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domingo, 12 de febrero de 2023

"Dime amiga, la causa de este ardiente, puro, inmortal anhelo que hay en mí:", de FRIEDRICH SCHILLER (ALEMANIA, 1759-1805 D.N.E.)

Guido Reni, "Baco y Ariadne"

Dime, amiga, la causa de este ardiente,
puro, inmortal anhelo que hay en mí:
suspenderme a tu labio eternamente,
y abismarme en tu ser, y el grato ambiente
de tu alma inmaculada recibir.

El tiempo que pasó, tiempo distinto,
¿no era de un solo ser nuestro existir?
¿acaso el foco de un planeta extinto
dio nido a nuestro amor en su recinto
en días que vimos para siempre huir?

¿…Tú también como yo? Sí, tú has sentido
en el pecho el dulcísimo latido
con que anuncia su fuego la pasión:
amémonos los dos, y pronto el vuelo
alzaremos felices a ese cielo
en que otra vez seremos como Dios.




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lunes, 16 de marzo de 2020

"Perico y Juana", de TOMÁS DE IRIARTE (ESPAÑA, 1750-1791. d.n.e.)

Pareja besándose, de Falconet

Poema censurado por el Santo Oficio.

Un día con Perico riñó Juana
por no sé qué disgusto o fantasía,
pero antes que pasase una semana
ya de tanta altivez se arrepentía.
Con el zagal querido más humana,
volver quiso a entablar nueva armonía
y para hacer las paces mano a mano
diole una cita que él aceptó ufano.

Una fresca mañana del otoño
madrugó Juana, y desde el pie pulido
hasta el dorado pelo de su moño,
de traje más airoso que lucido
adornada salió, y junto a un madroño,
que en un sombrío valle está escondido,
alegre el rostro y el oído atento,
esperando a su amante tomó asiento.

Viendo pues lo mucho que tardaba
y que era solitario aquel paraje,
segura de que nadie la miraba,
abrió de las enaguas el encaje,
descubrió pues la maravilla octava,
que ocultaban las sombras del ropaje
y ató en la pierna una encarnada liga,
pero, ¡qué pierna!, Dios se la bendiga.

Llevaba tan delgada vestidura,
que casi estar desnuda parecía,
la ágil cadera, el muslo, la cintura,
todo el lienzo sutil lo descubría,
dos hemisferios de gentil hechura,
en que un rollizo globo se partía,
formaban tiernos y elevados bultos,
que no pudo el brial tener ocultos.

Perico entre unas matas a Juanilla
atento observaba en tan graciosa planta.
Ya admira la robusta pantorrilla,
ya del pie a la estrechísima garganta,
¡qué redonda y nevada es la rodilla!,
¡cómo a los ojos y aún al alma encantan
al corto zagalejo, aquel calzado,
la media blanca y el azul cuadrado!

Arrebatado de un impulso ardiente
de la imaginación y los sentidos,
salió el joven gallardo y de repente,
con brazos amorosos y atrevidos,
ciñó a la ninfa, y señaló en su frente
la estampa de los labios encendidos,
y el dulce fuego que alteró sus venas
esto le permitió decir apenas.

Deja que bese el blanco y liso pecho,
que a la nieve ha robado su blancura,

¡qué alto y bien dividido!, ¡que derecho
sin sufrir de cotilla la clausura
de qué terso marfil estará hecho
el cordón de esa enana dentadura!
¡Qué dicha!, repetía el fino mozo,
en un abrazo mil deleites gozo.

Ella que, antojadiza y desdeñosa
mostrarse intentó, tal vez por gala
nególe aquélla boca que de rosa
el color tiene y el olor exala,

y huyendo de sus brazos presurosa
poco menos le envió que en enhoramala.
Perico, que la entiende al verla descontenta,
finge serenidad, calla, y se ausenta.

Sola queda la ninfa y ya reniega
de su capricho y melindre raro;
no, dice, ¿no es verdad que el amor ciega
cuando en tales escrúpulos reparo?
La que al dueño que adora no se entrega,
la que su cuerpo le vende caro,
no merece los gustos de Cupido,
sino que su beldad muera en olvido.

Parte tras su galán y lo divisa.
Vuelto de cara a un roble y despachando
diligencia, no limpia, aunque precisa
estaba el joven (si lo diré) meando.
Escondiose la moza a toda prisa
a observar de Perico el contrabando
y ardiendo en cosquillas de deseo
se chupaba los labios de recreo.

Salen a la luz pública por fin
las crecidas insignias de varón.
Con un botón más blanco que carmín,
con un miembro más blanco que algodón,
menudos como el césped de un jardín,
negros rizos se asoman al calzón
y ocultos dos acólitos se ven,
que no dejó el calzón distinguir bien.

Apenas el zagal regado había
el grueso tronco cuando, descuidado,
sintió que el cuerpo por detrás le asía
un bello brazo de su dueño amado
y forcejeando entonces a porfía
cayeron ambos en el verde prado,
él, sin botón alguno en la braguera
y con las faldas ella en la mollera.

No de otra suerte la sutil caterva
de inferiores poetas imaginan,
que en la edad de oro la mojada hierba
sirvió de lecho al hombre, y que la encina,
que de aires y soles le preserva,
del tálamo nupcial era cortina.
Si este era siglo de oro a fe que Juana
lo gozó con Perico una mañana.

El dulce peso del mancebo siente
en el desnudo muslo y la rodilla.
Ya con deseo mueve impaciente
del empeine la suave almohadilla.
Ya incita al saleroso combatiente
con saltos de lasciva rabadilla
y juntando los labios a las mejillas tiernas,
enlazados los brazos y las piernas.

¡Con qué desenvoltura, cuán risueña,
al nervio altivo echó la mano blanca!
Él era corpulento, ella pequeña,
empuñarle intentó, pero fue en vano.
Ya con el dedo, práctico, le enseña
el paso del estrecho gaditano
y ofreciendo al bagel la senda clara,
las dos columnas de Hércules separa.

Aquel angosto y deleitoso ojal,
con los bordes teñidos de clavel,
entre dos blancas rocas de cristal,
más rubio el crespo pelo que oropel,
aquel en que unos dicen que hallan sal
y otros son de dictamen de que hay miel,
con mil cosquillas y respingos mil
hospedó el instrumento varonil.

Y mientras con caricias regaladas
palpa el joven los pechos de la moza,
con las dos que le cuelgan arracadas
el tacto de la picara retoza,
dale tiernos pellizcos y palmadas,
se empina, se columpia, se alboroza
y al fin yo no se qué la sucede,
que en éxtasis suspensa hablar no puede.

La dulce boca inmóvil medio abierta,
con la lengua cogida entre los dientes
a suspirar apenas casi casi acierta
.
En lugar de dar ósculos ardientes,
la vista con los párpados cubierta,
solo indica repentinos accidentes
y si no ha muerto Juana por lo menos
le ha dado un parasismo de los buenos.

En gracias a Dios que resucita
pronto se ha serenado. No, no es cosa
cómo abre ya los ojos, pobrecita,
¿qué tal, estáis mejor? Duerme, reposa,
antes que la congoja se repita.
¡Ay, ay, qué enfermedad tan contagiosa!
Pegósele a Perico, vaya, vaya,
también el angelito se desmaya.

Ella, que ya por experiencia sabe
la causa de aquel mal, su especie y cura,
viendo que cada vez era más grave
del zagal la amorosa calentura,
con un meneo de caderas suave,
el remedio aplicó con tal blandura
que la inundó por dentro y fuera
de copioso sudor la delantera.

Aquí de los amantes abrazados,
alegremente suspendió el oído
el canto que formaban acordados
los jilgueros del valle, y el ruido
de un manso arroyo, a que ellos ocupados
no habían hasta entonces atendido.
Y allí soplando el céfiro halagüeño
embargó sus espíritus el sueño.

A este tiempo un pastor que la espesura
penetraba guardando su vacada,
en divertida y cómoda postura
encontró a nuestra gente embelesada.
De la dormida y lánguida hermosura
el pecho de Perico era almohada,
enlazados los muslos de él y de ella
y sin pañuelo su garganta bella.

Lindo, dijo el pastor, por vida mía,
¿son estos los que quieren que se crea
que hay entre ellos mortal antipatía?
Condujo allí las mozas de la aldea,
y, señalando a Juana, las decía:
"mirad como esta su beldad emplea,
aprended a hacer paces, bellas niñas,
así habéis de dar fin a vuestras riñas".





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viernes, 1 de marzo de 2019

"Los besos de amor. X: Cuando con tiernos brazos", de JUAN MELÉNDEZ VALDÉS (ESPAÑA, 1.754-1.817)

Cuando con tiernos brazos
me enlazas y rodeas,
y el cuello reclinado,
el pecho y faz risueña,

tus labios a mis labios,
oh blanda Nisa, llegas,
y atrevida me muerdes
y mordida te quejas,

y aquí y allí vibrando
la balbuciente lengua,
ya chupas, ya respiras

la dulcísima y tierna

aura de tu süave
ánima que alimenta
mi vida miserable
cuando blanda me besas,

y agotando esta mía
caduca y con la fuerza
del ardor encendida,
del ardor que alimenta

el impotente pecho,
le burlas y le templas
de un soplo, ¡ay, aura dulce
que mi calor recreas!,

perdido exclamo entonces
que dios de dioses sea
Amor, y que ninguno
ser mayor que Amor pueda.

Empero si algún otro
aun le excede en alteza,
tú sola mayor eres
que el Amor, Nisa bella.


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viernes, 1 de febrero de 2019

"Los besos de amor. IV: Juguemos, Nisa mía", de JUAN MELÉNDEZ VALDÉS (ESPAÑA, 1.754-1.817)

Juguemos, Nisa mía,
y cuando el sol dorado
forme el rosado día
o lo esconda inclinado
en las hesperias olas,
hállenos siempre a solas
en retozos y en juegos.
Yo, enamorado y ciego,
te diré: «¡Ay, palomita!»,
y tú con voz blandita
me dirás: «Pichón mío»;
y cuando en el exceso
de mi furor te diga:
«Dame, paloma, un beso»,
tú a mi cuello enredados
los dos brazos, amiga,
mil y mil delicados
y otros mil has de darme,
y vibrando de prisa
la lengüita al besarme,
me herirás de un muerdito,
diciéndome: «¡Ay!, ¿no es Nisa
tu palomita, hijito,
tu miel y tu dulzura?
Tuya soy, ¡qué ventura!
Más, más bésame, y mira
cuál bullen descubiertos
mis pechos tan cargados
por ti que ya retiran
la holanda en que guardados
estaban. ¡Ay!, ¿dó vas?, ¿dónde
tu dedo, ¡ay, ay!, se esconde
lascivo?, ¿qué hacemos...?
»
Así, Nisa, juguemos,
así, mientras floridos
ambos gozar podemos
de Venus la dulzura.
Ni en vano huyan perdidos
nuestros tiempos mejores,
que ya con mil dolores
la vejez se apresura,
y en llegando, mi vida,
la fuerza ya perdida,
¡ay me!, la tos oscura
vendrá en desquite luego
del retozo y del juego.


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sábado, 12 de enero de 2019

"Los besos de amor. III: Cuando mi blanda Nise", de JUAN MELÉNDEZ VALDÉS (ESPAÑA, 1.754-1.817)

Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,

cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,

tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,

y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,

y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,

ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,

entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.


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martes, 11 de diciembre de 2018

"El ruego encarecido", de JUAN MELÉNDEZ VALDÉS (ESPAÑA, 1754-1817)

Dosso Dossi - Escena mitológica

Deja ya la cabaña, mi pastora;
déjala, mi regalo y gloria mía;
ven, que ya en el oriente raya el día,
y el sol las cumbres de los montes dora.

Ven, y al humilde pecho que te adora,
torna con tu presencia la alegría.
¡Ay!, que tardas, y el alma desconfía;
¡ay!, ven, y alivia mi pesar, señora.

Tejida una guirnalda de mil flores
y una fragante delicada rosa
te tengo, Filis, ya para en llegando.

Darételas cantando mil amores,
darételas, mi bien; y tú amorosa
un beso me darás sabroso y blando
.


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jueves, 28 de mayo de 2015

"Los besos de amor. XIII: ¡Oh noche deliciosa", de JUAN MELÉNDEZ VALDÉS (ESPAÑA, 1.754-1.817)

¡Oh noche deliciosa!
¡Oh afortunado lecho! ¡Oh gloria mía!
¡Oh Amarilida hermosa!
mi amor en ti confía
la dulcísima gloria de este día. 5
Pensando en mi amor ciego
los venideros ratos concertados
y aquel lascivo juego
con tus pechos nevados,
y mil sabrosos besos a hurto dados, 10
cuando en tiernos abrazos
a tu cándido cuello asido estaba
cual la vid con mil lazos,
y tu boca sonaba
con los ardientes besos que me daba, 15
quedéme ayer dormido
¡oh nunca despertara a más dolores!
¡Ay! yo soñé el cumplido
premio de mis amores
gozándote, mi bien, entre las flores. 20
¡Cuán dulces cosa vía!
¡Qué brazos y qué pechos! ¡Qué cintura!
Mi vista discurría
con ardiente presura,
ansioso de gozar tanta hermosura; 25
y al ceñir a tu cuello
mis amorosos brazos en cadena,
ora tu labio bello,
con dulces voces suena,
y ora al quejarse mi furor refrena. 30
Mas yo de amor perdido,
ya tus ayes, donosa, me aplacaban,
ya de tu ardor movido
las ropas te quitaba
y toda de mis besos te anegaba. 35
¡Qué de luchas trabamos,
quitada ya la luz y a cuántos juegos
de nuevo, ¡ay me! tornamos!
ora humilde a mis ruegos,
ora pugnando entrambos de amor ciegos, 40
Ya las tetas mostrabas
redonduelas y cándidas cual nieve,
y ya las ocultabas
porque de nuevo pruebe
mi mano a hallarlas, y en su ardor se cebe. 45
Mas cuando amor instiga
al dulce ayuntamiento apetecido
y en sabrosa fatiga
me falta ya el sentido,
de un éxtasis dulcísimo impedido, 50
tú con lasciva mano
tocándome proterva, a nueva vida
del dueño soberano
me tornas atrevida,
y un besito a otro sueño me convida. 55
Así se dobla el fuego
y los halagos crecen al sonido
del alternado ruego
respondiendo a un quejido
el muerdito en el beso confundido. 60
Y entre el murmullo lento
el ánima parece en suspirando
salirse entre el aliento,
o que nos va faltando
para tantos deleites no bastando. 65
Engáñase el que intenta
poner término a amor y sus furores,
porque él sabe sin cuenta
mil deleites y ardores,
y mil modos de abrazos y favores. 70
¿Qué aprovecha a lo obscuro
envolver el amor? A la luz clara.
gócelo yo seguro
sin que me niegue avara
la divina Amaralida su cara. 75
Vea de sus ojuelos
el lascivo mirar y oiga el sonido
de sus blandos anhelos,
cuando a compás movido
mi muslo suene, a su muslo unido; 80
y la vista derrame
por su nevado vientre y por sus lados,
y tanto amor me inflame
que en lazos duplicados
mil veces nos gocemos ayuntados, 85
saciándose mis ojos
en cuanto el hado crudo así lo ordena
pues los fieros cerrojos
la muerte al lado suena
del Orco, do tan presto nos condena. 90
Por esto, gloria mía,
la verdad de mi sueño no tardemos,
y en ardiente porfía,
ahora que podemos,
los dulces gustos del amor gocemos. 95


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