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viernes, 27 de diciembre de 2024

"Quiero", de ABEL SANDOVAL ORMEÑO (CHILE, 1953--, d.n.e.)




Quiero el consuelo de tu carne
un beso de amor anhelo de tus labios
una palabra minúscula
que se abrace a las sombras
en el libérame del ensueño
anhelo el yo de las tardes
que se abrazan en tus ojos
quiero tus dedos salados
en esta ausencia flotante
donde los arboles de siempre
se divinizan en el minúsculo tatuaje
de tu sombra que palpita
gozosa en mis brazos
en este simulacro de oraciones
donde tu parecido y el mío
llenan de tibieza el arcén del crepúsculo
luego existimos entre la realidad
y la prueba humedecida de tus ojos.





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jueves, 27 de julio de 2023

"Te doy Claudia estos versos", de ERNESTO CARDENAL MARTÍNEZ (NICARAGUA, 1925-2020, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Epigramas", de fecha 1961  d.n.e.



Te doy Claudia, estos versos, porque tú eres su dueña.
Los he escrito sencillos para que tú los entiendas.
Son para ti solamente, pero si a ti no te interesan,
un día se divulgarán, tal vez por toda Hispanoamérica.
Y si al amor que los dictó, tú también lo desprecias,
otras soñarán con este amor que no fue para ellas.
Y tal vez verás, Claudia, que estos poemas,
(escritos para conquistarte a ti) despiertan
en otras parejas enamoradas que los lean
los besos que en ti no despertó el poeta.





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miércoles, 21 de junio de 2023

"Problemas de geografía personal", de LUIS GARCÍA MONTERO (ESPAÑA, 1958--, d.n.e.)


Nunca se despedirme de ti, siempre me quedo
con el frío de alguna palabra que no he dicho,
con un malentendido que temer,
ese hueco de torpe inexistencia
que a veces, gota a gota, se convierte
en desesperación.

Nunca se despedirme de ti, porque no soy
el viajero que cruza por la gente,
el que va de aeropuerto en aeropuerto
o el que mira los coches, en dirección contraria,
corriendo a la ciudad
en la que acabas de quedarte.

Nunca sé despedirme, porque soy
un ciego que tantea por el túnel
de tu mano y tus labios
cuando dicen adiós,
un ciego que tropieza con los malentendidos
y con esas palabras
que no saben pronunciar.

Extrañado de amor,
nunca puedo alejarme de todo lo que eres.
En un hueco de torpe inexistencia,
me voy de mí
camino a la nada.





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martes, 20 de junio de 2023

"La mujer de vapor", de CARLOS RUIZ ZAFÓN (ESPAÑA, 1964-2020, d.n.e.)

Cuento perteneciente al libro "La ciudad del vapor", de fecha 2020  d.n.e.



Nunca se lo confesé a nadie, pero conseguí el piso de puro milagro. Laura, que tenía besar de tango, trabajaba de secretaria para el administrador de fincas del primero segunda. La conocí una noche de julio en que el cielo ardía de vapor y desesperación. Yo dormía a la intemperie, en un banco de la plaza, cuando me despertó el roce de unos labios. «¿Necesitas un sitio para quedarte?» Laura me condujo hasta el portal. El edificio era uno de esos mausoleos verticales que embrujan la ciudad vieja, un laberinto de gárgolas y remiendos sobre cuyo atrio se leía 1866. La seguí escaleras arriba, casi a tientas. A nuestro paso, el edificio crujía como los barcos viejos. Laura no me preguntó por nóminas ni referencias. Mejor, porque en la cárcel no te dan ni unas ni otras. El ático era del tamaño de mi celda, una estancia suspendida en la tundra de tejados. «Me lo quedo», dije. A decir verdad, después de tres años en prisión, había perdido el sentido del olfato, y lo de las voces que transpiraban por los muros no era novedad. Laura subía casi todas las noches. Su piel fría y su aliento de niebla eran lo único que no quemaba de aquel verano infernal. Al amanecer, Laura se perdía escaleras abajo, en silencio. Durante el día yo aprovechaba para dormitar. Los vecinos de la escalera tenían esa amabilidad mansa que confiere la miseria. Conté seis familias, todas con niños y viejos que olían a hollín y a tierra removida. Mi favorito era don Florián, que vivía justo debajo y pintaba muñecas por encargo. Pasé semanas sin salir del edificio. Las arañas trazaban arabescos en mi puerta. Doña Luisa, la del tercero, siempre me subía algo de comer. Don Florián me prestaba revistas viejas y me retaba a partidas de dominó. Los críos de la escalera me invitaban a jugar al escondite. Por primera vez en mi vida me sentía bienvenido, casi querido. A medianoche, Laura traía sus diecinueve años envueltos en seda blanca y se dejaba hacer como si fuera la última vez. La amaba hasta el alba, saciándome en su cuerpo de cuanto la vida me había robado. Luego yo soñaba en blanco y negro, como los perros y los malditos. Incluso a los despojos de la vida como yo se les concede un asomo de felicidad en este mundo. Aquel verano fue el mío. Cuando llegaron los del ayuntamiento a finales de agosto los tomé por policías.

El ingeniero de derribos me dijo que él no tenía nada contra los okupas, pero que, sintiéndolo mucho, iban a dinamitar el edificio. «Debe de haber un error», dije. Todos los capítulos de mi vida empiezan con esa frase. Corrí escaleras abajo hasta el despacho del administrador de fincas para buscar a Laura. Cuanto había era una percha y medio palmo de polvo. Subí a casa de don Florián. Cincuenta muñecas sin ojos se pudrían en las tinieblas. Recorrí el edificio en busca de algún vecino. Pasillos de silencio se apilaban debajo de escombros. «Esta finca está clausurada desde 1939, joven —me informó el ingeniero—. La bomba que mató a los ocupantes dañó la estructura sin remedio.» Tuvimos unas palabras. Creo que lo empujé escaleras abajo. Esta vez, el juez se despachó a gusto. Los antiguos compañeros me habían guardado la litera: «Total, siempre vuelves.» Hernán, el de la biblioteca, me encontró el recorte con la noticia del bombardeo. En la foto, los cuerpos están alineados en cajas de pino, desfigurados por la metralla pero reconocibles. Un sudario de sangre se esparce sobre los adoquines. Laura viste de blanco, las manos sobre el pecho abierto. Han pasado ya dos años, pero en la cárcel se vive o se muere de recuerdos. Los guardias de la prisión se creen muy listos, pero ella sabe burlar los controles. A medianoche, sus labios me despiertan. Me trae recuerdos de don Florián y los demás. «Me querrás siempre, ¿verdad?», pregunta mi Laura. Y yo le digo que sí.


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sábado, 6 de mayo de 2023

"Yo no quiero morirme sin saber de tu boca", de AMADA ELSA LÓPEZ RODRÍGUEZ (ESPAÑA, 1943--, d.n.e)

Yo no quiero morirme sin saber de tu boca.
Yo no quiero morirme con el alma perpleja
sabiéndote distinto, perdido en otras playas.

Yo no quiero morirme con este desconsuelo
por el arco infinito de esa cúpula triste
donde habitan tus sueños al sol de mediodía.

Yo no quiero morirme sin haberte entregado
las doradas esferas de mi cuerpo,
la piel que me recubre, el temblor que me invade.

Yo no quiero morirme sin que me hayas amado.

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miércoles, 1 de febrero de 2023

"Yo no quiero morirme sin saber de tu boca", de AMADA ELSA LÓPEZ RODRÍGUEZ (ESPAÑA, 1943--, d.n.e.)



Yo no quiero morirme sin saber de tu boca.
Yo no quiero morirme con el alma perpleja
sabiéndote distinto, perdido en otras playas.

Yo no quiero morirme con este desconsuelo
por el arco infinito de esa cúpula triste
donde habitan tus sueños al sol de mediodía.

Yo no quiero morirme sin haberte entregado
las doradas esferas de mi cuerpo,
la piel que me recubre, el temblor que me invade.

Yo no quiero morirme sin que me hayas amado.




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viernes, 6 de enero de 2023

"Amaltea y Crise", relato de SHAHRUKH HUSAIN (PAKISTÁN, 1950--, d.n.e.)

Relato perteneciente al libro "Mitos eróticos de todo el mundo", de fecha 2002  d.n.e.



AMALTEA

Contaba catorce primaveras. Amaltea me había enseñado las historias de la Cosmogonía, los nombres de los viejos dio ses y diosas, los nombres de los árboles, las flores, los pájaros y las serpientes; las costumbres de los animales salvajes y los domesticables; a leer y a escribir. El placer que Amaltea extraía del conocimiento despertó el mío y perfeccionó mis sentidos y mi memoria.

Todas las mañanas, Amaltea llevaba una cabra a la cueva. Mientras observaba sus suaves manos estirando de las ubres de la cabra, sentía una agitación placentera en mi phallos. Una mañana me acerqué a ella por detrás, mientras la ordeñaba. A tientas, incapaz de resistir el impulso, cogí sus pechos entre mis manos. Casi al instante sentí la sacudida de sus pezones endureciéndose entre mis dedos.

Mientras continuaba ordeñando la cabra, se volvió para sonreírme por encima del hombro.

—Zeus, no estás preparado para satisfacer lo que deseas —dijo.

Inmediatamente retiré las manos con las formas de sus pechos y pezones todavía calientes y lustrosos en mis palmas.

—¡No me has hecho daño, no estés triste! —añadió cuando vio mi cara sonrojada, y se volvió hacia las ubres de la cabra.

Poco después, ese mismo verano, durante un crepúsculo, un fuerte viento comenzó a agitar las aguas. Las bajas nubes errantes se daban caza por la playa, cubrían las laderas para envolver el monte Ida. El ocaso rápidamente se transformó en una densa y negra noche. Una lluvia torrencial comenzó a caer después de que nos hubiéramos ido a la cama.

Mi habitación dentro de la cueva se encontraba en una cavidad adjunta, cerca de la entrada. Los relámpagos parpadeaban a través de las densas nubes que ocultaban la entrada de la cueva, y el estruendo y el retumbar de los truenos impedían conciliar el sueño.

De súbito, durante el destello restallante de un rayo, Amaltea entró corriendo en mi cámara. Temblando y asustada por la violenta tormenta, me preguntó si compartiría con ella mi lecho hasta que los rayos y los truenos hubieran cesado.

La acogí de buen grado. Nos tumbamos muy quietos boca arriba, sin tocarnos, escuchando la furia del viento y de la lluvia y los largos retumbos de los truenos mientras sentía cómo nuestro calor se mezclaba bajo la piel de borrego. El fragor y la violencia de la tormenta aumentaron, por lo que fue imposible conciliar el sueño.

Amaltea susurró que parecía el momento idóneo para enseñarme algo sobre las mujeres y los hombres. Salté del lecho para encender una tea y rápidamente volví a su lado. Se alzó el camisón verde mar hasta las axilas. Lenta y pacientemente, me mostró cómo acariciarle la cara, los hombros, los blancos pechos y los rojos pezones, el denso vello negro de sus axilas y pubis, y la ebúrnea piel de sus nalgas, sus piernas, pantorrillas, tobillos y pies.

Luego guió mi dedo índice hasta tocar el pequeño cuerno húmedo —lo llamó klitoris— en la hendidura de entre sus piernas. Jadeó y me recomendó que siempre fuera delicado y pausado. Cuando ofreció sus pechos a mis labios los besé y chupé los pezones, dejando a un lado cualquier pensamiento, transformando mi mente en un templo de pura y lujuriosa sed.

Continué acariciando el klitoris cuando comenzó, ligera y lentamente, a tantear y a tocar la piel suelta en la punta de mi inflamado phallos. Gemimos de placer mientras la tormenta se recrudecía hasta que gritó en el mismo instante en que mi phallos explotó e hizo que mi cuerpo se sacudiera como los robles que había visto partirse por los rayos. Se estremecía mientras me oía a mí mismo jadear y gemir con el ímpetu de mis poluciones. No me permitió meter el phallos en su konnos, dijo, porque sólo amaba y quería a Meliseo, su marido, para lo que ella llamaba la «caricia suprema».

Le pedí que se despojara del camisón para que pudiera estudiar su cuerpo. Entonces, lentamente, froté su piel con una tela basta para prolongar mi placer. Me sonrió cuando vio que mi phallos volvía a hincharse. Los relámpagos y los truenos disminuían a medida que la tormenta se trasladaba hacia el oeste, de modo que nos abrazamos en silencio y satisfechos antes de volver cada uno a su lecho.

Antes de conciliar el sueño pensé en Gea. ¿Era aquel encuentro tan delicioso con Amaltea un nuevo enigma que me había enviado? ¡De súbito, comprendí cómo Gea, la Madre Tierra, se fecundaba! ¡Invocaba a Cronos para desencadenar una tormenta! Los rayos penetraban su cuerpo allí donde restallaban. Y esos retumbantes y estruendosos truenos no eran más que los jadeos y los gemidos apasionados, como los de Amaltea y los míos, de los pujos crecientes, álgidos y disminuyentes de Gea. Aquella noche dormí profundamente.


CRISE

Con el alba fui hasta la entrada de la cueva justo cuando el sol comenzaba a vetear el cielo nocturno que se desvanecía de rosa y oro. Sentí cómo mi cuerpo sonreía ante los recuerdos de Amaltea. Observé a mi amigo, el halcón que visitaba la ladera que había sobre la cueva todos los días en busca de alimento, retozando en las ráfagas de viento con sus majestuosas alas.

El contorno de la playa había cambiado durante la noche tormentosa. Sin embargo, las lentas y rompientes olas me hechizaron. Desoyendo las reglas impuestas por bien de mi seguridad, corrí hacia la orilla y me sumergí en el agua. Estaba muy fría, pero podría haberme bebido todo el océano en mi estado de euforia.

El capitán Ilos llegó corriendo hasta la orilla, agitando las manos furiosamente para que saliera del agua. Lo hice. Vi que sus labios temblaban entre la severidad y el cariño. Señaló la cueva y dijo:

—¡Zeus, vuelve!

Traté de disimular una sonrisa ante su orden, «¡Zeus, vuelve!», corrí ladera arriba y entré en la cueva.

Ilos me reconvino tranquilamente por quebrantar la norma sobre no deambular por las afueras de la cueva sin un vigilante. Lo interrumpí con un gesto.

—Gracias, seré más cauteloso. Tengo hambre, ¿me acompañas? —le invité.

Comimos juntos, relajados, disfrutando de nuestra amistad.

Más tarde, me tumbé de espaldas junto a la entrada de la cueva, saboreando el cielo, la playa y los colores del mar.

Amaltea me había enseñado las palabras de sonidos placenteros para aquellos colores: zarco, violeta, púrpura, esmeralda, zafiro, crisopacio.

Oí el sonido de las sandalias de Amaltea y olí su fragancia cuando se acercó. Se detuvo detrás de mi cabeza. Me giré para mirar sus sonrientes ojos boca abajo.

—Zeus, tengo que hablar contigo —anunció.

Me levanté y la seguí hasta mi cámara. Habían ordenado mi habitación; no quedaba rastro del encuentro nocturno. Nos sentamos uno frente al otro en las sillas mullidas.

Amaltea parecía más bella que antes. Cerró los ojos, en silencio hizo acopio de valor para lo que estaba a punto de decirme. Cuando los abrió y me miraron, me estremecí ante la fugaz sacudida que me produjo su verde brillante. Habló con un hilo de voz extraño y trémulo. Por mi mente cruzó el pensamiento fugaz de que iba a romper a llorar, pero no lo hizo.

—¡Zeus! Hemos sido amigos desde que no eras más que un niño. Has alcanzado la madurez como ambos sabemos después de lo de anoche.

»Ahora debes aprender la caricia suprema. Estás sorprendido. Lo esperaba, pero, por favor, déjame continuar, no me interrumpas. Ya sabes por qué no te lo voy a permitir conmigo.

»Conque le he pedido a una de nuestras ninfas, Crise, que te instruya en esa caricia. Crise es estéril…

La interrumpí para preguntar:

—¿Estéril? ¿Qué significa eso?

—Significa que no puede traer niños al mundo. Algunas mujeres son estériles durante toda la vida. Crise ha tenido amantes, pero nunca ha concebido una criatura. De modo que podrás disfrutar de sus enseñanzas sin engendrar un niño. También he de decirte que está encantada de haber sido elegida para este cometido.

Recuerdo la débil sonrisa de Amaltea cuando dijo: «este cometido».

—Crise vendrá a tu cámara esta noche, cuando los demás estemos dormidos. Estará bañada y perfumada, por lo que te ruego que tú también te bañes. Debo recordarte que has de ser delicado y atento ante cualquiera de sus deseos. Por favor, no hagas más preguntas. Te veré mañana, por supuesto.

Volvió a sonreír. Luego se levantó y se marchó sin mayor demora.

Al anochecer, encendí una tea en el rincón más alejado de mi cámara. Tenía la intención de ver a Crise libre de la envoltura de la oscuridad. Me bañé y me froté el cuerpo para secarlo, me vestí con una túnica de tacto suave y me tumbé a esperarla.

Aunque había visto a todas las ninfas que trabajaban en la cueva-palacio en alguna que otra ocasión, no sabía sus nombres. Trabajaban en silencio mientras realizaban sus tareas y siempre apartaban los ojos en mi presencia. Traté de recordar sus caras mientras me resistía al sueño.

El susurrante sonido de las sandalias en el suelo de piedra me despertó. La ninfa se detuvo a la entrada de mi cámara. Vi que temblaba ligeramente, aunque estaba cubierta desde la cabeza a los pies descalzos con un grueso manto de piel de borrego con capucha.

Inspiró hondo para controlar el castañeteo de los dientes.

—Soy Crise. Me estás esperando —anunció.

Me levanté del lecho.

—Acércate, no tengas miedo —susurré.

Dio un paso al frente. Era bastante alta, su cabeza me llegaba a la altura de los hombros. Únicamente podía verle los ojos y las delicadas y doradas pestañas. Algunos mechones de cabello escapaban por debajo de la capucha.

Sonreí.

—¿Puedo verte la cara, Crise? —pregunté.

No respondió. Creía que la noche pasaría antes de que susurrara:

—Me complacería que me descubrieras tú.

No dije nada. Nunca antes la había visto, así que debía provenir del palacio de Timbakion. Su largo y dorado cabello se desparramó cuando retiré la capucha y dejé caer el manto de sus hombros al suelo. Estaba desnuda. Bajó la mirada para evitar la mía y le entrelacé los dedos sobre el vientre.

Nunca había visto nada tan hermoso.

—Crise, mírame —dije.

Lo hizo con una débil sonrisa que le curvó los labios. La miré a los ojos con intensidad mientras le acariciaba el cuello lentamente, los hombros, los brazos… Cogí sus pechos entre mis manos y le toqué los pezones rosados tirando de ellos. Moví las manos hacia sus caderas, saboreé su piel con la punta de los dedos. Luego, agarrando las caderas, hice que se diera la vuelta.

Fui bajando los dedos desde la nuca, recorriéndole los hombros, los brazos y la curva que se extendía hacia abajo, hacia el centro de la espalda, hacia la cintura, hacia la hendidura entre las medias lunas de sus nalgas. Me estremecí cuando sentí su calor envolviéndome la mano.

Mi phallos duro emergió por entre la túnica, como si se dispusiera a buscar en su umbría hendidura, pero Crise se dio la vuelta para decir que me desnudaría. Se estremeció con unos pequeños espasmos mientras se agachaba para coger el borde de la túnica. La fue subiendo poco a poco y se detuvo para mirar mi phallos.

—Levanta los brazos —me susurró.

Y me quitó la túnica por encima de la cabeza. Nos acercamos el uno al otro, desnudos, sonriéndonos a los ojos cuando la punta de mi phallos se estremeció con el contacto de su suave y dorado vello púbico.

—¡Qué hermosa eres, Crise! —susurré.

Ella sonrió mientras hábilmente retiraba la funda de mi phallos y dejaba a la vista la cabeza. La envolvió en su suave mano sin dejar de mirarme a los ojos.

—¡Qué hermoso eres, Zeus!

—¿Nos damos calor?

Respondió que sí al instante, fue a mi lecho y se tapó con la piel de borrego hasta la nariz. Vi que sus ojos me sonreían mientras temblaba bajo la manta. Tomé la tea, prendí fuego a los troncos del brasero y lo acerqué al lecho. Sentía que sus ojos seguían mis movimientos por la estancia.

Volví a la cama y retiré la piel de borrego para poder estudiar su desnudez. Sin duda debió de intuir mi deseo porque lentamente se dio la vuelta hasta quedar tumbada de espaldas.

Estiró las piernas, las cerró y cruzó los brazos por debajo de la cabeza para componer una imagen que se grabó a fuego en mi cerebro, la imagen de la hembra esperando el delirio y el éxtasis que ella y el macho pueden ofrecerse mutuamente. Entonces comprendí que Crise se sentía muy satisfecha de sí misma, de su don para dar y recibir placer.

Me tumbé cerca de ella y atraje su cara a la mía, su barriga a la mía, de modo que nuestras narices casi se tocaban. Cuando aspiré su aliento especiado rocé sus labios contra los míos. ¡No sabía yo lo que era un beso!

Sonrió.

Lo llamaré el beso de la palomilla. Y éste es el beso de la abeja —susurró.

Suavemente, movió la lengua para degustar y abrirme los labios en busca de las comisuras. Movió la mano bajo mi phallos para sostener mis colmados testículos. Luego, envolvió mi phallos con la mano y los dedos y lentamente acarició su funda arriba y abajo hasta que mi savia caliente manó a chorros. Gemí con el puro placer de su tacto.

—Sí, y así es como te moverás cuando me hayas penetrado.

—Y tocó la savia derramada sobre su vientre y dejó de acariciarme el phallos para agarrarlo con más fuerza que antes—. Y esto es lo que sentirás cuando mis jugos fluyan —me susurró.

Besé su suave boca con el beso de la abeja mientras mis sacudidas se disipaban. Yacimos entrelazados, en silencio, descansando.

De nuevo susurró:

—Tus testículos volverán a llenarse pronto. Y como ya has liberado esos jugos impacientes, podrás penetrar y acariciar mi konnos durante mucho más tiempo. No fui preparada para un placer tan dulce contigo. Sé que eres un dios, de modo que haré lo que me pidas para que me recuerdes durante todos los días y todas las noches.

Nos tapamos con la piel de borrego y dormimos un rato.

Me desperté con el phallos erecto y palpitante. Estudié su cabello dorado y las brillantes y áureas pestañas de sus párpados cerrados. Abrió los ojos para mirarme y vi cómo el sueño la abandonaba.

—¿Ya? —preguntó.

—Sí —susurré.

Me pidió que dejara la cama y retirara la piel de borrego. Tumbada de espaldas, alzó los brazos hacia mí mientras abría las piernas lentamente y elevaba sus nalgas de modo que pude ver el vello dorado y húmedo que apenas ocultaba el secreto de su konnos. Luego, lentamente, cerró las piernas y dobló las rodillas. Alzando las caderas abrió las piernas e hizo un ondulante gesto con los dedos de los pies.

—Ya —dijo.

Comprendí que deseaba que pusiera mis hombros debajo de sus rodillas de modo que mi pecho e ingle tocaran la parte posterior de sus piernas y sus nalgas cuando la penetrara. Así lo hice, tan despacio como pude controlar mi cuerpo agitado. Ella, delicadamente, impulsó sus caderas ayudándome a abrirme camino hacia su interior hasta que mi phallos se convirtió en la raíz y el tronco de mi ser.

Le acaricié los pechos, trabé los brazos alrededor de sus piernas, y comencé a embestirla como todos los machos en persecución de la divinidad mientras ella mecía las caderas para emparejar los ritmos de mi caricia ciega, para transportarse conmigo a la agonía desbordante del orgasmo.

Le lamí la espalda y saboreé la deliciosa sal de nuestro sudor mezclado. Lentamente, dejó resbalar las piernas por mis brazos sudorosos y susurró:

—Por favor, quédate, no te retires.

Tenía las mejillas húmedas de lágrimas. La besé con el beso de la abeja.

A medida que nuestra respiración se hacía más acompasada, sentí cómo mi phallos se henchía lentamente, profundo y voluminoso dentro de ella. Quería saberlo todo. Lo que no pudiera ver, lo tocaría.

Ella sonrió de placer cuando mi dedo llevó una caricia a la entrada de su konnos. Le agarré las nalgas, las pellizqué y las acaricié, luego moví las manos debajo de su espalda para recorrerle los músculos y la columna. Cerró los ojos imaginando las inspecciones de mis dedos. Cuando acaricié un lugar placentero de repente abrió los ojos, sorprendida, con la mirada perdida. En aquellos momentos sus ojos se transformaron en profundos océanos dorados.

Envuelto en su konnos, inmóvil, mi phallos palpitó, impaciente. Ella volvió a respirar hondo.

Como si poseyeran voluntad propia, mis caderas volvieron a embestir con aquella caricia suprema. Los ojos de Crise se abrieron aún más y mi erección se hacía cada vez más contundente. Se agarró de mis hombros y alzó la cabeza para contemplar nuestra cópula. Cuando me ofreció su boca en un beso delirante entramos en erupción juntos como volcanes gemelos, jadeando y gimiendo. Nos derrumbamos en un profundo sueño.

Me desperté antes del alba y, con suavidad, la fui despertando a ella, ascendiendo ambos a un clímax diferente aunque indescriptiblemente dulce. Yo, un dios, y Crise, una ninfa, habíamos sido —¡demasiado fugazmente!— transformados en nuestras esencias, macho y hembra. Volvimos a sumergirnos en el sueño.

La guié para que se sentara en mi regazo cerca del brasero y froté su maravillosa piel con una prenda templada. Hundió las manos en su cabellera y alzó los brazos, revelando las secretas frondas doradas de las axilas, grabando a fuego la imagen de su desnudez en mi memoria.

Le pregunté si volvería a visitarme. Ella me cogió y me acarició los testículos con suavidad. La acaricié y le besé los pechos hasta que respondió:

—Sí, siempre que lo desees.

Sonrió cuando la ayudé a envolverse en el manto. Nos miramos a los ojos en silencio y nos besamos suavemente con el beso de la palomilla antes de que se diera la vuelta para salir de la cueva.

El mar en calma, a lo lejos, reflejaba los rosas y azules pálidos del cielo durante el alba.

¡Crise! ¡Inolvidable, hermosa Crise!




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lunes, 2 de enero de 2023

"Soneto: Amor ante un piranesi", de PERE GIMFERRER TORRENS (ESPAÑA, 1945--, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Amor en vilo", de fecha 2006  d.n.e.



No podría vivir si por ti no viviera,
si por tu hermafrodita resplandor de blancura
en tu lengua no hallase la dulzura que cura,
la dulzura que apura todo lo que yo fuera.

No podría vivir si tu boca no abriera
para guardar mi sexo tu claridad oscura,
por besar mi raíz de placer que es tortura,
las compuertas abiertas por arar en mi era.

En cruz de San Andrés entregado me tienes,
te he legado mis años como si fuesen bienes,
te he legado mi vida por llegar hasta aquí;

me has sorbido la vida como la piel desnuda,
todo lo que yo he sido hoy por ti se trasmuda:
he vivido tan sólo para entregarme a ti.





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viernes, 23 de diciembre de 2022

"Soneto: De puntillas", de JOSÉ LUPIÁÑEZ BARRIONUEVO (ESPAÑA, 1955 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Pasiones y penumbras", de fecha 2014  d.n.e.



"La chica pálida", de Bruni Di Maio


Viene hacia mí, se acerca, con tacones de aire
y sus brazos desnudos ciñen ya mi cintura…
Ahora mi piel husmea, me muerde, me tortura
dulcemente, sin saña, con fingido desaire.

Sus largas uñas rojas escriben al desgaire
mensajes en mi espalda, que perdió la cordura;
en el cuello sus dientes dejan la marca oscura
que el amor se imagina, con el mejor donaire.

Y me tiene en sus brazos, siento sus labios lentos,
que a mis labios susurran dolientes imprudencias,
pues por su frente claman briosos pensamientos.

Yo la rapto sin pausa y beso sus turgencias


y la tiendo en el tálamo de los dulces momentos,
que el momento requiere perdamos las conciencias.




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miércoles, 21 de diciembre de 2022

"Soneto: La foudre", de PERE GIMFERRER TORRENS (ESPAÑA, 1945--, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Amor en vilo", de fecha 2006  d.n.e.



Tu rayo arrojas, rayo arrojadizo,
el rayo de tu rubio cincelado,
el rayo que en tus ojos eternizo,
porque tus ojos me han eternizado.

Yo viviré porque tú me has mirado,
lava de oro en lluvia de granizo,
yo viviré del mármol huidizo:
soy por lo blanco de tu cuerpo arado.

Arado soy, como ara la alborada
el crepúsculo en ruinas de la nada,
el coto de la noche que regresa

a sus cavernas, como cuando besa
mi labio esta tu frente iluminada,
tu piel que vive con fulgor de fresa.




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viernes, 16 de diciembre de 2022

"Carta abierta. I", de JUAN GELMAN BURICHSON (Argentina, 1930-2014 d.n.e.).

Poema perteneciente al libro "Carta abierta", de fecha 1980  d.n.e.



hablarte o deshablarte/dolor mío/
manera de tenerte/destenerte/
pasión que munda su castigo como
hijo que vuela por quietudes/por

arrobamientos/voces/sequedades/
levantamientos de la ser/paredes
donde tu rostro suave de pavor
estalla de furor/a dioses/alma

que me penás el mientras/la dulcísima
recordación donde se aplaca el siendo/
la todo/la trabajo/alma de mí/
hijito que el otoño desprendió

de sus pañales de conciencia como
dando gritos de vos/hijo o temblor/
como trato con nadie sino estar
solo de vos/cieguísimo/vendido

a tu soledadera donde nunca
me cansaría de desesperarte/
aire hermoso/agüitas de tu mirar/
campos de tu escondida musicanta

como desapenando la verdad
del acabar temprano/rostro o noche
donde brillás astrísimo de vos/
hijo que hijé contra la lloradera/

pedazo que la tierra embraveció/
amigo de mi vez/miedara mucho
el no avisado de tu fuerza/amor
derramadísimo como mi propio

volar de vos a vos/sangre de mí
que desataron perros de la contra
besar con besos de la boca/o
cielo que abrís hijando tu morida




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martes, 6 de diciembre de 2022

"Pienso, mientras contemplo el tejado", de ANTONIO COLINAS LOBATO (ESPAÑA, 1946-- d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Del libro de ocios de un eremita alpino", de fecha 1972 d.n.e.



Pienso mientras contemplo el tejado 

empapado de sangre y noche abierta: 
«Mi oración es inútil y es incierta 
la palabra en mi labio enamorado». 

Detrás de la cancela veo hollado 
por lobos el sendero, y entreabierta 
la jaula de los pájaros, y yerta 
bate la rama el ventanuco helado. 

Y quisiera escapar, pues son carnales 
aún mis sueños y nada me conmueve 
ser piadoso si vivo como roca. 

La que me aliviaría de mis males 
hoy tampoco vendrá sobre la nieve 
a comulgar mi alma con su boca.


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viernes, 2 de diciembre de 2022

"Buscar la luz", de MANUEL GAHETE JURADO (ESPAÑA, 1957--, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Nacimiento al amor", de fecha 1986  d.n.e.



Buscar la luz
no es más que desearte,
no es más que traspasar tu carne densa,
avivar el deseo de lo no percibido,
las acequias de fuego donde sucumben siempre
las últimas palabras.

Buscar la luz
es verte diluida
en trance del amor,
ajena a estatua o diosa,
es seguirte las huellas herbáceas y maduras
de una tierra agostada que palpita y que besa,
de una tierra agostada preñada en sus raíces
con feraz alimento para bocas que buscan.

Buscar la luz
es darme por entero a la vida.
No existe otra manera de acercarme a tu espejo,
morada inexpugnable de los dioses
que temen
que en mi encuentro contigo sus oros palidezcan.
Es darme por entero
o perder la partida,
darme a beber en sangre o vino
a quien me anuncia.

Buscar la luz
es siempre
avivar el deseo,
horadar en la carne como fúlgida espada,
taladrar piedras, rocas,
agrietar los cristales,
demolerse en espumas,
babelizarse en éter.
Es hundirse en el cosmos febrectante del sueño
donde afirma tu vientre el agua rescatada,
donde afirma la boca la verdad que no existe
más que en la carne muerta o en un acto de vida.

Buscar la luz
es darme por entero a la vida
sin lógica o razones,
en dura fe desearte,
desnudarme del cuerpo para arder en el tuyo,
cegarme,
redimirme,
ser el mundo en tus ojos.

Buscar la luz,
¡la luz...!
en este éxtasis
una oración desciende desde Dios a los hombres.



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jueves, 1 de diciembre de 2022

"Volver a creer", Capítulo XXXII, de KRISTI ANN HUNTER (EE.UU., Siglo XX-XXI, d.n.e.)

Capítulo perteneciente al libro "Volver a creer", de fecha 2019  d.n.e.



CAPÍTULO XXXII.

(...) En ese momento supo que ella estaba a punto de salir corriendo.
Si se iba ahora, enterraría todos esos sentimientos y volvería a construir el muro en su interior, aunque mucho más alto y sólido. Y él nunca encontraría la forma de romperlo.
Lo que acababa de descubrir había acrecentado sus sentimientos hacia ella hasta el punto de no poder ocultarlos. Albergaba la esperanza de convencerla para que mantuviera los suyos también a la vista.
Se movió hacia un lado para bloquearle el camino mientras ella rodeaba el sofá. Se chocaron con tanta fuerza que a él le costó mantener el equilibrio y ella estuvo a punto de caerse. La sujetó con ambos brazos y la atrajo hacía sí hasta que recuperó el equilibrio. Entonces William bajó los brazos, pero no se apartó. La mujer disponía de espacio suficiente para retroceder e ir hacia la puerta por otro lado. Imploró que ella no quisiera escapar de aquello.
Fuera lo que fuese.
Daphne enderezó los hombros y retrocedió medio paso. Todavía estaba lo suficientemente cerca para poder tocarla. Lo suficientemente cerca para sostenerla.
Si se lo permitiera…
—¿Qué quieres de mí? —preguntó ella en un murmullo.
¿Qué quería? Durante muchas semanas lo único que había querido era la verdad, pero ahora que lo había conseguido, anhelaba más. Quería conocerla, no solo conocer su pasado. Quería que fuera una mujer a la que pudiera cortejar, alguien que se alegrara de construir una vida tranquila junto a él.
Pero sobre todo deseaba tener la certeza de que no estaba solo en aquel enamoramiento. No quería ser el único que se quedara mirando al techo por la noche, preguntándose si podía haber actuado de otra forma ese día.
—Quiero que dejes de correr.
—Hay una casa de la que tengo que ocuparme.
—Puedo contratar otra sirvienta.
Daphne frunció el ceño.
—Ya has contratado a medio pueblo.
William se rio al pensar en la cara que pondría Daphne si se enteraba de todo el personal que tenía en el condado de Wilt.
—No tanto. Y estoy seguro de que hay más jóvenes que necesitan trabajo.
—Pero ¿por qué?
—Porque no puedo dejar de pensar en ti. —Levantó la mano despacio, contemplando su rostro mientras ella le miraba la mano. Al ver que no se alejaba, le apartó con suavidad un rizo de la mejilla—. Incluso desde antes, cuando todavía no sabía que no eres la persona que yo creía.
La vio esbozar una media sonrisa antes de bajar la mirada.
—¿No esperabas que tu ama de llaves fuera la hija indigna de un caballero, que se escondió en el campo y cuidó a su hijo secreto y a otra docena de niños ilegítimos en tu casa y sin permiso alguno?
Usó la misma mano con la que le había retirado el mechón para obligarle a alzar la barbilla y que pudiera ver la sinceridad con la que iba a hablarle.
—No eres indigna ni estás arruinada. Ni tienes nada que ver con ninguno de esos horrendos adjetivos que sueles llevar encima como si de un delantal se tratara. Nunca he visto a una mujer con más honor que tú. Has dedicado tu vida a cuidar de los demás, renunciando a todos los lujos que conocías para que esos niños pudieran salir adelante.
Alzó la otra mano para acariciarle la mejilla. La mujer tenía los ojos húmedos, estaba a punto de romper a llorar.
Pero no lloró, ni siquiera sollozó. Y tampoco se apartó.
William soltó un suspiro.
—Daphne, quiero que sepas que estoy aquí, justo aquí, ahora mismo, en esta habitación, contigo, porque es aquí donde quiero estar.
Ella arqueó ambas cejas.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque esta vez, cuando vaya a besarte, quiero que no te quepa la más mínima duda de que es real.
William se detuvo para tomar aliento, contemplando su cara, sus ojos, en busca de cualquier señal de pánico. Era consciente, demasiado consciente, del inmenso abismo social que se interponía entre ellos. Para el resto del mundo él era el dueño y señor, el que ostentaba todo el poder en esa estancia. Pero lo que nadie sabía era que en ese instante era él el que estaba a merced de Daphne. Podía pedirle que se marchara y él lo haría de inmediato. Haría las maletas y se mudaría a cualquier otro lugar, porque no podía imaginarse aquella casa sin ella.
Daphne parpadeó. La vio morderse el labio inferior durante un momento y tomar una profunda bocanada de aire que hizo que sus hombros subieran y bajaran lentamente.
Pero no se fue.
Y le mantuvo la mirada. Incluso cuando él empezó a bajar la cabeza.
William cerró los ojos mientras acercaba su boca a la de ella y el tiempo pareció detenerse. Lo primero que notó fue su aliento, e inmediatamente después la suavidad de sus labios.
El tiempo dejó de importar. Se vio abrumado por la necesidad de atraerla hacia él, de hacerla parte de él. Deslizó las manos por su delicado cuello y los hombros, y cuando sintió la suave presión de las manos de ella contra ambos costados y el cambio en la presión del beso al ponerse ella de puntillas, la acercó más y la abrazó. Ese beso superaba sus expectativas, era más de lo que alguna vez se había atrevido a soñar. Nunca creyó que un simple beso pudiera significar tanto.

Ya no era un simple beso. Había dejado de serlo cuando sus cuerpos se habían juntado.
Se separó y luego apoyó el rostro en su cuello y en el borde de su desgastado vestido de muselina. Notó su aliento, mientras él se esforzaba por respirar y apreciar su olor. Sintió las manos de la mujer ascendiendo por sus hombros para, segundos después, aferrarse a ellos, tratando de acercarse más. Podían ir más allá. No iba a dejarla marchar. No ahora, no cuando por fin había conseguido que bajara la guardia y le demostrase que compartía sus sentimientos. No sería la primera vez para ninguno de los dos. Podían ir un poco más allá, compartir un poco más, no cruzarían ninguna línea en la que no hubieran tropezado antes.
Pero no se trataba de eso.
Estrechó a Daphne mientras apoyaba la cabeza en su hombro. Intentaba deshacerse de la idea de que podía tener todo lo que quisiera en ese mismo instante. Y probablemente fuera cierto.
Ella estaba temblando igual que él.
Pero Daphne se merecía más. Los dos se merecían más.
El amor, si es que eso lo era, se merecía más.
Algo más que pasión, algo más que un momento.
Se merecía toda una vida.
Y el miedo a no poder encontrar una forma de conseguir que aquello sucediera no era excusa para tomar todo lo que pudiera ahora, aunque ella se lo ofreciera libremente.
Siguió abrazándola, mientras sus respiraciones se apaciguaban. En cuanto Daphne se diera cuenta de lo que había pasado, de lo que podía haber pasado, iba a atormentarse por la culpa y él no sabía cómo evitarlo.
Así que la abrazó, esperando que ese momento de conexión le hiciera ver que significaba mucho más para él que cualquier placer físico fugaz.
Y entonces notó cómo se tensaba entre sus brazos.
William volvió la cara hacia ella y, entre sus rizos, le susurró al oído: —No. Por favor, no. —Aspiró tembloroso—. Por favor, no te arrepientas de lo que hay entre nosotros. Yo… no volveré a besarte hasta que veamos adónde nos conduce esto, pero por favor, por favor, no te arrepientas de lo que nos hacemos sentir.
Sin dejar de abrazarla, esperó hasta que ella se relajó un poco y asintió. Y cuando la soltó y dio un paso atrás, Daphne le rozó los hombros con una breve caricia.
Su rostro reflejaba tantas emociones que fue incapaz de descifrarlas. Puede que ni siquiera supiera lo que estaba sintiendo en ese momento. Él mismo era incapaz de entender todas las emociones que bullían en su interior. Entre la revelación de lo que había pasado en Haven Manor y el beso, estaba aturullado. Lo único que sabía era que quería a esa mujer en su vida. Y hacía mucho tiempo que no quería que alguien formara parte de su vida.



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martes, 29 de noviembre de 2022

"Palabras para una mirada", de FRANCISCO BRINES BAÑÓ (ESPAÑA, 1932-2021. d.n.e.)



Miras, con ojos luminosos,
mientras hablo, mis ojos. Los cabellos
son fuego y seda,
y el rosa laberinto del oído
desvaría en la noche,
acepta las razones que doy sobre una vida
que ha perdido la dicha y su mejor edad.
¿Cómo me ven tus ojos? Yo sé, porque estás cerca,
que mis labios sonríen,
y hay en mí delirante juventud.
Inocente me miras, y no quiero saber
si soy el más dichoso hipócrita.
Sería pervertirte decir
que quien ha envejecido es traidor,
pues ha dado la vida
o dado el alma,
no sólo por placer, también por tedio,
o por tranquilidad;
muy pocas veces por amor.
He acercado mis labios a los tuyos,
en su fuego he dejado mi calor,

y emboscado en la noche
iba espiando en ti vejez y desengaño.




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jueves, 17 de noviembre de 2022

"Soneto: Del regreso imposible", de WILLIAM OSPINA BUITRAGO (COLOMBIA, 1954--, d.n.e)

Poema perteneciente al libro "Una sonrisa en la oscuridad", de fecha 2007  d.n.e.



Años de soledad, años de prisa.
La pirámide, el ala y el desgaste.
Después de aquellos años regresaste,
iguales la belleza y la sonrisa.

Algo sentí, no sé por qué, desierto,
y era por eso, al fin, que había llorado.
Algo en tu corazón había cambiado,
imperceptible casi, pero cierto.

Algo dejaba aquella dicha trunca:
tu amor, el que se fue, no volvió nunca,
por él tiembla la boca que te besa.

Alguien llegó, con cosas del pasado,
alguien que habla de ayer ha regresado,
pero aquel que se fue jamás regresa.




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lunes, 14 de noviembre de 2022

"Soneto: Senso", de PERE GIMFERRER TORRENS (ESPAÑA, 1945--, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Amor en vilo", de fecha 2006  d.n.e.



Me besaste las manos, y en lo oscuro
el limón de la noche despertada
(fraguada donde fragua la mirada
el azul veneciano de carburo)

abismaba en mis palmas el conjuro
(palmista quiromante) en la besada
tiniebla de mi mano derramada
sobre tus manos
, luego, de oro puro.

Tus manos en mis manos, y mi palma
después en tu rodilla, y toda el alma
rendida en nuestras manos que se enlazan;

a tientas estas manos hoy se cazan,
a tientas no recobrarán la calma
si en el palpar no se desamordazan:

si, piel con piel, la claridad del día
no nos reúne en su trompetería.





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miércoles, 9 de noviembre de 2022

"Nacimiento acuático de un hombre", de MICHEL HOUELLEBECQ (FRANCIA, 1958--, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "El sentido de la lucha", de fecha 1996  d.n.e.



Primero está ese acto que bien se ha de calificar de carnal,
A falta de un término mejor
Acto en el que, sin embargo, comprometemos buena parte de nuestros recursos espirituales
Y de nuestras creencias
Dado que nosotros creamos las condiciones, no solamente para un ser, sino también para el mundo, de un nuevo nacimiento,
Nosotros fijamos su inicio y tal vez su término.
Luego está esa especie de ser animal
Que resulta muy difícil de relacionar con la mujer
Tal y como la conocemos
Me refiero a la mujer de nuestros días,
Esa que coge el metro
Y que no es ya capaz de amor alguno.
Está ese gesto del beso que remonta de forma tan natural hasta los labios y las manos
Ante el objeto arrugado que sale
Que estaba protegido todavía hace unos instantes
Que acaba de caer brutalmente en dirección a lo humano
De forma irremediable
Y lloramos, también nosotros, esa caída.

Está esa especie de creencia en un mundo liberado del mal
Y de los gritos, y del sufrimiento,
Un mundo en el que encarar el horror del nacimiento
Como un acto amistoso
Me refiero a un mundo donde se pudiera vivir
Desde el primer instante
Y hasta el fin, hasta el término natural;
Tal mundo no está en ningún caso descrito en nuestros libros.
Existe, en potencia.




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martes, 8 de noviembre de 2022

"La casa de los encuentros", de MARTIN AMIS (INGLATERRA, 1949--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "La casa de los encuentros", de fecha 2006  d.n.e.



TERCERA PARTE. CAPÍTULO V. SANGRE EN EL HIELO.

(...) En el pasado, innúmeras veces, como todo varón ruso, me había visto solicitando a una mujer a todas luces ebria hasta el desvalimiento. Ninguna falsa delicadeza me disuadiría, entonces, de solicitar a una mujer que se encontraba en pleno síndrome de abstinencia alcohólica. Empecé por despojarme de determinadas prendas, para ponerme un poco a la par con mi invitada; el siguiente paso fue tenderme junto a ella. No se ajustaría a la verdad afirmar que Zoya estaba dormitando. Al igual que la mayoría de mis compatriotas, yo era un tanto versado en el delirium tremens —el «mono» y el elefante rosa—. Y lo que veía en ella era uno de esos comas superficiales que normalmente preceden a la recuperación. Zoya cooperaba profundamente con el sueño, se abandonaba a él, respiraba con avidez, y tenía la frente tersa.
Debe de haber muy pocas mujeres que, en un primer encuentro amoroso, se alborocen ante el amante inconsciente. Acaso tampoco sea algo del agrado de muchos hombres, pero sin duda tiene sus adeptos potenciales. De momento nada podría haberme venido mejor. Zoya estaba tendida sobre un costado, y me daba la espalda; entonces se desplazó hacia un lado con un giro de caderas, y quedó boca abajo en la cama.
Así, dio comienzo el inventario. Cada uno de los omóplatos, cada prominencia del espinazo, cada costilla. Una vez transcurrido un tiempo razonable se dio la vuelta y quedó boca arriba. Del recto al verso. ¿Entiendes? Tendría que averiguar qué le habían hecho los hombres en cada parte del cuerpo. Tendría que descubrir el historial, la picaresca completa de ambos pechos, de ambas nalgas, de aquellas piernas que tantas veces se habían abierto, de aquellos labios que tanto habían besado y chupado. E incluso empezaba a pensar que los dos tendríamos que vivir una vida larga. Zoya y yo necesitaríamos llegar a longevos para poder completar nuestra tarea.
El sostén sin tirantes (o bustier), que ya me había tomado la libertad de desabrochar, pasó de debajo de la combinación a mis manos. Asimismo, la aplicación paciente de la rodilla izquierda me valió una victoria sobre los muslos, que terminaron por separarse, laxos, lo que hizo que el dobladillo de la combinación fuera ascendiendo centímetro a centímetro hacia el retazo de blanco más blanco.
Fue entonces, al aprestarme yo a husmeos y hurgamientos, cuando Zoya empezó a moverse. Pequeños seísmos locales, con epicentro en las pantorrillas o en los antebrazos, se propagaban por las placas de su cuerpo. Partió de ella un leve sonido, nasal, un gemido suave; era como una perra temblorosa que en su cesta, en sueños, persigue gatos y coches. En mi interior la atmósfera era la de un día canicular en pleno invierno: calidez, gratitud, la conciencia postergada de lo antinatural.
Empecé a besarla en los labios. No era la primera vez, a fin de cuentas. Yo ya la había besado. Y ella me había besado a mí. Ahora volvíamos a besarnos. De pronto emergió de las profundidades, toda ella, en un instante: los brazos que asían, la lengua que me inundaba la boca, el empuje sincopado de las ingles. Pensé, con un murmullo de pánico: no bastará una noche. Una riada tal… —ni en una noche, ni en un año empezaría siquiera a darle cauce.
—Oh, joder…, sí —dijo.
Así, Venus, tuve varios segundos de ello. Tuve varios segundos de ello… Y entonces abrió los ojos. Y se despertó.


Supongo que lo mejor que se puede decir de lo que sucedió a continuación es lo siguiente: técnicamente hablando, no fue una violación desde el principio. Y ocurrió muy rápido. Zoya abrió los ojos y vio, a escasos centímetros de distancia, una aterradora alucinación: era yo, Delirium Tremens. Había tenido un mal sueño, luego un buen sueño, luego una aterradora alucinación. Ahora veía la realidad, y aquel cuerpo apresado bajo mi peso acometió un combate furibundo. Pero yo recordaba cómo se hacía. ¿Sabes?, recordaba cómo se hacía: la pesada palma sobre las vías respiratorias, mientras la otra mano… En un momento dado dejó de luchar, y fingió estar muerta. Fue muy rápido.
Para comprenderla, en este último pasaje, te ruego que excluyas de tu pensamiento cualquier imputación de teatralidad. Su actitud no era ni siquiera alusiva; no conducía a ningún sentido. Era una mujer misteriosa. Eso es lo que era.
Pero primero hube de permanecer en aquel lecho, con la mirada fija en la pared de enfrente, mientras la oía en el cuarto de baño, mientras oía cómo se movía bruscamente con todos los grifos abiertos, cómo descorría las cortinas de la ducha, el golpe de la tapa del inodoro y los repetidos vaciados de la cisterna. Se abrió la puerta; y empecé a distinguir los sonidos familiares a todo hombre, los sonidos de la mujer o de la amante que, con autosuficiencia callada (y envuelta en una toalla, quizá), recoge y organiza su ropa. Después la guía de la puerta corredera. Venus, el orgasmo masculino, el clímax del varón: solamente el violador conoce lo ínfimo que es. Me vestí, y fui hacia ella.
Zoya estaba de pie en la oscuridad, junto a la butaca en la que había dejado el abrigo, el gorro, las botas de goma. Tenía puestas las medias y el bustier, y nada más —como una mujer galante, pero inocente de todo cálculo y sensualidad seductora—. En la mano levantada sostenía la falda, y se humedecía un dedo para quitar un hilo o mota de la tela. Mientras se vestía metódicamente, y cuando acto seguido se sentó, con la espalda erguida, para maquillarse, yo me movía a su alrededor frotándome las manos. Sí, traté de hablar; de cuando en cuando emitía roncamente media frase de servilismo lastimero o de súplica. Una o dos veces su mirada reparó fugazmente en mi persona, sin reproche alguno, sin interés, sin reconocimiento. Zoya apenas emitía, a intervalos de unos diez segundos, una especie de bufido en absoluto enfático, pero de una puntualidad enloquecedora. Como cuando un niño descubre una nueva habilidad bucal —contener el aliento, hacer ruidos con los labios.
Un nuevo sentimiento nacía en mí. Al principio creí que al menos me resultaba vagamente familiar; algo, supuse, más o menos manejable —no muy diferente, quizá, al de un modo completamente nuevo de sentirse muy enfermo—. Me senté a la mesa, bajo la luz, y examiné detenidamente este «nacimiento». Era la invisibilidad. Era el dolor de la persona que fui.
Ya vestida —con abrigo y sombrero—, Zoya salió de las sombras. Estaba de pie, de perfil, al alcance de la mano. Transcurrió un minuto. Supe que estaba dándole vueltas a algo, a algo grave; y supe que yo no formaba parte de sus pensamientos. Cogió uno de los vasos altos y lo sacudió para quitarle el agua. Inclinó sobre él la panzuda licorera, se sirvió diez, doce centímetros y apuró el contenido en cuatro o cinco tragos. Se estremeció hasta las yemas de los dedos, soltó un bufido, espiró, volvió a bufar y se dirigió hacia la puerta.
Y ahora el fundamento del «agravio». Venus, corre rauda al diccionario a mirar «agravio»… Buena chica. Recuerda: cada visita suma una neurona.



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lunes, 7 de noviembre de 2022

"El cielo es aún azul", de ANTONIO COLINAS LOBATO (ESPAÑA, 1946-- d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Noche más allá de la noche", de fecha 1980-1981  d.n.e.



El cielo es aún azul, mas ya humea el Vesubio
tras los mínimos huertos sembrados de jilgueros.
Tiene la tierra fiebre de ese espeso sol rubio
que enardece la sangre y filtran limoneros.
Está firme aún el mármol y, seguros, los besos
en los besos se sacian de bocas prodigiosas.

Larga vida al amor, a los cuerpos ilesos
que, esperando a la noche, van libando las rosas.
Despacio, muy despacio, la luz última, que arde
en el agua que tiembla en el estanque umbroso.
Luego, viene un silencio abatiendo la tarde,
arrastrando los cuerpos hacia el mar tenebroso.
Tiembla también la vela en los ojos del sabio
que acaba un manuscrito, y en una copa el vino
luctuoso reposa, y ya espera su labio
el poso del veneno que lo hará ser divino.

De unos huyen las naves, de otros restan hundidas
las manos en el oro fugaz con vano empeño.
Se van quienes aún forjan ilusiones perdidas;
se quedan los beodos por la pasión y el sueño.
Al fin, se pone el cielo todo negro y se inflama,
bola de pus, el sol como el ojo quemado
por un tizón del cíclope, que furioso derrama
por su boca ceniza sobre el campo arrasado.
Del Imperio y sus ruinas han hecho sepultura
—bajo el manto de azufre y de la lava ardiente—,
dos cuerpos juveniles, la carne húmeda, dura,
que aún se besa, se abraza, se penetra doliente.




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