Mi vendaje con la manga de la camisa
había sido oportuno y firme. El esguince no
fue acompañado por una fractura, como me
había hecho suponer la intensidad del
dolor, y pude dejar en unos días las
muletas. Decidí tomar la iniciativa que
venía incubando con la fiebre del deseo.
—Debo entregarte una carta —susurré
a Ignacio en el crepúsculo, cuando ya
preparaban la cena.
—¿Una carta? —Se peinó con los dedos
su larga cabellera de bronce.
—Debo entregártela sin testigos. —Me
desconocía en ese revolear de mentiras.
—Bueno... vamos a un aparte.
Entrégamela ahora.
—Shhhh... será más tarde, cuando los
compañeros se hayan dormido.
Ignacio se tironeó la dorada barbita.
—¡Tanto secreto! ¿Podes darme una
pista?
—No. A las once nos reunimos en el
camino del restaurante.
—Ah... el restaurante —Ignacio sonrió
—. Creo que a esa hora estará cerrado, ¿o
lo abrirán para nosotros? Queda lejos.
—Dije en el camino, Ignacio, en el
camino.
—De mala gana estoy frenando mi
curiosidad.
Me quedé leyendo en la carpa,
protegida de los mosquitos. A las once
partí sigilosa, consciente de que mi
fisiología se había transformado en usina
nuclear. Semejante excitación no me había
invadido ni cuando noviaba con mi ex
marido.
La noche era magnífica. Los pasos de
mis borceguíes me parecieron exordios de
un ataque por sorpresa. Mis manos
acariciaban los árboles del camino incierto
para no desviarme. Las fragancias que
Ignacio me había enseñado a diferenciar
ayudaban, o me hacían suponer que
ayudaban a orientarme, pero me mordí los
labios al darme cuenta de que la oscuridad
era demasiado densa a medida que
aumentaba la espesura del bosque. Me iba
a perder. El olor de un animal muerto,
quizá una rata de campo despedazada, me
golpeó como una pared. Dispuse seguir
otro poco. Volvió la fragancia, pero más
débil. ¿Era la altura? ¿El cansancio?
—Carmela... —escuché el susurro.
Me llovió alegría.
—Sí, soy yo. ¿Dónde estás?
—Delante de ti, ¿no me ves?
Apoyado sobre el tronco de un árbol
pude distinguir la indefinida dentadura de
Ignacio.
—¿Trajiste la carta?
Extendí mis manos hasta tocar las de
él.
—Eres como los gatos, puedes ver en
la oscuridad —dije.
—No, no —replicó—, ese mérito sólo
corresponde a Ulises.
—¿Ver en la oscuridad?
—Tener ojos de gato.
—De los gatos con mala entraña —
corregí.
—Este sendero lo hice tantas veces
que me lo sé de memoria. Tus pasos, tu
respiración me dijeron: ¡ahí llega el correo.
Pero no podré leer la carta, porque olvidé
la linterna.
—No te preocupes, no hace falta leerla.
Te la voy a decir.
La proximidad de nuestros labios no
tuvo resistencia y nos unimos en un beso
seguido de otro beso más largo y un
tercero más largo aún, guarnecidos por el
constrictor abrazo que nos mantuvo juntos
en un espacio donde nada existía en torno,
sino la sensación del otro cuerpo. Nos
apoyamos en el tronco del castaño y
seguimos besándonos y apretándonos
hasta quedar extenuados.
Resbalamos lento, con ternura. El
pasto transpiraba su rocío. Rodamos por
los cojines de gramilla. Por instantes abría
mis ojos, acostumbrados ya a la oscuridad,
y pude ver estrellas entre las costuras del
follaje. Las luciérnagas se entusiasmaron
con nuestra fiesta y reverberaron sus
chorros de luz.
Los besos pasaron a convertirse en
exploradores insaciables, corrían por las
sienes, los cabellos, la nuca, las orejas.
Enmelaron nuestras mejillas. Ignacio
prefería bucear en mi cuello y nadó por su
orografía hasta decidirse a una levitación
que lo depositó de nuevo en mi boca.
Nuestras lenguas se enredaron. Después
bajó al mentón, onduló por mi garganta y
patinó ida y vuelta a lo largo del esternón
que mis pechos escoltaban impacientes.
Respirábamos con apuro y nuestras
extremidades se extendieron con ambición
imperial. Nos acariciamos a palmas llenas.
Algunos avances eran interrumpidos por
dudas fugaces. La excitación se había
transformado en hoguera. Las llamas
exigían la consumación y sentí que la
Sierra temblaba.
Luego permanecimos sobre el lecho
vegetal, oscuro y apacible. Nos costaba
despegarnos. La transpirada piel ya no
estaba iluminada por unas estrellas y la
joyería de luciérnagas, sino por el curioso
borde de la luna que atravesaba el ramaje.
Todo era tan perfecto que se reactivó un
latente temor. Para disimularlo, Ignacio
dibujó palabras en mi frente.
—¿Escribes?
—Sí, te pregunto por la carta.
—Te la di, eran puros besos.
—Sos ocurrente.
—Pero tú sigues escribiendo —dije.
—Sí, cuento lo que acaba de suceder.
—Dímelo.
—No puedo.
—¿Cómo que no puedes?
—Me refiero a otra cosa.
—Me muero de curiosidad.
—Como yo antes, de curiosidad por la
carta que me ibas a entregar. —Ignacio
dejó caer la mano.
—¿Qué te pasa ahora?
Se sentó de espaldas y frotó sus
cabellos. Intuí que iba a decirme algo
importante, una confesión quizá, pero la
sola idea de hacerlo lo perturbó tanto que
se puso de pie.
—Vistámonos. Te podes enfriar.
—¡Esto sí que es raro! —protesté—. En
serio, ¿qué te ocurre?
Ignacio sabía que a veces sus nervios
lo hacían cometer estupideces. Pero no me
podía explicar todavía el conflicto; en su
cabeza había más espectros que en las
siluetas nocturnas del bosque.
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