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martes, 7 de diciembre de 2021

"El nudo", de DELMIRA AGUSTINI (Uruguay, 1886-1914 d.n.e.)


Su idilio fue una larga sonrisa a cuatro labios.
En el regazo cálido de rubia primavera.
Amáronse talmente que entre sus dedos sabios
palpitó la divina forma de la Quimera.

En los palacios fúlgidos de las tardes en calma
hablábanse un lenguaje sentido como un lloro,
y se besaban hondo hasta morderse el alma!
Las horas deshojáronse como flores de oro.

Y el Destino interpuso sus dos manos heladas...
¡Ah! los cuerpos cedieron, mas las almas trenzadas
son el más intrincado nudo que nunca fue.

En lucha con sus locos enredos sobrehumanos
las Furias de la vida se rompieron las manos
y fatigó sus dedos supremos Ananké...






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sábado, 18 de abril de 2020

"Si la vida es amor", de DELMIRA AGUSTINI (Uruguay, 1886-1914 d.n.e.)

"Brisa primaveral", de William Adolphe Bouguereau


Si la vida es amor, bendita sea!
¡Quiero más vida para amar! Hoy siento
que no valen mil años de la idea
lo que un minuto azul del sentimiento.

Mi corazón moría triste y lento...
Hoy abre en luz como una flor febea;
¡la vida brota como un mar violento
donde la mano del amor golpea!

Hoy, partió hacia la noche, triste, fría,
rotas las alas mi melancolía;
como una vieja mancha del dolor

en la sombra lejana se deslíe...
¡Mi vida toda canta, besa, ríe!
¡Mi vida toda es una boca en flor!





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domingo, 22 de diciembre de 2019

"La total liberación", de JUAN CARLOS ONETTI (URUGUAY, 1909-1994 d.n.e.)

La sospecha de Jason persistía, agudizándose por momentos. Algo nuevo había aquella noche en Isabel. Un elemento extraño se agregaba a ella, evidenciándose en los ojos ausentes y la boca entristecida. Al besarla sintió tan claramente la existencia de aquel algo indefinido y molesto, que la tomó por los hombros y la interrogó con sencillez, buscándole los ojos. Las vacilaciones de Isabel lo fueron preparando para una noticia grave y dolorosa. No llegaba a temer que Isabel le confesara no quererlo ya. De ser así, no hubiera admitido sus caricias; se lo hubiera dicho en cuanto él llegó, sin temblarle la voz y con los ojos abiertos frente a sus gestos.

Cuando logró que ella iniciara la frase:

—Anoche… —descansó en la palabra como en un peldaño. La precisión del tiempo lo hacía suponer que la confesión de Isabel revelaría un hecho concreto, una acción sucedida fuera del espíritu de ella. Esto, fuera lo que fuese, no le parecía ya tan temible. Interrogando, sin prisas, seguro de que iba a ser capaz de oírlo todo sin dejar de dominarse, repitió:

—Anoche.

Isa dejó caer la cabeza a un lado. Volvió a levantarla, escrutando el rostro impasible de Jason. Estuvo así unos segundos, calculando las alteraciones que sus palabras iban a provocar en él. Tratando de saber si la vitalidad del amor de Jason podría resistirlas. Nuevamente los cabellos ocultaron una parte de su cara. Jason veía solamente un pedazo de perfil, con los ojos tercamente elevados hacia la unión de la pared y el techo.

Atrajo a la muchacha hacia sí y dijo nuevamente:

—Anoche…

Sordamente, como si las palabras no pasaran de la garganta, ella completó:

—… me abrazaron… —hizo un descanso, terminando luego—… y me besaron…

Tenía la boca más triste y los ojos seguían mirando hacia arriba. Jason aflojó los brazos y quedó junto a ella, rígido e impasible. Bien sabía que su rostro entrenado y obediente no le traicionaría con ninguna delación. Pero un montón de preguntas torpes se formaron en su cerebro. El instinto quería saber quién y cuándo y cómo y dónde. Esto le causó vergüenza y ocultó la cara contra el rostro de Isabel. Esquivadas las preguntas, volvió a mirarla acariciándole los cabellos. Ella se volvió y, con la boca entreabierta y los ojos dilatados, analizó anhelante sus rasgos; se hundió en su mirada. Jason continuaba deslizando la mano por la cabeza querida, pero su atención no estaba allí. Ahora fue ella quien lo tomó por los hombros:

—¿Qué?

Con una media sonrisa, él dijo:

—Nada…

Pero estaba ausente. «Me abrazaron y me besaron», «me abrazaron y me besaron…». Sí; ese era el elemento extraño que se había colocado entre ellos, la piedra caída en el agua serena de sus sentimientos. Así como él lo hacía, tan sencilla y naturalmente como él, otro la había besado. Miró la boca de Isabel; una boca a la que la presión de sus labios masculinos había hecho perder por un momento la gracia tranquila de su diseño. La boca estaba igual que ayer, que anteayer, que siempre. Pero él se empeñaba en creer que el hombre, al besarla, le había contagiado algo incomprensible y exótico. Como si en adelante, desde aquel «anoche» que él acababa de vivir, Isabel hubiera de ser una mujer distinta. Una mujer que imitaría de manera perfecta la voz, los gestos, las miradas, las actitudes y hasta los pensamientos de Isabel.

Jason quiso engañarse pensando que su cuerpo contenía, hasta los bordes, un sufrimiento inmensurable. Pero reconoció que no sufría: odiaba. No a ella ni al otro. Odiaba al hecho sencillo y brutal que tal vez prolongara para siempre su presencia entre ellos; apretaba rabiosamente los maxilares, pensando en el beso y en el abrazo. Pero sentía que si él dijera esto a Isabel, ella no lo entendería. No podría creerlo. Sería capaz de comprender su dolor, su tristeza; acaso su odio hacia ella o hacia el otro. Pero la simple verdad —el odio hacia el hecho— no. En silencio, descendió la mano desde los cabellos hasta la mejilla y acarició lentamente su contorno. Volvió a sonreírle y tomó el sombrero. Al abrir la puerta tuvo la impresión de que, lejos de ella, su extraño odio sería totalmente inútil; lo dejó en la habitación, cerrando lenta y cuidadosamente.

Bajó las escaleras con el tranquilo paso de siempre y salió a la calle. Afuera lo esperaba la noche; pero no la noche madura, dilatada en silencio y serenidad que Jason hubiera deseado, sino una noche recién hecha, fresca, bulliciosa, llena del movimiento de los coches y las gentes. Una noche jovial que abría cuadrados de luz y gesticulaba en los letreros luminosos.

A los pocos pasos Jason estaba aislado; no entendía las voces de la multitud y los codazos que recibía de vez en cuando rebotaban en él como en una pared indiferente. Sin proponérselo, fundía los ruidos de la ciudad en el ritmo de su paso. El movimiento de avance de la pierna izquierda demoraba el tiempo justo que necesitaba para decir «me abrazaron». La derecha decía: «y me besaron». Me abrazaron /y me besaron. Me abrazaron /y me besaron. Jason fue contando su dolor a las gentes con el ritmo de sus pasos. Lo dijo, inexorable y lento, durante cuadras y cuadras. Cuando el tráfico lo obligaba a detenerse en una esquina, procuraba que la última pierna que se moviera fuera la derecha. Así no truncaba la frase ni la escena que esta le sugería. Abrazaron, no. Besaron, tampoco. No, no era esto. Me abrazaron y me besaron. Me abrazaron /y me besaron. Proseguía la marcha; caminaba con el tranquilo paso de siempre. Continuaba diciendo su dolor a las mujeres rientes, a los hombres sentados frente a los cafés, a los negocios deslumbrantes de luces, a los árboles de follaje inquieto, a los vehículos brillantes y temblorosos. Pero, sobre todo, lo decía a la vereda: a la humilde y resignada vereda, llena de papeles, restos de cigarrillos y escupitajos. A la vereda pisoteada millones de veces por la multitud todos los días, a toda hora, con prisa, con lentitud, yendo hacia un destino, o paseándose, simplemente.

Jason también se había paseado muchas veces por la calle ancha y cordial, de paredes limpias y hermosas. En sus paseos de muchos años había trabado amistad con la vida ciudadana. La calle y él llegaron a intimar profundamente, a conocerse en todos los detalles y hasta a armonizar sus respectivos sentimientos. Él sabía cuándo la calle vibraba orgullosamente al paso de los trenes que corrían en sus entrañas, bajo el gris de la vereda resignada y humilde. Y conocía también los atardeceres en que la calle lo recibía desfallecida y triste, como si añorara la tierra, la hierba y las bestias; como si aquella baraúnda que limitaban sus brazos poderosos le causara malestar, un poco de jaqueca, acaso.

Sí; Jason se entendía perfectamente con la calle ancha y hermosa; sus estados de ánimo solían correr paralelamente. Pero ahora no; no se trataba de eso. Que la amiga lo perdonara, pero ya no era el Jason de todos los día, que la saludaba paseándola. Ahora iba, un paso y otro —me abrazaron y me besaron— metido en sí mismo. Y, metido en él, un dolor que aún no había llegado a comprender. Un dolor envuelto todavía en un papel hecho de sorpresa y desconcierto. «Me abrazaron y me besaron». Quería representarse la escena que traducían las palabras: otro hombre apretando a Isabel y besándola. Mordiéndole rabiosamente el labio inferior. Humedeciéndose en él, como enloquecido por una sed infinita. Pero no lo conseguía con claridad. Cuando recordaba a Isabel diciéndole aquello, se recordaba a él mismo, con la mujer apretada fuertemente y los dientes sujetando con suavidad el labio inferior, húmedo y caliente. Isabel había doblado la cabeza, desviando los ojos; su voz había temblado en los dos golpes: me abrazaron, primero; y luego: y me besaron. Y esto era justo. Lógicamente debía de haber sucedido así: un abrazo y un beso. Era normal, razonable, perfectamente graduado. Jason lo sentía así. Pero lo que sentía con más intensidad era su impotencia para desatar el paquetito que llevaba adentro. Un pequeño paquetito que podría llevarse cómodamente en la mano y donde se escondía el dolor. Seguía escondido, y Jason no sufría ni podía indignarse. Fallaba su imaginación, y los momentos dolorosos a cuyo encuentro había salido para que lo tomaran en la calle abierta y no en la soledad de su cuarto, no llegaban. Jason temía el dolor en la soledad. Se amplifica; se lo siente como una herida que pulsa y uno acaba por acostumbrarse y hasta por gozar sufriendo. Aumentando el dolor con imágenes; recogiéndose para sentirlo mejor, como un pedazo de música.

El otro, el hombre que había besado —abrazado y besado— a Isabel, no tomaba forma. Jason no lograba verlo. No pudo pasar de un hombre vestido de oscuro; menos todavía: un traje oscuro de hombre. Un hombre decapitado y sin manos. Pero veía entera a Isabel. Alguien que se perdía en la forma impersonal de los verbos la había abrazado, besándola luego. Fuertemente, con rabia, con ansias de macho. Sí, podía exaltar la virilidad del otro todo lo que quisiera. Pero Jason seguía viendo entera a Isabel y no al otro. Hasta el traje negro se borró, perdiéndose en la sombra. Isabel quedaba, entera, desde los zapatitos claros hasta las cejas circunflejas. Más aún: hasta los hilos de cabellos escapados del peinado; hasta la atmósfera que la rodeaba y que iban haciendo sus movimientos y su perfume. Isabel seguía siendo. Era su Isa, con las inflexiones de voz, el aletear de manos, la mirada de siempre.

Ya podía Jason caminar hasta que la calle se durmiera, moviendo los pies con el mismo ritmo: «me abrazaron», el izquierdo; «y me besaron», el derecho. Caminaría kilómetros, cansado y sudoroso. Pero el paquetito no se desataría: no dejaría escapar el dolor.

Mucho mejor sería amoldar los pasos a otras palabras. Por ejemplo: el pie izquierdo interrogaría: «¿Y qué?». Y el derecho repetiría la pregunta, burlonamente. «¿Y qué? ¿Y qué?».

Con este ritmo, Jason caminaría más ligero. Golpearía velozmente la vereda de la calle amiga y el suelo devolvería sus golpes con otros, alegres y ligeros. «¿Y qué?». «¿Y qué?».

Al principio, Jason sentiría que la pregunta invariable de sus zapatos sonaba cínicamente. Pero luego afirmaría el paso y cada golpe tendría el vigor de un desafío. Un desafío a las estúpidas gentes, tan estúpidas que pueden suponer que un abrazo y un beso dados a una muchacha bastan para alterar su personalidad, pueden tocar su alma. El alma de Isa, que se derramaba por toda su piel y cuya esencia estaba, sin embargo, tan profundamente oculta que solamente se podía llegar a ella usando otra alma. Pero nunca con un abrazo y un beso.

Y en los golpes rápidos de los dos «¿y qué?» que se repetían incansables, netos y burlones en la hermosa calle en que se iniciaba la enérgica noche ciudadana, Jason oía también un desafío al otro Jason no totalmente extraño a las estúpidas gentes. Al Jason que hubiese admitido que las almas ocultas de las frescas muchachas pueden tocarse con un beso y un abrazo.

A derecha, a izquierda, frente a él y a sus espaldas, la multitud se movía, hablaba, gritaba y reía. Jason seguía golpeando la vereda gris, la vereda con papeles rotos y escupitajos.

Los dos zapatos —tac, tac; tac, tac— remedaban el ruido de las paletadas de tierra, llenando un pozo. Allá, en el fondo oscuro y cada vez más lejano, el otro estúpido Jason seguiría probablemente caminando con lentitud, arrastrando a cada pierna el grillete de la media frase.

Pero aquí arriba no había nada más que Jason, marchando jovialmente entre la multitud apretada y bulliciosa.



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jueves, 20 de junio de 2019

"Raíz salvaje", de JUANA DE IBARBOUROU (URUGUAY, 1892-1979, d.n.e.)

Me ha quedado clavada en los ojos
La visión de ese carro de trigo
Que cruzó rechinante y pesado
Sembrando de espigas el recto camino.

¡No pretendas ahora que ría!
¡Tú no sabes en qué hondos recuerdos
Estoy abstraída!

Desde el fondo del alma me sube
Un sabor de pitanga a los labios.
Tiene aún mi epidermis morena
No sé que fragancias de trigo emparvado.

¡Ay, quisiera llevarte conmigo
A dormir una noche en el campo
Y en tus brazos pasar hasta el día
Bajo el techo alocado de un árbol!

Soy la misma muchacha salvaje
Que hace años trajiste a tu lado.

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lunes, 10 de junio de 2019

"Saliva" de SAÚL IBARGOYEN (URUGUAY, 1930--, d.n.e.)

De tu múltiple boca huyen las salivas negras
como buscando los cruentos olores
de cada orgasmo muerto.
No crezca en la fatiga de tu cráneo
ninguna memoria de muchachas cocinándose
en un sudor luminoso
que otros cuerpos encendieron.
Sí cada objeto de piedra de jugos de gases
de silencio de metal de vacío contiene
un punto oscurísimo que habrá de devorarlo.
No se vuelve al comienzo de lo visible:
Muslos brillando en apagadas sábanas
cabellos revueltos con fideos y rosas
manos como máquinas de puro exterminio
lenguas sin su idioma personal y único
gestos de furor
ademanes de inclemencia
vientres despedazándose en pariciones angélicas.
Y el final que estaba antes del inicio
tampoco será raíz de tu regreso.
Recoge pues lo que puedas
de tus salivas negras
llévalas a la boca
nómbralas
pues no tendrán ocasión de renacer.



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martes, 12 de marzo de 2019

"Isotermia", de SARA DE IBÁÑEZ (SEUDÓNIMO DE SARA IGLESIAS CASADEI, (URUGUAY, 1910-1971)


Te supe un condenado otoño
al ras de las cortezas
en el sinuoso curso de meandros

Choque brutal de pupilas perplejas
vorágine apretando estupro con el cielo
acunándonos el vértigo Iniciados babilonios

te supe a media voz Con un deseo mágico
rozándonos tobillos los secretos más
profundos del pecado

Sabía que existías
que te extendías grave en severos firmamentos
que conjugabas hechizos y serpientes

Que mecías tu cuerpo entre sombras ajenas y neblina
que tu gula era salvaje
que te enviaba Belili el infernal

Me convenció tu juego irreverente
tu descarnada afrenta Tu azul arcano
tu ser de sorpresiva ráfaga encantador heraldo

Y pregunté mil cosas esa noche
Era otoño Contestabas de perfil
repasando obrajes de tu lengua por mis labios

Desbaratamos trágicas hipótesis empanadas ordalías
amable triunfó la rosa de los vientos
y mi mano fue a tu mano

Sentimos nos unía la línea el tiempo el color
Robando el paraíso lo trepamos entre estelas jeroglíficas
colmamos tabernáculos de Ishtar con corderos y un buey blanco

Ondulando recíprocos por una ciencia infusa
por una rara geometría acortando distancias de mortales
ufanos entre sables curvos propicia luna vino en cráteras

Tu calor era regresando del exilio
Incontenidas pasiones estallaban las arterias
Isotérmicos derruimos prologales muros del temor o la vergüenza

Aquella noche la primera Era otoño
Estación para gente de «savoir vivre» de «savoir faire»
Nosotros

Aquella vez se perdieron tus ojos en los míos
y yo sin detener el alma
logré despedazar a tu tristeza

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martes, 26 de febrero de 2019

"Amor", de DELMIRA AGUSTINI (Uruguay, 1886-1914 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Los cálices vacíos", de fecha 1913  d.n.e.



Lo soñé impetuoso, formidable y ardiente;
hablaba el impreciso lenguaje del torrente;
era un mar desbordado de locura y de fuego,
rodando por la vida como un eterno riego.

Luego soñélo triste, como un gran sol poniente
que dobla ante la noche la cabeza de fuego;
después rió, y en su boca tan tierna como un ruego,
soñaba sus cristales el alma de la fuente.

Y hoy sueño que es vibrante y suave y riente y triste,
que todas las tinieblas y todo el iris viste,
que, frágil como un ídolo y eterno como Dios,
sobre la vida toda su majestad levanta:
y el beso cae ardiendo a perfumar su planta
en una flor de fuego deshojada por dos
....


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lunes, 26 de noviembre de 2018

"El surtidor de oro", de DELMIRA AGUSTINI (Uruguay, 1886-1914 d.n.e.)

Vibre, mi musa, el surtidor de oro,
la taza rosa de tu boca en besos;
de las espumas armoniosoas surja
vivo, supremo, misterioso, eterno,
el amante ideal, el esculpido
en prodigios de almas y de cuerpos;
debe ser vivo a fuerza de soñado,
que sangre y alma se me va en los sueños;
ha de nacer a deslumbrar la Vida,
¡y ha de ser ser un dios nuevo!
Las culebras azules en sus venas
se nutren del milagro en mi cerebro...

Selle, mi musa, el sutidor de oro,
la taza rosa de tu boca en besos;
el amante ideal, el esculpido
en prodigios de almas y de cuerpos,
arraigando las uñas extrahumanas
en mi carne, solloza en mis ensueños:
-Yo no quiero más vida que tu vida,
son en ti los supremos elementos;
¡déjame bajo el cielo de tu alma,
en la cálida tierra de tu cuerpo!-

-¡Selle, mi musa, el surtidor de oro,
la taza rosa de tu boca en besos!


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martes, 24 de julio de 2018

"Amor de tarde", de MARIO BENEDETTI (Uruguay, 1920-2009 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Poemas de la oficina", de fecha 1953-1956  d.n.e.



Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras.


Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha como ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme «¿Qué tal?» y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios
tú con el tizne azul de mi carbónico.


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domingo, 8 de julio de 2018

"Una mujer desnuda y en lo oscuro", de MARIO BENEDETTI (Uruguay, 1920-2009 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Preguntas al azar", de fecha 1986  d.n.e.



una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda

una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan

una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios
es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo

una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte.

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Puede escuchar el poema, cantado y musicado por Joan Manuel Serrat, en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=PldGDZmeJYs

O recitado primero y la canción "Desnuda entre las sábanas", de Fran Fernández después, en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=zPBQjUxDi9c


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lunes, 19 de febrero de 2018

"La inquietud fugaz", de JUANA DE IBARBOUROU, seudónimo de JUANA FERNÁNDEZ MORALES (Uruguay, 1.892 - 1.979 d.n.e.).



He mordido manzanas y he besado tus labios.
Me he abrazado a los pinos olorosos y negros.
Hundí, inquieta, mis manos en el agua que corre.
He huroneado en la selva milenaria de cedros
Que cruza la pradera como una sierpe grave,
Y he corrido por todos los pedrosos caminos
Que ciñen como fajas la ventruda montaña.

¡Oh amado, no te irrites por mi inquietud sin tregua!
¡Oh amado, no me riñas porque cante y me ría!
Ha de llegar un día en que he de estarme quieta,
¡Ay, por siempre, por siempre!
Con las manos cruzadas y apagados los ojos,
Con los oídos sordos y con la boca muda,
Y los pies andariegos en reposo perpetuo
Sobre la tierra negra.
¡Y estará roto el vaso de cristal de mi risa
En la grieta obstinada de mis labios cerrados!

Entonces, aunque digas: —¡Anda!, ya no andaré.
Y aunque me digas: —¡Canta!, no volveré a cantar.
Me iré desmenuzando en quietud y en silencio
Bajo la tierra negra,
Mientras encima mío se oirá zumbar la vida
Como una abeja ebria.

¡Oh, déjame que guste el dulzor del momento
Fugitivo e inquieto!

¡Oh, deja que la rosa desnuda de mi boca
Se te oprima a los labios
!

Después será ceniza sobre la tierra negra.


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viernes, 1 de septiembre de 2017

"Cuando una boca suave boca dormida besa", de IDEA VILARIÑO ROMANI (URUGUAY, 1920-2009 d.n.e.)



Cuando una boca suave boca dormida besa
como muriendo
entonces,
a veces, cuando llega más allá de los labios
y los párpados caen colmados de deseo
tan silenciosamente como consiente el aire,
la piel con su sedosa tibieza pide noches
y la boca besada
en su inefable goce pide noches, también.

Ah, noches silenciosas, de oscuras lunas suaves,
noches largas, suntuosas, cruzadas de palomas,
en un aire hecho manos, amor, ternura dada,
noches como navíos...
Es entonces, en la alta pasión, cuando el que besa
sabe ah, demasiado, sin tregua,
y ve que ahora
el mundo le deviene un milagro lejano,
que le abren los labios aún hondos estíos,
que su conciencia abdica,
que está por fin él mismo olvidado en el beso
y un viento apasionado le desnuda las sienes,
es entonces, al beso, que descienden los párpados,
y se estremece el aire con un dejo de vida,
y se estremece aún
lo que no es aire, el haz ardiente del cabello,
el terciopelo ahora de la voz, y, a veces,
la ilusión ya poblada de muertes en suspenso.


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martes, 1 de agosto de 2017

"Ya no", de IDEA VILARIÑO ROMANI (URUGUAY, 1920-2009 d.n.e.)


Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme.
Nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber por qué
ni cómo nunca ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú ya
no serás para mí
más que tú.
Ya no estás
en un día futuro no sabré adónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.


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jueves, 25 de mayo de 2017

"La cita", de JUANA DE IBARBOUROU, seudónimo de JUANA FERNÁNDEZ MORALES (Uruguay, 1.892 - 1.979 d.n.e.).


Me he ceñido toda con un manto negro.
Estoy toda pálida, la mirada extática.
Y en los ojos tengo partida una estrella.
¡Dos triángulos rojos en mi faz hierática!

Ya ves que no luzco siquiera una joya,
ni un lazo rosado, ni un ramo de dalias.
Y hasta me he quitado las hebillas ricas
de las correhuelas de mis dos sandalias.

Mas soy esta noche, sin oros ni sedas,
esbelta y morena como un lirio vivo.
Y estoy toda ungida de esencias de nardos,
y soy toda suave bajo el manto esquivo.

Y en mi boca pálida florece ya el trémulo
clavel de mi beso que aguarda tu boca.

Y a mis manos largas se enrosca el deseo
como una invisible serpentina loca.

¡Descíñeme, amante! ¡Descíñeme, amante!
Bajo tu mirada surgiré como una
estatua vibrante sobre un plinto negro
hasta el que se arrastra, como un can, la luna.


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lunes, 17 de abril de 2017

"El beso", de JULIO HERRERA Y RESSING (Uruguay, 1875-1910 d.n.e.)


Disonó tu alegría en el respeto
de la hora, como una rima ingrata,
en «toilette» cruda, tabletado peto
y pasamanerías de escarlata...

De tu peineta de bruñida plata
se enamoró la tarde, y junto al seto,
loqueando, me crispaban de secreto
tus actitudes lúbricas de gata.

De pronto, cuando en fútiles porfías
me ajaban tus nerviosas ironías,
selló tu risa, de soprano alegro,

con un deleite de alevoso alarde,
un beso, y fue a perderse con la tarde
en el país de tu abanico negro.


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viernes, 30 de septiembre de 2016

"Amor sádico", de JULIO HERRERA Y RESSING (Uruguay, 1875-1910 d.n.e.)

Ya no te amaba, sin dejar por eso
de amar la sombra de tu amor distante.
Ya no te amaba, y sin embargo, el beso
de la repulsión nos unió un instante
...

Agrio placer y bárbaro embeleso
crispó mi faz, me demudó el semblante,
ya no te amaba, y me turbé, no obstante,
como una virgen en un bosque espeso.

Y ya perdida para siempre, al verte
anochecer en el eterno luto,
mudo el amor, el corazón inerte,

huraño, atroz, inexorable, hirsuto,
jamás viví como en aquella muerte,
¡nunca te amé como en aquel minuto!


Puedes escuchar el poema cantado por Martirio, en https://www.youtube.com/watch?v=yaWvDP6sBkA


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martes, 1 de marzo de 2016

"Tu amor", de DELMIRA AGUSTINI (Uruguay, 1886-1914 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "El libro blanco", de fecha 1907  d.n.e.



Tu amor, esclavo, es como un sol muy fuerte:
jardinero de oro de la vida,
jardinero de fuego de la muerte,
en el carmen fecundo de mi vida.

Pico de cuervo con olor de rosas,
aguijón enmelado de delicias
tu lengua es.
Tus manos misteriosas
son garras enguantadas de caricias.

Tus ojos son mis medias noches crueles,
panales negros de malditas mieles
que se desangran en mi acerbidad;

crisálida de un vuelo del futuro
es tu abrazo magnífico y oscuro
torre embrujada de mi soledad.



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jueves, 21 de enero de 2016

"Al claro de luna", de DELMIRA AGUSTINI (Uruguay, 1886-1914 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "El libro blanco", de fecha 1907  d.n.e.



La luna es pálida y triste, la luna es exangüe y yerta.
La media luna figúraseme un suave perfil de muerta...
Yo que prefiero a la insigne palidez encarecida
De todas las perlas árabes, la rosa recién abierta,

En un rincón del terruño con el color de la vida,
Adoro esa luna pálida, adoro esa faz de muerta!
Y en el altar de las noches, como una flor encendida
Y ebria de extraños perfumes, mi alma la inciensa rendida.

Yo sé de labios marchitos en la blasfemia y el vino,
Que besan tras de la orgía sus huellas en el camino;
Locos que mueren besando su imagen en lagos yertos...

Porque ella es luz de inocencia, porque a esa luz misteriosa
Alumbran las cosas blancas, se ponen blancas las cosas,
Y hasta las almas más negras toman clarores inciertos!


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lunes, 21 de diciembre de 2015

"El intruso", de DELMIRA AGUSTINI (Uruguay, 1886-1914 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "El libro blaco", de fecha 1907  d.n.e.



Amor, la noche estaba trágica y sollozante
Cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
Luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,
Tu forma fue una mancha de luz y de blancura.

Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante;
Bebieron en mi copa tus labios de frescura,
Y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
Me encantó tu descaro y adoré tu locura.

Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas;
Y si tú duermes duermo como un perro a tus plantas!
Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;

Y tiemblo si tu mano toca la cerradura,
Y bendigo la noche sollozante y oscura
Que floreció en mi vida tu boca tempranera!


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domingo, 15 de noviembre de 2015

"Las cuatro alas de abeja", de JUANA DE IBARBOUROU, seudónimo de JUANA FERNÁNDEZ MORALES (Uruguay, 1.892 - 1.979 d.n.e.).

Poema perteneciente al libro "Las Lenguas de diamante", de fecha  1.919  d.n.e.



He vuelto de la cita con cuatro alas de abejas
Prendidas en los labios
. Cuatro alas de abejas
Doradas y bermejas.

¡Milagro como el de la barba de Dionisos,
El dios de acento dulce! La barba de Dionisos
Que tenía cuatro alas de abeja en vez de rizos.

Tus labios en mis labios derramaron su miel
Y brotaron las alas. Derramaron su miel
Y tuve las dulzuras de un panal en la piel.


No riáis. Las cuatro alas de abeja no se ven,
Mas las siento en la boca. Las alas no se ven,
Mas a veces, ¡prodigio!, vibran hasta en mi sien.

Y más adentro aún. Las dulces alas vibran
Hasta en mi corazón. Las dulces alas vibran
Y a mi alma de toda angustia y pena libran.

Mas si un día dejaran de aletear y zumbar...
Si se hicieran ceniza... Si cesara el zumbar
De las alas que hiciste en mis labios brotar...

¡Qué tristeza de muerte! ¡Qué alas negras de queja
Brotarían entonces! ¡Qué alas negras de queja
En lugar de las alas transparentes de abeja!


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