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miércoles, 21 de junio de 2023

"Problemas de geografía personal", de LUIS GARCÍA MONTERO (ESPAÑA, 1958--, d.n.e.)


Nunca se despedirme de ti, siempre me quedo
con el frío de alguna palabra que no he dicho,
con un malentendido que temer,
ese hueco de torpe inexistencia
que a veces, gota a gota, se convierte
en desesperación.

Nunca se despedirme de ti, porque no soy
el viajero que cruza por la gente,
el que va de aeropuerto en aeropuerto
o el que mira los coches, en dirección contraria,
corriendo a la ciudad
en la que acabas de quedarte.

Nunca sé despedirme, porque soy
un ciego que tantea por el túnel
de tu mano y tus labios
cuando dicen adiós,
un ciego que tropieza con los malentendidos
y con esas palabras
que no saben pronunciar.

Extrañado de amor,
nunca puedo alejarme de todo lo que eres.
En un hueco de torpe inexistencia,
me voy de mí
camino a la nada.





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jueves, 1 de diciembre de 2022

"Volver a creer", Capítulo XXXII, de KRISTI ANN HUNTER (EE.UU., Siglo XX-XXI, d.n.e.)

Capítulo perteneciente al libro "Volver a creer", de fecha 2019  d.n.e.



CAPÍTULO XXXII.

(...) En ese momento supo que ella estaba a punto de salir corriendo.
Si se iba ahora, enterraría todos esos sentimientos y volvería a construir el muro en su interior, aunque mucho más alto y sólido. Y él nunca encontraría la forma de romperlo.
Lo que acababa de descubrir había acrecentado sus sentimientos hacia ella hasta el punto de no poder ocultarlos. Albergaba la esperanza de convencerla para que mantuviera los suyos también a la vista.
Se movió hacia un lado para bloquearle el camino mientras ella rodeaba el sofá. Se chocaron con tanta fuerza que a él le costó mantener el equilibrio y ella estuvo a punto de caerse. La sujetó con ambos brazos y la atrajo hacía sí hasta que recuperó el equilibrio. Entonces William bajó los brazos, pero no se apartó. La mujer disponía de espacio suficiente para retroceder e ir hacia la puerta por otro lado. Imploró que ella no quisiera escapar de aquello.
Fuera lo que fuese.
Daphne enderezó los hombros y retrocedió medio paso. Todavía estaba lo suficientemente cerca para poder tocarla. Lo suficientemente cerca para sostenerla.
Si se lo permitiera…
—¿Qué quieres de mí? —preguntó ella en un murmullo.
¿Qué quería? Durante muchas semanas lo único que había querido era la verdad, pero ahora que lo había conseguido, anhelaba más. Quería conocerla, no solo conocer su pasado. Quería que fuera una mujer a la que pudiera cortejar, alguien que se alegrara de construir una vida tranquila junto a él.
Pero sobre todo deseaba tener la certeza de que no estaba solo en aquel enamoramiento. No quería ser el único que se quedara mirando al techo por la noche, preguntándose si podía haber actuado de otra forma ese día.
—Quiero que dejes de correr.
—Hay una casa de la que tengo que ocuparme.
—Puedo contratar otra sirvienta.
Daphne frunció el ceño.
—Ya has contratado a medio pueblo.
William se rio al pensar en la cara que pondría Daphne si se enteraba de todo el personal que tenía en el condado de Wilt.
—No tanto. Y estoy seguro de que hay más jóvenes que necesitan trabajo.
—Pero ¿por qué?
—Porque no puedo dejar de pensar en ti. —Levantó la mano despacio, contemplando su rostro mientras ella le miraba la mano. Al ver que no se alejaba, le apartó con suavidad un rizo de la mejilla—. Incluso desde antes, cuando todavía no sabía que no eres la persona que yo creía.
La vio esbozar una media sonrisa antes de bajar la mirada.
—¿No esperabas que tu ama de llaves fuera la hija indigna de un caballero, que se escondió en el campo y cuidó a su hijo secreto y a otra docena de niños ilegítimos en tu casa y sin permiso alguno?
Usó la misma mano con la que le había retirado el mechón para obligarle a alzar la barbilla y que pudiera ver la sinceridad con la que iba a hablarle.
—No eres indigna ni estás arruinada. Ni tienes nada que ver con ninguno de esos horrendos adjetivos que sueles llevar encima como si de un delantal se tratara. Nunca he visto a una mujer con más honor que tú. Has dedicado tu vida a cuidar de los demás, renunciando a todos los lujos que conocías para que esos niños pudieran salir adelante.
Alzó la otra mano para acariciarle la mejilla. La mujer tenía los ojos húmedos, estaba a punto de romper a llorar.
Pero no lloró, ni siquiera sollozó. Y tampoco se apartó.
William soltó un suspiro.
—Daphne, quiero que sepas que estoy aquí, justo aquí, ahora mismo, en esta habitación, contigo, porque es aquí donde quiero estar.
Ella arqueó ambas cejas.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque esta vez, cuando vaya a besarte, quiero que no te quepa la más mínima duda de que es real.
William se detuvo para tomar aliento, contemplando su cara, sus ojos, en busca de cualquier señal de pánico. Era consciente, demasiado consciente, del inmenso abismo social que se interponía entre ellos. Para el resto del mundo él era el dueño y señor, el que ostentaba todo el poder en esa estancia. Pero lo que nadie sabía era que en ese instante era él el que estaba a merced de Daphne. Podía pedirle que se marchara y él lo haría de inmediato. Haría las maletas y se mudaría a cualquier otro lugar, porque no podía imaginarse aquella casa sin ella.
Daphne parpadeó. La vio morderse el labio inferior durante un momento y tomar una profunda bocanada de aire que hizo que sus hombros subieran y bajaran lentamente.
Pero no se fue.
Y le mantuvo la mirada. Incluso cuando él empezó a bajar la cabeza.
William cerró los ojos mientras acercaba su boca a la de ella y el tiempo pareció detenerse. Lo primero que notó fue su aliento, e inmediatamente después la suavidad de sus labios.
El tiempo dejó de importar. Se vio abrumado por la necesidad de atraerla hacia él, de hacerla parte de él. Deslizó las manos por su delicado cuello y los hombros, y cuando sintió la suave presión de las manos de ella contra ambos costados y el cambio en la presión del beso al ponerse ella de puntillas, la acercó más y la abrazó. Ese beso superaba sus expectativas, era más de lo que alguna vez se había atrevido a soñar. Nunca creyó que un simple beso pudiera significar tanto.

Ya no era un simple beso. Había dejado de serlo cuando sus cuerpos se habían juntado.
Se separó y luego apoyó el rostro en su cuello y en el borde de su desgastado vestido de muselina. Notó su aliento, mientras él se esforzaba por respirar y apreciar su olor. Sintió las manos de la mujer ascendiendo por sus hombros para, segundos después, aferrarse a ellos, tratando de acercarse más. Podían ir más allá. No iba a dejarla marchar. No ahora, no cuando por fin había conseguido que bajara la guardia y le demostrase que compartía sus sentimientos. No sería la primera vez para ninguno de los dos. Podían ir un poco más allá, compartir un poco más, no cruzarían ninguna línea en la que no hubieran tropezado antes.
Pero no se trataba de eso.
Estrechó a Daphne mientras apoyaba la cabeza en su hombro. Intentaba deshacerse de la idea de que podía tener todo lo que quisiera en ese mismo instante. Y probablemente fuera cierto.
Ella estaba temblando igual que él.
Pero Daphne se merecía más. Los dos se merecían más.
El amor, si es que eso lo era, se merecía más.
Algo más que pasión, algo más que un momento.
Se merecía toda una vida.
Y el miedo a no poder encontrar una forma de conseguir que aquello sucediera no era excusa para tomar todo lo que pudiera ahora, aunque ella se lo ofreciera libremente.
Siguió abrazándola, mientras sus respiraciones se apaciguaban. En cuanto Daphne se diera cuenta de lo que había pasado, de lo que podía haber pasado, iba a atormentarse por la culpa y él no sabía cómo evitarlo.
Así que la abrazó, esperando que ese momento de conexión le hiciera ver que significaba mucho más para él que cualquier placer físico fugaz.
Y entonces notó cómo se tensaba entre sus brazos.
William volvió la cara hacia ella y, entre sus rizos, le susurró al oído: —No. Por favor, no. —Aspiró tembloroso—. Por favor, no te arrepientas de lo que hay entre nosotros. Yo… no volveré a besarte hasta que veamos adónde nos conduce esto, pero por favor, por favor, no te arrepientas de lo que nos hacemos sentir.
Sin dejar de abrazarla, esperó hasta que ella se relajó un poco y asintió. Y cuando la soltó y dio un paso atrás, Daphne le rozó los hombros con una breve caricia.
Su rostro reflejaba tantas emociones que fue incapaz de descifrarlas. Puede que ni siquiera supiera lo que estaba sintiendo en ese momento. Él mismo era incapaz de entender todas las emociones que bullían en su interior. Entre la revelación de lo que había pasado en Haven Manor y el beso, estaba aturullado. Lo único que sabía era que quería a esa mujer en su vida. Y hacía mucho tiempo que no quería que alguien formara parte de su vida.



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martes, 8 de noviembre de 2022

"La casa de los encuentros", de MARTIN AMIS (INGLATERRA, 1949--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "La casa de los encuentros", de fecha 2006  d.n.e.



TERCERA PARTE. CAPÍTULO V. SANGRE EN EL HIELO.

(...) En el pasado, innúmeras veces, como todo varón ruso, me había visto solicitando a una mujer a todas luces ebria hasta el desvalimiento. Ninguna falsa delicadeza me disuadiría, entonces, de solicitar a una mujer que se encontraba en pleno síndrome de abstinencia alcohólica. Empecé por despojarme de determinadas prendas, para ponerme un poco a la par con mi invitada; el siguiente paso fue tenderme junto a ella. No se ajustaría a la verdad afirmar que Zoya estaba dormitando. Al igual que la mayoría de mis compatriotas, yo era un tanto versado en el delirium tremens —el «mono» y el elefante rosa—. Y lo que veía en ella era uno de esos comas superficiales que normalmente preceden a la recuperación. Zoya cooperaba profundamente con el sueño, se abandonaba a él, respiraba con avidez, y tenía la frente tersa.
Debe de haber muy pocas mujeres que, en un primer encuentro amoroso, se alborocen ante el amante inconsciente. Acaso tampoco sea algo del agrado de muchos hombres, pero sin duda tiene sus adeptos potenciales. De momento nada podría haberme venido mejor. Zoya estaba tendida sobre un costado, y me daba la espalda; entonces se desplazó hacia un lado con un giro de caderas, y quedó boca abajo en la cama.
Así, dio comienzo el inventario. Cada uno de los omóplatos, cada prominencia del espinazo, cada costilla. Una vez transcurrido un tiempo razonable se dio la vuelta y quedó boca arriba. Del recto al verso. ¿Entiendes? Tendría que averiguar qué le habían hecho los hombres en cada parte del cuerpo. Tendría que descubrir el historial, la picaresca completa de ambos pechos, de ambas nalgas, de aquellas piernas que tantas veces se habían abierto, de aquellos labios que tanto habían besado y chupado. E incluso empezaba a pensar que los dos tendríamos que vivir una vida larga. Zoya y yo necesitaríamos llegar a longevos para poder completar nuestra tarea.
El sostén sin tirantes (o bustier), que ya me había tomado la libertad de desabrochar, pasó de debajo de la combinación a mis manos. Asimismo, la aplicación paciente de la rodilla izquierda me valió una victoria sobre los muslos, que terminaron por separarse, laxos, lo que hizo que el dobladillo de la combinación fuera ascendiendo centímetro a centímetro hacia el retazo de blanco más blanco.
Fue entonces, al aprestarme yo a husmeos y hurgamientos, cuando Zoya empezó a moverse. Pequeños seísmos locales, con epicentro en las pantorrillas o en los antebrazos, se propagaban por las placas de su cuerpo. Partió de ella un leve sonido, nasal, un gemido suave; era como una perra temblorosa que en su cesta, en sueños, persigue gatos y coches. En mi interior la atmósfera era la de un día canicular en pleno invierno: calidez, gratitud, la conciencia postergada de lo antinatural.
Empecé a besarla en los labios. No era la primera vez, a fin de cuentas. Yo ya la había besado. Y ella me había besado a mí. Ahora volvíamos a besarnos. De pronto emergió de las profundidades, toda ella, en un instante: los brazos que asían, la lengua que me inundaba la boca, el empuje sincopado de las ingles. Pensé, con un murmullo de pánico: no bastará una noche. Una riada tal… —ni en una noche, ni en un año empezaría siquiera a darle cauce.
—Oh, joder…, sí —dijo.
Así, Venus, tuve varios segundos de ello. Tuve varios segundos de ello… Y entonces abrió los ojos. Y se despertó.


Supongo que lo mejor que se puede decir de lo que sucedió a continuación es lo siguiente: técnicamente hablando, no fue una violación desde el principio. Y ocurrió muy rápido. Zoya abrió los ojos y vio, a escasos centímetros de distancia, una aterradora alucinación: era yo, Delirium Tremens. Había tenido un mal sueño, luego un buen sueño, luego una aterradora alucinación. Ahora veía la realidad, y aquel cuerpo apresado bajo mi peso acometió un combate furibundo. Pero yo recordaba cómo se hacía. ¿Sabes?, recordaba cómo se hacía: la pesada palma sobre las vías respiratorias, mientras la otra mano… En un momento dado dejó de luchar, y fingió estar muerta. Fue muy rápido.
Para comprenderla, en este último pasaje, te ruego que excluyas de tu pensamiento cualquier imputación de teatralidad. Su actitud no era ni siquiera alusiva; no conducía a ningún sentido. Era una mujer misteriosa. Eso es lo que era.
Pero primero hube de permanecer en aquel lecho, con la mirada fija en la pared de enfrente, mientras la oía en el cuarto de baño, mientras oía cómo se movía bruscamente con todos los grifos abiertos, cómo descorría las cortinas de la ducha, el golpe de la tapa del inodoro y los repetidos vaciados de la cisterna. Se abrió la puerta; y empecé a distinguir los sonidos familiares a todo hombre, los sonidos de la mujer o de la amante que, con autosuficiencia callada (y envuelta en una toalla, quizá), recoge y organiza su ropa. Después la guía de la puerta corredera. Venus, el orgasmo masculino, el clímax del varón: solamente el violador conoce lo ínfimo que es. Me vestí, y fui hacia ella.
Zoya estaba de pie en la oscuridad, junto a la butaca en la que había dejado el abrigo, el gorro, las botas de goma. Tenía puestas las medias y el bustier, y nada más —como una mujer galante, pero inocente de todo cálculo y sensualidad seductora—. En la mano levantada sostenía la falda, y se humedecía un dedo para quitar un hilo o mota de la tela. Mientras se vestía metódicamente, y cuando acto seguido se sentó, con la espalda erguida, para maquillarse, yo me movía a su alrededor frotándome las manos. Sí, traté de hablar; de cuando en cuando emitía roncamente media frase de servilismo lastimero o de súplica. Una o dos veces su mirada reparó fugazmente en mi persona, sin reproche alguno, sin interés, sin reconocimiento. Zoya apenas emitía, a intervalos de unos diez segundos, una especie de bufido en absoluto enfático, pero de una puntualidad enloquecedora. Como cuando un niño descubre una nueva habilidad bucal —contener el aliento, hacer ruidos con los labios.
Un nuevo sentimiento nacía en mí. Al principio creí que al menos me resultaba vagamente familiar; algo, supuse, más o menos manejable —no muy diferente, quizá, al de un modo completamente nuevo de sentirse muy enfermo—. Me senté a la mesa, bajo la luz, y examiné detenidamente este «nacimiento». Era la invisibilidad. Era el dolor de la persona que fui.
Ya vestida —con abrigo y sombrero—, Zoya salió de las sombras. Estaba de pie, de perfil, al alcance de la mano. Transcurrió un minuto. Supe que estaba dándole vueltas a algo, a algo grave; y supe que yo no formaba parte de sus pensamientos. Cogió uno de los vasos altos y lo sacudió para quitarle el agua. Inclinó sobre él la panzuda licorera, se sirvió diez, doce centímetros y apuró el contenido en cuatro o cinco tragos. Se estremeció hasta las yemas de los dedos, soltó un bufido, espiró, volvió a bufar y se dirigió hacia la puerta.
Y ahora el fundamento del «agravio». Venus, corre rauda al diccionario a mirar «agravio»… Buena chica. Recuerda: cada visita suma una neurona.



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viernes, 4 de noviembre de 2022

"Un sabor a trapo viejo"", de DAVID (RODRÍGUEZ) TRUEBA (ESPAÑA, 1969-- d.n.e.)

Fragmento del segundo capítulo perteneciente al libro "Tierra de campos", de fecha 2017  d.n.e.



UN SABOR A TRAPO VIEJO.

Los besos después de la pasión dejan en la boca un sabor a trapo viejo. Por eso me visto y me voy. Después de follar, todo son posturas comprometedoras. Si mi brazo debajo de su cabeza, si su mejilla en mi regazo, si uno se vuelve de espaldas al otro. Y yo ya no quiero dormir junto a nadie toda la noche. Porque la noche les pertenece a los que se aman. Y yo no amo. Prefiero el mal trago de que me vean vestirme, de mostrar la piel que ha perdido la ingravidez del deseo mientras busco un calcetín o el calzoncillo abandonado en el suelo o me calzo las zapatillas con los cordones atados de la mañana anterior.
¿Te vas?, había preguntado Carmela con la misma resentida dulzura de siempre. ¿Te vas ya? suena aún peor, con ese ya recriminatorio que esa madrugada me ahorró. Es hermoso si se quedan dormidas y puedes dejar caer un beso, ya vestido, con un pie en la calle. Pero Carmela se incorporó para poner la alarma del móvil y la despedida fue más laboriosa. Exhibía un gesto gatuno sentada sobre el colchón con el pelo despeinado que tan bien les sienta a las mujeres. Deberían pagar en la peluquería para que las despeinaran así. Nos dimos dos besos más, que fueron secos y ásperos como la resaca.
Carmela era camarera en el bar de Quique. Aquella era la séptima vez que nos acostábamos juntos. La precisión fue de ella. Es la séptima vez que nos acostamos en cuatro meses, me dijo. Corremos el riesgo de transformarlo en una afección crónica. Yo sólo tosí. Ya te veo la cara, vienes al bar únicamente cuando quieres follar, me había dicho la noche antes, cuando me acerqué a la barra. Tenía treinta y un años, casi quince menos que yo, pero se refería a su edad como una dolencia que había decidido tratarse. Necesito hacer algo, siempre se quejaba. Tengo que hacer algo con mi vida. Tengo que buscarme algo distinto. He oído ese lamento demasiadas veces, y yo me limitaba a esquivarlo para no verme involucrado en el proyecto. Salgo muy poco por las noches, no creas, con los niños no puedo. Le decía la verdad. Pero no le dije que eludía el bar de Quique, que era mi bar habitual, cuando no quería terminar la noche con ella. Has ganado una amante y has perdido un bar, me criticaba Animal cuando yo proponía ir a otro local. Eso es grave. Los amantes pasan, pero un buen bar es para toda la vida. Amar es no poder tomarte otra cuando quieres. Esas eran las frases de Animal, él, que había perdido para siempre todos los bares de su vida. Animal dice que soy impaciente. Él siempre está disponible, le sobra tiempo para todo. A mí no, soy ansioso. Dicen que la mejor prueba de tu ansiedad es cuando tiras de la cadena antes de terminar de mear. Ese soy yo. Soy impaciente incluso en las pruebas de sonido. No me gusta que se alarguen. Hay que preservar la tensión. Y hasta los bises dejan de tener encanto si se alargan de más. Carmela me desnudaba en su apartamento feo de Ventas con tres zarpazos y luego ella se desnudaba como un hombre, sin preocuparse de lo que dejaba ver. La primera vez que hablé con ella, atraído por los ojos claros y su piel rubia bajo el pelo negro, me frenó, yo te vi una vez cuando iba a la universidad, en el Clamores. Me llevó un novio al que le gustaban tus canciones. Era un cabrón. Su favorita era «Me voy».
En realidad aquella canción era una descripción del orgasmo,
me voy,
mañana es hoy,
vine y me fui,
quien era ya no soy,
me voy,

pero mucha gente la interpreta como una canción de ruptura. Me agradaba la confusión, quizá pretendida por mí al asociar clímax erótico, el derrame, con la fuga. El placer consumado abre de una patada la puerta de la siguiente habitación, en una de tantas paradojas que convierten vivir en un vértigo. Carmela relajó el escudo defensivo a lo largo de dos o tres noches en el bar de Quique, cuando la rondé y ella aceptó la invitación a tomar la última por ahí, después de cerrar. Te vas a follar a una camarera, ¿no te da asco de puro clásico?, me dijo la primera noche al entrar a besos en su piso. El músico que liga con la camarera.
Tengo gran respeto por los clásicos, respondí.
Caminé del apartamento de Carmela hasta mi casa. En ese amanecer, yo era el tipo al que le sorprende la mañana haciendo labores propias de la noche. Culpable. El sol era el flexo en la cara de las películas con interrogatorios policiales. Mi única respuesta fue tararear. Me gusta caminar tarareando. Hay lugares en los que nacen las canciones. En la calle, de vuelta a casa en esa hora temprana, también en la cama antes de despertar del todo, en el avión. Y en la ducha. La ducha es un lugar de inspiración caro y antiecológico, pero las canciones saben a lluvia



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viernes, 14 de octubre de 2022

Alguien dice tu nombre", de LUIS GARCÍA MONTERO (ESPAÑA, 1958--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "Alguien dice tu nombre", de fecha 2013  d.n.e.



Consuelo se parece a mi tía Rosario. Quizá por eso agaché yo la cabeza cuando las tuberías empezaron a sonar de una forma inesperada en su casa. Consuelo se levanta, va hacia el baño, se desnuda y me llama. La imaginación es una amiga insolente. Sin duda vale su peso en oro para alguien que quiere convertirse en un literato, pero es muy insolente. Ve, oye y toca más de lo que debe. Consuelo se desnuda, se quita el vestido, el sujetador, las bragas, deja que el agua caiga, que baje por su piel mientras ella busca el jabón con los ojos cerrados y acaricia su cuerpo que se llena de espuma, y de lugares, y de misterios húmedos, como los pechos libres, como los pezones duros por el frío repentino, como el vientre blanco y el pelo del pubis, como los muslos redondos y las uñas de los pies. Es una llamarada el pelo del pubis. Me ve mirarla, y se vuelve pudorosa, y deja que me entretenga en la espalda, en el culo, y se enjuaga, y corta el agua, y me señala con la mano la percha de la que cuelga una toalla.
Yo soy obediente, Consuelo. Te llevo la toalla, dejo que salgas de la bañera, cuidado, no te caigas, te busco los hombros, siento el pelo empapado, presiono tu pubis con los dedos, luego te rodeo, te envuelvo con los brazos, busco tu cuello con mi boca, muerdo, busco tus pechos con mis manos, aprieto, insisto, hasta que te vuelves, y me besas, y me mojas la camisa al pegarme tus pechos, y te separas un momento para sonreírme. Estás muy guapa, Consuelo, parecida a mi tía Rosario, pero más joven, más misteriosa. Ya he dejado de ser un niño para ti. Dame la mano, llévame hasta tu dormitorio. Las cortinas están bien, pero vamos a cambiar pronto la barra. Mañana voy a volver, colocaré la nueva que hemos dejado en el salón. Será la excusa para repetir mañana y pasado mañana. Ahora te tiendes en la cama. Me observas mientras me desnudo. No doblo los pantalones, no cuelgo la camisa del respaldo de una silla, todo cae en el suelo porque tengo prisa, me estás esperando, soy el sobrino convertido en amante, el muchacho tímido que rompe la cuerda y quiere vivir una locura, el cuerpo que pesa sobre tu cuerpo, que te abre las piernas, que busca tu sexo para entrar en ti, ser tuyo, así, como el agua después de la sequía, como el mar en cada ola.
Me estoy moviendo en la cama. Miro hacia Vicente. Un ataque de pánico se apodera de mí. Por fortuna sigue dormido. El enemigo duerme, descansa. No ha notado nada extraño, ninguna debilidad en cama ajena. Lo único que falta es que me vea masturbándome a su lado, en esta pensión sórdida, que se pudre al lado del mar como los restos de un naufragio. De ninguna manera. Ayer, cuando llegué a mi casa y me metí en la cama, me desvelé. Pero no por culpa del deseo, sino por inquina contra mí, el malestar de la vergüenza. Fue el sentimiento cruel del ridículo, la forma en la que Consuelo habló de la homosexualidad de Vicente, el ruido de la ducha, la puerta abierta, la sombra de su sexo no visto, el estupor de mi parálisis. Con este calor, con esta sequía, con esta edad, resulta inconcebible no haber aceptado de inmediato una ducha.
¿Qué quieres, Consuelo? ¿Una ducha? No hace falta que nos duchemos, vamos directamente a la cama que te voy a enseñar lo que no sé, me voy a portar como un hombre, ya que parece que tú estás buscando un sustituto para las vacaciones de don Alfonso, el jefe descuidado que se va con su mujer y sus hijos a la playa, y te deja sola, y no piensa en ti porque está entretenido con las muchachas pelirrojas que se levantan de la toalla y se lanzan de cabeza al mar. Aquí estoy yo, Consuelo, o aquí estaría si no fuese un gilipollas, con J o con G, un gilipollas que se queda paralizado en el momento más inoportuno, y no se levanta para entrar en el cuarto de baño mientras cae la lluvia, y no te seca con una toalla, y no te sigue hasta la cama para abrirte los muslos, para ponerse encima, pesar con todo el cuerpo sobre ti y componer ese extraño animal de ocho extremidades del que habló Shakespeare. Hasta haciendo el amor se puede citar a los clásicos, dice mi profesor de Literatura.
No, ayer no sentí el menor arañazo de deseo. Estaba solo en mi habitación, libre, con todo el piso para mí, sin ningún testigo molesto que pudiera oír el ruido del somier o notar en la oscuridad los movimientos sistemáticos de un pajillero. No había nadie para decirme eso no necesito saberlo, eso no necesito verlo, eso no necesito oírlo. Y ahora, en esta pensión compartida, con Vicente a un metro de distancia, cae sobre mí el desnudo de Consuelo, la boca de Consuelo, su cuerpo mal tapado, su libertad; y la imaginación insolente me arrastra detrás de ella, me clava sus uñas en la espalda, me rodea con sus piernas, me dice que siga, no pienses en otra cosa y sigue, sigue.





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martes, 20 de septiembre de 2022

"Detrás de un beso", de ADRIANA RUBENS (ESPAÑA, 1977--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "Detrás de un beso", de fecha 2019  d.n.e.



CAPÍTULO 31

«¿Tan difícil es creer que soy una mujer?», pensó Jacqueline con frustración al ver el rostro de incredulidad de Joshua ante su declaración.

Por eso, solo por eso, lo besó: para demostrarle la clase de mujer que subyacía bajo su disfraz. Bueno, por eso y porque él había afirmado que la quería. O, mejor dicho, que quería a Jack Ellis. Pero, demonios, él estaba confundido por el opio, se veía en su mirada turbia, y ella estaba demasiado feliz como para no aprovechar la oportunidad de besarlo. Así que, lo acercó a su cuerpo con ímpetu, cogiéndolo por las solapas de la chaqueta, y apretó los labios contra los suyos con torpeza.
Los separó un segundo después, antes de que él pudiese reaccionar a su ataque.
Un ligero rubor cubrió sus mejillas, avergonzada por su atrevimiento, pero aun así lo miró a los ojos, expectante.
Se suponía que aquel beso debía evidenciar su sexualidad, despertar alguna reacción de deseo en él, pero el rostro de Joshua permanecía inescrutable.
¡Demonios! Algo había hecho mal, eso era. Después de todo, ¿qué sabía ella de besos?
Nada. Su experiencia era nula.
Decidida a obtener alguna respuesta, volvió a repetir el beso. Lo atrajo hacia sí, se alzó de puntillas, contuvo el aliento y estampó sus labios contra los de él. Esta vez no se separó al instante. Un segundo, dos, tres… Y le puso fin con una sonrisa satisfecha. Sonrisa que pronto se transformó en un ceño fruncido al ver que Joshua continuaba imperturbable.
—¿Se puede saber qué te pasa? —inquirió frustrada.
—Estoy esperando.
—¿A qué?
—A despertar —respondió él, con la mirada confusa—. No lo entiendes. He soñado con este momento durante meses: que tú eras en realidad una mujer. Algo en mi interior siempre lo ha sabido. Pero en mis sueños, justo cuando nuestros labios se unen, despierto.
—Joshua, mira dónde estamos: en un sucio y hediondo callejón —murmuró Jacqueline, poniéndole una mano en la mejilla—. Tú estás embotado por el opio. Yo voy disfrazada de chico. Esto dista mucho de ser un sueño. Esta es nuestra triste realidad.
Sus palabras debieron de hacer mella en él, porque sus ojos cobraron vida de pronto.
—Pues si esta es la realidad, déjame mostrarte lo que llevo deseando hacer durante meses en mis sueños.
Joshua tomó el rostro de Jacqueline entre las manos y la besó. ¡Ay, pero qué diferente podía ser un beso cuando uno sabía lo que hacía! Y ese hombre, aun estando bajo los efectos del opio, sabía besar. Acarició sus labios con un roce suave, tentador y excitante, que la hizo ronronear de placer. Entreabrió la boca para dejar escapar el aliento y él aprovechó aquella inocente invitación para poner en juego la lengua. Primero de forma tentativa, lamiendo con delicadeza sus labios, pero al ver que Jacqueline aceptaba su avance con un pequeño gemido, profundizó el beso.
La lengua masculina ahondó en su boca con maestría, explorando su interior con hambre. Pronto Jacqueline empezó a imitar sus movimientos, deseosa de experimentar aquella dulce pasión que hacía vibrar su cuerpo.
El mundo giró a su alrededor mientras sus lenguas se unían en una danza más antigua que el amor: el deseo.




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sábado, 10 de septiembre de 2022

"Los besos", de MANUEL VILAS VIDAL (ESPAÑA, 1962--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "Los besos", de fecha 2021  d.n.e.



CAPÍTULO 55

Montserrat acepta la invitación y al rato está en mi casa. Llega sobre las seis de la tarde.
Me dice hola, nos besamos en la boca, y se sienta.
Me la quedo mirando y, después del beso abierto a los órganos internos (lengua, garganta, corazón) que nos hemos dado, pienso que ya es completamente Altisidora, que me tengo que decidir, pero no puedo hacerlo sin su consentimiento.
Ha llegado el momento del bautismo.
Le digo esto: Hay un personaje en la novela de Cervantes que se llama Altisidora. Es una doncella inteligente y enigmática, muy joven, pero no lo aparenta, ella dice que tiene menos de quince años, pero miente, yo creo que tiene más; engaña a don Quijote, haciéndole creer que se ha enamorado de él. Don Quijote está perplejo, asustado, pero también con la vanidad satisfecha. Ninguna mujer se le ha declarado en la vida. Ella aparece en la segunda parte de la novela, es por tanto un personaje cocido en la madurez de Cervantes. Tiene fama de intrigante e incluso de mujer cruel, pero a mí no me lo parece. A mí me parece adorable. Me parece un símbolo del poder de la vida. Sí que es un poco transgresora, rebelde también. Y tiene un nombre hermosísimo. Me gusta la fuerza del nombre, su sonoridad. Y me gustaría llamarte así: Altisidora. Quiero decir que me gustaría que seas solo para mí Altisidora. No te alarmes, no te llamaré así en público, aunque ahora que lo pienso nunca nos ha visto nadie en público, y eso me entristece. Déjame que te llame Altisidora, por favor.
Montserrat/Altisidora se ríe, se emociona también, y me dice: Claro que sí, es un nombre hermoso. Bien, ya soy Altisidora. Estás completamente loco, pero mientras no seas el Anthony Perkins de Psicosis me conformo. Porque no estás loco, ¿no?
Entonces la beso, para que vea que no estoy loco. En la forma de besar se sabe todo. Nos quedamos un rato en silencio.
Creo que le ilusionan estas formas de adoración, estos juegos, esta celebración de su presencia. La veo sonreír. Le ha hecho gracia lo de Altisidora.
Nos besamos otra vez.
No puedo creer que sus manos toquen mi cara.
Esas manos grandes, románticas. Mira que llamar románticas a unas manos, pero son tan importantes las manos.
Altisidora dice: ¿Quién te acaba de besar, Montserrat o Altisidora?
Respondo: Altisidora.
¿Cómo sabes distinguir un beso de Montserrat de otro de Altisidora?, me pregunta.
Los besos de Montserrat son en la mejilla, contesto. Además, Montserrat tiene que ponerse de vez en cuando la mascarilla y Altisidora nunca.
Hablamos de Cervantes a propósito de su cambio de nombre. Altisidora dice que estudió una diplomatura de humanidades, aunque le faltan algunas asignaturas. Pero no le sirvió de nada.
Altisidora dice que no deberíamos emplear la palabra confinamiento, porque ya llevamos casi dos meses así, que la palabra confinamiento debería ceder paso a la palabra reclusión o encarcelamiento o encierro.
Nos reímos un poco, pero no mucho.
Yo le digo esto: Y a nosotros qué nos importa lo que pase allí afuera si nos tenemos el uno al otro, como si desaparece el mundo. Tú ya eres Altisidora, y estás por encima del bien y del mal.
Altisidora ha traído de la tienda una botella de Johnny Walker, y pasamos del café a unos chupitos de whisky. Nos sentamos juntos en el sofá, y yo me la quedo mirando. Espera que la bese otra vez. Por nada del mundo querría que ese beso que se acerca fuese frívolo, insignificante, pasajero, impuesto, fruto de la insolencia del presente, de la absurda compostura de este tiempo presente.
Me pongo nervioso, porque tal vez la historia del cambio de nombre le haya parecido una payasada.
Como si hubiera oído mi remordimiento, dice que si Marc hubiera sido una niña y hubiera conocido ese nombre de Altisidora, lo habría elegido, porque es simplemente un nombre hermoso.
Digo esto: Para mí es mucho más hermoso que Dulcinea, incluso más hermoso que el nombre de Rita Hayworth o Marilyn Monroe.
Reímos.
Volvemos a besarnos, y ahora nos acariciamos la cara con las manos.
Hay una horrible maldición atávica, hija de la noche de los tiempos y de la especie, que consiente la idea de que un hombre impone su presencia erótica ante una mujer, aunque esa mujer esté deseando ese encuentro sexual. Y esa maldición llega a mí, y por eso me pongo nervioso y me angustio, porque desearía cambiar para siempre esa ley, pues carece de belleza.
Soy ajeno a mi condición de hombre, o esa condición en mí deja paso a la condición de un ser humano asustado ante el misterio de la existencia y a la vez arrebatado y enamorado de ese misterio.
Yo deseo besarla sin que mi beso contenga la historia de los millones de besos sin fortuna y sin elegancia y sin ternura y sin bondad que se han dado en cinco mil años de historia amorosa ente hombres y mujeres.
Los besos inelegantes e insanos conforman una historia de la humanidad también, tal vez la más expresiva historia de la humanidad.
La beso por sexta o séptima vez, en realidad no hacemos otra cosa, y ella toca mi cara con ternura, y es más bella su caricia que mi beso, al que intento despojar de la lujuria y de sexo apremiante, y si despojas a un beso de sexo y morbo, qué queda, ¿un beso fraternal?, pero si el beso contiene lascivia, ¿qué estás proclamando sino la intención de perseverar en la carne, en un cuerpo, en un botín de guerra? Cómo besar con la ternura justa y el erotismo justo. ¿Cuáles son las medidas perfectas de un beso entre un hombre y una mujer para que sea el mejor beso de la historia del beso? Altisidora lo resuelve sin contemplaciones: su lengua ha cazado la mía, y se la lleva derrotada al castillo de su alma.
Los besos que nos damos ahora son pura lujuria, qué palabra más vieja, besos llenos de fluidos, de saliva, de dientes que contemplan toda esta novedad de encontronazos de los labios, y los labios que se agrietan, y que se convierten en símbolos de la identidad.
Los besos están saliendo a borbotones, como hacen los adolescentes que se dan besos que duran horas.




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martes, 8 de diciembre de 2020

"BESOS DE DOMINGO, de SILVIA SOLER IGUASCH (ESPAÑA, 1961--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente a la novela "Besos de Domingo", de fecha 2008  d.n.e.


12 de febrero de 1949
Residencia de las Teresianas


¡Ha venido Quimet! Después de una semana estudiando día y noche, el Señor se ha compadecido de mí y me ha hecho este regalo. A las ocho de la mañana me han llamado por teléfono y Quim me ha dicho que estaba en Barcelona. ¡Dios mío, qué alegría!

Me he vestido en un santiamén, pero con mucho cuidado, para estar muy elegante para él: me he puesto una falda azul marino, el niqui beis y la chaqueta azul celeste; abrigo y zapatos azul marino, el pañuelo de gasa, guantes blancos y bolso de charol.

Cuando nos hemos encontrado nos hemos emocionado tanto, nos hemos puesto tan nerviosos, tan contentos, que hablábamos los dos a la vez, nos callábamos al mismo tiempo, nos echábamos a reír y volvíamos a hablar los dos al mismo tiempo.

Íbamos tranquilamente por la calle Aribau, cogidos del brazo, y nos hemos cruzado con Guardiola, un vecino de mis padres. Hemos hecho como si no lo viéramos y él no ha dicho nada, pero estoy segura de que también nos ha visto. Me da tanto miedo pensar en las consecuencias que puede tener este encuentro inoportuno…

Hemos ido a Montjuïc y hemos visto Barcelona, gris y turbia, a nuestros pies. Soplaba un aire helado y húmedo, y nos hemos refugiado enseguida en un restaurante y, de paso, hemos comido algo. Hemos ocupado una mesita pequeña y redonda junto a la ventana, con el invierno fuera, y Quim me ha mirado como no lo había hecho nunca. «Te quiero», le he dicho sin pensar. Cuando he empezado a sonrojarme me ha dado un beso largo en la mejilla.

Después de comer solo nos quedaba tiempo para ir a la estación, porque él tenía que coger el tren. Ha empezado a llover y, protegidos con el paraguas, he sentido una intimidad especial. Cuando le he dicho que me habían puesto dos sobresalientes más, me ha obligado a pararme y, sin más ni más, me ha besado en los labios. La alegría se me ha subido a las mejillas y he vuelto a sonrojarme, pero se me ha pasado enseguida porque estaba segura de que el beso había durado más de un segundo, como dice el confesor, así que mañana tendré que confesarme y me va a dar mucha vergüenza…

El día se me ha hecho muy corto y, cuando se lo he dicho, se ha puesto muy serio y me ha contestado: «Sí. Hoy haría un disparate». «¿Un disparate?», he preguntado. «Sí, me casaría contigo ahora mismo, esta misma tarde».

Yo también me habría casado y así habríamos podido ir a nuestra casa a protegernos del frío y a descansar tranquilamente, sentados en el sofá, sin tener que mirar el reloj. Cuando nos hemos despedido, con dos besos, me ha costado mucho separarme de él, como si nuestros cuerpos fueran imanes.

Cada vez me cuesta más.

Por la noche me he puesto triste sin remedio. Mi estado de ánimo ha decaído, ha empezado a adelgazar hasta quedarse como una cáscara de cebolla. Solo tengo ganas de llorar. Sin él estoy sola y desamparada. Quiero estar con él, pero tengo remordimientos. Quiero estar con él, pero quiero estudiar. Quiero estar con él.


*********


Barcelona, octubre de 1949
Residencia de las Teresianas


La última visita de Quim ha estado a punto de acabar como el rosario de la aurora. Todo había ido muy bien por la tarde, con sus novedades en la farmacia y el relato de sus trabajos en la vieja masía de Can Jordà, donde ha encontrado una consola isabelina de nogal que le han vendido por dos reales…

Pero ha llegado el momento de despedirnos, el momento que todos tememos y deseamos a la vez. Lo esperamos impacientes porque es el momento del beso. Son mis normas, es decir, las normas que yo tengo que cumplir si no quiero tener que confesarme cada vez que salimos. «Un beso breve y casto para despedirse es lo único que le está permitido», dice el confesor.

Y yo se lo digo a Quim. Y Quim protesta, pero lo acepta. Es tan creyente como yo, pero solo va a confesarse cuando le parece necesario. No tiene un seguimiento tan estricto como yo con el padre de la residencia.

Hoy me ha dado un beso de despedida, pero lo ha alargado más de la cuenta. Ni uno, ni dos, ni tres segundos. Ha sido mucho más largo. Se estaba tan bien que yo tampoco me he echado atrás, pero en cuanto nos hemos separado he empezado a arrepentirme y a recriminárselo a Quim. Y se ha enfadado, y me ha dicho que le parece una tontería tener que contar los segundos que dura un beso. Que nos besamos porque nos queremos y que no puede ser nada malo.

Ha subido al tren un poco enfadado y a mí se me han llenado los ojos de lágrimas. Se ha asomado por la ventanilla y ha dicho: «Anda, no llores».

Mañana voy a confesarme.




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lunes, 23 de diciembre de 2019

"El secreto de Villa Mimosa", de ELIZABETH ADLER (GRAN BRETAÑA, 1950--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "El secreto de Villa Mimosa", de fecha 1994  d.n.e.



En el bar de la planta baja Brad la contempló con admiración.

—El norteamericano que hay en mí diría que tiene el aspecto de un millón de dólares —dijo él, besando galante la mano de Phyl. —Pero esta noche el francés que hay en mí debe confesarle que usted parece ravissante.

La llevó a Le Grand Véfour, y Phyl pensó que el comedor rococó con sus espejos dorados y sus enormes despliegues florales era maravilloso; opinó que la comida era deliciosa y los vinos en realidad sublimes. Brad Kane la cuidó como si ella hubiese sido una preciosa flor de invernadero. Phyl sonrió mientras se sentía florecer ante el calor de los sutiles cumplidos; recordaba que había dicho a Mahoney que ella misma era una doncella de hielo. Mahoney no le había creído, y Phyl pensó ahora que había estado en lo cierto. Casi podía sentir que estaba derritiéndose bajo la mirada cálida de Brad.

El demostró que era un anfitrión perfecto y un acompañante atento. Recomendó los platos que le pareció que podían agradar a Phyl, ordenó vino tinto porque ese era el favorito de la psiquiatra y le mostró todas las celebridades que cenaban allí. Relató la historia de ese antiguo y grandioso restaurante y le contó anécdotas de la vida de París, así como muchas murmuraciones. Se dedicó a entretener y divertir a Phyl y lo consiguió con tanta eficacia que ella se sintió encantada.

Cuando llegó el café, Brad sonrió y dijo con tranquilidad:

—Parece que he hablado yo solo. ¿Y qué me dice de usted? Hábleme de su vida, Phyl Foster. De su trabajo fascinante.

Ella volvió con resistencia a la realidad.

—En efecto —reconoció, —es fascinante descubrir cómo funciona la mente de los individuos. Le sorprendería saber que algunas personas al parecer comunes y corrientes viven fantasías extraordinarias. Y que hay personas brillantes y excitantes que me dicen que su vida está marcada por la desesperación y la duda. Trato a personas que son maniacos depresivos y que no ven motivos para vivir, y a psicópata que cometen delitos terribles y no muestran signos de remordimiento. Veo a niños de quienes se ha abusado, adolescentes perturbados, a madres recientes y angustiadas que anhelan matar a sus hijos. —Meneó la cabeza y contempló con tristeza la copa de vino. —A veces vuelvo a casa de noche y me pregunto si en este mundo hay personas cuerdas. Incluida yo misma.

—Pero usted asumió la carga de los problemas de esos individuos —dijo Brad. —¿Eso está mal?

—Por supuesto, está mal. Y evito continuar en esa actitud. De noche intento aflojarme y olvidarlo todo. Bebo una copa de vino. Escucho música, leo un libro. Hay un solo caso en que me he permitido aceptar un compromiso personal y eso responde tanto a mis propias necesidades como a las necesidades de la paciente. Es un caso de pérdida de la memoria.

—¿Puedo suponer que es fácil devolver la memoria a alguien? preguntó Brad. —¿Los parientes no vienen a buscar a los enfermos? Un hermano, un esposo, una madre? —No en este caso. La joven perdió la memoria como resultado de un accidente, y hasta ahora nadie vino a buscarla. —Sonrió. —Tal como explico las cosas, parece que se tratara de un objeto perdido.

—Y así es.

—Supongo que eso es cierto. De todos modos, todavía no he podido restaurar su memoria. Ahora estoy tratando de rehabilitarla de modo que pueda continuar viviendo. Le encontré trabajo con una de mis amigas. Por eso voy a Antibes la semana próxima. A verla.

—¿A verificar los progresos de su experimento? —preguntó Brad, y a Phyl le pareció que lo hacía con cierto cinismo.

—No es una condición tan clínica —replicó Phyl, con un poco de su antigua firmeza. — Mi paciente es una mujer joven. Poder ayudarla significa mucho para mí.

Touché, doctora. —Brad sonrió en actitud de disculpa. —Creo que no dispongo de tiempo para enfermedades de la cabeza. Puedo entender una pierna rota —se encogió de hombros en actitud muy expresiva. —¿Pero la locura? Nunca.

—Mis pacientes no están locos —protestó Phyl. —Están perturbados.

El rió y le tomó la mano. La invirtió y la besó con suavidad. Dijo, mirándola a los ojos:

—Doctora Phyl Foster, creo que usted es una dama muy bondadosa, además de muy bella.

El deseo se manifestó en la mirada de los ojos azules. En un instante ella olvidó todo lo que se relacionaba con el trabajo, los asesinatos y Bea. Lo único que podía ver eran sus ojos, lo único que podía sentir era el contacto. De pronto se le cortó la respiración a causa del deseo.

Salió del restaurante enlazada por el brazo de Brad, apenas consciente de la cortés despedida del personal. Volvieron en silencio al apartamento de Brad, sin tocarse, pero cada uno consciente de la presencia del otro. Estacionaron en el garaje de la planta baja y caminaron tomados de la mano hasta el ascensor.

Él le rodeó los hombros con el brazo mientras esperaban. Empezó a besarla. Besos pequeños que le cubrían la cara, los ojos, la garganta. El ascensor llegó en ese momento, y una pareja de personas mayores, muy elegantes, descendió. Los miraron, divertidos, cada uno rodeado por los brazos del otro, pero Phyl ni siquiera prestó atención.

En el ascensor Brad deslizó las manos bajo la chaqueta de Phyl. La acercó, sosteniéndola con firmeza, mientras su boca cubría los labios femeninos. Escalofríos de placer recorrieron el cuerpo de Phyl; no deseaba que el beso terminase.Cuando el ascensor se detuvo en el último piso, Brad la alzó en brazos y la llevó al apartamento, sin separar sus labios de los labios de Phyl.

Se sentaron juntos en las profundidades del gran sofá de brocado, aún absortos cada uno en el otro. Por fin, él dejó de besarla. Le apartó los cabellos desordenados y la miró a los ojos. Leyó en ellos el mensaje que era la expresión del deseo de Phyl. Le movió el mentón, de nuevo acomodó su boca para que recibiese el beso y bebió este como si hubiese sido vino. Una descarga eléctrica pasó de los labios de Phyl a sus senos, de las profundidades de su vientre a sus pies, y ella gimió feliz.

La tomó de la mano y la llevó sin resistencia al dormitorio. Las lámparas con las luces amortiguadas por las pantallas enviaban fragmentos de luz a los distintos rincones de la habitación, mientras un fuego ardía en el hogar de piedra caliza. Las alfombras de suave seda, todas de color rosa, cubrían el piso de parquet oscuro y las largas persianas los separaban de la noche. Estaban en su propio mundo, un lugar que Phyl no había visitado durante mucho tiempo. Quizá nunca.

La obligó a volverse y abrió el vestido de encaje negro. Ella bajo los brazos y permitió que el vestido cayese al suelo. Un minuto después los dos estaban desnudos.

Permanecieron mirándose. Después él le sostuvo la mano. Phyl se la entregó en actitud de confianza. Brad la acercó a él y permanecieron con sus cuerpos desnudos y temblorosos apretados en el abrazo. Phyl echó la cabeza hacia atrás, y él comenzó a besarla, primero la garganta y después los pechos, hasta que ambos se hundieron en la cama. Brad deslizó los brazos bajo el cuerpo de Phyl y la alzó para acercarla a su boca, bebiéndola como un licor, hasta que ella temblando y gimiendo pidió compasión. Y sólo entonces la penetró.

El era un enamorado exigente, que reclamaba de ella más de lo que la propia Phyl sabía que podía ofrecer, y a su vez Phyl cerró las piernas sobre el cuerpo de Brad, llegando a una cumbre casi inconcebible de deseo. Y eso se repitió varias veces. Largo rato después, finalmente quedaron tendidos en silencio y fatigados, y los temblores continuaron sacudiendo sus cuerpos.

El permaneció tendido sobre las almohadas, con las manos tras la cabeza. La miró y dijo con suavidad:

—No sentí nada parecido desde que tenía catorce años.

Phyl le sonrió, todavía sumida en una especie de fulgor tierno y cálido. Esperó aturdida que él le hablase de su primer amor, de alguna fresca y joven condiscípula del colegio secundario y del primer beso que sacudió su existencia juvenil.

Pero la voz de Brad de pronto cobró matices duros cuando dijo:

—Yo tenía catorce años y estaba abrumado por la curiosidad sexual, aunque carecía en absoluto de conocimiento práctico. Una tarde estaba montando mi bicicleta y se me pinchó una goma. Me encontraba precisamente frente a la casa de un amigo de mi padre, de modo que llevé la bicicleta hasta el sendero, con la esperanza de conseguir que me ayudara.

"La puerta estaba abierta y no había nadie cerca. Me asomé al vestíbulo, pero estaba vacío. Rodeé la casa, con la esperanza de encontrarlo en la pista de tenis o en la piscina. La ventana de lo que él denominaba su sala de recibir permanecía abierta, y de pronto oí un sonido que provenía de allí. Me detuve a escuchar. Era una clase diferente de sonido.

Misterioso. Algo me indujo a adoptar precauciones, de modo que avancé de puntillas y espié por la ventana.

"Vi a una mujer acostada desnuda sobre la enorme alfombra de piel. Era la que emitía esos ruidos extraños. Tenía las piernas alrededor del cuello del hombre. Las manos del individuo le sostenían las nalgas, y mantenían el cuerpo en alto. Y él estaba devorándola. Ella gemía y gritaba. Tenía los ojos cerrados, pero su cara estaba deformada por la pasión."

Brad miró en silencio el lecho, y Phyl esperó, preguntándose qué vendría después. Un momento más tarde, él dijo:

—Fue mi primera relación con el sexo, y los resultados fueron inmediatos. Me alejé avergonzado. Pero nunca olvidé esa escena. Está indeleblemente grabada en mi memoria, y juro que jamás hice el amor en mi vida sin recordarla.

—Me lo imagino —dijo Phyl en actitud comprensiva. —Fue tu primera experiencia pornográfica.

—Más que eso. —Brad se puso de pie y se acercó desnudo a la ventana. Levantó un paquete de cigarrillos depositado sobre la mesa, extrajo uno y lo encendió. Inhaló profundamente y después exhaló el humo, mirando sin ver por la ventana hacia el jardín iluminado por la luz de los faroles. Por fin dijo, con voz fría: —El hombre era un amigo a quien conocía de toda la vida. Y la mujer a quien devoraba tan ávidamente era mi madre.

Los ojos de Brad tenían un vacío terrible. Phyl comprendió que ella estaba asomada a las profundidades del alma de Brad y ahora no podría hallar palabras para consolarlo. No había nada que pudiera decir a su amante. En su condición de profesional, con la distancia adecuada entre paciente y doctor, habría podido encontrar la fórmula, las respuestas acertadas que lo apartasen de sus crueles recuerdos. Pero esto era diferente. Mientras yacía desnuda en la cama, con la impronta del amor de Brad todavía sobre ella, lo único que pudo decir fue:

—Lo siento.

Brad se encogió de hombros malhumorado.

—Así era Rebecca. Nunca sabré por qué mi padre la toleró tantos años. Ni cómo lo hizo. Mi padre era un hombre apuesto... rico y con éxito. Pero mi madre era una aristócrata, una mujer que se movía en los grandes círculos sociales. Y él no era más que el hijo de un ranchero. —Se encogió de hombros. —Creo que armonizaban el uno con el otro. Nunca hablé del asunto con mi padre. Y nunca dije a nadie lo que vi —Se acercó y besó levemente la mejilla de Phyl. —Tampoco debí decírtelo. Perdóname.

Por supuesto, ella lo perdonó, pero continuaba impresionada. Los cambios de humor de Kane de la tristeza a la alegría eran inquietantes.

Y ahora de nuevo él se encogió de hombros, desechó su ánimo sombrío y la llevó a desayunar en el Café Flore. Más tarde, fueron a hacer compras en la Rue du Cherche- Midi y recorrieron los puestos de libros a orillas del Sena. Phyl olvidó todo lo relativo a la conferencia que había determinado su visita a París. Brad era apuesto, un hombre encantador, y además divertido, Y ahora ella se sentía sexualmente tan atraída por Brad y él por la psiquiatra que pensó qué la gente sin duda podía percibir el calor que emanaba de los cuerpos de ambos, mientras se detenían para besarse sin vergüenza en los portales de las casas o para mirarse profundamente cada uno a los ojos del otro. Percibían el calor fulminante de la atracción sexual que determinaba que cada uno sólo deseara tener al otro. Phyl no pensaba en Bea o en Millie. O en Franco Mahoney. Sólo pensaba en Brad.

Pasaron tardes largas y sensuales en el dormitorio penumbroso de Phyl, veladas románticas en los bistros mal iluminados, y noches maravillosas en el apartamento de Brad. Se desnudaban cuando atravesaban la puerta, tocándose, besándose, devorándose uno al otro. Una noche Brad ni siquiera alcanzó a esperar para desvestirse y la poseyó contra la pared, alzándola en el aire, penetrándola salvajemente. Ella gritó de dolor, pero él no se detuvo hasta que rodaron juntos por el suelo, medio sollozando, medio riendo. Hacían el amor por doquier, en la cama de Brad, en la valiosa alfombra Aubusson frente al fuego en el gran salón y en la ducha, empapándose de jabón y de sus propios jugos.



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lunes, 18 de noviembre de 2019

"Eva Luna", de ISABEL ALLENDE LLONA (CHILE, 1942--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "Eva Luna", de fecha 1987  d.n.e.



Desnudo con luz de Sol, 1920 - George Spencer Watson
La existencia se nos torció a todos durante el primer viaje de Riad Halabí, cuando quedamos solos Zulema, Kamal y yo. La patrona se curó como por encanto de sus malestares y despertó de un letargo de casi cuarenta años. En esos días se levantaba temprano y preparaba el desayuno, se vestía con sus mejores trajes, se adornaba con todas sus joyas, se peinaba con el pelo echado hacia atrás, sujeto en la nuca en una media cola, dejando el resto suelto sobre sus hombros. Nunca se había visto tan hermosa. Al principio Kamal la eludía, delante de ella mantenía los ojos en el suelo y casi no le hablaba, se quedaba todo el día en el almacén y en las noches salía a vagar por el pueblo; pero pronto le fue imposible sustraerse al poder de esa mujer, a la huella pesada de su aroma, al calor de su paso, al embrujo de su voz. El ámbito se llenó de urgencias secretas, de presagios, de llamadas. Presentí que a mi alrededor sucedía algo prodigioso de lo cual yo estaba excluida, una guerra privada de ellos dos, una violenta lucha de voluntades. Kamal se batía en retirada, cavando trincheras, defendido por siglos de tabúes, por el respeto a las leyes de hospitalidad y a los lazos de sangre que lo unían a Riad Halabí. Zulema, ávida como una flor carnívora, agitaba sus pétalos fragantes para atraerlo a su trampa. Esa mujer perezosa y blanda cuya vida transcurría tendida en la cama con paños fríos en la frente, se transformó en una hembra enorme y fatal, una araña pálida tejiendo incansable su red. Quise ser invisible.

Zulema se sentaba en la sombra del patio a pintarse las uñas de los pies y mostraba sus gruesas piernas hasta medio muslo. Zulema fumaba y con la punta de la lengua acariciaba en círculos la boquilla del cigarro, los labios húmedos. Zulema se movía y el vestido se deslizaba descubriendo un hombro redondo que atrapaba toda la luz del día con su blancura imposible. Zulema comía una fruta madura y el jugo amarillo le salpicaba un seno. Zulema jugaba con su pelo azul, cubriéndose parte de la cara y mirando a Kamal con ojos de hurí.

El primo resistió como un valiente durante setenta y dos horas. La tensión fue creciendo hasta que ya no pude soportarla y temí que el aire estallara en una tormenta eléctrica, reduciéndonos a cenizas. Al tercer día Kamal trabajó desde muy temprano, sin aparecer por la casa a ninguna hora, dando vueltas inútiles en La Perla de Oriente para gastar las horas. Zulema lo llamó a comer, pero él dijo que no tenía hambre y se demoró otra hora en hacer la caja. Esperó que se acostara todo el pueblo y el cielo estuviera negro para cerrar el negocio y cuando calculó que había comenzado la novela de la radio, se metió sigilosamente en la cocina buscando los restos de la cena. Pero por primera vez en muchos meses Zulema estaba dispuesta a perderse el capítulo de esa noche. Para despistarlo dejó el aparato encendido en su habitación y la puerta entreabierta, y se apostó a esperarlo en la penumbra del corredor. Se había puesto una túnica bordada, debajo estaba desnuda y al levantar el brazo lucía la piel lechosa hasta la cintura. Había dedicado la tarde a depilarse, cepillarse el cabello, frotarse con cremas, maquillarse, tenía el cuerpo perfumado de patchulí y el aliento fresco con regaliz, iba descalza y sin joyas, preparada para el amor. Pude verlo todo porque no me mandó a mi cuarto, se había olvidado de mi existencia.

Para Zulema sólo importaban Kamal y la batalla que iba a ganar.

La mujer atrapó a su presa en el patio. El primo llevaba media banana en la mano e iba masticando la otra mitad, una barba de dos días le sombreaba la cara y sudaba porque hacía calor y era la noche de su derrota.

–Te estoy esperando, dijo Zulema en español, para evitar el bochorno de decirlo en su propio idioma.

El joven se detuvo con la boca llena y los ojos espantados. Ella se aproximó lentamente, tan inevitable como un fantasma, hasta quedar a pocos centímetros de él. De pronto comenzaron a cantar los grillos, un sonido agudo y sostenido que se me clavó en los nervios como la nota monocorde de un instrumento oriental. Noté que mi patrona era media cabeza más alta y dos veces más pesada que el primo de su marido, quien, por otra parte, parecía haberse encogido al tamaño de una criatura.

–Kamal... Kamal... Y siguió un murmullo de palabras en la lengua de ellos, mientras un dedo de la mujer tocaba los labios del hombre y dibujaba su contorno con un roce muy leve.

Kamal gimió vencido, se tragó lo que le quedaba en la boca y dejó caer el resto de la fruta. Zulema le tomó la cabeza y lo atrajo hacia su regazo, donde sus grandes senos lo devoraron con un borboriteo de lava ardiente. Lo retuvo allí, meciéndolo como una madre a su niño, hasta que él se apartó y entonces se miraron jadeantes, pesando y midiendo el riesgo, y pudo más el deseo y se fueron abrazados a la cama de Riad Halabí. Hasta allí los seguí sin que mi presencia los perturbara. Creo que de verdad me había vuelto invisible.

Me agazapé junto a la puerta, con la mente en blanco. No sentía ninguna emoción, olvidé los celos, como si todo ocurriera en una tarde del camión del cinematógrafo. De pie junto a la cama, Zulema lo envolvió en sus brazos y lo besó hasta que él atinó a levantar las manos y tomarla por la cintura, respondiendo a la caricia con un sollozo sufriente. Ella recorrió sus párpados, su cuello, su frente con besos rápidos, lamidos urgentes y mordiscos breves, le desabotonó la camisa y se la quitó a tirones. A su vez él trató de arrancarle la túnica, pero se enredó en los pliegues y optó por lanzarse sobre sus pechos, a través del escote. Sin dejar de manosearlo, Zulema le dio vuelta colocándose a su espalda y siguió explorándole el cuello y los hombros, mientras sus dedos manipulaban el cierre y le bajaban el pantalón. A pocos pasos de distancia, yo vi su masculinidad apuntándome sin subterfugios y pensé que Kamal era más atrayente sin ropa, porque perdía esa delicadeza casi femenina. Su escaso tamaño no parecía fragilidad, sino síntesis, y tal como su nariz prominente le moldeaba la cara sin afearla, del mismo modo su sexo grande y oscuro no le daba un aspecto bestial. Sobresaltada, olvidé respirar durante casi un minuto y cuando lo hice tenía un lamento atravesado en la garganta. Él estaba frente a mí y nuestros ojos se encontraron por un instante, pero los de él pasaron de largo, ciegos. Afuera cayó una lluvia torrencial de verano y el ruido del agua y de los truenos se sumó al canto agónico de los grillos. Zulema se quitó por fin el vestido y apareció en toda su espléndida abundancia, como una venus de argamasa. El contraste entre esa mujer rolliza y el cuerpo esmirriado del joven me resultó obsceno. Kamal la empujó sobre la cama, y ella soltó un grito, aprisionándolo con sus gruesas piernas y arañándole la espalda.

Él se sacudió unas cuantas veces y luego se desplomó con un quejido visceral; pero ella no se había preparado tanto para salir del paso en un minuto, así es que se lo quitó de encima, lo acomodó sobre los almohadones y se dedicó a reanimarlo, susurrándole instrucciones en árabe con tan buen resultado, que al poco rato lo tenía bien dispuesto. Entonces él se abandonó con los ojos cerrados, mientras ella lo acariciaba hasta hacerlo desfallecer y por último lo cabalgó cubriéndolo con su opulencia y con el regalo de su cabello, haciéndolo desaparecer por completo, tragándolo con sus arenas movedizas, devorándolo, exprimiéndolo hasta su esencia y conduciéndolo a los jardines de Alá donde lo celebraron todas las odaliscas del Profeta. Después descansaron en calma, abrazados como un par de criaturas en el bochinche de la lluvia y de los grillos de aquella noche que se había vuelto caliente como un mediodía.

Esperé que se aplacara la estampida de caballos que sentía en el pecho y luego salí tambaleándome. Me quedé de pie en el centro del patio, el agua corriéndome por el pelo y empapándome la ropa y el alma, afiebrada, con un presentimiento de catástrofe. Pensé que mientras pudiéramos permanecer callados era como si nada hubiera sucedido, lo que no se nombra casi no existe, el silencio lo va borrando hasta hacerlo desaparecer.

Pero el olor del deseo se había esparcido por la casa, impregnando los muros, las ropas, los muebles, ocupaba las habitaciones, se filtraba por las grietas, afectaba la flora y la fauna, calentaba los ríos subterráneos, saturaba el cielo de Agua Santa, era visible como un incendio y sería imposible ocultarlo. Me senté junto a la fuente, bajo la lluvia.

Por fin aclaró en el patio y comenzó a evaporarse la humedad del rocío, envolviendo la casa en una bruma tenue. Había pasado esas horas largas en la oscuridad, mirando hacia el interior de mí misma. Sentía escalofríos, debía ser a causa de ese olor persistente que desde hacía unos días flotaba en el ambiente y se pegaba en todas las cosas. Es hora de barrer la tienda, pensé cuando oí a lo lejos el tintineo de las campanas del lechero, pero me pesaba tanto el cuerpo que tuve que mirarme las manos para ver si se habían vuelto de piedra; me arrastré hasta la fuente, metí adentro la cabeza y al enderezarme, el agua fría se deslizó por mi espalda, sacudiéndome la parálisis de esa noche de insomnio y lavando la imagen de los amantes sobre la cama de Riad Halabí. Me fui al almacén sin mirar hacia la puerta de Zulema, ojalá sea un sueño, mamá, haz que sea sólo un sueño. Permanecí toda la mañana refugiada detrás del mostrador, sin asomarme al corredor, con el oído atento al silencio de mi patrona y de Kamal. Al mediodía cerré el negocio, pero no me atreví a salir de esos tres cuartos repletos de mercadería y me acomodé entre unos sacos de granos para pasar el calor de la siesta. Tenía miedo. La casa se había transformado en un animal impúdico respirando a mi espalda.

Kamal pasó esa mañana retozando con Zulema, almorzaron frutas y dulces y a la hora de la siesta, cuando ella se durmió extenuada, él recogió sus cosas, las metió en su maleta de cartón y se fue discretamente por la puerta de atrás, como un bandido. Al verlo salir tuve la certeza de que no volvería.




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jueves, 14 de noviembre de 2019

"La pasión según Carmela", de MARCOS AGUINIS (ARGENTINA, 1935--, d.n.e.)

Capítulo XII perteneciente al libro "La pasión según Carmela", de fecha 2008  d.n.e.



Mi vendaje con la manga de la camisa había sido oportuno y firme. El esguince no fue acompañado por una fractura, como me había hecho suponer la intensidad del dolor, y pude dejar en unos días las muletas. Decidí tomar la iniciativa que venía incubando con la fiebre del deseo.

—Debo entregarte una carta —susurré a Ignacio en el crepúsculo, cuando ya preparaban la cena.

—¿Una carta? —Se peinó con los dedos su larga cabellera de bronce.

—Debo entregártela sin testigos. —Me desconocía en ese revolear de mentiras.

—Bueno... vamos a un aparte.

Entrégamela ahora.

—Shhhh... será más tarde, cuando los compañeros se hayan dormido.

Ignacio se tironeó la dorada barbita.

—¡Tanto secreto! ¿Podes darme una pista?

—No. A las once nos reunimos en el camino del restaurante.

—Ah... el restaurante —Ignacio sonrió

—. Creo que a esa hora estará cerrado, ¿o lo abrirán para nosotros? Queda lejos.

—Dije en el camino, Ignacio, en el camino.

—De mala gana estoy frenando mi curiosidad.

Me quedé leyendo en la carpa, protegida de los mosquitos. A las once partí sigilosa, consciente de que mi fisiología se había transformado en usina nuclear. Semejante excitación no me había invadido ni cuando noviaba con mi ex marido.

La noche era magnífica. Los pasos de mis borceguíes me parecieron exordios de un ataque por sorpresa. Mis manos acariciaban los árboles del camino incierto para no desviarme. Las fragancias que Ignacio me había enseñado a diferenciar ayudaban, o me hacían suponer que ayudaban a orientarme, pero me mordí los labios al darme cuenta de que la oscuridad era demasiado densa a medida que aumentaba la espesura del bosque. Me iba a perder. El olor de un animal muerto, quizá una rata de campo despedazada, me golpeó como una pared. Dispuse seguir otro poco. Volvió la fragancia, pero más débil. ¿Era la altura? ¿El cansancio?

—Carmela... —escuché el susurro.

Me llovió alegría.

—Sí, soy yo. ¿Dónde estás?

—Delante de ti, ¿no me ves?

Apoyado sobre el tronco de un árbol pude distinguir la indefinida dentadura de Ignacio.

—¿Trajiste la carta?

Extendí mis manos hasta tocar las de él.

—Eres como los gatos, puedes ver en la oscuridad —dije.

—No, no —replicó—, ese mérito sólo corresponde a Ulises.

—¿Ver en la oscuridad?

—Tener ojos de gato.

—De los gatos con mala entraña — corregí.

—Este sendero lo hice tantas veces que me lo sé de memoria. Tus pasos, tu respiración me dijeron: ¡ahí llega el correo. Pero no podré leer la carta, porque olvidé la linterna.

—No te preocupes, no hace falta leerla. Te la voy a decir.

La proximidad de nuestros labios no tuvo resistencia y nos unimos en un beso seguido de otro beso más largo y un tercero más largo aún, guarnecidos por el constrictor abrazo que nos mantuvo juntos en un espacio donde nada existía en torno, sino la sensación del otro cuerpo. Nos apoyamos en el tronco del castaño y seguimos besándonos y apretándonos hasta quedar extenuados.

Resbalamos lento, con ternura. El pasto transpiraba su rocío. Rodamos por los cojines de gramilla. Por instantes abría mis ojos, acostumbrados ya a la oscuridad, y pude ver estrellas entre las costuras del follaje. Las luciérnagas se entusiasmaron con nuestra fiesta y reverberaron sus chorros de luz.

Los besos pasaron a convertirse en exploradores insaciables, corrían por las sienes, los cabellos, la nuca, las orejas. Enmelaron nuestras mejillas. Ignacio prefería bucear en mi cuello y nadó por su orografía hasta decidirse a una levitación que lo depositó de nuevo en mi boca. Nuestras lenguas se enredaron. Después bajó al mentón, onduló por mi garganta y patinó ida y vuelta a lo largo del esternón que mis pechos escoltaban impacientes. Respirábamos con apuro y nuestras extremidades se extendieron con ambición imperial. Nos acariciamos a palmas llenas. Algunos avances eran interrumpidos por dudas fugaces. La excitación se había transformado en hoguera. Las llamas exigían la consumación y sentí que la Sierra temblaba.

Luego permanecimos sobre el lecho vegetal, oscuro y apacible. Nos costaba despegarnos. La transpirada piel ya no estaba iluminada por unas estrellas y la joyería de luciérnagas, sino por el curioso borde de la luna que atravesaba el ramaje. Todo era tan perfecto que se reactivó un latente temor. Para disimularlo, Ignacio dibujó palabras en mi frente.

—¿Escribes?

—Sí, te pregunto por la carta.

—Te la di, eran puros besos.

—Sos ocurrente.

—Pero tú sigues escribiendo —dije.

—Sí, cuento lo que acaba de suceder.

—Dímelo.

—No puedo.

—¿Cómo que no puedes?

—Me refiero a otra cosa.

—Me muero de curiosidad.

—Como yo antes, de curiosidad por la carta que me ibas a entregar. —Ignacio dejó caer la mano.

—¿Qué te pasa ahora?

Se sentó de espaldas y frotó sus cabellos. Intuí que iba a decirme algo importante, una confesión quizá, pero la sola idea de hacerlo lo perturbó tanto que se puso de pie.

—Vistámonos. Te podes enfriar.

—¡Esto sí que es raro! —protesté—. En serio, ¿qué te ocurre?

Ignacio sabía que a veces sus nervios lo hacían cometer estupideces. Pero no me podía explicar todavía el conflicto; en su cabeza había más espectros que en las siluetas nocturnas del bosque.



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sábado, 29 de diciembre de 2018

"El infinito en la palma de la mano", de GIOCONDA BELLI (NICARAGUA, 1948-- d.n.e.)

Fragmento del capítulo 9 perteneciente al libro "El infinito en la palma de la mano", de fecha 2008  d.n.e.



CAPÍTULO 9.

[...] La mujer se tendió sobre la hierba, pensativa. Adán se acostó a su lado.
Permanecieron largo rato en silencio, mirando el cielo cóncavo y azul a través de las ramas de los árboles.
—Me pregunto si la Serpiente es la Eva de Elokim —dijo ella—. Cuando hablamos en el Jardín me dijo que lo había visto hacer constelación tras constelación y luego olvidarlas. Se conocen de hace mucho.
—Quizás ella estaba dentro de él igual que tú estabas dentro de mí.
—¿Por qué crees que Elokim nos separó?
—Pensó que podríamos existir como un solo cuerpo, pero no resultó. Te dejó muy dentro. No podías ver ni oír. Por eso decidió separarnos, sacarte de mi interior. Por eso nos sentimos tan bien cuando los dos volvemos a ser uno.
—Pero tú piensas que yo soy culpable de cuanto ha acontecido porque te di a comer la fruta del Árbol del Conocimiento. Podrías haberte negado a comerla.
—Es cierto. Pero ya una vez que tú la habías comido, yo no podía hacer otra cosa. Pensé que dejarías de existir. No quería quedarme solo. Si yo no hubiese comido de la fruta y el Otro te hubiese echado del Jardín, yo habría salido a buscarte.
A Eva se le llenaron los ojos de agua.
—Yo no dudé que comerías —dijo ella.
—Y ese día te vi como si nunca antes te hubiera conocido. Tu piel lucía tan suave y brillante. Y tú me miraste como si de pronto recordaras el sitio exacto donde existías dentro de mí antes de que el Otro nos separara.
—Tus piernas me impresionaron. Y tu pecho. Tan ancho. Sí que sentí el deseo de estar allí dentro otra vez. Te he visto en sueños. Tienes cuerpo de árbol. Me proteges para que el sol no me queme.
Sin ponerse de acuerdo se levantaron y entraron de nuevo al agua a refrescarse.
—Éufrates —dijo Adán—. Así se llama este río.
Flotaron en la corriente abandonándose a la sensación del agua cristalina. Entendieron sin dificultad la alegría de los peces cuyos colores a menudo habían admirado. Adán abrió los labios y sorbió lentamente el fresco líquido. Pensó en el sabor del fruto prohibido y buscó a Eva. Volvieron a besarse y a entrar el uno en la otra, asombrados de la insólita experiencia de sus cuerpos livianos y fluidos. Largo rato estuvieron quietos, fuertemente abrazados, cada uno intentando recuperar la memoria perdida de ser una sola criatura, alcanzar las imágenes que cada quien guardaba en su interior y verter en ellas el río de las propias. Recorrieron inútilmente los pasadizos tenues de sus mentes, deseando penetrar la densidad de las sensaciones del otro, sin poder traspasar el espacio donde cada quien existía irremediablemente solo en el límite del propio cuerpo. Por más que trataron, no lograron ver el paisaje intrincado donde habitaban sus más íntimos pensamientos. Fue el reconocimiento de aquella traba infranqueable lo que finalmente los envolvió e hizo que sus músculos y huesos se abrieran sin reparos para tomarse la única intimidad plenamente concedida, a la que llegaron sobre la orilla, en medio del lodo y las algas de la ribera.
Cuando echaron a andar de regreso a la cueva, el resplandor del día daba paso a la luz suave y acogedora de la tarde. Soplaba brisa [...].


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miércoles, 4 de julio de 2018

"A flor de piel", de ANTONIO DE HOYOS Y VINENT (ESPAÑA, 1884-1940)

Fragmento perteneciente al libro "A flor de piel", de fecha s/a (principios siglo XX)  d.n.e.



CAPÍTULO II.


...Estaban solos, frente a frente, y el gran misterio de amor, ese misterio de que depende a veces el porvenir, dicha o desdicha, de una vida entera, se aproximaba. Desposeído del gabán, habíase sentado el escultor en el sofá, y después de dejar vagar un rato su mirada por el cuarto habíala detenido en la sombra de la gitana, que oscilaba en la pared. Era una silueta elegantísima, sutil, llena de armoniosa gracia, que, al reflejarse en el muro, tenía un no sé qué de inmaterial, de aéreo, como sensual ensueño de un voluptuoso. Las vestiduras fueron cayendo una a una, lentamente, y cada uno de sus movimientos, el más insignificante de sus gestos, tenía una gracia definitiva. Pero al perder el ropaje la figura perdió su elegancia, aquella serenidad en el reposo y en la acción, que tenía algo de quimérico, y la silueta graciosamente desvergonzada de mujer, con pantalón y corsé, evocaba las ilustraciones de una novela de Paul de Kock para uso de estudiantes y viejos libidinosos. Willy cerró los ojos, temiendo que el ensueño que renacía volviese a morir en germen. Cuando los abrió nuevamente, la figura de pornografía estudiantil habíase evaporado, y vio erguirse en su lugar, espléndida y turbadora en su perversa belleza, retratada en el muro como en diabólica linterna mágica, la satánica arrogancia de Astarté, el demonio de la lujuria, la trágica hermosura de Medusa. Una silueta de mujer desnuda, de perversidad baudelairesca, se dibujaba sobre el sucio fondo. Rizos crespos como enroscadas sierpes nimbaban la cabeza, que se ladeaba sobre el airoso cuello. Las colinas suaves de sus pechos se erguían provocadoras; armoniosa, la suave curva del vientre impúber. Las piernas eran nerviosas, de rara elegancia. Y aquella figura se movía con algo de serpiente sabia, que inquietaba. Nuevamente cerró los ojos. Una fragancia intensa le envolvía, ahora: aroma de nardo indiano que mata, de ovonia que enloquece, olor de mujer joven y hermosa, olor de vida, mezcla crispadora de olores, fragancia de naturaleza y de perfumes. Y sintió una respiración jadeante que le quemaba la piel, y sus manos temblorosas corrieron las curvas llenas de armonía del desnudo cuerpo, que se le ofrecía, con sencillo impudor, seguro de su belleza victoriosa, y unos labios frescos como cerezas, ardientes como brasas, mordieron sus labios, y unos brazos le aprisionaron en un abrazo de infinita pasión...


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