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miércoles, 21 de junio de 2023

"Problemas de geografía personal", de LUIS GARCÍA MONTERO (ESPAÑA, 1958--, d.n.e.)


Nunca se despedirme de ti, siempre me quedo
con el frío de alguna palabra que no he dicho,
con un malentendido que temer,
ese hueco de torpe inexistencia
que a veces, gota a gota, se convierte
en desesperación.

Nunca se despedirme de ti, porque no soy
el viajero que cruza por la gente,
el que va de aeropuerto en aeropuerto
o el que mira los coches, en dirección contraria,
corriendo a la ciudad
en la que acabas de quedarte.

Nunca sé despedirme, porque soy
un ciego que tantea por el túnel
de tu mano y tus labios
cuando dicen adiós,
un ciego que tropieza con los malentendidos
y con esas palabras
que no saben pronunciar.

Extrañado de amor,
nunca puedo alejarme de todo lo que eres.
En un hueco de torpe inexistencia,
me voy de mí
camino a la nada.





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viernes, 14 de octubre de 2022

Alguien dice tu nombre", de LUIS GARCÍA MONTERO (ESPAÑA, 1958--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "Alguien dice tu nombre", de fecha 2013  d.n.e.



Consuelo se parece a mi tía Rosario. Quizá por eso agaché yo la cabeza cuando las tuberías empezaron a sonar de una forma inesperada en su casa. Consuelo se levanta, va hacia el baño, se desnuda y me llama. La imaginación es una amiga insolente. Sin duda vale su peso en oro para alguien que quiere convertirse en un literato, pero es muy insolente. Ve, oye y toca más de lo que debe. Consuelo se desnuda, se quita el vestido, el sujetador, las bragas, deja que el agua caiga, que baje por su piel mientras ella busca el jabón con los ojos cerrados y acaricia su cuerpo que se llena de espuma, y de lugares, y de misterios húmedos, como los pechos libres, como los pezones duros por el frío repentino, como el vientre blanco y el pelo del pubis, como los muslos redondos y las uñas de los pies. Es una llamarada el pelo del pubis. Me ve mirarla, y se vuelve pudorosa, y deja que me entretenga en la espalda, en el culo, y se enjuaga, y corta el agua, y me señala con la mano la percha de la que cuelga una toalla.
Yo soy obediente, Consuelo. Te llevo la toalla, dejo que salgas de la bañera, cuidado, no te caigas, te busco los hombros, siento el pelo empapado, presiono tu pubis con los dedos, luego te rodeo, te envuelvo con los brazos, busco tu cuello con mi boca, muerdo, busco tus pechos con mis manos, aprieto, insisto, hasta que te vuelves, y me besas, y me mojas la camisa al pegarme tus pechos, y te separas un momento para sonreírme. Estás muy guapa, Consuelo, parecida a mi tía Rosario, pero más joven, más misteriosa. Ya he dejado de ser un niño para ti. Dame la mano, llévame hasta tu dormitorio. Las cortinas están bien, pero vamos a cambiar pronto la barra. Mañana voy a volver, colocaré la nueva que hemos dejado en el salón. Será la excusa para repetir mañana y pasado mañana. Ahora te tiendes en la cama. Me observas mientras me desnudo. No doblo los pantalones, no cuelgo la camisa del respaldo de una silla, todo cae en el suelo porque tengo prisa, me estás esperando, soy el sobrino convertido en amante, el muchacho tímido que rompe la cuerda y quiere vivir una locura, el cuerpo que pesa sobre tu cuerpo, que te abre las piernas, que busca tu sexo para entrar en ti, ser tuyo, así, como el agua después de la sequía, como el mar en cada ola.
Me estoy moviendo en la cama. Miro hacia Vicente. Un ataque de pánico se apodera de mí. Por fortuna sigue dormido. El enemigo duerme, descansa. No ha notado nada extraño, ninguna debilidad en cama ajena. Lo único que falta es que me vea masturbándome a su lado, en esta pensión sórdida, que se pudre al lado del mar como los restos de un naufragio. De ninguna manera. Ayer, cuando llegué a mi casa y me metí en la cama, me desvelé. Pero no por culpa del deseo, sino por inquina contra mí, el malestar de la vergüenza. Fue el sentimiento cruel del ridículo, la forma en la que Consuelo habló de la homosexualidad de Vicente, el ruido de la ducha, la puerta abierta, la sombra de su sexo no visto, el estupor de mi parálisis. Con este calor, con esta sequía, con esta edad, resulta inconcebible no haber aceptado de inmediato una ducha.
¿Qué quieres, Consuelo? ¿Una ducha? No hace falta que nos duchemos, vamos directamente a la cama que te voy a enseñar lo que no sé, me voy a portar como un hombre, ya que parece que tú estás buscando un sustituto para las vacaciones de don Alfonso, el jefe descuidado que se va con su mujer y sus hijos a la playa, y te deja sola, y no piensa en ti porque está entretenido con las muchachas pelirrojas que se levantan de la toalla y se lanzan de cabeza al mar. Aquí estoy yo, Consuelo, o aquí estaría si no fuese un gilipollas, con J o con G, un gilipollas que se queda paralizado en el momento más inoportuno, y no se levanta para entrar en el cuarto de baño mientras cae la lluvia, y no te seca con una toalla, y no te sigue hasta la cama para abrirte los muslos, para ponerse encima, pesar con todo el cuerpo sobre ti y componer ese extraño animal de ocho extremidades del que habló Shakespeare. Hasta haciendo el amor se puede citar a los clásicos, dice mi profesor de Literatura.
No, ayer no sentí el menor arañazo de deseo. Estaba solo en mi habitación, libre, con todo el piso para mí, sin ningún testigo molesto que pudiera oír el ruido del somier o notar en la oscuridad los movimientos sistemáticos de un pajillero. No había nadie para decirme eso no necesito saberlo, eso no necesito verlo, eso no necesito oírlo. Y ahora, en esta pensión compartida, con Vicente a un metro de distancia, cae sobre mí el desnudo de Consuelo, la boca de Consuelo, su cuerpo mal tapado, su libertad; y la imaginación insolente me arrastra detrás de ella, me clava sus uñas en la espalda, me rodea con sus piernas, me dice que siga, no pienses en otra cosa y sigue, sigue.





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jueves, 25 de marzo de 2021

"A Lucrecia, que llevaba un reloj en su sortija de casada", de LUIS ALBERTO DE CUENCA PRADO (ESPAÑA, 1950--, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Sin miedo ni esperanza", de fecha 2002  d.n.e.



Vierte el tiempo, Lucrecia, en esa copa
que acabas de llenar hasta los bordes
y que él levantará, como un trofeo,
brindando por tu amor. Que él envejezca
y no tú. Que se dé cuenta de todo
y no pueda hacer nada, que el veneno
del tempus fugit corra por sus venas
y le devore el cuerpo y el espíritu.
Y cuando en la sortija ya no quede
rastro de tiempo, lléname la boca
con el néctar sin horas de tus labios.





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lunes, 25 de enero de 2021

"La casa", de DIEGO JESÚS JIMÉNEZ (ESPAÑA, 1942-2009 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "La ciudad", de fecha 1965  d.n.e.



Priego (Cuenca)


Se ha plantado el invierno,
y la casa del pueblo,
y los trigales y las llanuras, y la serenidad
que conducen los ríos.
Allí las ventanas al campo, nuestra casa
vacía. Por el corral
andan las yuntas y el esfuerzo
del carro; duermen
las vertederas. El sol
trae aquel aire de la última fiesta: los ruidos
de artificio, las quincallas, la noria
permitida; el turrón, las trompetas
del niño, el buen tema
del baile.
Bajo la chimenea,
la pana del domingo, las baldosas
viviendo aquel momento alegre, aquella pulsación
de los membrillos.
Si hoy volviese a la casa
preguntaría si es a las nueve la procesión, si sale Juan pidiendo
por las casas, sin han traído casetas para tirar, si hay toros
por la tarde, si hay banderillas para el anís o si aquel baile
sigue siendo en la plaza, y hay amores
inútiles.
Mi habitación, la mesa de nogal, los libros,
la ventana...; allí estarán las Ciencias Naturales, la Geografía
de los jueves, los vientos, las distancias...
Involuntario, duro,
el nombre de Raquel, la habitación de arriba...
Si volviese a la casa
preguntaría que cuándo es el examen; si deja aún Pilar
la rendija del balcón abierta, o si cruza José
al acarreo, o si sube la sangre del jardín, o si es la primavera,
o son los años, o aquel pecho en sus bodas,
o aquella piel herida.
Los baúles cerrados en la cámara,
la ropa negra de los muertos más próximos, la hora de cenar. Los aleros,
los nidos
de los tordos, las sartenes sin uso, los fantasmas, la bicicleta
sin manillar, sin niño por las cuestas.
Preguntaría,
si hoy llegase a la casa, si sigue allí Miguel
esperando a los pájaros; si se juega a las cartas o se fuma.
O si Andrés tiene novia y nos despierta
la voluntad de amar, "cuéntanos lo del beso",
o si la madre sube y nos sorprende,
contando labradores en el llano, o campanadas sueltas
de la Iglesia.
Si volviese a la casa
negaría la paz. Los tiestos ya no tienen
la sangre de la flor, ni sube el griterío de la plaza, ni se encuentra el jornal
para los olivares, ni está abierto el balcón, ni se ha casado Andrés
con Margarita (yuntas y carros, la lentitud
del buey, las cuevas, los rastrojos...),
ni labradores en el llano
a media tarde, levantando la siega.
Si volviese a la casa
negaría la paz, comprendería
lo duro de esta siesta, vencería aquel miedo.




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