lunes, 17 de febrero de 2020

"El perfume escondido en el corazón de la rosa", de EVELYN DOUGLAS, seudónimo de JOHN BARLAS (INGLATERRA, 1860-1914, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Sonetos de amor", de fecha 1889  d.n.e.



El perfume escondido en el corazón de la rosa;
la dulzura interior de un sueño; el grito
de tristeza que se escapa en un suspiro,
el amor en un beso; la contraparte espiritual

de un súbito movimiento del ojo,
o las luces que en los labios nacen y mueren,
llamadas sonrisas: Busca en tu pecho lo más sagrado
que mora en tus pensamientos, realizándolos,

un alma en el cuerpo de tu habla:
Luego yo en ti, tú en mí, superficial,
y el cielo en ambos, y ambos al alcance del cielo:
cielos en nuestro corazón y cielos a nuestro lado.

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viernes, 14 de febrero de 2020

"El beso", de REGINA ALCAIDE DE ZAFRA (ESPAÑA, 1873-1913, d.n.e.)

Cuento perteneciente al libro póstumo "Todo amor: cuentos", de fecha 1913  d.n.e.



"La ola", de Guillaume Seignac


Cerca de un castillo gótico y en el ángulo de fértil valle que a sus pies se extiende, espejean las aguas de un lago azul, que resalta entre la verdosa florescencia como un claro zafiro.

La tranquila serenidad de sus aguas es sólo turbada por la estela de un esquife, en el que va la enamorada y pálida princesa Nirma . Sus ojos son azules como las ondas del lago; su traje es del suave matiz del jacinto, y sus cabellos rubios, partidos en dos trenzas, cáenle sobre los hombros como labradas cintas de oro.

Absorta va leyendo un libro, que le descansa en las rodillas, mientras el anciano barquero de la pequeña nave hunde rítmicamente los remos en las azuladas linfas, y la capa cristalina de que vienen cubiertos al salir de nuevo a la luz, despréndese a lo largo de ellos como diamantes desgranados de un collar.

Los árboles ribereños, impelidos por un viento suave, inclínanse reflejando sus movibles copas en el lago. Tórnase pálido el vivo azul del cielo. Y las nubes, que antes lucieran un perlino matiz, enrojecen, al par que el sol, cual deslumbrante hostia de oro, ocúltase tras las cercanas montañas.

La princesa cierra el libro, y su alba mano, que luce anillos de esmeraldas, turquesas y rubíes, destaca sobre el apergaminado cierre del in folio como el cincelado broche de un bizantino misal.

En triste soñolencia va invadiendo su espíritu la dulce paz melancólica del crepúsculo, y en süs párpados tiemblan las lágrimas.

Por disipar su amargura, entona el viejo remero alegre canción. Mas ¡ay! que la princesa guarda en su alma un pesar que ahuyenta la sonrisa de los labios y borra de los ojos el brillo de la alegría...

En el príncipe Oscar, a quien adora, sólo ve desamor. Por eso nunca sonríe. Por eso está pálida. ¡Por eso siempre llora!...

La noche que avanza les hace volver hacia el castillo. Al pasar frente a un remanso, creen distinguir entre la penumbra, allá en su límite, una figura blanca. Y al acercarse, ven con honda emoción, es una linda pastora que yace en la ribera, desfallecida.

Transportada a la barca, condúcenla secretamente al castillo, depositándola, cuidadosos, en el lecho de oculta estancia, a fin de que nadie se dé cuenta de la desgracia en aquella noche de fiesta, en la que su padre invitara a su mesa al príncipe Oscar.

Penetró luego en su aposento, y engalanándose con rico traje blanco velado por un tul de oro, se dirigió al salón del banquete.

Al cruzar frente al intercolumnio de una galería, que cerraba pesado tapiz, escuchó al príncipe que, con voz de infinita tristeza, contábale a uno de sus nobles amigos, cómo había recibido el escrito de una pastorcilla a la que él mucho amaba; la que no ignorando que su pasión por ella le detenía en realizar el pactado enlace con Nirma, en un rapto de abnegado amor, arrojándose al lago, brindábale, con el sacrificio de su vida, la libertad de que creía dependiese su felicidad... Y añadía sollozante, que aquel cuerpo adorado flotaría en la negra noche sobre las dormidas aguas, y que anhelaba recogerlo para depositar en los amados labios un último beso de amor ...

Nirma desfallecía ante la revelación cruel, pero haciendo un esfuerzo supremo penetró, en el salón del convite con el corazón palpitante y el alma desolada.

El banquete fue triste. El príncipe callaba melancólico. Nirma, pálida y silenciosa, parecía estar de allí ausente en espíritu. Y al terminar la cena, sin escuchar el concierto que luego había de seguir, besando a su padre en la frente, retíróse.

Presurosa corrió a la estancia donde quedara la pastorcilla; convencida de que sólo sufría un desvanecimiento, salió, y subiendo a un torreón del castillo, salvó el adarve y lanzóse al espacio, yendo a sepultarse en las aguas del lago, que por aquella parte besaban la muralla señorial.

**************

Pasada era ya la media noche, cuando el príncipe Oscar, seguido por dos de sus amigos, recorría angustiado las márgenes del lago silencioso, en cuyas aguas muertas copiaba su faz lívida la luna... De pronto, uno de los caballeros, gritó... Acudieron los otros, y el príncipe, desolado, contempla casi exánime a Nirma, que le dice puede libremente amar ya a su pastora, a quien ella ha salvado... y que muere por hacerlos dichosos...

Conmovido el príncipe al descubrir aquella pasión que nunca en Nirma sospechara, estrechábala sollozante contra su corazón. Y transido de amargura, imprimió en sus labios desfallecientes un beso. El que tanto Nírma anhelara... ¡Un beso de amor!...





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jueves, 13 de febrero de 2020

"El amor, ¿a qué huele?", de JUAN RAMÓN JIMÉNEZ (ESPAÑA, 1881-1958 d.n.e.)

El amor, ¿a qué huele? Parece, cuando se ama,
que el mundo entero tiene rumor de primavera.
Las hojas secas tornan y las ramas con nieve,
y él sigue ardiente y joven, oliendo a rosa eterna.

Por todas partes abre guirnaldas invisibles,
todos sus fondos son líricos -risa o pena-,
la mujer a su beso cobra un sentido mágico
que, como en los senderos, sin cesar se renueva...

Vienen al alma música de ideales conciertos,
palabras de una brisa liviana entre arboledas;
se suspira y se llora, y el suspiro y el llanto
dejan como un romántico frescor de madreselvas...





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viernes, 7 de febrero de 2020

"Un beso", de VICENTE BLASCO IBÁÑEZ (ESPAÑA, 1867-1928 d.n.e.)

Esto ocurrió a principios de septiembre, días antes de la batalla del Marne, cuando la invasión alemana se extendía por Francia, llegando hasta las cercanías de París.

El alumbrado empezaba a ser escaso, por miedo a los «taubes», que habían hecho sus primeras apariciones. Cafés y restoranes cerraban sus puertas poco después de ponerse el sol, para evitar las tertulias del gentío ocioso, que comenta, critica y se indigna. El paseante nocturno no encontraba una silla en toda la ciudad; pero a pesar de esto, la muchedumbre seguía en los bulevares hasta la madrugada, esperando sin saber qué, yendo de un extremo a otro en busca de noticias, disputándose los bancos, que en tiempo ordinario están vacíos.

Varias corrientes humanas venían a perderse en la masa estacionada entre la Magdalena y la plaza de la República. Eran los refugiados de los departamentos del Norte, que huían ante el avance del enemigo, buscando amparo en la capital.

Llegaban los trenes desbordándose en racimos de personas. La gente se sostenía fuera de los vagones, se instalaba en las techumbres, escalaba la locomotora. Días enteros invertían estos trenes en salvar un espacio recorrido ordinariamente en pocas horas. Permanecían inmóviles en los apartaderos de las estaciones, cediendo el paso a los convoyes militares. Y cuando al fin, molidos de cansancio, medio asfixiados por el calor y el amontonamiento, entraban los fugitivos en París, a media noche o al amanecer, no sabían adónde dirigirse, vagaban por las calles y acababan instalando su campamento en una acera, como si estuviesen en pleno desierto.

* * *

La una de la madrugada. Me apresuro a sentarme en el vacío todavía caliente que me ofrece un banco del bulevar, adelantándome a otros rivales que también lo desean.

Llevo cuatro horas de paseo incesante en la noche caliginosa. Sobre los tejados pasan las mangas blancas de los reflectores, regleteando de luz el ébano del cielo. Contemplo, con la satisfacción de un privilegiado, a la muchedumbre desheredada que se desliza en la penumbra lanzando miradas codiciosas al banco. El reposo me hace sentir todo el peso de la fatiga anterior. Reconozco que si los hulanos apareciesen de pronto trotando por el centro de la calle, no me movería.

Una pierna me transmite su calor a través de una tenue faldamenta de verano. Me fijo en mi vecina, muchacha de las que siguen viniendo al bulevar por costumbre, pero sin esperanza alguna, pues el tiempo no está para bagatelas.

Tiene la nariz respingada, los ojos algo oblícuos, y un hociquito gracioso coronado por un sombrero de cuatro francos noventa. El cuerpo pequeño, ágil y flaco, va envuelto en un vestido de los que fabrican a centenares los grandes almacenes para uniformar con elegancia barata a las parisienses pobres. Por debajo de la falda asoman unas pezuñitas de terciopelo polvoriento. Sonríe con un esfuerzo visible, frunciendo al mismo tiempo las cejas. Se adivina que es una mujer ácida, de las que «hacen historias» a los amigos; una especie de calamar amoroso, que esparce en torno la amarga tinta de su mal carácter.

Conversa con una respetable matrona que vuelve llorosa de la estación de despedir a su hijo, que es soldado. Junto a ella está una hija de catorce años, mirando a la vecina con ojos curiosos y admirativos. Los que ocupan el resto del banco dormitan con la cabeza baja o sueñan despiertos contemplando el cielo.

La burguesa, al hablar, gratifica a la muchacha ácida con un solemne “Madame”. Hace un mes habría abandonado el asiento, a pesar de su cansancio, para evitarse tal vecindad. ¡Pero ahora!... La inquietud nos ha hecho a todos bien educados y tolerantes. París es un buque en peligro, y sus pasajeros olvidan las preocupaciones y rencillas de los días de calma, para buscarse fraternalmente.

Sigo su conversación fingiéndome distraído. La madre es pesimista. ¡Maldita guerra! Parece que las cosas marchan mal. Le van a matar al hijo; casi está segura de ello; y sus ojos se humedecen con una desesperación prematura. Los enemigos están cerca; van a entrar en París «como la otra vez».... Pero la joven malhumorada muestra un optimismo agresivo.

-No, no entrarán, “Madame”... Y si entran, yo no quiero verlo, no me da la gana; no podría. Me arrojaré antes al Sena... Pero no; mejor será que me quede en mi ventana, y al primero que entre en la calle le enviaré...

Y enumera todos los objetos de uso íntimo que piensa emplear como proyectiles. Vibra en ella la resolución absurdamente heroica de los insensatos gloriosos que protestan para hacerse fusilar.

Algo pasa por la acera que interrumpe estos propósitos desesperados. Avanza lentamente un matrimonio de viejos: dos seres pequeñitos, arrugados, trémulos, que se detienen un momento, respiran con avidez, gimen e intentan seguir adelante. Ella, vestida de negro, con una capota de plumajes roídos por la polilla, se muestra la más animosa. Es enjuta y obscura; sus miembros, flacos y nudosos, parecen sarmientos trenzados. Se pasa de mano a mano una maleta que tira de ella con insufrible pesadez, encorvándola hacia el suelo.

A pesar de su cansancio, intenta auxiliar al hombre, que es una especie de momia. Su cabeza de pelos ralos aún parece más grande moviéndose sobre un cuello cartilaginoso, del que surgen los ligamentos con duro relieve. Los dos son de una vejez extremada; parecen escapados de una tumba. Les atormentan los paquetes que intentan arrastrar; caminan tambaleándose, como la hormiga que empuja un grano superior a su estatura. En este cansancio aplastante se adivina un nuevo suplicio, el de ir vestidos con las ropas guardadas durante muchos años para las grandes ceremonias de la vida: ella con falda de seda dura y crujiente; él puesto de levita y paletó de invierno.

El viejo deja caer el fardo que lleva en los brazos, y luego se desploma sobre este asiento improvisado.

-No puedo más... Voy a morir.

Gime como un pequeñuelo. Su pobre cabeza de ave desplumada se agita con el hipo que precede al llanto.

-Valor, mi hombre... Tal vez no estamos lejos. ¡Un esfuerzo!

La viejecita quiere mostrarse enérgica y contiene sus lágrimas. Se adivina que en la casa que dejaron a sus espaldas era ella la dirección, la voluntad, la palabra vehemente. Su diestra escamosa, abandonando a la otra mano todo el peso de la maleta, acaricia las mejillas del viejo. Es un gesto maternal para infundirle ánimo; tal vez es un halago amoroso que se repite después de un paréntesis de medio siglo. ¡Quién sabe! ¡La guerra ha despertado tantas cosas que parecían dormidas para siempre!...

Yo me imagino el infortunio de esos dos seres que representan ciento setenta años. Son Filemón y Baucis, que acaban de ver su apergaminado idilio roto por la invasión. Tienen el aspecto de antiguos habitantes de la ciudad que han ido a pasar el resto de su existencia en el campo, dejándose cubrir por las petrificaciones ásperas y saludables de la vida rústica. Tal vez fueron pequeños tenderos; tal vez ganó él su retiro en una oficina. Cuando no existían aún los hombres maduros del presente, se refugiaron los dos en esta felicidad mediocre, en este aislamiento egoísta soñado durante largos años de trabajo: una casita rodeada de flores, con algunos árboles; un gallinero para ella, un pedazo de tierra para él, aficionado al cultivo de legumbres.

Entraron en este nirvana burgués cuando los ferrocarriles eran menos aún que las diligencias, cuando la humanidad soñaba a la luz del petróleo, cuando un despacho telegráfico representaba un suceso culminante en una vida... Y de pronto, el miedo a la invasión alemana, que suprime un pueblo en unas cuantas horas, les ha impulsado a huir de una vivienda que era a modo de una secreción de sus organismos. Luego se han visto en París, aturdidos por la muchedumbre y por la noche, desamparados, no sabiendo cómo seguir su camino.

-Valor, mi hombre -repite la esposa.

Pero tiene que olvidarse de su compañero para dar gracias, con una cortesía de otros tiempos, a alguien que le toma la maleta e intenta levantar al viejo. Es la muchacha ácida, que da órdenes y empuja con irresistible autoridad. Ahora reconozco que no lo pasará bien el primer hulano que entre en su calle. Con un simple ademán limpia de gente una parte del banco, para que se instalen con amplitud los dos ancianos.

Queda espacio libre, pero yo me guardo bien de volver a sentarme. No quiero recibir un bufido con acompañamiento de varios nombres de pescados deshonrosos. Sin duda la presencia de estos viejos ha resucitado en la memoria de la muchacha la imagen de otros viejos largamente olvidados.

La trémula Baucis da explicaciones. Dos días en ferrocarril. Han huido con todo lo que pudieron llevarse. Su última comida fue en la tarde del día anterior; pero esto no les aflige: los viejos comen poco. Lo que les aterra es el cansancio. Llegaron a las diez: ni un carruaje, ni un hombre en la estación que quisiera cargar con sus paquetes. Todos están en la guerra. Llevan tres horas buscando su camino.

-Tenemos en París unos sobrinos -continúa la anciana.

Pero se interrumpe al ver que Filemón se ha desmayado, precisamente ahora que descansa. Los curiosos del bulevar, que esperan siempre un suceso, se aglomeran en torno del banco. La protectora empuja e insulta, sin dejar de ocuparse de los viejos.

-¿Y viven cerca los parientes?

-Plaza de la Bastilla -contesta Baucis, que no sabe dónde está la plaza.

Un murmullo de tristeza; un gesto de lástima. Todos miran el extremo del bulevar, que se pierde en la noche. ¡Tan lejos!... ¡No llegarán nunca! Circulan pocos automóviles; solo de vez en cuando pasa alguno.

Los brazos de la bienhechora trazan imperiosos manoteos; su voz intenta detener a los vehículos que se deslizan veloces. Carcajadas o palabras de menosprecio contestan a sus llamamientos, y ella, indignada contra los chófers insolentes, da suelta al léxico de su cólera, intercalando con frecuencia la frase más célebre de Waterloo.

Cuando transcurren algunos minutos sin que pasen vehículos, vuelve al lado de los viejos para animarlos con su energía. Ella los instalará en un carruaje; pueden descansar tranquilos.

De pronto salta en medio del bulevar. Viene mugiendo un automóvil del ejército, desocupado y enorme, a toda fuerza de su motor. El soldado que lo guía cambia de dirección para no aplastar a esta desesperada que permanece inmóvil, con los brazos en alto.

Su prudencia resulta inútil, pues la mujer, moviéndose en igual sentido, marcha a su encuentro. La multitud grita de angustia. Con un violento tirón de frenos, el automóvil se detiene cuando su parte delantera empuja ya a esta suicida. Debe haber recibido un fuerte golpe.

El chófer, un artillero de pelo rojo y aspecto campesino, que lleva sobre el uniforme un chaquetón de caucho, increpa a la muchacha, la insulta por el sobresalto que le ha hecho sufrir. Ella, como si no le oyese, le dice con autoridad, tuteándole:

-Vas a llevar a estos dos viajeros. Es ahí cerca, a la Bastilla.

La sorpresa deja estupefacto al soldado. Luego ríe ante lo absurdo de la proposición. Va de prisa, tiene que entrar en el cuartel cuanto antes. Le grita que se aleje, que salga de entre las ruedas. Ella afirma que no se moverá, e intenta tenderse en el suelo para que el vehículo la aplaste al ponerse en marcha.

El artillero jura indignado, tomando por testigos a los curiosos. Esto no es serio; le van a castigar; el cuartel... los oficiales... Pero ella está ya en el pescante, inclinando hacia el conductor su rostro ceñudo, esforzándose por encontrar un gesto de graciosa seducción.

-Yo te recompensaré. Llévalos y te daré un beso.

Sonríe el soldado débilmente, mirándola a la cara para apreciar el valor del ofrecimiento. No es gran cosa, pero ¡qué diablo! un beso siempre resulta agradable.

La gente ríe y palmotea, y la muchacha, mientras tanto, se aprovecha de esta situación para instalar a los viejos en el vehículo con todos sus paquetes.

El chófer pone en movimiento su motor.

-Gracias, Madame -dice lloriqueando Baucis, mientras Filemón articula gemidos de gratitud.

Pero “Madame” no les oye, ocupada en depositar dos besos sonoros en las mejillas del artillero, brillantes y ennegrecidas por la grasa de los engranajes. «Toma... toma.»

Se aleja el automóvil y se deshacen los grupos. Las pezuñitas de terciopelo vuelven hacia el banco. Una de ellas cojea dolorosamente. Siento la tentación de besar también, de besar a la muchacha ácida; pero me inspira miedo.

Temo que interprete torcidamente mis intenciones.





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miércoles, 5 de febrero de 2020

"Amor, eternidad", de LUIS DE CASTRESANA RODRÍGUEZ (ESPAÑA, 1925-1986, d.n.e.)


Estaban apoyados en la barandilla mirando la ría. Una ligera neblina se enredaba en lo alto de las grúas, que se alzaban como extraños árboles metálicos en la otra orilla. Se habían encendido unas luces en el barco anclado junto a los muelles de Iribitarte.

Sonaba, en alguna parte, un acordeón. Hacía frío.

-¿Recuerdas? -preguntó él.

Y ella dijo, apenas sin mover los labios:

-Sí

Se miraron a los ojos sin sonreírse, sintiéndose muy juntos, muy el uno del otro, muy dos en uno. Continuaban inmóviles, comunicándose sin palabras y sin gestos, mirando las aguas sucias de la ría, en donde rielaba la luz de las bombillas de los muelles.

-¿Tienes frío, mi vida?

Y ella movió la cabeza diciendo que no, y cogió entre las suyas las manos de él y reclinó la cabeza sobre su hombro.

Se veían más de medio siglo atrás, allí, en aquel mismo lugar. Había sido una noche cálida, con una gran luna navegando sin prisas en el cielo alto y limpio y azul. Las estrellas brillaban como pequeñas velas y parpadeaban, hablándose en morse luminoso.

La villa estaba en fiestas y ardía en el jubilo de su «Semana Grande». Hasta el Campo de Volantín llegaba la música del quiosco del Arenal, diluida, grata, como si fuera un olor hecho sonido. Y allí, de súbito, él la había besado y le había pedido que fuera su esposa. Y ella había dicho que sí sin hablar, moviendo la cabeza y procurando no llorar. Pero lloró.

Habían anclado muchos barcos en la ría desde entonces y el cielo se había empurpurado miles de veces en el claro de los altos hornos. Lunas y lunas habían surcado el alto mar de las nubes. Tres hijos y una hija les habían nacido. Tenían nietos y esperaban el nacimiento del primer bisnieto.

Pero allí, en aquel momento, en aquel atardecer frío de finales de otoño, ellos vivían cincuenta y tantos años atrás.

Aún sentía él la boca de ella y sus mejillas, húmedas de lágrimas felices. La veía muy joven, con el vestido blanco y azul, y con el collar de cuentas blancas que brillaban como chispas.

-¿Me quieres?

-Sí -había dicho ella-. Más que a nada.

-¿De verdad, Rosita? ¿De verdad,cariño?

-Sí.

Todavía habían estado unos minutos más en el Campo de Volantín antes de regresar despacio al Arenal, caminando en silencio, por primera vez cogidos del brazo ante las miradas de todos. Los padres de ella estaban junto al quiosco, oyendo el concierto nocturno y esperando el momento en que se iniciaran los fuegos artificiales.

Y cuando estuvieron de nuevo ante ellos, serios, un poco tímidos, sin soltarse del brazo, ella había dicho simplemente:

-Nos vamos a casar.

Se sentaron todos juntos, oyendo la música, mirándose; y luego él les había acompañado hasta casa.

Nada más regresar del viaje de novios, al inaugurar su casa, él había hecho copiar sobre un pergamino, en hermosas letras como de códice miniado, las bíblicas palabras que Ruth dirigió a Noemí:

No me ruegues que te deje y me aparte de ti, porque donde quiera que tú fueres, iré yo; y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios, mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo, y allí tendré mi sepultura. Enmarcaron el pergamino y lo colgaron en la alcoba matrimonial, bajo el crucifijo. Les había dado vergüenza ponerlo en el comedor y que lo vieran los parientes y amigos que iban a visitarles.

Hacía ya una eternidad de todo esto.

Permanecían ahora inmóviles apoyados en la barandilla, callados, y un gran trozo de vida se amansaba en el fondo de sus recuerdos. Se miraban quietamente, felices, como seres que han alcanzado la plenitud.

Vieron pasar un entierro y se miraron, en silencio, ojos adentro.

-Cuarenta y cinco años tendría ahora Carlitos -musitó ella, de pronto.

-Sí –asintió él.

Pensaron sin dolor en el hijo muerto, recordando el momento en que supieron que estaba muerto, el momento en que ella había dicho: «Está muerto, Pedro, está muerto». Y él no lo había creído, se había negado a creerlo. Y la vida había seguido, y habían venido otros hijos, y habían visto florecer su sangre y su amor en los hijos de sus hijos. Y todo había comenzado allí, en el Campo de Volantín, en una noche de verano de hacía mucho, mucho tiempo.

Se acurrucaron suavemente el uno junto al otro. Él tembló y ahogó un golpe de tos. Ella le subió el cuello del abrigo.

-Hace frío –dijo-. Otra vez se te ha olvidado ponerte la bufanda.

-Sí –dijo él.

Y de repente le asomaron lágrimas a los ojos.

-¿Por qué? –preguntó ella dulcemente.

Y él dijo:

-Tanto tiempo, tantas cosas… Si no llego a encontrarte, ¿qué hubiera sido de mí?

Ella suspiró; le apretó una mano y se quedó mirándola con expresión meditativa.

-Se va haciendo de noche, mi vida -dijo al cabo de un rato-. ¿Vamos?

-Sí -musitó él.

Y echaron a andar lentamente hacia el Arenal, como aquella noche.





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lunes, 3 de febrero de 2020

"Quiero hacer contigo todo lo que la poesía aún no ha escrito", de ELVIRA SASTRE SANZ (ESPAÑA, 1992--, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo", de fecha 2014  d.n.e.



Cualquiera diría al verte
que los catastrofistas fallaron:
no era el fin del mundo lo que venía,
eras tú.

Te veo venir por el pasillo
como quien camina dos centímetros por encima del aire
pensando que nadie le ve.
Entras en mi casa
—en mi vida—
con las cartas y el ombligo boca arriba,
con los brazos abiertos
como si esta noche
me ofrecieras barra libre de poesía en tu pecho,
con las manos tan llenas de tanto
que me haces sentir que es el mundo el que me toca
y no la chica más guapa del barrio.

Te sientas
y lo primero que haces es avisarme:
No llevo ropa interior
pero a mi piel le viste una armadura.
Te miro
y te contesto:
Me gustan tanto los hoy
como miedo me dan los mañana.

Y yo sonrío
y te beso la espalda
y te empaño los párpados
y tu escudo termina donde terminan las protecciones:
arrugado en el cubo de la basura.
Y tú sonríes
y descubres el hormigueo de mi espalda
y me dices que una vida sin valentía
es un infinito camino de vuelta,
y mi miedo se quita las bragas
y se lanza a bailar con todos los semáforos en rojo.

Beso
uno a uno
todos los segundos que te quedas en mi cama
para tener al reloj de nuestra parte;

hacemos de las despedidas
media vuelta al mundo
para que aunque tardemos
queramos volver;
entras y sales siendo cualquiera
pero por dentro eres la única;
te gusta mi libertad
y a mí me gusta sentirme libre a tu lado;
me gusta tu verdad
y a ti te gusta volverte cierta a mi lado.

Tienes el pelo más bonito del mundo
para colgarme de él hasta el invierno que viene;
gastas unos ojos que hablan mejor que tu boca
y una boca que me mira mejor que tus ojos;

guardas un despertar que alumbra las paredes
antes que la propia luz del sol;
posees una risa capaz de rescatar al país
y la mirada de los que saben soñar con los ojos abiertos.

Y de repente pasa,
sin esperarlo ha pasado.
No te has ido y ya te echo de menos,
te acabo de besar
y mi saliva se multiplica queriendo más
,
cruzas la puerta
y ya me relamo los dedos para guardarte,
paseo por Madrid
y te quiero conmigo en cada esquina.

Si la palabra es acción
entonces ven a contarme el amor,
que quiero hacer contigo
todo lo que la poesía aún no ha escrito.





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jueves, 30 de enero de 2020

"La boca. Oda XIII", de GRACILIANO AFONSO NARANJO (ESPAÑA, 1775-1861, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "El beso de Abibina", de fecha 1838  d.n.e.



Bóreas rapta a Oritía, de Rubens,, 1620

Perezca el labio infame,
y viperina lengua,

que el dulce Amor vendiendo,
deserta sus banderas;
y del Beso divino,
don de las almas tiernas,
declara su enemiga
la tímida modestia;

y que, aun robado, apaga
a la roja vergüenza,
su llama brilladora,
en sus mejillas tersas:
mas sabia y cariñosa
nos dio naturaleza,
del ósculo encendido
la propensión extrema,

que de la virtud santa
las semillas despierta,
cuando el alma recibe
su divinal riqueza;
que no hay mayor tesoro,
que una boca bermeja,
donde el Amor esconde
su encendida Saeta;

que aunque todo es divino
en celestial Belleza;
la Boca, Boca sola
merece tal grandeza:
cuando labios amantes
Boca con Boca Besan,
y el ruido titilante,
suavísimo resuena,
alma con alma unida,
en el instante vuelan,

llevadas del impulso
de vibradora flecha;
y el tesoro de vida,
la dulce inteligencia,
de secretos dulcísimos
en sus pechos penetran;
que en Beso que besado,
por el amor se diera,
cuando los labios chocan,
los Corazones tiemblan.
¡Oh Beso soberano!
Sin ti ¿qué el mundo fuera?
¡Sin ti, dulce armonía,
cuánto dolor y pena!
Y si es tan dulce el Beso
en labios de una Bella,
¿cuál será el de Abibina,
La bella de las bellas?




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miércoles, 29 de enero de 2020

"La abeja", de JOSÉ ÁNGEL BUESA (Cuba, 1910-1982 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Nada llega tarde. Antología poética".



         I
Tu boca jugosa y fragante.
Su risa coqueta reía.
Tan fresca la risa fluía,
que su agua la fuente sonante
por ti detenía...

Tu boca reía... tu boca,
que tiene humedad de ambrosía,
que tanto promete y provoca:
Tu boca de miel y armonía,
reía...

Y vino una abeja dorada,
de mieles ansiosa,
y quiso, creyéndola rosa,
posarse en tu boca encarnada,
fragante y jugosa...

Y en tanto la abeja volaba
buscando la miel de la rosa,
riendo una risa nerviosa,
tu boca el ataque esquivaba
medrosa.
..

Tu boca reía y gemía
de angustia
. La abeja de oro,
en pos de la rosa que huía,
ritmaba su vuelo sonoro.

Y, al cabo, la abeja
posóse en tu boca riente:
Tu risa fue grito doliente,
fue queja...

        II
Decidme, señora, si es justa
la cólera vuestra;
decir si merezco esta adusta
mirada que ira demuestra.

Al ver vuestro aprieto, un instante,
quedóse mi mente perpleja:
¡No había manera galante
de darle muerte a la abeja!

Verdad que os besé; pero en eso
no hay sombra de culpa:
Matar una abeja de un beso,
tal beso disculpa
.

No fue, mi señora, osadía,
besar vuestros labios, rosados:
La abeja me hirió en su agonía:
Miradme los labios hinchados.

Cierto es que bendigo
a la abeja traidora,
mas, ved cuánto sufro, en castigo
de haberos besado, señora.

       III 
Reíd vuestra risa nerviosa,
reíd vuestra risa coqueta;
que ría la boca jugosa,
que ría la húmeda rosa
que adora el poeta...

Reíd y pensad un instante
si el beso una injuria refleja:
¿Había otro modo galante
de darle muerte a la abeja?





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martes, 28 de enero de 2020

"Los labios", de JORGE GUILLÉN ÁLVAREZ (España, 1893-1984)

Poema perteneciente al libro "Cántico".



"Las nubes" (1902), de  Arthur Hacker (1858 - 1919).

Te besaré, total Amor, te besaré
—En torno a su retiro tan continua la fronda—
Hasta rendir por ímpetu de súplica los labios
—Sin una nube el cielo sueña con una flor—
A su más fervorosa crisis favorecida,
—Frenesí de clavel bajo el sol y el azul—
Al más irresistible paraíso evidente
—A plomo el mediodía sobre nuestras dos sombras—
Que nos embriagará de inmortal realidad.
¡Tesón en la ternura, éxtasis conquistado!





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lunes, 27 de enero de 2020

"Tu beso", de JOSÉ RAFAEL POMBO Y REBOLLEDO (COLOMBIA, 1833-1912 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Poesías completas. Otros poemas y versos de circunstancias".



"La edad de oro", de Roberto Ferri

¡Mujer, si tienes corazón, si sientes
prueba qué sientes, aborrece o ama!
iSi me amas, por Dios, no me atormentes!
Y si es que me aborreces, ¿porqué mientes
esa sonrisa pérfida que infama?

Cuando tu boca ordena sonreída,
y al festín del deleite me convida,
y yo feliz me lanzo a obedecerte,
tú, al beso del amor y de la vida.
respondes... ¡con el beso de la muerte!

Encuentro inmóvil, indolente, frío
el mismo labio que el amor me jura,
y que dichoso ríe si yo río;
ese labio que pide al labio mío
el sello abrasador de la ternura.

¡Mujer, si tienes corazón, si sientes,
prueba qué sientes, aborrece o ama!
iSi me amas, por Dios, no me atormentes!
o si a lo menos muerden esos dientes,
sea tigre y no cadáver quien me llama!




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sábado, 25 de enero de 2020

"Balada en honor de las musas de carne y hueso", de RUBÉN DARÍO (seud. de Félix Rubén García Sarmiento) (NICARAGUA, 1867-1916)

Poema perteneciente al libro "El canto herrante", de fecha 1907  d.n.e.



Óleo, de ANNA RAZUMOVSKAYA

              A G. Martínez Sierra.
Nada mejor para cantar la vida,
y aun para dar sonrisas a la muerte,
que la áurea copa donde Venus vierte
la esencia azul de su viña encendida
.
Por respirar los perfumes de Armida
y por sorber el vino de su beso,
vino de ardor, de beso, de embeleso,

fuérase al cielo en la bestia de Orlando,
¡Voz de oro y miel para decir cantando:
la mejor musa es la de carne y hueso!

Cabellos largos en la buhardilla,
noches de insomnio al blancor del invierno,
pan de dolor con la sal de lo eterno
y ojos de ardor en que Juvencia brilla;
el tiempo en vano mueve su cuchilla,
el hilo de oro permanece ileso;
visión de gloria para el libro impreso
que en sueños va como una mariposa
y una esperanza en la boca de rosa:
¡La mejor musa es la de carne y hueso!

Regio automóvil, regia cetrería,
borla y muceta, heráldica fortuna,
nada son como a la luz de la Luna
una mujer hecha una melodía.
Barca de amar busca la fantasía,
no el yacht de Alfonso o la barca de Creso.
Da al cuerpo llama y fortifica el seso
ese archivado y vital paraíso;
pasad de largo, Abelardo y Narciso:
¡La mejor musa es la de carne y hueso!

Clío está en esa frente hecha de Aurora,
Euterpe canta en esta lengua fina,
Talía ríe en la boca divina,
Melpómene es ese gesto que implora;
en estos pies Terpsícore se adora,
cuello inclinado es de Erato embeleso,
Polymnia intenta a Calíope proceso
por esos ojos en que Amor se quema.
Urania rige todo ese sistema:
¡La mejor musa es la de carne y hueso!

No protestéis con celo protestante,
contra el panal de rosas y claveles
en que Tiziano moja sus pinceles
y gusta el cielo de Beatrice el Dante.
Por eso existe el verso de diamante,
por eso el iris tiéndese y por eso
humano genio es celeste progreso.
Líricos cantan y meditan sabios
por esos pechos y por esos labios:
¡La mejor musa es la de carne y hueso!

ENVÍO:

Gregorio: nada al cantor determina
como el gentil estímulo del beso.
Gloria al sabor de la boca divina.
¡La mejor musa es la de carne y hueso!




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viernes, 17 de enero de 2020

"Resucitarán", de MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA ( Méjico, 1850-1895 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Ala y abismo", de fecha 1884-1887  d.n.e.



Óleo, de Vladimir Volegov

Los pájaros que en sus nidos
mueren ¿a dónde van?
¿Y en que lugar escondidos
están, muertos o dormidos,
los besos que no se dan?

Nacen, y al punto traviesos
hallar la salida quieren;
¡pero como nacen presos
se enferman pronto mis besos
y apenas nacen, se mueren
!

En vano con raudo giro
éste a mis labios llegó.
Si lejos los tuyos miro...
¿sabes lo que es un suspiro?
¡Un beso que no se dio!

¡Que labios tan carceleros!
Con cadenas y cerrojos
los aprisionan severos,
y apenas los prisioneros
se me asoman a los ojos.

¡Pronto rompe la cadena
de tan injusta prisión,
y no mueran más de pena,
que ya está de besos llena
la tumba del corazón!

¿Qué son las bocas? Son nidos.
¿Y los besos? ¡Aves locas!
Por eso, apenas nacidos,
de sus nidos aburridos
salen buscando otras bocas.

¿Por qué en cárcel sepulcral
se trueca el nido del ave?
¿Por qué los tratas tan mal,
si tus labios de coral
son los que tienen la llave
?

—Besos que apenas despiertos
volar del nido queréis
a sus labios entreabiertos,

en vuestra tumba, mis muertos,
dice: ¡Resucitaréis!




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jueves, 16 de enero de 2020

"El último beso", de JULIO FLÓREZ ROA (Colombia, 1867-1923, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Otros poemas".



"Sol de medianoche", de Taras Loboda

Y te fuiste también, ensueño vano.
Llegaste con mis últimos amores,
con el acre perfume de mis flores
y las lluvias postreras del verano.

Salí a tu encuentro de ventura ufano
al verte sonreír en mis albores;
mas viendo mi tristeza y mis dolores
te perdiste en las sombras del arcano.

Y quedéme otra vez sin luz ni abrigo
luchando sin cesar en la porfía;
mi fe de un tiempo se marchó contigo…

Ya solo aguardo el plácido embeleso
de la muerte en mi última agonía:
un voluptuoso y calcinante beso.




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martes, 14 de enero de 2020

"Vieja canción inglesa", de autor ANÓNIMO (INGLATERRA)

Ni un beso... ni siquiera una sonrisa
he de pedirte yo.
Con la dicha de un beso de tus labios
no ha soñado jamás mi corazón.

¿Sabes tú lo que quiero, lo que ansío
En mi amoroso afán?
Sólo besar el aire embalsamado
que con sus alas te besó al pasar.




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domingo, 12 de enero de 2020

"El sueño. Oda VIII", de GRACILIANO AFONSO NARANJO (ESPAÑA, 1775-1861, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "El beso de Abibina", de fecha 1838  d.n.e.



Bóreas y Oritía, de Evelyn de Morgan, 1896.

Prepara, ¡oh blando sueño!
Tiende el lecho mullido,
y con dobles cortinas
sombrea su recinto:
Pon al Silencio mudo,
el dedo al labio fijo,
y al plácido Reposo,
que celen escondidos.
Los celos y la envidia
con duro rostro lívido,
cuidados veladores,
el ansia de Destinos;
haz piadoso, que rueden
lanzados al abismo,
y que amorosas sombras
de los graciosos Silphos
grata ilusión derramen
dentro del pecho mío.
Ven ya, sueño hechicero,
con su dulzor suavísimo,
y en tus lánguidos brazos
dale a mi pecho alivio.
Trae la imagen bella
de aquella por quien vivo,
y grávala en mi mente
con sus colores mismos;
suelta, gentil, graciosa,
ojos adormecidos,
y en ellos retozando
los tiernos amorcillos;
perlas en carmín puro
con celestial rocío;
clavel y frescas rosas
sus labios encendidos,
que persuasión los bañe
con su licor divino;
convidando a robarla
un celestial besito.

¡Oh sueño regalado!
escucha mis suspiros,
y de la dura ausencia
mitiga el cruel martirio.
mas si, tirano intentas,
que entregue adormecido,
mi Abibina y su Beso
a manos del olvido;
vuélate, sueño, ingrato,
a tu Cimerio asilo,
y para siempre huyendo
de los párpados míos,
vele, saboreando
mi Beso favorito.




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viernes, 10 de enero de 2020

"Soñaba yo, señora, y fue mi sueño", ANÓNIMO (ESPAÑA, s. XVI)

Soñaba yo, señora, y fue mi sueño
que estábamos los dos como señores
en un vergel fresquísimo de flores,
durmiendo sin licencia de su dueño.

Llegó el Amor y con decir risueño
nos llamó de su fruta robadores,
prendiéndonos ató como a traidores,
donde tuve el solaz que no desdeño.

Y viéndose así juntas las dos almas,
y en prisión puestas de amoroso fuego,
juntaron de sus cuerpos la cadena;

en cada espalda nuestra un par de palmas,
las bocas juntas atizando el fuego,
prisión de gloria, mas que no de pena.






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martes, 7 de enero de 2020

"Quien ve las blancas y hermosas rosas", de FRANCISCO DE FIGUEROA (ESPAÑA, ca. 1530-1588 d.n.e.)

Quien ve las blancas y hermosas rosas
de mano virginal reçién cogidas,
y con diversos tallos retejidas,
guirnaldas bellas hacen y olorosas;

quien gusta de las aves más preciosas
las tiernas pechuguillas, convertidas
en líquidos manjares y comidas
suaves, odoríferas, sabrosas
;

y quien panales albos destilando
la rubia miel de la amarilla cera,
a lo que al gusto y vista más provoca,

pues tal es de mi ninfa el rostro, cuando
mi vista de la suya reverbera
y bebo las palabras de su boca.





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lunes, 6 de enero de 2020

"Dulces labios hermosos", ANÓNIMO (ESPAÑA, siglo XVI)

Dulces labios hermosos,
que mill veçes estáis mill besos dando,
y a mi alma alegrando,
con un sonido manso,
juntamente matáis y dais descanso.
Porque si me besáis,
en besos
me lleváis envuelta el alma,
y si muriendo ceso,
mill vidas me volvéis con sólo un beso.
Y pues que a puros besos me habéis muerto,
resucitadme, ¡oh labios amorosos,
más dulces que la miel y más sabrosos!




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viernes, 3 de enero de 2020

"Bésame, espejo dulce, ánima mía", de FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS (ESPAÑA, 1580-1645)

Bésame, espejo dulce, ánima mía,
bésame, acaba, dame este contento,
y cada beso tuyo engendre ciento
sin que cese jamás esta porfía.

Bésame cien mil veces cada día,
porque encontrando aliento con aliento
salgan de aqueste intrínseco contento
dulce suavidad, dulce armonía.

¡Ay boca, venturoso el que te toca!
¡Ay labios, dichoso es el que os besa!
Acaba, vida, dame este contento,

y dame ya ese gusto con tu boca,
bésame, vida,
ya, si no te pesa,
aprieta, muerde, chupa, y sea con tiento.





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jueves, 2 de enero de 2020

"Primero es abrazalla y retozalla", de FRAY MELCHOR DE LA SERNA (ESPAÑA, segunda mitad s.XVI-primera década del s. XVII, d.n.e.)


Primero es abrazalla y retozalla,
y con besos un rato detenella.
Primero es provocalla y encendella,
después viene el deleite de gozalla.

Primero es por fuerza arremangalla,
metiendo piernas entre piernas della.
Primero es acabar esto con ella,
después viene el contento de gozalla.

No hacer, como acostumbran los casados,
más de llegar y hallar aparejado,
de puro dulce, creo, que da dentera.

Han de ser los contentos deseados;
si no, no dan placer ni valen nada;
que no hay quien lo barato comprar quiera.




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