pálidos reyes, y también princesas,
y blancos guerreros, blancos como la muerte;
y todos ellos exclamaban:
¡La 'belle dame sans merci' te ha hecho su esclavo!

Y ví en la sombra sus labios fríos abrirse
en terrible anticipación;
y he aquí que desperté,
y me encontré en la falda helada de la montaña.

Esa es la causa por la que vago,
errabundo, pálido y solitario;
aunque las flores del lago estén marchitas,
y ningún pájaro cante.



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