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miércoles, 21 de junio de 2023

"Problemas de geografía personal", de LUIS GARCÍA MONTERO (ESPAÑA, 1958--, d.n.e.)


Nunca se despedirme de ti, siempre me quedo
con el frío de alguna palabra que no he dicho,
con un malentendido que temer,
ese hueco de torpe inexistencia
que a veces, gota a gota, se convierte
en desesperación.

Nunca se despedirme de ti, porque no soy
el viajero que cruza por la gente,
el que va de aeropuerto en aeropuerto
o el que mira los coches, en dirección contraria,
corriendo a la ciudad
en la que acabas de quedarte.

Nunca sé despedirme, porque soy
un ciego que tantea por el túnel
de tu mano y tus labios
cuando dicen adiós,
un ciego que tropieza con los malentendidos
y con esas palabras
que no saben pronunciar.

Extrañado de amor,
nunca puedo alejarme de todo lo que eres.
En un hueco de torpe inexistencia,
me voy de mí
camino a la nada.





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martes, 20 de junio de 2023

"La mujer de vapor", de CARLOS RUIZ ZAFÓN (ESPAÑA, 1964-2020, d.n.e.)

Cuento perteneciente al libro "La ciudad del vapor", de fecha 2020  d.n.e.



Nunca se lo confesé a nadie, pero conseguí el piso de puro milagro. Laura, que tenía besar de tango, trabajaba de secretaria para el administrador de fincas del primero segunda. La conocí una noche de julio en que el cielo ardía de vapor y desesperación. Yo dormía a la intemperie, en un banco de la plaza, cuando me despertó el roce de unos labios. «¿Necesitas un sitio para quedarte?» Laura me condujo hasta el portal. El edificio era uno de esos mausoleos verticales que embrujan la ciudad vieja, un laberinto de gárgolas y remiendos sobre cuyo atrio se leía 1866. La seguí escaleras arriba, casi a tientas. A nuestro paso, el edificio crujía como los barcos viejos. Laura no me preguntó por nóminas ni referencias. Mejor, porque en la cárcel no te dan ni unas ni otras. El ático era del tamaño de mi celda, una estancia suspendida en la tundra de tejados. «Me lo quedo», dije. A decir verdad, después de tres años en prisión, había perdido el sentido del olfato, y lo de las voces que transpiraban por los muros no era novedad. Laura subía casi todas las noches. Su piel fría y su aliento de niebla eran lo único que no quemaba de aquel verano infernal. Al amanecer, Laura se perdía escaleras abajo, en silencio. Durante el día yo aprovechaba para dormitar. Los vecinos de la escalera tenían esa amabilidad mansa que confiere la miseria. Conté seis familias, todas con niños y viejos que olían a hollín y a tierra removida. Mi favorito era don Florián, que vivía justo debajo y pintaba muñecas por encargo. Pasé semanas sin salir del edificio. Las arañas trazaban arabescos en mi puerta. Doña Luisa, la del tercero, siempre me subía algo de comer. Don Florián me prestaba revistas viejas y me retaba a partidas de dominó. Los críos de la escalera me invitaban a jugar al escondite. Por primera vez en mi vida me sentía bienvenido, casi querido. A medianoche, Laura traía sus diecinueve años envueltos en seda blanca y se dejaba hacer como si fuera la última vez. La amaba hasta el alba, saciándome en su cuerpo de cuanto la vida me había robado. Luego yo soñaba en blanco y negro, como los perros y los malditos. Incluso a los despojos de la vida como yo se les concede un asomo de felicidad en este mundo. Aquel verano fue el mío. Cuando llegaron los del ayuntamiento a finales de agosto los tomé por policías.

El ingeniero de derribos me dijo que él no tenía nada contra los okupas, pero que, sintiéndolo mucho, iban a dinamitar el edificio. «Debe de haber un error», dije. Todos los capítulos de mi vida empiezan con esa frase. Corrí escaleras abajo hasta el despacho del administrador de fincas para buscar a Laura. Cuanto había era una percha y medio palmo de polvo. Subí a casa de don Florián. Cincuenta muñecas sin ojos se pudrían en las tinieblas. Recorrí el edificio en busca de algún vecino. Pasillos de silencio se apilaban debajo de escombros. «Esta finca está clausurada desde 1939, joven —me informó el ingeniero—. La bomba que mató a los ocupantes dañó la estructura sin remedio.» Tuvimos unas palabras. Creo que lo empujé escaleras abajo. Esta vez, el juez se despachó a gusto. Los antiguos compañeros me habían guardado la litera: «Total, siempre vuelves.» Hernán, el de la biblioteca, me encontró el recorte con la noticia del bombardeo. En la foto, los cuerpos están alineados en cajas de pino, desfigurados por la metralla pero reconocibles. Un sudario de sangre se esparce sobre los adoquines. Laura viste de blanco, las manos sobre el pecho abierto. Han pasado ya dos años, pero en la cárcel se vive o se muere de recuerdos. Los guardias de la prisión se creen muy listos, pero ella sabe burlar los controles. A medianoche, sus labios me despiertan. Me trae recuerdos de don Florián y los demás. «Me querrás siempre, ¿verdad?», pregunta mi Laura. Y yo le digo que sí.


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viernes, 6 de enero de 2023

"Amaltea y Crise", relato de SHAHRUKH HUSAIN (PAKISTÁN, 1950--, d.n.e.)

Relato perteneciente al libro "Mitos eróticos de todo el mundo", de fecha 2002  d.n.e.



AMALTEA

Contaba catorce primaveras. Amaltea me había enseñado las historias de la Cosmogonía, los nombres de los viejos dio ses y diosas, los nombres de los árboles, las flores, los pájaros y las serpientes; las costumbres de los animales salvajes y los domesticables; a leer y a escribir. El placer que Amaltea extraía del conocimiento despertó el mío y perfeccionó mis sentidos y mi memoria.

Todas las mañanas, Amaltea llevaba una cabra a la cueva. Mientras observaba sus suaves manos estirando de las ubres de la cabra, sentía una agitación placentera en mi phallos. Una mañana me acerqué a ella por detrás, mientras la ordeñaba. A tientas, incapaz de resistir el impulso, cogí sus pechos entre mis manos. Casi al instante sentí la sacudida de sus pezones endureciéndose entre mis dedos.

Mientras continuaba ordeñando la cabra, se volvió para sonreírme por encima del hombro.

—Zeus, no estás preparado para satisfacer lo que deseas —dijo.

Inmediatamente retiré las manos con las formas de sus pechos y pezones todavía calientes y lustrosos en mis palmas.

—¡No me has hecho daño, no estés triste! —añadió cuando vio mi cara sonrojada, y se volvió hacia las ubres de la cabra.

Poco después, ese mismo verano, durante un crepúsculo, un fuerte viento comenzó a agitar las aguas. Las bajas nubes errantes se daban caza por la playa, cubrían las laderas para envolver el monte Ida. El ocaso rápidamente se transformó en una densa y negra noche. Una lluvia torrencial comenzó a caer después de que nos hubiéramos ido a la cama.

Mi habitación dentro de la cueva se encontraba en una cavidad adjunta, cerca de la entrada. Los relámpagos parpadeaban a través de las densas nubes que ocultaban la entrada de la cueva, y el estruendo y el retumbar de los truenos impedían conciliar el sueño.

De súbito, durante el destello restallante de un rayo, Amaltea entró corriendo en mi cámara. Temblando y asustada por la violenta tormenta, me preguntó si compartiría con ella mi lecho hasta que los rayos y los truenos hubieran cesado.

La acogí de buen grado. Nos tumbamos muy quietos boca arriba, sin tocarnos, escuchando la furia del viento y de la lluvia y los largos retumbos de los truenos mientras sentía cómo nuestro calor se mezclaba bajo la piel de borrego. El fragor y la violencia de la tormenta aumentaron, por lo que fue imposible conciliar el sueño.

Amaltea susurró que parecía el momento idóneo para enseñarme algo sobre las mujeres y los hombres. Salté del lecho para encender una tea y rápidamente volví a su lado. Se alzó el camisón verde mar hasta las axilas. Lenta y pacientemente, me mostró cómo acariciarle la cara, los hombros, los blancos pechos y los rojos pezones, el denso vello negro de sus axilas y pubis, y la ebúrnea piel de sus nalgas, sus piernas, pantorrillas, tobillos y pies.

Luego guió mi dedo índice hasta tocar el pequeño cuerno húmedo —lo llamó klitoris— en la hendidura de entre sus piernas. Jadeó y me recomendó que siempre fuera delicado y pausado. Cuando ofreció sus pechos a mis labios los besé y chupé los pezones, dejando a un lado cualquier pensamiento, transformando mi mente en un templo de pura y lujuriosa sed.

Continué acariciando el klitoris cuando comenzó, ligera y lentamente, a tantear y a tocar la piel suelta en la punta de mi inflamado phallos. Gemimos de placer mientras la tormenta se recrudecía hasta que gritó en el mismo instante en que mi phallos explotó e hizo que mi cuerpo se sacudiera como los robles que había visto partirse por los rayos. Se estremecía mientras me oía a mí mismo jadear y gemir con el ímpetu de mis poluciones. No me permitió meter el phallos en su konnos, dijo, porque sólo amaba y quería a Meliseo, su marido, para lo que ella llamaba la «caricia suprema».

Le pedí que se despojara del camisón para que pudiera estudiar su cuerpo. Entonces, lentamente, froté su piel con una tela basta para prolongar mi placer. Me sonrió cuando vio que mi phallos volvía a hincharse. Los relámpagos y los truenos disminuían a medida que la tormenta se trasladaba hacia el oeste, de modo que nos abrazamos en silencio y satisfechos antes de volver cada uno a su lecho.

Antes de conciliar el sueño pensé en Gea. ¿Era aquel encuentro tan delicioso con Amaltea un nuevo enigma que me había enviado? ¡De súbito, comprendí cómo Gea, la Madre Tierra, se fecundaba! ¡Invocaba a Cronos para desencadenar una tormenta! Los rayos penetraban su cuerpo allí donde restallaban. Y esos retumbantes y estruendosos truenos no eran más que los jadeos y los gemidos apasionados, como los de Amaltea y los míos, de los pujos crecientes, álgidos y disminuyentes de Gea. Aquella noche dormí profundamente.


CRISE

Con el alba fui hasta la entrada de la cueva justo cuando el sol comenzaba a vetear el cielo nocturno que se desvanecía de rosa y oro. Sentí cómo mi cuerpo sonreía ante los recuerdos de Amaltea. Observé a mi amigo, el halcón que visitaba la ladera que había sobre la cueva todos los días en busca de alimento, retozando en las ráfagas de viento con sus majestuosas alas.

El contorno de la playa había cambiado durante la noche tormentosa. Sin embargo, las lentas y rompientes olas me hechizaron. Desoyendo las reglas impuestas por bien de mi seguridad, corrí hacia la orilla y me sumergí en el agua. Estaba muy fría, pero podría haberme bebido todo el océano en mi estado de euforia.

El capitán Ilos llegó corriendo hasta la orilla, agitando las manos furiosamente para que saliera del agua. Lo hice. Vi que sus labios temblaban entre la severidad y el cariño. Señaló la cueva y dijo:

—¡Zeus, vuelve!

Traté de disimular una sonrisa ante su orden, «¡Zeus, vuelve!», corrí ladera arriba y entré en la cueva.

Ilos me reconvino tranquilamente por quebrantar la norma sobre no deambular por las afueras de la cueva sin un vigilante. Lo interrumpí con un gesto.

—Gracias, seré más cauteloso. Tengo hambre, ¿me acompañas? —le invité.

Comimos juntos, relajados, disfrutando de nuestra amistad.

Más tarde, me tumbé de espaldas junto a la entrada de la cueva, saboreando el cielo, la playa y los colores del mar.

Amaltea me había enseñado las palabras de sonidos placenteros para aquellos colores: zarco, violeta, púrpura, esmeralda, zafiro, crisopacio.

Oí el sonido de las sandalias de Amaltea y olí su fragancia cuando se acercó. Se detuvo detrás de mi cabeza. Me giré para mirar sus sonrientes ojos boca abajo.

—Zeus, tengo que hablar contigo —anunció.

Me levanté y la seguí hasta mi cámara. Habían ordenado mi habitación; no quedaba rastro del encuentro nocturno. Nos sentamos uno frente al otro en las sillas mullidas.

Amaltea parecía más bella que antes. Cerró los ojos, en silencio hizo acopio de valor para lo que estaba a punto de decirme. Cuando los abrió y me miraron, me estremecí ante la fugaz sacudida que me produjo su verde brillante. Habló con un hilo de voz extraño y trémulo. Por mi mente cruzó el pensamiento fugaz de que iba a romper a llorar, pero no lo hizo.

—¡Zeus! Hemos sido amigos desde que no eras más que un niño. Has alcanzado la madurez como ambos sabemos después de lo de anoche.

»Ahora debes aprender la caricia suprema. Estás sorprendido. Lo esperaba, pero, por favor, déjame continuar, no me interrumpas. Ya sabes por qué no te lo voy a permitir conmigo.

»Conque le he pedido a una de nuestras ninfas, Crise, que te instruya en esa caricia. Crise es estéril…

La interrumpí para preguntar:

—¿Estéril? ¿Qué significa eso?

—Significa que no puede traer niños al mundo. Algunas mujeres son estériles durante toda la vida. Crise ha tenido amantes, pero nunca ha concebido una criatura. De modo que podrás disfrutar de sus enseñanzas sin engendrar un niño. También he de decirte que está encantada de haber sido elegida para este cometido.

Recuerdo la débil sonrisa de Amaltea cuando dijo: «este cometido».

—Crise vendrá a tu cámara esta noche, cuando los demás estemos dormidos. Estará bañada y perfumada, por lo que te ruego que tú también te bañes. Debo recordarte que has de ser delicado y atento ante cualquiera de sus deseos. Por favor, no hagas más preguntas. Te veré mañana, por supuesto.

Volvió a sonreír. Luego se levantó y se marchó sin mayor demora.

Al anochecer, encendí una tea en el rincón más alejado de mi cámara. Tenía la intención de ver a Crise libre de la envoltura de la oscuridad. Me bañé y me froté el cuerpo para secarlo, me vestí con una túnica de tacto suave y me tumbé a esperarla.

Aunque había visto a todas las ninfas que trabajaban en la cueva-palacio en alguna que otra ocasión, no sabía sus nombres. Trabajaban en silencio mientras realizaban sus tareas y siempre apartaban los ojos en mi presencia. Traté de recordar sus caras mientras me resistía al sueño.

El susurrante sonido de las sandalias en el suelo de piedra me despertó. La ninfa se detuvo a la entrada de mi cámara. Vi que temblaba ligeramente, aunque estaba cubierta desde la cabeza a los pies descalzos con un grueso manto de piel de borrego con capucha.

Inspiró hondo para controlar el castañeteo de los dientes.

—Soy Crise. Me estás esperando —anunció.

Me levanté del lecho.

—Acércate, no tengas miedo —susurré.

Dio un paso al frente. Era bastante alta, su cabeza me llegaba a la altura de los hombros. Únicamente podía verle los ojos y las delicadas y doradas pestañas. Algunos mechones de cabello escapaban por debajo de la capucha.

Sonreí.

—¿Puedo verte la cara, Crise? —pregunté.

No respondió. Creía que la noche pasaría antes de que susurrara:

—Me complacería que me descubrieras tú.

No dije nada. Nunca antes la había visto, así que debía provenir del palacio de Timbakion. Su largo y dorado cabello se desparramó cuando retiré la capucha y dejé caer el manto de sus hombros al suelo. Estaba desnuda. Bajó la mirada para evitar la mía y le entrelacé los dedos sobre el vientre.

Nunca había visto nada tan hermoso.

—Crise, mírame —dije.

Lo hizo con una débil sonrisa que le curvó los labios. La miré a los ojos con intensidad mientras le acariciaba el cuello lentamente, los hombros, los brazos… Cogí sus pechos entre mis manos y le toqué los pezones rosados tirando de ellos. Moví las manos hacia sus caderas, saboreé su piel con la punta de los dedos. Luego, agarrando las caderas, hice que se diera la vuelta.

Fui bajando los dedos desde la nuca, recorriéndole los hombros, los brazos y la curva que se extendía hacia abajo, hacia el centro de la espalda, hacia la cintura, hacia la hendidura entre las medias lunas de sus nalgas. Me estremecí cuando sentí su calor envolviéndome la mano.

Mi phallos duro emergió por entre la túnica, como si se dispusiera a buscar en su umbría hendidura, pero Crise se dio la vuelta para decir que me desnudaría. Se estremeció con unos pequeños espasmos mientras se agachaba para coger el borde de la túnica. La fue subiendo poco a poco y se detuvo para mirar mi phallos.

—Levanta los brazos —me susurró.

Y me quitó la túnica por encima de la cabeza. Nos acercamos el uno al otro, desnudos, sonriéndonos a los ojos cuando la punta de mi phallos se estremeció con el contacto de su suave y dorado vello púbico.

—¡Qué hermosa eres, Crise! —susurré.

Ella sonrió mientras hábilmente retiraba la funda de mi phallos y dejaba a la vista la cabeza. La envolvió en su suave mano sin dejar de mirarme a los ojos.

—¡Qué hermoso eres, Zeus!

—¿Nos damos calor?

Respondió que sí al instante, fue a mi lecho y se tapó con la piel de borrego hasta la nariz. Vi que sus ojos me sonreían mientras temblaba bajo la manta. Tomé la tea, prendí fuego a los troncos del brasero y lo acerqué al lecho. Sentía que sus ojos seguían mis movimientos por la estancia.

Volví a la cama y retiré la piel de borrego para poder estudiar su desnudez. Sin duda debió de intuir mi deseo porque lentamente se dio la vuelta hasta quedar tumbada de espaldas.

Estiró las piernas, las cerró y cruzó los brazos por debajo de la cabeza para componer una imagen que se grabó a fuego en mi cerebro, la imagen de la hembra esperando el delirio y el éxtasis que ella y el macho pueden ofrecerse mutuamente. Entonces comprendí que Crise se sentía muy satisfecha de sí misma, de su don para dar y recibir placer.

Me tumbé cerca de ella y atraje su cara a la mía, su barriga a la mía, de modo que nuestras narices casi se tocaban. Cuando aspiré su aliento especiado rocé sus labios contra los míos. ¡No sabía yo lo que era un beso!

Sonrió.

Lo llamaré el beso de la palomilla. Y éste es el beso de la abeja —susurró.

Suavemente, movió la lengua para degustar y abrirme los labios en busca de las comisuras. Movió la mano bajo mi phallos para sostener mis colmados testículos. Luego, envolvió mi phallos con la mano y los dedos y lentamente acarició su funda arriba y abajo hasta que mi savia caliente manó a chorros. Gemí con el puro placer de su tacto.

—Sí, y así es como te moverás cuando me hayas penetrado.

—Y tocó la savia derramada sobre su vientre y dejó de acariciarme el phallos para agarrarlo con más fuerza que antes—. Y esto es lo que sentirás cuando mis jugos fluyan —me susurró.

Besé su suave boca con el beso de la abeja mientras mis sacudidas se disipaban. Yacimos entrelazados, en silencio, descansando.

De nuevo susurró:

—Tus testículos volverán a llenarse pronto. Y como ya has liberado esos jugos impacientes, podrás penetrar y acariciar mi konnos durante mucho más tiempo. No fui preparada para un placer tan dulce contigo. Sé que eres un dios, de modo que haré lo que me pidas para que me recuerdes durante todos los días y todas las noches.

Nos tapamos con la piel de borrego y dormimos un rato.

Me desperté con el phallos erecto y palpitante. Estudié su cabello dorado y las brillantes y áureas pestañas de sus párpados cerrados. Abrió los ojos para mirarme y vi cómo el sueño la abandonaba.

—¿Ya? —preguntó.

—Sí —susurré.

Me pidió que dejara la cama y retirara la piel de borrego. Tumbada de espaldas, alzó los brazos hacia mí mientras abría las piernas lentamente y elevaba sus nalgas de modo que pude ver el vello dorado y húmedo que apenas ocultaba el secreto de su konnos. Luego, lentamente, cerró las piernas y dobló las rodillas. Alzando las caderas abrió las piernas e hizo un ondulante gesto con los dedos de los pies.

—Ya —dijo.

Comprendí que deseaba que pusiera mis hombros debajo de sus rodillas de modo que mi pecho e ingle tocaran la parte posterior de sus piernas y sus nalgas cuando la penetrara. Así lo hice, tan despacio como pude controlar mi cuerpo agitado. Ella, delicadamente, impulsó sus caderas ayudándome a abrirme camino hacia su interior hasta que mi phallos se convirtió en la raíz y el tronco de mi ser.

Le acaricié los pechos, trabé los brazos alrededor de sus piernas, y comencé a embestirla como todos los machos en persecución de la divinidad mientras ella mecía las caderas para emparejar los ritmos de mi caricia ciega, para transportarse conmigo a la agonía desbordante del orgasmo.

Le lamí la espalda y saboreé la deliciosa sal de nuestro sudor mezclado. Lentamente, dejó resbalar las piernas por mis brazos sudorosos y susurró:

—Por favor, quédate, no te retires.

Tenía las mejillas húmedas de lágrimas. La besé con el beso de la abeja.

A medida que nuestra respiración se hacía más acompasada, sentí cómo mi phallos se henchía lentamente, profundo y voluminoso dentro de ella. Quería saberlo todo. Lo que no pudiera ver, lo tocaría.

Ella sonrió de placer cuando mi dedo llevó una caricia a la entrada de su konnos. Le agarré las nalgas, las pellizqué y las acaricié, luego moví las manos debajo de su espalda para recorrerle los músculos y la columna. Cerró los ojos imaginando las inspecciones de mis dedos. Cuando acaricié un lugar placentero de repente abrió los ojos, sorprendida, con la mirada perdida. En aquellos momentos sus ojos se transformaron en profundos océanos dorados.

Envuelto en su konnos, inmóvil, mi phallos palpitó, impaciente. Ella volvió a respirar hondo.

Como si poseyeran voluntad propia, mis caderas volvieron a embestir con aquella caricia suprema. Los ojos de Crise se abrieron aún más y mi erección se hacía cada vez más contundente. Se agarró de mis hombros y alzó la cabeza para contemplar nuestra cópula. Cuando me ofreció su boca en un beso delirante entramos en erupción juntos como volcanes gemelos, jadeando y gimiendo. Nos derrumbamos en un profundo sueño.

Me desperté antes del alba y, con suavidad, la fui despertando a ella, ascendiendo ambos a un clímax diferente aunque indescriptiblemente dulce. Yo, un dios, y Crise, una ninfa, habíamos sido —¡demasiado fugazmente!— transformados en nuestras esencias, macho y hembra. Volvimos a sumergirnos en el sueño.

La guié para que se sentara en mi regazo cerca del brasero y froté su maravillosa piel con una prenda templada. Hundió las manos en su cabellera y alzó los brazos, revelando las secretas frondas doradas de las axilas, grabando a fuego la imagen de su desnudez en mi memoria.

Le pregunté si volvería a visitarme. Ella me cogió y me acarició los testículos con suavidad. La acaricié y le besé los pechos hasta que respondió:

—Sí, siempre que lo desees.

Sonrió cuando la ayudé a envolverse en el manto. Nos miramos a los ojos en silencio y nos besamos suavemente con el beso de la palomilla antes de que se diera la vuelta para salir de la cueva.

El mar en calma, a lo lejos, reflejaba los rosas y azules pálidos del cielo durante el alba.

¡Crise! ¡Inolvidable, hermosa Crise!




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jueves, 1 de diciembre de 2022

"Volver a creer", Capítulo XXXII, de KRISTI ANN HUNTER (EE.UU., Siglo XX-XXI, d.n.e.)

Capítulo perteneciente al libro "Volver a creer", de fecha 2019  d.n.e.



CAPÍTULO XXXII.

(...) En ese momento supo que ella estaba a punto de salir corriendo.
Si se iba ahora, enterraría todos esos sentimientos y volvería a construir el muro en su interior, aunque mucho más alto y sólido. Y él nunca encontraría la forma de romperlo.
Lo que acababa de descubrir había acrecentado sus sentimientos hacia ella hasta el punto de no poder ocultarlos. Albergaba la esperanza de convencerla para que mantuviera los suyos también a la vista.
Se movió hacia un lado para bloquearle el camino mientras ella rodeaba el sofá. Se chocaron con tanta fuerza que a él le costó mantener el equilibrio y ella estuvo a punto de caerse. La sujetó con ambos brazos y la atrajo hacía sí hasta que recuperó el equilibrio. Entonces William bajó los brazos, pero no se apartó. La mujer disponía de espacio suficiente para retroceder e ir hacia la puerta por otro lado. Imploró que ella no quisiera escapar de aquello.
Fuera lo que fuese.
Daphne enderezó los hombros y retrocedió medio paso. Todavía estaba lo suficientemente cerca para poder tocarla. Lo suficientemente cerca para sostenerla.
Si se lo permitiera…
—¿Qué quieres de mí? —preguntó ella en un murmullo.
¿Qué quería? Durante muchas semanas lo único que había querido era la verdad, pero ahora que lo había conseguido, anhelaba más. Quería conocerla, no solo conocer su pasado. Quería que fuera una mujer a la que pudiera cortejar, alguien que se alegrara de construir una vida tranquila junto a él.
Pero sobre todo deseaba tener la certeza de que no estaba solo en aquel enamoramiento. No quería ser el único que se quedara mirando al techo por la noche, preguntándose si podía haber actuado de otra forma ese día.
—Quiero que dejes de correr.
—Hay una casa de la que tengo que ocuparme.
—Puedo contratar otra sirvienta.
Daphne frunció el ceño.
—Ya has contratado a medio pueblo.
William se rio al pensar en la cara que pondría Daphne si se enteraba de todo el personal que tenía en el condado de Wilt.
—No tanto. Y estoy seguro de que hay más jóvenes que necesitan trabajo.
—Pero ¿por qué?
—Porque no puedo dejar de pensar en ti. —Levantó la mano despacio, contemplando su rostro mientras ella le miraba la mano. Al ver que no se alejaba, le apartó con suavidad un rizo de la mejilla—. Incluso desde antes, cuando todavía no sabía que no eres la persona que yo creía.
La vio esbozar una media sonrisa antes de bajar la mirada.
—¿No esperabas que tu ama de llaves fuera la hija indigna de un caballero, que se escondió en el campo y cuidó a su hijo secreto y a otra docena de niños ilegítimos en tu casa y sin permiso alguno?
Usó la misma mano con la que le había retirado el mechón para obligarle a alzar la barbilla y que pudiera ver la sinceridad con la que iba a hablarle.
—No eres indigna ni estás arruinada. Ni tienes nada que ver con ninguno de esos horrendos adjetivos que sueles llevar encima como si de un delantal se tratara. Nunca he visto a una mujer con más honor que tú. Has dedicado tu vida a cuidar de los demás, renunciando a todos los lujos que conocías para que esos niños pudieran salir adelante.
Alzó la otra mano para acariciarle la mejilla. La mujer tenía los ojos húmedos, estaba a punto de romper a llorar.
Pero no lloró, ni siquiera sollozó. Y tampoco se apartó.
William soltó un suspiro.
—Daphne, quiero que sepas que estoy aquí, justo aquí, ahora mismo, en esta habitación, contigo, porque es aquí donde quiero estar.
Ella arqueó ambas cejas.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque esta vez, cuando vaya a besarte, quiero que no te quepa la más mínima duda de que es real.
William se detuvo para tomar aliento, contemplando su cara, sus ojos, en busca de cualquier señal de pánico. Era consciente, demasiado consciente, del inmenso abismo social que se interponía entre ellos. Para el resto del mundo él era el dueño y señor, el que ostentaba todo el poder en esa estancia. Pero lo que nadie sabía era que en ese instante era él el que estaba a merced de Daphne. Podía pedirle que se marchara y él lo haría de inmediato. Haría las maletas y se mudaría a cualquier otro lugar, porque no podía imaginarse aquella casa sin ella.
Daphne parpadeó. La vio morderse el labio inferior durante un momento y tomar una profunda bocanada de aire que hizo que sus hombros subieran y bajaran lentamente.
Pero no se fue.
Y le mantuvo la mirada. Incluso cuando él empezó a bajar la cabeza.
William cerró los ojos mientras acercaba su boca a la de ella y el tiempo pareció detenerse. Lo primero que notó fue su aliento, e inmediatamente después la suavidad de sus labios.
El tiempo dejó de importar. Se vio abrumado por la necesidad de atraerla hacia él, de hacerla parte de él. Deslizó las manos por su delicado cuello y los hombros, y cuando sintió la suave presión de las manos de ella contra ambos costados y el cambio en la presión del beso al ponerse ella de puntillas, la acercó más y la abrazó. Ese beso superaba sus expectativas, era más de lo que alguna vez se había atrevido a soñar. Nunca creyó que un simple beso pudiera significar tanto.

Ya no era un simple beso. Había dejado de serlo cuando sus cuerpos se habían juntado.
Se separó y luego apoyó el rostro en su cuello y en el borde de su desgastado vestido de muselina. Notó su aliento, mientras él se esforzaba por respirar y apreciar su olor. Sintió las manos de la mujer ascendiendo por sus hombros para, segundos después, aferrarse a ellos, tratando de acercarse más. Podían ir más allá. No iba a dejarla marchar. No ahora, no cuando por fin había conseguido que bajara la guardia y le demostrase que compartía sus sentimientos. No sería la primera vez para ninguno de los dos. Podían ir un poco más allá, compartir un poco más, no cruzarían ninguna línea en la que no hubieran tropezado antes.
Pero no se trataba de eso.
Estrechó a Daphne mientras apoyaba la cabeza en su hombro. Intentaba deshacerse de la idea de que podía tener todo lo que quisiera en ese mismo instante. Y probablemente fuera cierto.
Ella estaba temblando igual que él.
Pero Daphne se merecía más. Los dos se merecían más.
El amor, si es que eso lo era, se merecía más.
Algo más que pasión, algo más que un momento.
Se merecía toda una vida.
Y el miedo a no poder encontrar una forma de conseguir que aquello sucediera no era excusa para tomar todo lo que pudiera ahora, aunque ella se lo ofreciera libremente.
Siguió abrazándola, mientras sus respiraciones se apaciguaban. En cuanto Daphne se diera cuenta de lo que había pasado, de lo que podía haber pasado, iba a atormentarse por la culpa y él no sabía cómo evitarlo.
Así que la abrazó, esperando que ese momento de conexión le hiciera ver que significaba mucho más para él que cualquier placer físico fugaz.
Y entonces notó cómo se tensaba entre sus brazos.
William volvió la cara hacia ella y, entre sus rizos, le susurró al oído: —No. Por favor, no. —Aspiró tembloroso—. Por favor, no te arrepientas de lo que hay entre nosotros. Yo… no volveré a besarte hasta que veamos adónde nos conduce esto, pero por favor, por favor, no te arrepientas de lo que nos hacemos sentir.
Sin dejar de abrazarla, esperó hasta que ella se relajó un poco y asintió. Y cuando la soltó y dio un paso atrás, Daphne le rozó los hombros con una breve caricia.
Su rostro reflejaba tantas emociones que fue incapaz de descifrarlas. Puede que ni siquiera supiera lo que estaba sintiendo en ese momento. Él mismo era incapaz de entender todas las emociones que bullían en su interior. Entre la revelación de lo que había pasado en Haven Manor y el beso, estaba aturullado. Lo único que sabía era que quería a esa mujer en su vida. Y hacía mucho tiempo que no quería que alguien formara parte de su vida.



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martes, 8 de noviembre de 2022

"La casa de los encuentros", de MARTIN AMIS (INGLATERRA, 1949--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "La casa de los encuentros", de fecha 2006  d.n.e.



TERCERA PARTE. CAPÍTULO V. SANGRE EN EL HIELO.

(...) En el pasado, innúmeras veces, como todo varón ruso, me había visto solicitando a una mujer a todas luces ebria hasta el desvalimiento. Ninguna falsa delicadeza me disuadiría, entonces, de solicitar a una mujer que se encontraba en pleno síndrome de abstinencia alcohólica. Empecé por despojarme de determinadas prendas, para ponerme un poco a la par con mi invitada; el siguiente paso fue tenderme junto a ella. No se ajustaría a la verdad afirmar que Zoya estaba dormitando. Al igual que la mayoría de mis compatriotas, yo era un tanto versado en el delirium tremens —el «mono» y el elefante rosa—. Y lo que veía en ella era uno de esos comas superficiales que normalmente preceden a la recuperación. Zoya cooperaba profundamente con el sueño, se abandonaba a él, respiraba con avidez, y tenía la frente tersa.
Debe de haber muy pocas mujeres que, en un primer encuentro amoroso, se alborocen ante el amante inconsciente. Acaso tampoco sea algo del agrado de muchos hombres, pero sin duda tiene sus adeptos potenciales. De momento nada podría haberme venido mejor. Zoya estaba tendida sobre un costado, y me daba la espalda; entonces se desplazó hacia un lado con un giro de caderas, y quedó boca abajo en la cama.
Así, dio comienzo el inventario. Cada uno de los omóplatos, cada prominencia del espinazo, cada costilla. Una vez transcurrido un tiempo razonable se dio la vuelta y quedó boca arriba. Del recto al verso. ¿Entiendes? Tendría que averiguar qué le habían hecho los hombres en cada parte del cuerpo. Tendría que descubrir el historial, la picaresca completa de ambos pechos, de ambas nalgas, de aquellas piernas que tantas veces se habían abierto, de aquellos labios que tanto habían besado y chupado. E incluso empezaba a pensar que los dos tendríamos que vivir una vida larga. Zoya y yo necesitaríamos llegar a longevos para poder completar nuestra tarea.
El sostén sin tirantes (o bustier), que ya me había tomado la libertad de desabrochar, pasó de debajo de la combinación a mis manos. Asimismo, la aplicación paciente de la rodilla izquierda me valió una victoria sobre los muslos, que terminaron por separarse, laxos, lo que hizo que el dobladillo de la combinación fuera ascendiendo centímetro a centímetro hacia el retazo de blanco más blanco.
Fue entonces, al aprestarme yo a husmeos y hurgamientos, cuando Zoya empezó a moverse. Pequeños seísmos locales, con epicentro en las pantorrillas o en los antebrazos, se propagaban por las placas de su cuerpo. Partió de ella un leve sonido, nasal, un gemido suave; era como una perra temblorosa que en su cesta, en sueños, persigue gatos y coches. En mi interior la atmósfera era la de un día canicular en pleno invierno: calidez, gratitud, la conciencia postergada de lo antinatural.
Empecé a besarla en los labios. No era la primera vez, a fin de cuentas. Yo ya la había besado. Y ella me había besado a mí. Ahora volvíamos a besarnos. De pronto emergió de las profundidades, toda ella, en un instante: los brazos que asían, la lengua que me inundaba la boca, el empuje sincopado de las ingles. Pensé, con un murmullo de pánico: no bastará una noche. Una riada tal… —ni en una noche, ni en un año empezaría siquiera a darle cauce.
—Oh, joder…, sí —dijo.
Así, Venus, tuve varios segundos de ello. Tuve varios segundos de ello… Y entonces abrió los ojos. Y se despertó.


Supongo que lo mejor que se puede decir de lo que sucedió a continuación es lo siguiente: técnicamente hablando, no fue una violación desde el principio. Y ocurrió muy rápido. Zoya abrió los ojos y vio, a escasos centímetros de distancia, una aterradora alucinación: era yo, Delirium Tremens. Había tenido un mal sueño, luego un buen sueño, luego una aterradora alucinación. Ahora veía la realidad, y aquel cuerpo apresado bajo mi peso acometió un combate furibundo. Pero yo recordaba cómo se hacía. ¿Sabes?, recordaba cómo se hacía: la pesada palma sobre las vías respiratorias, mientras la otra mano… En un momento dado dejó de luchar, y fingió estar muerta. Fue muy rápido.
Para comprenderla, en este último pasaje, te ruego que excluyas de tu pensamiento cualquier imputación de teatralidad. Su actitud no era ni siquiera alusiva; no conducía a ningún sentido. Era una mujer misteriosa. Eso es lo que era.
Pero primero hube de permanecer en aquel lecho, con la mirada fija en la pared de enfrente, mientras la oía en el cuarto de baño, mientras oía cómo se movía bruscamente con todos los grifos abiertos, cómo descorría las cortinas de la ducha, el golpe de la tapa del inodoro y los repetidos vaciados de la cisterna. Se abrió la puerta; y empecé a distinguir los sonidos familiares a todo hombre, los sonidos de la mujer o de la amante que, con autosuficiencia callada (y envuelta en una toalla, quizá), recoge y organiza su ropa. Después la guía de la puerta corredera. Venus, el orgasmo masculino, el clímax del varón: solamente el violador conoce lo ínfimo que es. Me vestí, y fui hacia ella.
Zoya estaba de pie en la oscuridad, junto a la butaca en la que había dejado el abrigo, el gorro, las botas de goma. Tenía puestas las medias y el bustier, y nada más —como una mujer galante, pero inocente de todo cálculo y sensualidad seductora—. En la mano levantada sostenía la falda, y se humedecía un dedo para quitar un hilo o mota de la tela. Mientras se vestía metódicamente, y cuando acto seguido se sentó, con la espalda erguida, para maquillarse, yo me movía a su alrededor frotándome las manos. Sí, traté de hablar; de cuando en cuando emitía roncamente media frase de servilismo lastimero o de súplica. Una o dos veces su mirada reparó fugazmente en mi persona, sin reproche alguno, sin interés, sin reconocimiento. Zoya apenas emitía, a intervalos de unos diez segundos, una especie de bufido en absoluto enfático, pero de una puntualidad enloquecedora. Como cuando un niño descubre una nueva habilidad bucal —contener el aliento, hacer ruidos con los labios.
Un nuevo sentimiento nacía en mí. Al principio creí que al menos me resultaba vagamente familiar; algo, supuse, más o menos manejable —no muy diferente, quizá, al de un modo completamente nuevo de sentirse muy enfermo—. Me senté a la mesa, bajo la luz, y examiné detenidamente este «nacimiento». Era la invisibilidad. Era el dolor de la persona que fui.
Ya vestida —con abrigo y sombrero—, Zoya salió de las sombras. Estaba de pie, de perfil, al alcance de la mano. Transcurrió un minuto. Supe que estaba dándole vueltas a algo, a algo grave; y supe que yo no formaba parte de sus pensamientos. Cogió uno de los vasos altos y lo sacudió para quitarle el agua. Inclinó sobre él la panzuda licorera, se sirvió diez, doce centímetros y apuró el contenido en cuatro o cinco tragos. Se estremeció hasta las yemas de los dedos, soltó un bufido, espiró, volvió a bufar y se dirigió hacia la puerta.
Y ahora el fundamento del «agravio». Venus, corre rauda al diccionario a mirar «agravio»… Buena chica. Recuerda: cada visita suma una neurona.



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viernes, 4 de noviembre de 2022

"Un sabor a trapo viejo"", de DAVID (RODRÍGUEZ) TRUEBA (ESPAÑA, 1969-- d.n.e.)

Fragmento del segundo capítulo perteneciente al libro "Tierra de campos", de fecha 2017  d.n.e.



UN SABOR A TRAPO VIEJO.

Los besos después de la pasión dejan en la boca un sabor a trapo viejo. Por eso me visto y me voy. Después de follar, todo son posturas comprometedoras. Si mi brazo debajo de su cabeza, si su mejilla en mi regazo, si uno se vuelve de espaldas al otro. Y yo ya no quiero dormir junto a nadie toda la noche. Porque la noche les pertenece a los que se aman. Y yo no amo. Prefiero el mal trago de que me vean vestirme, de mostrar la piel que ha perdido la ingravidez del deseo mientras busco un calcetín o el calzoncillo abandonado en el suelo o me calzo las zapatillas con los cordones atados de la mañana anterior.
¿Te vas?, había preguntado Carmela con la misma resentida dulzura de siempre. ¿Te vas ya? suena aún peor, con ese ya recriminatorio que esa madrugada me ahorró. Es hermoso si se quedan dormidas y puedes dejar caer un beso, ya vestido, con un pie en la calle. Pero Carmela se incorporó para poner la alarma del móvil y la despedida fue más laboriosa. Exhibía un gesto gatuno sentada sobre el colchón con el pelo despeinado que tan bien les sienta a las mujeres. Deberían pagar en la peluquería para que las despeinaran así. Nos dimos dos besos más, que fueron secos y ásperos como la resaca.
Carmela era camarera en el bar de Quique. Aquella era la séptima vez que nos acostábamos juntos. La precisión fue de ella. Es la séptima vez que nos acostamos en cuatro meses, me dijo. Corremos el riesgo de transformarlo en una afección crónica. Yo sólo tosí. Ya te veo la cara, vienes al bar únicamente cuando quieres follar, me había dicho la noche antes, cuando me acerqué a la barra. Tenía treinta y un años, casi quince menos que yo, pero se refería a su edad como una dolencia que había decidido tratarse. Necesito hacer algo, siempre se quejaba. Tengo que hacer algo con mi vida. Tengo que buscarme algo distinto. He oído ese lamento demasiadas veces, y yo me limitaba a esquivarlo para no verme involucrado en el proyecto. Salgo muy poco por las noches, no creas, con los niños no puedo. Le decía la verdad. Pero no le dije que eludía el bar de Quique, que era mi bar habitual, cuando no quería terminar la noche con ella. Has ganado una amante y has perdido un bar, me criticaba Animal cuando yo proponía ir a otro local. Eso es grave. Los amantes pasan, pero un buen bar es para toda la vida. Amar es no poder tomarte otra cuando quieres. Esas eran las frases de Animal, él, que había perdido para siempre todos los bares de su vida. Animal dice que soy impaciente. Él siempre está disponible, le sobra tiempo para todo. A mí no, soy ansioso. Dicen que la mejor prueba de tu ansiedad es cuando tiras de la cadena antes de terminar de mear. Ese soy yo. Soy impaciente incluso en las pruebas de sonido. No me gusta que se alarguen. Hay que preservar la tensión. Y hasta los bises dejan de tener encanto si se alargan de más. Carmela me desnudaba en su apartamento feo de Ventas con tres zarpazos y luego ella se desnudaba como un hombre, sin preocuparse de lo que dejaba ver. La primera vez que hablé con ella, atraído por los ojos claros y su piel rubia bajo el pelo negro, me frenó, yo te vi una vez cuando iba a la universidad, en el Clamores. Me llevó un novio al que le gustaban tus canciones. Era un cabrón. Su favorita era «Me voy».
En realidad aquella canción era una descripción del orgasmo,
me voy,
mañana es hoy,
vine y me fui,
quien era ya no soy,
me voy,

pero mucha gente la interpreta como una canción de ruptura. Me agradaba la confusión, quizá pretendida por mí al asociar clímax erótico, el derrame, con la fuga. El placer consumado abre de una patada la puerta de la siguiente habitación, en una de tantas paradojas que convierten vivir en un vértigo. Carmela relajó el escudo defensivo a lo largo de dos o tres noches en el bar de Quique, cuando la rondé y ella aceptó la invitación a tomar la última por ahí, después de cerrar. Te vas a follar a una camarera, ¿no te da asco de puro clásico?, me dijo la primera noche al entrar a besos en su piso. El músico que liga con la camarera.
Tengo gran respeto por los clásicos, respondí.
Caminé del apartamento de Carmela hasta mi casa. En ese amanecer, yo era el tipo al que le sorprende la mañana haciendo labores propias de la noche. Culpable. El sol era el flexo en la cara de las películas con interrogatorios policiales. Mi única respuesta fue tararear. Me gusta caminar tarareando. Hay lugares en los que nacen las canciones. En la calle, de vuelta a casa en esa hora temprana, también en la cama antes de despertar del todo, en el avión. Y en la ducha. La ducha es un lugar de inspiración caro y antiecológico, pero las canciones saben a lluvia



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viernes, 14 de octubre de 2022

Alguien dice tu nombre", de LUIS GARCÍA MONTERO (ESPAÑA, 1958--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "Alguien dice tu nombre", de fecha 2013  d.n.e.



Consuelo se parece a mi tía Rosario. Quizá por eso agaché yo la cabeza cuando las tuberías empezaron a sonar de una forma inesperada en su casa. Consuelo se levanta, va hacia el baño, se desnuda y me llama. La imaginación es una amiga insolente. Sin duda vale su peso en oro para alguien que quiere convertirse en un literato, pero es muy insolente. Ve, oye y toca más de lo que debe. Consuelo se desnuda, se quita el vestido, el sujetador, las bragas, deja que el agua caiga, que baje por su piel mientras ella busca el jabón con los ojos cerrados y acaricia su cuerpo que se llena de espuma, y de lugares, y de misterios húmedos, como los pechos libres, como los pezones duros por el frío repentino, como el vientre blanco y el pelo del pubis, como los muslos redondos y las uñas de los pies. Es una llamarada el pelo del pubis. Me ve mirarla, y se vuelve pudorosa, y deja que me entretenga en la espalda, en el culo, y se enjuaga, y corta el agua, y me señala con la mano la percha de la que cuelga una toalla.
Yo soy obediente, Consuelo. Te llevo la toalla, dejo que salgas de la bañera, cuidado, no te caigas, te busco los hombros, siento el pelo empapado, presiono tu pubis con los dedos, luego te rodeo, te envuelvo con los brazos, busco tu cuello con mi boca, muerdo, busco tus pechos con mis manos, aprieto, insisto, hasta que te vuelves, y me besas, y me mojas la camisa al pegarme tus pechos, y te separas un momento para sonreírme. Estás muy guapa, Consuelo, parecida a mi tía Rosario, pero más joven, más misteriosa. Ya he dejado de ser un niño para ti. Dame la mano, llévame hasta tu dormitorio. Las cortinas están bien, pero vamos a cambiar pronto la barra. Mañana voy a volver, colocaré la nueva que hemos dejado en el salón. Será la excusa para repetir mañana y pasado mañana. Ahora te tiendes en la cama. Me observas mientras me desnudo. No doblo los pantalones, no cuelgo la camisa del respaldo de una silla, todo cae en el suelo porque tengo prisa, me estás esperando, soy el sobrino convertido en amante, el muchacho tímido que rompe la cuerda y quiere vivir una locura, el cuerpo que pesa sobre tu cuerpo, que te abre las piernas, que busca tu sexo para entrar en ti, ser tuyo, así, como el agua después de la sequía, como el mar en cada ola.
Me estoy moviendo en la cama. Miro hacia Vicente. Un ataque de pánico se apodera de mí. Por fortuna sigue dormido. El enemigo duerme, descansa. No ha notado nada extraño, ninguna debilidad en cama ajena. Lo único que falta es que me vea masturbándome a su lado, en esta pensión sórdida, que se pudre al lado del mar como los restos de un naufragio. De ninguna manera. Ayer, cuando llegué a mi casa y me metí en la cama, me desvelé. Pero no por culpa del deseo, sino por inquina contra mí, el malestar de la vergüenza. Fue el sentimiento cruel del ridículo, la forma en la que Consuelo habló de la homosexualidad de Vicente, el ruido de la ducha, la puerta abierta, la sombra de su sexo no visto, el estupor de mi parálisis. Con este calor, con esta sequía, con esta edad, resulta inconcebible no haber aceptado de inmediato una ducha.
¿Qué quieres, Consuelo? ¿Una ducha? No hace falta que nos duchemos, vamos directamente a la cama que te voy a enseñar lo que no sé, me voy a portar como un hombre, ya que parece que tú estás buscando un sustituto para las vacaciones de don Alfonso, el jefe descuidado que se va con su mujer y sus hijos a la playa, y te deja sola, y no piensa en ti porque está entretenido con las muchachas pelirrojas que se levantan de la toalla y se lanzan de cabeza al mar. Aquí estoy yo, Consuelo, o aquí estaría si no fuese un gilipollas, con J o con G, un gilipollas que se queda paralizado en el momento más inoportuno, y no se levanta para entrar en el cuarto de baño mientras cae la lluvia, y no te seca con una toalla, y no te sigue hasta la cama para abrirte los muslos, para ponerse encima, pesar con todo el cuerpo sobre ti y componer ese extraño animal de ocho extremidades del que habló Shakespeare. Hasta haciendo el amor se puede citar a los clásicos, dice mi profesor de Literatura.
No, ayer no sentí el menor arañazo de deseo. Estaba solo en mi habitación, libre, con todo el piso para mí, sin ningún testigo molesto que pudiera oír el ruido del somier o notar en la oscuridad los movimientos sistemáticos de un pajillero. No había nadie para decirme eso no necesito saberlo, eso no necesito verlo, eso no necesito oírlo. Y ahora, en esta pensión compartida, con Vicente a un metro de distancia, cae sobre mí el desnudo de Consuelo, la boca de Consuelo, su cuerpo mal tapado, su libertad; y la imaginación insolente me arrastra detrás de ella, me clava sus uñas en la espalda, me rodea con sus piernas, me dice que siga, no pienses en otra cosa y sigue, sigue.





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martes, 20 de septiembre de 2022

"Detrás de un beso", de ADRIANA RUBENS (ESPAÑA, 1977--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "Detrás de un beso", de fecha 2019  d.n.e.



CAPÍTULO 31

«¿Tan difícil es creer que soy una mujer?», pensó Jacqueline con frustración al ver el rostro de incredulidad de Joshua ante su declaración.

Por eso, solo por eso, lo besó: para demostrarle la clase de mujer que subyacía bajo su disfraz. Bueno, por eso y porque él había afirmado que la quería. O, mejor dicho, que quería a Jack Ellis. Pero, demonios, él estaba confundido por el opio, se veía en su mirada turbia, y ella estaba demasiado feliz como para no aprovechar la oportunidad de besarlo. Así que, lo acercó a su cuerpo con ímpetu, cogiéndolo por las solapas de la chaqueta, y apretó los labios contra los suyos con torpeza.
Los separó un segundo después, antes de que él pudiese reaccionar a su ataque.
Un ligero rubor cubrió sus mejillas, avergonzada por su atrevimiento, pero aun así lo miró a los ojos, expectante.
Se suponía que aquel beso debía evidenciar su sexualidad, despertar alguna reacción de deseo en él, pero el rostro de Joshua permanecía inescrutable.
¡Demonios! Algo había hecho mal, eso era. Después de todo, ¿qué sabía ella de besos?
Nada. Su experiencia era nula.
Decidida a obtener alguna respuesta, volvió a repetir el beso. Lo atrajo hacia sí, se alzó de puntillas, contuvo el aliento y estampó sus labios contra los de él. Esta vez no se separó al instante. Un segundo, dos, tres… Y le puso fin con una sonrisa satisfecha. Sonrisa que pronto se transformó en un ceño fruncido al ver que Joshua continuaba imperturbable.
—¿Se puede saber qué te pasa? —inquirió frustrada.
—Estoy esperando.
—¿A qué?
—A despertar —respondió él, con la mirada confusa—. No lo entiendes. He soñado con este momento durante meses: que tú eras en realidad una mujer. Algo en mi interior siempre lo ha sabido. Pero en mis sueños, justo cuando nuestros labios se unen, despierto.
—Joshua, mira dónde estamos: en un sucio y hediondo callejón —murmuró Jacqueline, poniéndole una mano en la mejilla—. Tú estás embotado por el opio. Yo voy disfrazada de chico. Esto dista mucho de ser un sueño. Esta es nuestra triste realidad.
Sus palabras debieron de hacer mella en él, porque sus ojos cobraron vida de pronto.
—Pues si esta es la realidad, déjame mostrarte lo que llevo deseando hacer durante meses en mis sueños.
Joshua tomó el rostro de Jacqueline entre las manos y la besó. ¡Ay, pero qué diferente podía ser un beso cuando uno sabía lo que hacía! Y ese hombre, aun estando bajo los efectos del opio, sabía besar. Acarició sus labios con un roce suave, tentador y excitante, que la hizo ronronear de placer. Entreabrió la boca para dejar escapar el aliento y él aprovechó aquella inocente invitación para poner en juego la lengua. Primero de forma tentativa, lamiendo con delicadeza sus labios, pero al ver que Jacqueline aceptaba su avance con un pequeño gemido, profundizó el beso.
La lengua masculina ahondó en su boca con maestría, explorando su interior con hambre. Pronto Jacqueline empezó a imitar sus movimientos, deseosa de experimentar aquella dulce pasión que hacía vibrar su cuerpo.
El mundo giró a su alrededor mientras sus lenguas se unían en una danza más antigua que el amor: el deseo.




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sábado, 10 de septiembre de 2022

"Los besos", de MANUEL VILAS VIDAL (ESPAÑA, 1962--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "Los besos", de fecha 2021  d.n.e.



CAPÍTULO 55

Montserrat acepta la invitación y al rato está en mi casa. Llega sobre las seis de la tarde.
Me dice hola, nos besamos en la boca, y se sienta.
Me la quedo mirando y, después del beso abierto a los órganos internos (lengua, garganta, corazón) que nos hemos dado, pienso que ya es completamente Altisidora, que me tengo que decidir, pero no puedo hacerlo sin su consentimiento.
Ha llegado el momento del bautismo.
Le digo esto: Hay un personaje en la novela de Cervantes que se llama Altisidora. Es una doncella inteligente y enigmática, muy joven, pero no lo aparenta, ella dice que tiene menos de quince años, pero miente, yo creo que tiene más; engaña a don Quijote, haciéndole creer que se ha enamorado de él. Don Quijote está perplejo, asustado, pero también con la vanidad satisfecha. Ninguna mujer se le ha declarado en la vida. Ella aparece en la segunda parte de la novela, es por tanto un personaje cocido en la madurez de Cervantes. Tiene fama de intrigante e incluso de mujer cruel, pero a mí no me lo parece. A mí me parece adorable. Me parece un símbolo del poder de la vida. Sí que es un poco transgresora, rebelde también. Y tiene un nombre hermosísimo. Me gusta la fuerza del nombre, su sonoridad. Y me gustaría llamarte así: Altisidora. Quiero decir que me gustaría que seas solo para mí Altisidora. No te alarmes, no te llamaré así en público, aunque ahora que lo pienso nunca nos ha visto nadie en público, y eso me entristece. Déjame que te llame Altisidora, por favor.
Montserrat/Altisidora se ríe, se emociona también, y me dice: Claro que sí, es un nombre hermoso. Bien, ya soy Altisidora. Estás completamente loco, pero mientras no seas el Anthony Perkins de Psicosis me conformo. Porque no estás loco, ¿no?
Entonces la beso, para que vea que no estoy loco. En la forma de besar se sabe todo. Nos quedamos un rato en silencio.
Creo que le ilusionan estas formas de adoración, estos juegos, esta celebración de su presencia. La veo sonreír. Le ha hecho gracia lo de Altisidora.
Nos besamos otra vez.
No puedo creer que sus manos toquen mi cara.
Esas manos grandes, románticas. Mira que llamar románticas a unas manos, pero son tan importantes las manos.
Altisidora dice: ¿Quién te acaba de besar, Montserrat o Altisidora?
Respondo: Altisidora.
¿Cómo sabes distinguir un beso de Montserrat de otro de Altisidora?, me pregunta.
Los besos de Montserrat son en la mejilla, contesto. Además, Montserrat tiene que ponerse de vez en cuando la mascarilla y Altisidora nunca.
Hablamos de Cervantes a propósito de su cambio de nombre. Altisidora dice que estudió una diplomatura de humanidades, aunque le faltan algunas asignaturas. Pero no le sirvió de nada.
Altisidora dice que no deberíamos emplear la palabra confinamiento, porque ya llevamos casi dos meses así, que la palabra confinamiento debería ceder paso a la palabra reclusión o encarcelamiento o encierro.
Nos reímos un poco, pero no mucho.
Yo le digo esto: Y a nosotros qué nos importa lo que pase allí afuera si nos tenemos el uno al otro, como si desaparece el mundo. Tú ya eres Altisidora, y estás por encima del bien y del mal.
Altisidora ha traído de la tienda una botella de Johnny Walker, y pasamos del café a unos chupitos de whisky. Nos sentamos juntos en el sofá, y yo me la quedo mirando. Espera que la bese otra vez. Por nada del mundo querría que ese beso que se acerca fuese frívolo, insignificante, pasajero, impuesto, fruto de la insolencia del presente, de la absurda compostura de este tiempo presente.
Me pongo nervioso, porque tal vez la historia del cambio de nombre le haya parecido una payasada.
Como si hubiera oído mi remordimiento, dice que si Marc hubiera sido una niña y hubiera conocido ese nombre de Altisidora, lo habría elegido, porque es simplemente un nombre hermoso.
Digo esto: Para mí es mucho más hermoso que Dulcinea, incluso más hermoso que el nombre de Rita Hayworth o Marilyn Monroe.
Reímos.
Volvemos a besarnos, y ahora nos acariciamos la cara con las manos.
Hay una horrible maldición atávica, hija de la noche de los tiempos y de la especie, que consiente la idea de que un hombre impone su presencia erótica ante una mujer, aunque esa mujer esté deseando ese encuentro sexual. Y esa maldición llega a mí, y por eso me pongo nervioso y me angustio, porque desearía cambiar para siempre esa ley, pues carece de belleza.
Soy ajeno a mi condición de hombre, o esa condición en mí deja paso a la condición de un ser humano asustado ante el misterio de la existencia y a la vez arrebatado y enamorado de ese misterio.
Yo deseo besarla sin que mi beso contenga la historia de los millones de besos sin fortuna y sin elegancia y sin ternura y sin bondad que se han dado en cinco mil años de historia amorosa ente hombres y mujeres.
Los besos inelegantes e insanos conforman una historia de la humanidad también, tal vez la más expresiva historia de la humanidad.
La beso por sexta o séptima vez, en realidad no hacemos otra cosa, y ella toca mi cara con ternura, y es más bella su caricia que mi beso, al que intento despojar de la lujuria y de sexo apremiante, y si despojas a un beso de sexo y morbo, qué queda, ¿un beso fraternal?, pero si el beso contiene lascivia, ¿qué estás proclamando sino la intención de perseverar en la carne, en un cuerpo, en un botín de guerra? Cómo besar con la ternura justa y el erotismo justo. ¿Cuáles son las medidas perfectas de un beso entre un hombre y una mujer para que sea el mejor beso de la historia del beso? Altisidora lo resuelve sin contemplaciones: su lengua ha cazado la mía, y se la lleva derrotada al castillo de su alma.
Los besos que nos damos ahora son pura lujuria, qué palabra más vieja, besos llenos de fluidos, de saliva, de dientes que contemplan toda esta novedad de encontronazos de los labios, y los labios que se agrietan, y que se convierten en símbolos de la identidad.
Los besos están saliendo a borbotones, como hacen los adolescentes que se dan besos que duran horas.




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miércoles, 17 de noviembre de 2021

"Señoritas en sepia", de JUAN MANUEL DE PRADA BLANCO (ESPAÑA, 1970--, d.n.e.)

Relato erótico perteneciente al libro "El silencio del patinador", de fecha 1995  d.n.e.



El retrato del abuelo nos contemplaba desde la penumbra del vestíbulo, envuelto en un halo de irrealidad, y su figura se evocaba en las sobremesas, entre susurros, con una mezcla de orgullo y contricción: era el antepasado ilustre y pecaminoso de nuestra familia, el héroe libertino cuyos episodios poblaban mis noches, la soledad lírica de mis noches, perfumadas todavía por ese aroma dulzón de la adolescencia. El retrato del abuelo me mostraba a un hombre maduro, de edad indefinida, un rostro afinado por arrugas apenas perceptibles que poseía esa severidad que solemos atribuir a los asesinos y a los ascetas. El brillo acerado de las pupilas, las finas guías del bigote, el rictus cansino de unos labios que no lograban encubrir un mensaje de voluptuosidad, todo en él tendía al goticismo, a una mitología de hazañas que se estiran hasta el alba en medio del desenfreno y la lucidez. Según el testimonio sucinto de mi padre (pero sus palabras estaban manchadas de un tonillo levemente didáctico), el abuelo había malgastado su existencia en aspiraciones vanas y escándalos gloriosos, y al final había hallado como único premio a sus excesos el desprecio de sus amigos y la persecución política (mi padre olvidaba mencionar que el destierro constituía una moda de la época, tan arraigada como el sombrero canotier o las virginidades custodiadas hasta el tálamo). El abuelo acogía desde su retrato los comentarios poco favorables de mi padre con una sombra de resignación, sus labios parecían esbozar una sonrisa cómplice, y entonces mi imaginación se alzaba sobre las frases denigrantes y acompañaba al abuelo en su peregrinar por Europa, a través de un torbellino de placeres e intrigas. En mis ensoñaciones, el abuelo era siempre un hombre lleno de ingenio y frivolidad, un señorito perdis que competía en elocuencia con los seductores más conspicuos y que vivía pasiones y simulacros de pasión, en una atmósfera de conspiradores y estraperlistas. El abuelo trascendía la quietud del retrato, esa rigidez sepia del daguerrotipo, para elevarse al reino de las metáforas, náufrago en mil peripecias, triunfador en mil duelos, amante que se pierde entre pieles jóvenes y etéreos vestidos, hombre que asiste impasible al crepúsculo de los hombres y de los dioses. Así imaginaba yo al abuelo.

Una imagen llena de arrebato que luego tendría que modificar, cuando hallé en su biblioteca aquella anotación marginal a un soneto de Garcilaso. La biblioteca del abuelo, famosa en su época por la profusión de libros prohibidos o sonrojantes, había sido concienzudamente esquilmada por las autoridades civiles y eclesiásticas, mientras el abuelo escapaba hacia los Pirineos, fustigado por una pragmática que decretaba la prisión para los pornógrafos y los propagadores de literatura scialíptica. En su juventud, el abuelo había invertido sus ahorros en la compra de una imprenta, con la intención de publicar sus propios libros: escribió cerca de cuarenta novelas ligeras, sin grandes lucubraciones metafísicas, que versaban sobre las distintas perversiones sexuales: masoquismo, excrementos, fetiches… todas las aberraciones de la naturaleza tenían cabida en las novelas del abuelo. Se trataba de ediciones clandestinas, por supuesto, con tiradas de unos quinientos ejemplares, adquiridos previamente por un grupo de suscriptores que los recibían en su domicilio, en medio de la más absoluta discreción. El esquema argumental de las novelas no variaba demasiado: aristócrata viciosillo, rehén de todas las depravaciones, que abandona el hogar conyugal y se hunde en el torbellino de los arrabales. De las casi cuarenta novelas solo habían sobrevivido a los avatares del tiempo y a las pesquisas inquisitoriales cuatro volúmenes rústicos, desvencijados, de páginas amarillentas e ilustraciones que imitaban la frivolidad cosmopolita de un Penagos. Los títulos parodiaban algunas zarzuelas de perdurable celebridad: La del manojo de látigos, La vagina de la Paloma, A la vejez sodomía, La meona de Lavapiés. En esta última, única que había podido leer a escondidas de mi padre, se veía en la portada a una señorita muy estilizada, haciéndose la toilette, a la vez que orinaba sobre la boca de un lechuguino que, arrodillado, le rendía pleitesía. La novela comenzaba así: «Mi amada se encontraba a horcajadas, con las piernas abiertas y las faldas cuidadosamente recogidas. Pude divisar dos labios húmedos similares a dos almejas rosadas que, al abrirse voluptuosamente, descubren un recipiente de coral. El torrente brotó después de algunos esfuerzos, y yo saboreé con delectación morosa el líquido amarillo que golpeaba en mi garganta y la llenaba con un sabor deliciosamente acre». El resto del libro consistía en una enumeración prolija de circunstancias anatómicas y contingencias del aparato excretor que hacía imposible el consuelo erótico.

Entre los escasos volúmenes que la mano secular había respetado en la biblioteca del abuelo se hallaba un tomito encuadernado en piel con las obras de Garcilaso; en aquel famoso soneto que comienza «A Dafne ya los brazos le crecían…», y que ilustra la metamorfosis de una ninfa en laurel, para evitar el acoso del dios Apolo, que ya estaba a punto de darle alcance, el abuelo había escrito a pie de página este pequeño escolio: «También yo, durante todos estos años, he perseguido el amor y he creído rozado con las yemas de los dedos, pero el velo de la carne me ha devuelto a la cruda realidad, a una cañera en pos de un vago ideal, cruzando fronteras y exilios interiores, llorando lágrimas de impotencia y desazón». La letra era menuda y ojival, y la tinta se volvía por momentos ilegible, difuminada por una distancia de generaciones. «¡Oh, miserable estado, oh mal tamaño! ¡Que con lloralla cresca cada día / la causa y la razón por que lloraba!», concluía Garcilaso, y fue en ese momento, al leer el soneto y el comentario del abuelo, cuando se desmoronó aquella imagen tributaria del error que yo había erigido: ya no volví a situar a mi antepasado en salones frecuentados por la alta sociedad, sino en la intimidad de una alcoba, despojado de disfraces y fingimientos, llorando como Apolo la imposibilidad del amor, su mirada de pupilas aceradas concentrada en el suelo, sus facciones afinadas por un fuego que arde sin llama, como una hoguera avivada en las fraguas del grito. El abuelo dejó de simbolizar los afanes mundanos, o, mejor dicho, siguió simbolizándolos, pero teñidos de cinismo y desencanto. Cruzando fronteras y exilios interiores, así lo imaginaba, explorando en cada rostro en cada gesto femenino, el destello de un amor que se escapa como arena entre los intersticios de los dedos.

Esta revelación, lejos de satisfacerme, azuzó mi curiosidad: la figura del abuelo, que hasta entonces había constituido una excusa más o menos explícita para recrear paraísos definitivamente perdidos, comenzó a descubrirme artistas y recovecos; el desconcierto de mis catorce años no bastaba para explicar aquella frase («he perseguido el amor y he creído rozarlo con las yemas de los dedos»), aquellas ansias de infinitud, aquella desazón que yo hacía propia y que poco a poco, se iba metiendo en mi carne y envenenando mi inocencia. Quise saber más, quise conocer en qué entretenía el abuelo sus vigilias, identificar mi desconcertó con el de un hombre que había dejado de existir mucho antes de que yo naciera, y que, sin embargo, se prolongaba en mí. Los catorce años son una edad proclive a hacerse preguntas, un terreno abonado para la duda y la desazón («llorando lágrimas de desazón», había escrito el abuelo).

—¿Tu abuelo? Era un profesional de la pornografía. En el desván montó un pequeño estudio fotográfico; todavía debe de andar por allí su vieja cámara, un armatoste inservible.

Mi padre se refería al abuelo sin nostalgia, entre el hastío y la indiferencia, y le sorprendía (pero era una sorpresa que no lograba sobreponerse a su apatía) mi interés por el pasado, un pasado que para él no tenía otra utilidad que la meramente decorativa. La vieja cámara del abuelo estaba, en efecto, en el desván, esperando que alguien la rescatara del polvo y la desidia, aguardando en un rincón la mano que le sacudiera el sopor de los años, con su trípode, su fuelle de cuero, el marco del chasis donde se colocaban las placas que recogerían una realidad estática pero a la vez cambiante, un fragor sordo de mundos que discurren veloces ante el objetivo que los atrapa y los reduce a las dimensiones exiguas del papel.

Imaginé al abuelo parapetado detrás de la cámara, aquel armatoste inservible, procurando extraer el secreto de las cosas, intentando acallar su desazón a través de un oficio que era crónica de la realidad y búsqueda de belleza, exilio interior a través de imágenes que quedan congeladas para una posteridad incierta. Parapetado yo también detrás de la cámara, espiaba el ayer tan lejano, la memoria de un hombre que ahora regresaba de una región remota para adiestrarme en la inquietud y el desconcierto. Quise saber más, quise recomponer el rompecabezas de una vida ya vivida y clausurada, pero que todavía daba sus últimos coletazos a través de una cámara que transfiguraba los objetos y los envolvía con una luz no usada.

Quería saber, y no vacilé en compartir lo poco que sabía o sospechaba con Iñaki, mi único amigo en aquella edad sin amigos ni confidencias. Iñaki era mayor que yo, apenas un par de años que parecían un par de siglos, una barrera inexpugnable que separaba la astucia del candor, el magisterio del aprendizaje. Iñaki ejercía sobre mí una especie de jefatura espiritual, sus opiniones (por lo general tan descabelladas como las mías) se revestían con ese vago prestigio que otorgan la experiencia y el ardor. Iñaki vivía por entonces el despertar de su virilidad, su piel había adoptado un tono cobrizo y una sombra de vello que contrastaba con la suavidad enclenque de la mía, y su voz ya resonaba con el hierro y la blasfemia, formas de osadía que yo creía reservadas a los mayores. Iñaki me había introducido en los misterios del tabaco y la masturbación, en ese reino de humo azul y éxtasis que, una vez conquistado, me arrastraba por los meandros del remordimiento. Iñaki presenciaba mis balbuceos y escaramuzas hacia el pecado con la sonrisa del guía experto que ya ha regresado pero que aún tiene ganas de volver, preferiblemente acompañado.

—Pues claro, si tu abuelo era un personaje célebre. En mi casa hay una caja llena de tarjetas guarras firmadas por él. Mis padres las esconden pero yo ya tengo aprendidos todos los escondrijos.

Una tarde bajamos a la playa, y ocultos entre las rocas examinamos las fotos. Iñaki me las iba pasando con morbosidad, y yo las recibía con un temblor oscuro y virginal, como trofeos de una cacería irrepetible. Iñaki guardaba las fotos (él no las llamaba fotos, las llamaba tarjetas o estampas, en un intento de dignificarlas) en una caja de lata que antaño había guardado sobres de manzanilla, una cajita desvencijada y salpicada de herrumbre de la que iba extrayendo imágenes cada vez más obscenas, mujeres que al principio velaban su desnudez entre gasas y tules, pero que enseguida descubrían la rotundidad de los senos, las axilas intensas y negrísimas como sus pubis, los labios carnosos y entreabiertos, la tristeza lánguida y sepia de la desnudez, una picardía sórdida, pero sobre todo triste, de mujeres solas ante la cámara, culos muy redondos ensayando posturas grotescas, señoritas de mirada ciega mirando hacia el objetivo, asomando una lengua entre las comisuras de los labios, una lengua que no se sabe si murmura impudicias o resuelve problemas de álgebra, y el esplendor de los cuerpos, el hastío de los cuerpos abiertos como flores ajadas, en una parodia del amor. Había también fotografías de parejas que fornicaban con desesperación o cansancio, y era su lucha una lucha de clases en la cual el señorito ataviado de esmoquin penetraba a la cocinera sobre el fogón, o la dama llena de melindres y corpiños sucumbía ante el empuje de su chófer. Iñaki, de vez en cuando, me obligaba a reparar en detalles patéticos: la mujer que simula un orgasmo que más bien parece una plegaria, la violencia de los genitales mitigada por el virado en sepia.

—Qué te parece tu abuelito. Menudo pícaro, eh.

Y mientras hojeaba las fotos, tan exhaustivas en su repertorio de posturas y cochinadas, acariciaba aquel escaparate de muñequitas lascivas, y se las imaginaba preparadas para un amor mercenario, para la higiene rápida de los retretes y las tardes con olor a lluvia y a pecado, y se perdía entre la profusión de mujeres abiertas, rebosantes y húmedas, en el catálogo de lencería oculta entre los repliegues de la carne. Iñaki se desabotonaba la bragueta y se masturbaba con una tristeza que podría calificarse de vespertina, con una exaltación fingida, frenético de impotencia o hastío, sudo como un doncel que ha renegado de su virginidad. Iñaki se masturbaba murmurando exabruptos, rodeado de las fotografías del abuelo, aquel álbum de pornografía doméstica, se masturbaba con el ensañamiento de un visionario, con una obcecación chabacana y salvaje, rindiendo un homenaje cochambroso a las modelos que se revolcaban por los salones de un palacio artificial, absortas en su fotogenia y en el esplendor redondo de sus muslos.

Una ráfaga de viento silbó entre las rocas y penetró en la cueva con un frío de cuchilla. Se oía el rumor de las olas como una cadencia inofensiva, agua resbalando sobre una superficie de arena, espuma que estalla entre las piedras y que muere convertida otra vez en agua. Con una mezcla de zozobra y espanto descubrí que todas las fotos tenían un elemento común: detrás de la carne crispada, detrás de las acrobacias de piel y sexo, había un tapiz deshilachado que mostraba a un hombre en cuclillas, aferrándose a un cuerpo cuyos cabellos ya eran hojas de laurel, cuyos miembros ya eran áspera corteza, cuyos pies ya se hincaban en el suelo y en torcidas raíces se volvían. Apolo lloraba lágrimas de impotencia, su brazo se alargaba hacia Dafne, que ya no era Dafne sino un árbol sin vida y sin sangre en las venas. Comprendí el sarcasmo de aquellas fotos, su mensaje desolado de miembros que desfallecen sobre un fondo de pasiones insatisfechas; comprendí la paradoja de un hombre que asiste a la pantomima del amor, que halla, incluso, cierto placer en retratar el amor mercenario con el que luego hablaba de la imposibilidad de ir más allá de ese velo de carne. Comprendí, creo que definitivamente, la vocación platónica de mi abuelo, ese exilio del alma que lo había conducido al exilio geográfico, a un vagabundeo a través de Europa en pos de vagos ideales. Iñaki ya había llegado al orgasmo y aguardaba expectante mi veredicto; sus ojos tenían un brillo especial —no sé si maligno— sobre la noche que ya se cernía a lo lejos.

—Vamos, di algo. ¿Qué opinas de las estampitas?

Había un vestigio de premura y temor en sus palabras. El crepúsculo incendiaba el aire y envolvía de bronce su piel, pero también la mía, por primera vez mi piel era experta y joven como la suya. Miré a Iñaki con fijeza, y mi voz sonó a hierro y blasfemia: el aprendizaje había concluido.

—Opino que están fenomenal. Qué te parece si seguimos el ejemplo de mi abuelo y nos dedicamos a fotografiar mujeres desnudas.

Sentí que el alivio ensanchaba mi pecho (mi pecho creciendo por encima de los pulmones, mi pecho creciendo por encima de los huesos y de la infancia) cuando Iñaki cabeceó en señal de sumisión. En menos de una semana ya sabíamos manejar la cámara, habíamos aprendido a preparar la emulsión de bromuro y a disolver en ella el nitrato de plata que nos iba a permitir obtener fotografías como las del abuelo. Convencimos a Sofía, una chica atolondrada a la que ambos habíamos amado en soledad, para que posase ante la cámara, ligera de ropa y en actitud insinuante.

—No te preocupes, Sofía: estamos haciendo retratos artísticos. Quién sabe, a lo mejor algún director de cine los ve y te contrata para hacer películas.

Teníamos que inventar mentiras piadosas para vencer sus reticencias. Sofía tenía cabellos que al oro oscurecían, igual que la Dafne de Garcilaso, unos cabellos que creaban efectos de luz, y una mirada tierna y envilecida a la vez que revestía las fotografías de una extraña autenticidad. Pasábamos horas y horas ensayando posturas, ángulos inverosímiles que la cámara recogía con frialdad y displicencia. Sofía aparecía en las fotos con vestidos vaporosos arremangados hasta la cintura, con escotes de encaje que mostraban, como por descuido, un seno de perversa blancura. Sofía se tumbaba en un diván, se recostaba en la pared o se arrastraba por el suelo, obedeciendo las indicaciones de Iñaki, y yo espiaba sus movimientos a través de la cámara que más tarde nos la devolvería en una tonalidad sepia, como un anacronismo o una reliquia sucia. Sofía fue aprendiendo a posar con la práctica diaria, pronto dejó de necesitar nuestros consejos, y la cámara se convirtió en una caricia sobre su piel, una mirada neutra y sin matices que acogía el regalo de su anatomía, centímetro a centímetro, el atrevido pudor de sus manos apartando la tela enojosa, la sabiduría de unos dedos que entreabren las puertas y una lengua que asoma entre los labios. La cámara dejaba de ser entonces un armatoste inservible y se volvía moldeable como la cera, no había rincón que escapase a su escrutinio cruel. Iñaki y yo permanecíamos como testigos mudos o convidados de piedra en una ceremonia que no comprendíamos; Sofía sonreía y nos animaba a repetir la sesión, una y otra vez su cuerpo se mostraba desvalido ante el ojo de cristal de la cámara.

—Sofía, quítate las bragas.

Y Sofía se quitaba las bragas con lentitud, haciendo con ellas un gurruño que se enredaba en la superficie escurrida de sus muslos, y las lanzaba al aire, con tanta precisión que caían sobre el fuelle de la cámara, dificultando mi trabajo. Las bragas de Sofía tenían un perfume penetrante, una mancha alargada en mitad de la entrepierna, una estela de un amarillo confuso que me traía toda la fertilidad precoz de la niña, todo el esplendor sudo de la mujer que ya pronto sería. Hubiese querido oler, besar, chupar aquellas bragas.

—Por hoy lo dejamos, Sofía. También hay que descansar un poco.

Después, en el laboratorio, enaltecidos por la luz roja, asistíamos al desvelamiento de las fotos: Sofía aparecía paulatinamente sobre el papel como una presencia ajena que ni siquiera nos rozaba, tan lejana como las señoritas retratadas por el abuelo, que persiguió el amor sin alcanzarlo jamás. Quizá ese había sido su destino: viajar de cuerpo en cuerpo, envuelto en el vado sepia del fracaso. Quizá ese iba a ser también mi destino.

Había algo de complacencia canalla en asumir un futuro tan ingrato, y puesto que yo jugaba a ser canalla no me molesté en evitarlo. Recuerdo que cierto día bajamos a la playa, para hacer unas fotos de Sofía sobre los acantilados, revolcándose en la arena, con el pelo mojado y los pies hundidos entre las olas. Una luz grisácea se apoderó del paisaje, instalándose de manera subrepticia hasta inundarlo con un manto de tinieblas. El viento nos sacudió como un latigazo; los acantilados desplegaban su grandeza de piedra, y la luna no tardó en aparecer. Ebrios de felicidad, nos refugiamos en una cueva, con la salmodia del mar al fondo y encendimos una hoguera para que el sueño no nos visitase en medio del frío. Las horas se desgranaban, una tras otra, entre la exaltación y el tedio, y la risa nos fue dejando una mueca repulsiva en los labios. Harto de aquella conversación estúpida, fingí que me vencía el sopor; Iñaki y Sofía se susurraban obscenidades, su voz era apenas un cuchicheo que sonaba como el crujido de una cucaracha cuando la pisan y que de repente estallaba en una carcajada. A mis oídos llegaban frases, retazos de un diálogo intuido sobre el runrún de las olas. Oí a Iñaki reclamar el impuesto de la carne, y a Sofía resistirse, en espera de una declaración romántica que la justificase; oí el forcejeo de sus brazos y sus piernas, las risas que ya no eran estallidos sino sofocos, y oí la voz de Iñaki entorpecida por el deseo, farfullando un te quiero que excluía la sinceridad pero que al fin le abría las puertas del santuario.

—Vamos, Sofía desnúdate.

La cueva se llenó con una luz de infierno, una especie de luz tabernaria que los acusaba de haber infringido alguna ley desconocida. Iñaki y Sofía se besaban, inmunes al remordimiento, como aquellos amantes, Pablo Malatesta y Francisca, inmortalizados por Dante. La cueva los transportaba en su estómago de ballena sin espinas (aunque, ahora que lo pienso, ninguna ballena tiene espinas), en su morada sombría, asaltada por las olas. Exhalaban una fragancia con olor a juventud pecaminosa y semen marchito. La voz de Sofía, fecundada de resonancias, parecía surgida de una hornacina:

—¿No te importa que nos vea tu amigo?

—Me importa un pito. Venga, no te hagas la estrecha.

Oí los primeros gemidos, el sudor que impregnaba las pieles cubriéndolas de arena, las palabras inconexas, y tuve que reprimir las ganas de gritar, de suplicarles que pararan, ahora ya era demasiado tarde, ignorarían mi súplica o simplemente sentirían que su deseo se avivaba, al comprobar que alguien los estaba observando. La cueva tenía un olor vegetal de helechos prehistóricos, sobre las paredes de roca se amontonaban las lapas, esperando la subida de la marea. Me sorprendió la sencillez de los preliminares. Sofía una vez desnuda, adquirió el aire desvalido de una página en blanco o una paloma herida.

—¿No tienes frío? —le preguntó Iñaki.

—Déjate de sandeces. Ya entraremos en calor, no te preocupes.

Sofía se recostó sobre la pared del fondo, reprimiendo un escalofrío. Imaginé su piel injuriada por las conchas de las lapas, su piel desnuda acribillada de diminutas abolladuras. Iñaki la tomó de las nalgas y le tiró del elástico de las bragas; la tela se hundió en la raja con la facilidad de un cuchillo que penetra en la carne. Sofía se estremecía a medida que la presión de las bragas en la entrepierna aumentaba; noté que sus pezones se habían erizado.

—Despacio, Iñaki. No tengas prisa —susurró.

Tenía unos senos breves, casi inexistentes, que se podían abarcar con la boca. Iñaki se amamantó en ellos mientras la levantaba en volandas, tirando del elástico de las bragas. Las costuras no tardaron en desgarrarse.

—Qué bestia eres, hijo. Me vas a desguazar.

Sofía me brindaba la visión de unas nalgas duras, un remanso de carne repartido en dos masas equidistantes y simétricas. La espalda de Sofía tenía una limpieza de líneas propia de un instrumento musical. Iñaki hurgaba con el dedo índice en la virginidad intacta de aquellas nalgas, en el orificio fruncido del esfínter, tan parecido a la boca de una estrella de mar. Sofía, entretanto, examinaba la metamorfosis que se producía en el miembro de Iñaki, el endurecimiento progresivo de aquel apéndice que al principio era un colgajo, pero que pronto se convertiría en una sustancia nudosa, un amasijo de venas y nervios con cierta vocación a la elipse. El miembro de Iñaki crecía, bajo la mirada atenta de Sofía, y asomaba el corazón caliente del glande, ese corazón rudimentario, impermeable a las teorías evolutivas, que brotaba por debajo del prepucio, con su ojo ciego y ciclópeo, esa ranura carmesí que atisbaba el mundo entre palpitaciones. Sofía le recorrió el miembro con su lengua párvula, con un atisbo de lengua que se movía entre el pudor (un falso pudor) y la osadía (una falsa osadía), entre la rapidez sesgada de un ofidio y la morosidad de un molusco. Sofía mordisqueaba el miembro de Iñaki, dejando estampado el lacre de sus incisivos, aquel relieve que parecía un mensaje sobre el pergamino de la piel a punto de reventar. Sofía mordisqueaba los contornos del prepucio, la tirantez del frenillo ávida de sangre, e Iñaki se dejaba hacer, concentrado en la nada, sintiendo cómo su miembro taponaba la boca de la muchacha y embestía sobre su paladar.

—Ahora te toca a ti comerme el corto.

Sofía se despatarró sobre la arena, sobre el agua salada que formaba charcos en el interior de la cueva, lanzando destellos ondulantes (que eran un remedo de mar) sobre el techo sin estalactitas. El corto de Sofía brillaba en la oscuridad, al final de su vientre, alumbrando el camino a Iñaki. Sofía acogía entre sus muslos la cabeza de Iñaki y alargaba un brazo hasta su cuello, obligándolo a hozar en aquel recipiente estremecido por el placer. Sofía tenía un perineo breve que pasaba desapercibido entre el esfínter y la hinchazón de la vulva. En el surco de las nalgas le brotaba un sudor nutritivo, blanquecino como una exudación de esperma. La vulva de Sofía tenía una textura de labios superpuestos y alojaba un brote tierno, un botón rosa que Iñaki no paraba de zarandear, buscándole un tintineo metálico que nunca se llegaba a producir. La vulva de Sofía cedía ante la labor de zapa a que estaba siendo sometida, y se impregnaba con una saliva fragante, con un líquido salino que poco a poco la iba empapando. La cueva difuminaba las fronteras de su cuerpo con una luz sepia, una luz de acuario sucio, donde distintas variedades de peces sobreviven a la desidia copulando entre sí, devorándose los unos a los otros, envueltos en el lodo de la promiscuidad.

Recordé las fotografías del abuelo, envueltas en otro lodo similar, el de unos cuerpos que transmitían un mensaje de fracaso y aburrimiento. El hombre va construyendo coartadas que le alivien el peso del fracaso, subterfugios que dilaten el caos de lo que verdaderamente importa.

—Sigue, sigue, por favor. Hasta el final.

La cueva tenía una miseria de burdel o estación ferroviaria. Iñaki introdujo su dedo pulgar en la vagina. Sofía comenzó a moverse con sacudidas intermitentes y violentas. Otros dedos se iban incorporando a la introspección, rastreando la línea accidentada de los labios menores, la cresta oscura del pubis, y Sofía acataba la labor con jadeos y onomatopeyas, en un forcejeo que colaboraba y consentía.

—Ahora fóllame.

El techo de la cueva, alumbrado de hongos y remotas fosforescencias, amenazaba con desplomarse de un momento a otro, aprisionándonos en un cementerio de mar estancado. El ruido del viento mitigaba la elocuencia de aquellos dos cuerpos, la densidad de sus palabras ininteligibles, probablemente obscenas. Sentí cómo mi garganta se agarrotaba ante la magnitud de mi soledad. Iñaki había tomado en volandas a Sofía y la había ensartado sobre sí. Sofía imprimía a su balanceo una laxitud provocadora, desgarrada y animal, y su hendidura rosa acogía una y otra vez, los embates de Iñaki, los acogía y amortiguaba, convirtiéndolos en un suave navegar a través de océanos mitológicos. Chillaban ante la proximidad del orgasmo, y su grito se confundía con el fragor de las olas, que restallaban sobre la roca y nos lamían los pies con su espuma. Iñaki y Sofía eran ya un solo cuerpo trabado con lenguas, pies y brazos, una exaltación de bronce sobre la noche que recriminaba mi cobardía, que me escarnecía y humillaba por no tener valor para intervenir. Agazapado en la arena, sin una cámara que mirase por mí, presencié aquel espectáculo de fiebre y locura, y supe, con una espantosa certidumbre, que también mi existencia, al igual que la del abuelo, sería un largo exilio a través de los cuerpos, un intento de alcanzar el ideal de Dafne, sin poder impedir su metamorfosis en laurel. Asistí inerme y derrotado al triunfo de los otros e intuí, de una vez para siempre, que mi destino excluía aquella forma de dicha. Volví la cabeza hacia la playa; una franja de arena se estiraba hasta el infinito, ansiosa por albergar mis huellas. Sabía que, si empezaba a correr, los cuerpos de Sofía e Iñaki adoptarían una tonalidad sepia, pero también sabía que si permanecía quieto defraudaría al abuelo. Corrí hasta la extenuación, corrí en pos de mi destino, corrí sobre la arena palpitante que acopa mis pasos y me indicaba la ruta.



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