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lunes, 13 de diciembre de 2021

"PLEGARIA DE IFIGENIA", de EURÍPIDES (GRECIA ANTIGUA, 484-406, a.d.n.e.)

fragmento perteneciente a la tragedia "Ifigenia en Aulis", de fecha xxxx  d.n.e.




-" Padre, tener quisiera la dulce voz de Orfeo y aun a las rocas hiciera conmoverse. Las piedras me siguieran al ir yo cantando. Siquiera mis palabras pudieran ablandar duros corazones. Pero no tengo más elocuencia que la de mis lágrimas.

¿Qué poder tengo yo? Abrazarme solamente a tus rodillas, y llevar en mi abono a este tiernecito infante que mi madre dio a luz.

Y, ¿qué te ruego ahora? ¡Que no me sacrifiques; no pido más! Que no me fuerces a bajar al Hades.

Yo soy tu primogénita. Y es tan bella la luz del día.

Yo fui la primera que en tus rodillas pusieron y te hice ser feliz y la primera de quien la voz oíste. ¿No lo recuerdas? Me decías emocionado: ¡Hijita mía! ¿Tendré la dicha de verte feliz alguna vez? ¿Te veré al lado de un esposo viril y fuerte, como tú mereces?

Y yo te respondía: ¿Padre, tendré la dicha de verte ya anciano y hospedarte en mi casa, a cambio de tantas solicitudes que por mí has tenido?

Bien recuerdo estas dulces palabras. Quien ha olvidado todo eres tú.

Ahora intentas quitarme la vida.

¿Qué tengo yo que ser la víctima de esas nupcias falaces de Alejandro y Helena? ¿Que venga ello o no venga, de mi vida depende?

Pon tus ojos en mí. Bésame al fin. Si estoy destinada a la muerte, llevaré el recuerdo de tu beso postrero. (Se vuelve al niño Orestes):
—Tú, hermano mío, ¡qué pequeñito eres! ¿Qué ayuda podrías dar a los tuyos?

Llorando estás. Tus lágrimas son un mudo ruego ante mi padre. No quieres que yo muera. ¡Los niños mismos que no han llegado al habla tienen presagios de la humana desdicha!

Padre, ¿lo ves? ¡Te ruega sin palabras! ¿Despreciarás su ruego?

Él hablar no puede; hablo yo y los dos ante ti estamos rendidos. Basta lo dicho. Si no lo entiendes, estás perdido.

¡Vida aun con dolor es grata siempre! Los muertos nada son y es insensato aquel que quiere morir. ¡Más dulce es vida en pena que venturosa muerte!"





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sábado, 6 de enero de 2018

"Dos pasiones distintas", de AQUILES TACIO (Antigua Grecia, siglo II d.n.e.).

Fragmento perteneciente al libro "Leucipa y Clitofonte", de fecha siglo II d.n.e.  



Liber II, 37-38.

(...) «Otro, que esté bien iniciado, posiblemente diría más que yo. Pero hablaré de ello aunque mi experiencia sea sólo moderada. Pues bien, el cuerpo de una mujer, al unirse con ella, es mórbido y para los besos sus labios son suaves, razón por la que en los abrazos retiene el cuerpo de su compañero y sus propias carnes se amoldan a él por completo, quedando aquél envuelto en placer. Pega a los labios sus labios como sellos, besa con arte y adereza su beso con una dulzura superior. Pues no solamente suele besar con los labios, sino que hace intervenir sus dientes y pace en torno a la boca de su amante y convierte los besos en mordiscos. También su seno, con sólo tocarlo, reporta un especial deleite. Y en la culminación amorosa el placer la exalta, besa con la boca abierta y enloquece. Las lenguas mientras tanto se buscan una a otra para unirse y, en lo posible, también ellas se afanan en besarse. Y es que, al besarse con la boca abierta, el placer se acrecienta. La mujer, al llegar al extremo amoroso, jadea abrasada por el placer, y su jadeo con el amoroso hálito salta hasta los labios, se encuentra con el beso, que en su camino errante trata de descender a lo profundo, y el beso, invirtiendo su ruta con el aliento jadeante, lo sigue confundido ya con él y va a herir el corazón. Éste, con la turbación que el beso le produce, se pone a tembIar, y, si no estuviese atado a las entrañas, iría en pos de los besos y se arrastraría hasta lo alto tras ellos. Por el contrario, los besos de los mocitos carecen de arte, sus abrazos no tienen ciencia alguna, su Afrodita es perezosa y en absoluto se halla placer con ellos».

Y replicó Menelao:

—La verdad es que en lo tocante a Afrodita no me das la impresión de ser un principiante, sino un veterano: ¡con tantas sutilezas femeninas nos has inundado! Pero ahora te toca escuchar lo que atañe a los muchachos. En una mujer todo es fingido, lo mismo las palabras que los gestos. Y, si parece hermosa, no hay en ella otra cosa que el ingenio diligente de los ungüentos: su belleza es la de sus perfumes o la del tinte de su pelo o hasta la de sus potingues. Pero, si la desnudas de esas muchas trampas, es como el grajo desplumado de la fábula. En cambio, la belleza de los muchachos no se riega con fragancias de perfumes ni con olores engañosos ni ajenos, y el sudor de los mocitos tiene mejor aroma que todos los ungüentos perfumados de las mujeres. Se puede, incluso en el momento que precede a la unión amorosa y en el propio gimnasio, encontrarse con uno y abrazarlo a la vista de todos, sin que tales abrazos tengan por qué dar vergüenza. Y no ablanda el contacto erótico con la morbidez de sus carnes, sino que los cuerpos se ofrecen mutua resistencia y pugnan por el placer. Sus besos no poseen la ciencia de las hembras ni menos embrujan con las trampas lascivas de sus labios. Un chico besa según sabe, y sus besos no nacen del artificio, sino de la propia naturaleza. A lo que más se parece el beso de un mocito es a esto: sólo obtendrías besos semejantes si el néctar se hiciese sólido y tomara la forma de unos labios. No podrías saciarte de besarlo: cuanto más te llenas, aún sigues con sed de sus besos, y no sabrías apartar tu boca hasta que el deleite mismo no te hace escapar de ellos.


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viernes, 5 de enero de 2018

"Tu boca lleva una abeja", de AQUILES TACIO (Antigua Grecia, siglo II d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "Leucipa y Clitofonte", de fecha siglo II d.n.e.  



Liber I, 7-10.

La víspera hacia el mediodía la muchacha había estado tocando la lira y Clío estaba sentada junto a ella y yo paseaba de un lado para otro. De pronto una abeja, que llegó volando quién sabe de dónde, picó a Clío en una mano. Ella dio un grito, y la otra joven, alzándose de un salto y dejando su lira, examinó la herida y al tiempo la confortó diciéndole que no se afligiese, pues le cortaría el dolor pronunciando dos ensalmos que una egipcia le enseñara contra picaduras de avispas y de abejas. Y a la vez los recitó y Clío dijo poco después que ya se encontraba mejor.

Ahora bien, en esta otra ocasión coincidió que una abeja o una avispa volaba zumbando alrededor de mi cara, y yo entonces tengo un acuerdo y me echo mano al rostro simulando que me había picado y me dolía.La joven acercándose me retiró la mano y me preguntó dónde tenía la picadura. Y yo respondo:

—En el labio. Pero ¿por qué no pronuncias tus ensalmos, querida?

Y se arrimó y me aplicó su boca, como si estuviese pronunciándolos, y susurró algo mientras me rozaba la punta de los labios. Y yo la besé en silencio, sustrayendo el chasquido de los labios, en tanto que ella, con el abrir y cerrar los suyos con el susurro del ensalmo, convertía el conjuro en besos.

Entonces ya la abracé y besé sin disimulo. Y ella se apartó diciendo:

—¿Qué es lo que haces? ¿También tú pronuncias un ensalmo?

Beso a la hechicera —contesté—, porque has puesto remedio a mis dolores.

Y como entendiera mis palabras y sonriese, me animé y seguí diciendo:

—¡Ay de mí, querida, que de nuevo estoy herido y más dolorosamente! Pues la herida me ha alcanzado el corazón y precisa tus ensalmos. Verdad es que también en tu boca llevas una abeja, pues estás llena de miel e hieren tus labios. ¡Ea!, te lo ruego, recita tu ensalmo otra vez, pero no de prisa y corriendo, enconando la llaga nuevamente.

Y mientras lo decía, al mismo tiempo la abrazaba con más fuerza y la besaba aún más francamente. Y ella se dejaba hacer, simulando, sin embargo, resistirse.

En esto, viendo desde lejos que la sirvienta se acercaba, nos separamos, yo contra mi voluntad y afligido, ella no sé en qué estado. Me hallaba empero más animado y lleno de esperanzas. Sentía la presión del beso como si fuese algo corpóreo y lo guardaba celosamente, vigilándolo como un tesoro de placer por ser una dulce avanzadilla. Pues incluso nace del más hermoso órgano del cuerpo: ya que la boca es el órgano de la voz y la voz reflejo del alma. Al producirse el contacto de las bocas y hacer descender la placentera sensación, izan las almas hasta el beso. Y sé que, de un modo igual, no había gozado antes mi corazón. Fue en ese momento por primera vez cuando aprendí que nada hay que compita en deleite con un beso de amor.

A la hora de la cena, otra vez nos encontramos, igualmente, en la sobremesas. Sátiro nos escanciaba el vino y puso en práctica un cierto ardid amoroso: nos cambia las copas, sirviendo la mía a la joven y la suya a mí, y tras echar vino en una y otra copa y hacer la mezcla nos las ofrece. Yo, que me había fijado en la parte de la copa en que la muchacha al beber había puesto los labios, bebí aplicando en ese punto los míos, dándole así un beso a distancia, y besé la copa al mismo tiempo. Y ella, al verlo, comprendió que yo besaba la huella de sus labios. Pero Sátiro, cuando se llevó las copas juntas, de nuevo nos las cambió, y vi ya entonces que también la joven me imitaba y bebía del mismo modo, con lo que mi dicha fue aún mayor. Y esto sucedió por tercera y cuarta vez, y el resto de la jornada seguimos así con los mutuos brindis de nuestros besos.

Después de la cena Sátiro se acercó a hablarme: «Ahora es el momento de portarte como un hombre. Pues la madre de la muchacha, como sabes, está delicada y se retira a descansar sola. Y la joven dará un paseo, como suele, antes de irse a dormir, con la compañía sólo de Clío. Pero a ésta precisamente me la llevaré yo aparte conversando».

Y tras estas palabras nos pusimos al acecho, según lo establecido, él de Clío y yo de la muchacha. Y así Clío fue apartada de allí y la joven se quedó sola en su paseo. Aguardando, pues, el momento en que se extinguía la mayor parte de la luz, me aproximo a ella con la mayor osadía que había sacado de mi primer asalto, como un soldado que tiene ya en su haber una victoria y se ha vuelto desdeñoso con la guerra. Muchas eran las armas que entonces fortalecían mi confianza: vino, amor, esperanza y soledad. Y sin decir palabra, como si hubiese un mutuo acuerdo, la tomé sin más entre mis brazos y me puse a besarla. Pero, cuando incluso iba a acometer algo más sustancioso, detrás de nosotros se produce un ruido y, turbados, nos separamos de un salto. Ella se retira a su alcoba y yo en dirección opuesta, lleno de aflicción por haber estropeado una empresa tan lucida y echando pestes contra el ruido. Y en esto viene Sátiro a mi encuentro con la cara resplandeciente, pues a mi parecer había visto cuanto hicimos, vigilando al pie de un árbol no fuera que alguien nos sorprendiese, y fue él quien hizo el ruido al ver que alguno se acercaba.


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jueves, 4 de enero de 2018

"Su beso muerde el corazón", de LONGO ( ANTIGUA GRECIA, siglo II d.n.e.).

Fragmento perteneciente al libro "Dafnis y Cloe", de fecha siglo II d.n.e.  



Liber I, 17 a 28.

(...)Cloe no esperó más, sino que, encantada con el piropo y deseosa hacía tiempo de besar a Dafnis, se abalanzó a besarlo, de modo inexperto y torpemente, pero capaz de sobra de inflamar un alma.

Dorcón, pues, dolorido, se alejó a la carrera buscando al tiempo cómo abrir otras vías a su pasión. Pero Dafnis, como si le hubieran mordido y no besado, tomó de inmediato un aire taciturno, sufría continuamente escalofríos, trataba de contener el palpitante corazón y no quería sino mirar a Cloe, aunque al mirarla se cubría de rubor. Por primera vez entonces le causaban maravilla su cabello, por ser rubio; sus ojos, por grandes como los ojos de una vaca; y el rostro, porque de cierto era más blanco incluso que la leche de las cabras: como si se estrenara en tener ojos y antes hubiera estado ciego. Ni tomaba alimentos, sino para, a lo más, probarlos; y de beber, si en algún momento era obligado, de humedecer la boca no pasaba. Se estaba callado quien antes era más parlero que los grillos; perezoso quien antes más inquieto que sus cabras. El rebaño incluso estaba descuidado, tirada la zampoña. Su cara tenía menos color que la hierba en el verano, y guardaba su plática tan sólo para Cloe, y si algún rato se apartaba de ella mantenía consigo tal soliloquio: «¿Qué efecto es éste que me produce un beso de Cloe? Sus labios son más suaves que las rosas y su boca más dulce que un panal, pero su beso más punzante que el aguijón de una abeja. Muchas veces besé a mis cabritos, muchas besé a los perrillos a poco de nacer y al ternero que Dorcón le regaló. Pero este beso es otra cosa: se me escapa el resuello, se me sale el corazón a saltos, se me derrite el alma y, sin embargo, quiero besarla otra vez. ¡Qué funesta victoria!, ¡qué extraña enfermedad, cuyo nombre ni siquiera conozco! ¿Acaso antes de besarme probó Cloe alguna pócima? ¿Cómo entonces no murió? ¡Cómo se oyen cantar los ruiseñores y mi zampoña está en silencio! ¡Cómo respingan los cabritos y yo me estoy sentado! ¡Cómo se abren las flores y yo no trenzo guirnaldas! Florecen las violetas y el jacinto, mientras Dafnis se marchita. ¿Hasta Dorcón habrá de parecer más guapo que yo?»

Por tal trance pasaba el buen Dafnis, tal decía: que por primera vez probaba las obras y palabras del amor.

Y el boyero Dorcón, el que andaba de Cloe enamorado, y que acechaba a Driante cuando enterraba un plantón de vid por allí cerca, se le arrima con unos quesillos deliciosos y se los ofrece de regalo, pues era un viejo amigo de cuando el propio Driante apacentaba sus ovejas. Y luego de comenzar por ese extremo, logró llevar la charla hacia el casamiento de Cloe. Si la tomaba por esposa, prometía presentes tantos y valiosos como se espera de un boyeros: una yunta de bueyes de labranza, cuatro colmenas, cincuenta plantones de manzanos, una piel de toro para hacerse zapatos, un ternero destetado cada año. De manera que Driante estuvo casi a punto, seducido por los regalos, de dar a tal unión su asentimiento. Mas en la idea de que la doncella era digna de un esposo de más alta calidad, y por el miedo a caer en infortunios sin remedio si alguna vez fuese público su hurto, dio un no a la boda, pidió disculpas y declinó los obsequios nombrados.

Dorcón, pues, como en su segunda esperanza hubiera errado y perdido unos ricos quesos sin provecho, resolvió apoderarse de Cloe cuando se encontrara sola. Al observar que cada día llevan sus ganados a abrevar Dafnis una vez y otra la muchacha, maquina una artimaña muy propia de un pastor. Toma la piel de un lobo enorme, al que un toro, en lucha por defender a la vacada, había en una ocasión matado con sus cuernos. Con ella se recubre desde los hombros a los pies, de modo que las patas delanteras se superpongan a sus brazos, las traseras a sus piernas hasta el talón, y que la abertura del hocico envuelva su cabeza, tal cual el yelmo de un guerrero.

Transformado así, lo más que pudo, en fiera, se acerca al manantial en que beben las cabras y ovejas después de haber pastado. El manantial estaba en una hondonada y por todo su contorno el paraje era bravío, con espinos y zarzales y enebro bajo y cardos: incluso un lobo de verdad fácilmente podría haber estado allí escondido y al acecho. Y allí se ocultó Dorcón a la espera de la hora de abrevar, con toda su esperanza puesta en atrapar a Cloe valiéndose del miedo que con su figura le infundiera.

Al cabo de un rato no muy largo hacía Cloe bajar el ganado hacia la fuente, dejando a Dafnis, que cortaba ramas verdes para regalo de sus chivos tras el pasto. Y los perros que la seguían, guardianes de las ovejas y las cabras, que como canes que eran iban registrando todo con su alfato, descubren a Dorcón cuando ya rebullía para atacar a la zagala, le ladran ferozmente y se lanzan a por él como si de un lobo se tratara.

Rodeándolo, antes de que con el susto acabara de alzarse, la emprendieron a dentelladas con la piel. En tanto él, con la vergüenza de verse en evidencia y al resguardo de la piel que lo tapaba, se estaba echado y en silencio en la espesura. Pero una vez que Cloe, en el sobresalto de lo primero que acertara a ver, llamó a Dafnis en su ayuda, y los perros, arrancándole la piel por todas partes, en su propio cuerpo lo alcanzaban, lamentándose a gritos suplicaba socorro a la muchacha y a Dafnis que acudía. Entonces a los canes prontamente los aplacan con la llamada de costumbre y llevan a Dorcón hasta el manantial para lavarle los mordiscos, que en muslos y hombros le habían hecho las dentelladas de los perros, y le aplican, después de masticarla, corteza tierna de olmo. Con su inexperiencia de los atrevimientos que el amor provoca, atribuyeron el disfraz de la piel a una broma de pastor, y ni siquiera se enfadaron; al contrario, consolando a Dorcón, lo despidieron un trecho llevándolo del brazo.

Éste dedicaba cuidados a su cuerpo, tras correr tan gran peligro y a salvo de boca de perro, no de lobo, según dicen. Y a Dafnis y a Cloe harto trabajo hasta la noche les costó reunir cabras y ovejas. Pues, espantadas por la piel y alborotadas por los ladridos de los perros, unas habían trepado hasta las peñas y otras bajado a la carrera hasta el mismo mar. Por más que estaban amaestradas para que obedecieran a una voz, cedieran a la seducción de una zampoña y se reunieran al oír una palmada, esa vez sin embargo el terror les infundió el olvido de todas esas normas. Y a duras penas, siguiéndoles el rastro como a liebres, terminaron por llevarlas al aprisco.

Por sólo aquella noche durmieron con un profundo sueño, hallando en su fatiga un tónico para sus inquietudes amorosas. Pero, al renovarse el día, otra vez de vuelta se encontraban con semejantes congojas. De verse disfrutaban, se afligían al separarse, sufrían, deseaban algo sin que supieran qué era lo deseado. Tan sólo esto conocían: que a él un beso le perdió y un baño a ella.

También los abrasaba la época del año. Érase ya entonces el fin de la primavera y el inicio del verano, y todo estaba ya en sazón, los árboles con fruto, los llanos con las mieses. Dulce era el resonar de las cigarras, dulce el aroma de la fruta, grato el balar de las ovejas. Cabría imaginar que hasta los ríos con su manso fluir entonaban un canto, que los vientos tocaban la zampoña al soplar entre los pinos, que las manzanas buscaban amorosas desplomarse por tierra, y que el sol, aficionado a la belleza, a todos procuraba desnudarlos.

Dafnis, que sufría los ardores que le llegaban de la naturaleza toda, se sumergía en las aguas de los ríos, unas veces se lavaba, otras pretendía pescar entre el torbellino de los peces. Y en más de una ocasión bebía incluso, con el afán de apagar la interna quemazón. Y Cloe, cuando había ordeñado sus ovejas y la mayor parte de las cabras, por largo tiempo se ocupaba en hacer que la leche se cuajase, pues las moscas se mostraban tenaces molestándola y hasta picándola si pretendía ahuyentarlas. Y luego de esto, se lavaba la cara, se coronaba con ramas de pino, se ceñía la piel de cervatillo y, llenando el cuenco a rebosar de vino y leche, con Dafnis en común se lo bebía.

Pero era al llegar el mediodía cuando sus ojos quedaban apresados. Pues a ella, al ver desnudo a Dafnis, su entera belleza la invadía y derretíase sin poder descubrir la menor tacha en parte alguna de su cuerpo. Y él, al contemplarla cuando con su piel y su guirnalda le alargaba el cuenco, creía ver a una de las Ninfas de la gruta. Entonces le arrebataba de la cabeza las ramas de pino y él mismo se coronaba, besando antes la guirnalda. Y Cloe se vestía con las ropas de Dafnis, mientras él estaba lavándose y desnudo, no sin antes besarlas también ella. En alguna ocasión, incluso, se arrojaron manzanas uno al otro y, peinándose el cabello, se engalanaron mutuamente las cabezas. Ella comparó, por negro, el pelo de Dafnis con los mirtos; él con una manzana el rostro de ella, porque era blanco y sonrosado. Le enseñaba a tañer la flauta, pero, apenas empezaba a soplar, Dafnis arrancándole la zampoña recorría las cañas con sus labios. Y parecía corregirle sus errores, mas con este simulacro besaba por mediación de la zampoña a Cloe.

Y mientras tañía Dafnis su siringa a la hora de la siesta y los ganados se refugiaban en la sombra, Cloe sin darse cuenta dormitaba. En cuanto descubría esto, dejaba Dafnis su zampoña e insaciable demoraba su mirada por toda ella, como sin tener que avergonzarse, y al tiempo disimuladamente con voz queda susurraba: «¡Cómo duermen sus ojos! ¡Qué aliento el de su boca!: ni siquiera las manzanas ni los sotos pueden comparársele. Pero recelo de besarla: su beso muerde el corazón y, como la miel reciente, hace enloquecer. Tampoco me decido, no sea que al besarla la despierte. ¡Ruidosas cigarras, que no la dejarán dormir con tal escándalo! Es más, ¡hasta los machos a golpes de cornamenta se enzarzan ahora! ¡Lobos más cobardes que zorras, que no se los han llevado!»

Con tales razones se expresaba cuando, en su huida de una golondrina que quería capturarla, una cigarra vino a parar al regazo de Cloe. La golondrina que iba persiguiéndola no acertó a alcanzarla, pero con la persecución se acercó tanto que le rozó las mejillas con sus alas. Y a Cloe, sin saber qué le pasaba, con un grito el sobresalto la sacó del sueño. Al ver la golondrina que aún volaba cerca y a Dafnis que se reía de su miedo, el susto se le pasó y se frotaba los ojos, que en seguir dormidos se empeñaban. La cigarra desde el regazo retornó a su canto, igual que un suplicante reconocido de haber sido salvado. De nuevo dejó Cloe escapar un grito. Dafnis volvió a reír y, aprovechando el pretexto, le deslizó sus manos en el pecho y a la buena cigarra sacó fuera, la cual ni así en su mano derecha se callaba. Cloe la miró complacida, la cogió y, con un beso, volvió a depositarla, sin que cesara de cantar, en su regazo.


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