jueves, 30 de enero de 2020

"La boca. Oda XIII", de GRACILIANO AFONSO NARANJO (ESPAÑA, 1775-1861, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "El beso de Abibina", de fecha 1838  d.n.e.



Bóreas rapta a Oritía, de Rubens,, 1620

Perezca el labio infame,
y viperina lengua,

que el dulce Amor vendiendo,
deserta sus banderas;
y del Beso divino,
don de las almas tiernas,
declara su enemiga
la tímida modestia;

y que, aun robado, apaga
a la roja vergüenza,
su llama brilladora,
en sus mejillas tersas:
mas sabia y cariñosa
nos dio naturaleza,
del ósculo encendido
la propensión extrema,

que de la virtud santa
las semillas despierta,
cuando el alma recibe
su divinal riqueza;
que no hay mayor tesoro,
que una boca bermeja,
donde el Amor esconde
su encendida Saeta;

que aunque todo es divino
en celestial Belleza;
la Boca, Boca sola
merece tal grandeza:
cuando labios amantes
Boca con Boca Besan,
y el ruido titilante,
suavísimo resuena,
alma con alma unida,
en el instante vuelan,

llevadas del impulso
de vibradora flecha;
y el tesoro de vida,
la dulce inteligencia,
de secretos dulcísimos
en sus pechos penetran;
que en Beso que besado,
por el amor se diera,
cuando los labios chocan,
los Corazones tiemblan.
¡Oh Beso soberano!
Sin ti ¿qué el mundo fuera?
¡Sin ti, dulce armonía,
cuánto dolor y pena!
Y si es tan dulce el Beso
en labios de una Bella,
¿cuál será el de Abibina,
La bella de las bellas?




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miércoles, 29 de enero de 2020

"La abeja", de JOSÉ ÁNGEL BUESA (Cuba, 1910-1982 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Nada llega tarde. Antología poética".



         I
Tu boca jugosa y fragante.
Su risa coqueta reía.
Tan fresca la risa fluía,
que su agua la fuente sonante
por ti detenía...

Tu boca reía... tu boca,
que tiene humedad de ambrosía,
que tanto promete y provoca:
Tu boca de miel y armonía,
reía...

Y vino una abeja dorada,
de mieles ansiosa,
y quiso, creyéndola rosa,
posarse en tu boca encarnada,
fragante y jugosa...

Y en tanto la abeja volaba
buscando la miel de la rosa,
riendo una risa nerviosa,
tu boca el ataque esquivaba
medrosa.
..

Tu boca reía y gemía
de angustia
. La abeja de oro,
en pos de la rosa que huía,
ritmaba su vuelo sonoro.

Y, al cabo, la abeja
posóse en tu boca riente:
Tu risa fue grito doliente,
fue queja...

        II
Decidme, señora, si es justa
la cólera vuestra;
decir si merezco esta adusta
mirada que ira demuestra.

Al ver vuestro aprieto, un instante,
quedóse mi mente perpleja:
¡No había manera galante
de darle muerte a la abeja!

Verdad que os besé; pero en eso
no hay sombra de culpa:
Matar una abeja de un beso,
tal beso disculpa
.

No fue, mi señora, osadía,
besar vuestros labios, rosados:
La abeja me hirió en su agonía:
Miradme los labios hinchados.

Cierto es que bendigo
a la abeja traidora,
mas, ved cuánto sufro, en castigo
de haberos besado, señora.

       III 
Reíd vuestra risa nerviosa,
reíd vuestra risa coqueta;
que ría la boca jugosa,
que ría la húmeda rosa
que adora el poeta...

Reíd y pensad un instante
si el beso una injuria refleja:
¿Había otro modo galante
de darle muerte a la abeja?





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martes, 28 de enero de 2020

"Los labios", de JORGE GUILLÉN ÁLVAREZ (España, 1893-1984)

Poema perteneciente al libro "Cántico".



"Las nubes" (1902), de  Arthur Hacker (1858 - 1919).

Te besaré, total Amor, te besaré
—En torno a su retiro tan continua la fronda—
Hasta rendir por ímpetu de súplica los labios
—Sin una nube el cielo sueña con una flor—
A su más fervorosa crisis favorecida,
—Frenesí de clavel bajo el sol y el azul—
Al más irresistible paraíso evidente
—A plomo el mediodía sobre nuestras dos sombras—
Que nos embriagará de inmortal realidad.
¡Tesón en la ternura, éxtasis conquistado!





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lunes, 27 de enero de 2020

"Tu beso", de JOSÉ RAFAEL POMBO Y REBOLLEDO (COLOMBIA, 1833-1912 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Poesías completas. Otros poemas y versos de circunstancias".



"La edad de oro", de Roberto Ferri

¡Mujer, si tienes corazón, si sientes
prueba qué sientes, aborrece o ama!
iSi me amas, por Dios, no me atormentes!
Y si es que me aborreces, ¿porqué mientes
esa sonrisa pérfida que infama?

Cuando tu boca ordena sonreída,
y al festín del deleite me convida,
y yo feliz me lanzo a obedecerte,
tú, al beso del amor y de la vida.
respondes... ¡con el beso de la muerte!

Encuentro inmóvil, indolente, frío
el mismo labio que el amor me jura,
y que dichoso ríe si yo río;
ese labio que pide al labio mío
el sello abrasador de la ternura.

¡Mujer, si tienes corazón, si sientes,
prueba qué sientes, aborrece o ama!
iSi me amas, por Dios, no me atormentes!
o si a lo menos muerden esos dientes,
sea tigre y no cadáver quien me llama!




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sábado, 25 de enero de 2020

"Balada en honor de las musas de carne y hueso", de RUBÉN DARÍO (seud. de Félix Rubén García Sarmiento) (NICARAGUA, 1867-1916)

Poema perteneciente al libro "El canto herrante", de fecha 1907  d.n.e.



Óleo, de ANNA RAZUMOVSKAYA

              A G. Martínez Sierra.
Nada mejor para cantar la vida,
y aun para dar sonrisas a la muerte,
que la áurea copa donde Venus vierte
la esencia azul de su viña encendida
.
Por respirar los perfumes de Armida
y por sorber el vino de su beso,
vino de ardor, de beso, de embeleso,

fuérase al cielo en la bestia de Orlando,
¡Voz de oro y miel para decir cantando:
la mejor musa es la de carne y hueso!

Cabellos largos en la buhardilla,
noches de insomnio al blancor del invierno,
pan de dolor con la sal de lo eterno
y ojos de ardor en que Juvencia brilla;
el tiempo en vano mueve su cuchilla,
el hilo de oro permanece ileso;
visión de gloria para el libro impreso
que en sueños va como una mariposa
y una esperanza en la boca de rosa:
¡La mejor musa es la de carne y hueso!

Regio automóvil, regia cetrería,
borla y muceta, heráldica fortuna,
nada son como a la luz de la Luna
una mujer hecha una melodía.
Barca de amar busca la fantasía,
no el yacht de Alfonso o la barca de Creso.
Da al cuerpo llama y fortifica el seso
ese archivado y vital paraíso;
pasad de largo, Abelardo y Narciso:
¡La mejor musa es la de carne y hueso!

Clío está en esa frente hecha de Aurora,
Euterpe canta en esta lengua fina,
Talía ríe en la boca divina,
Melpómene es ese gesto que implora;
en estos pies Terpsícore se adora,
cuello inclinado es de Erato embeleso,
Polymnia intenta a Calíope proceso
por esos ojos en que Amor se quema.
Urania rige todo ese sistema:
¡La mejor musa es la de carne y hueso!

No protestéis con celo protestante,
contra el panal de rosas y claveles
en que Tiziano moja sus pinceles
y gusta el cielo de Beatrice el Dante.
Por eso existe el verso de diamante,
por eso el iris tiéndese y por eso
humano genio es celeste progreso.
Líricos cantan y meditan sabios
por esos pechos y por esos labios:
¡La mejor musa es la de carne y hueso!

ENVÍO:

Gregorio: nada al cantor determina
como el gentil estímulo del beso.
Gloria al sabor de la boca divina.
¡La mejor musa es la de carne y hueso!




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viernes, 17 de enero de 2020

"Resucitarán", de MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA ( Méjico, 1850-1895 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Ala y abismo", de fecha 1884-1887  d.n.e.



Óleo, de Vladimir Volegov

Los pájaros que en sus nidos
mueren ¿a dónde van?
¿Y en que lugar escondidos
están, muertos o dormidos,
los besos que no se dan?

Nacen, y al punto traviesos
hallar la salida quieren;
¡pero como nacen presos
se enferman pronto mis besos
y apenas nacen, se mueren
!

En vano con raudo giro
éste a mis labios llegó.
Si lejos los tuyos miro...
¿sabes lo que es un suspiro?
¡Un beso que no se dio!

¡Que labios tan carceleros!
Con cadenas y cerrojos
los aprisionan severos,
y apenas los prisioneros
se me asoman a los ojos.

¡Pronto rompe la cadena
de tan injusta prisión,
y no mueran más de pena,
que ya está de besos llena
la tumba del corazón!

¿Qué son las bocas? Son nidos.
¿Y los besos? ¡Aves locas!
Por eso, apenas nacidos,
de sus nidos aburridos
salen buscando otras bocas.

¿Por qué en cárcel sepulcral
se trueca el nido del ave?
¿Por qué los tratas tan mal,
si tus labios de coral
son los que tienen la llave
?

—Besos que apenas despiertos
volar del nido queréis
a sus labios entreabiertos,

en vuestra tumba, mis muertos,
dice: ¡Resucitaréis!




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jueves, 16 de enero de 2020

"El último beso", de JULIO FLÓREZ ROA (Colombia, 1867-1923, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Otros poemas".



"Sol de medianoche", de Taras Loboda

Y te fuiste también, ensueño vano.
Llegaste con mis últimos amores,
con el acre perfume de mis flores
y las lluvias postreras del verano.

Salí a tu encuentro de ventura ufano
al verte sonreír en mis albores;
mas viendo mi tristeza y mis dolores
te perdiste en las sombras del arcano.

Y quedéme otra vez sin luz ni abrigo
luchando sin cesar en la porfía;
mi fe de un tiempo se marchó contigo…

Ya solo aguardo el plácido embeleso
de la muerte en mi última agonía:
un voluptuoso y calcinante beso.




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martes, 14 de enero de 2020

"Vieja canción inglesa", de autor ANÓNIMO (INGLATERRA)

Ni un beso... ni siquiera una sonrisa
he de pedirte yo.
Con la dicha de un beso de tus labios
no ha soñado jamás mi corazón.

¿Sabes tú lo que quiero, lo que ansío
En mi amoroso afán?
Sólo besar el aire embalsamado
que con sus alas te besó al pasar.




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domingo, 12 de enero de 2020

"El sueño. Oda VIII", de GRACILIANO AFONSO NARANJO (ESPAÑA, 1775-1861, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "El beso de Abibina", de fecha 1838  d.n.e.



Bóreas y Oritía, de Evelyn de Morgan, 1896.

Prepara, ¡oh blando sueño!
Tiende el lecho mullido,
y con dobles cortinas
sombrea su recinto:
Pon al Silencio mudo,
el dedo al labio fijo,
y al plácido Reposo,
que celen escondidos.
Los celos y la envidia
con duro rostro lívido,
cuidados veladores,
el ansia de Destinos;
haz piadoso, que rueden
lanzados al abismo,
y que amorosas sombras
de los graciosos Silphos
grata ilusión derramen
dentro del pecho mío.
Ven ya, sueño hechicero,
con su dulzor suavísimo,
y en tus lánguidos brazos
dale a mi pecho alivio.
Trae la imagen bella
de aquella por quien vivo,
y grávala en mi mente
con sus colores mismos;
suelta, gentil, graciosa,
ojos adormecidos,
y en ellos retozando
los tiernos amorcillos;
perlas en carmín puro
con celestial rocío;
clavel y frescas rosas
sus labios encendidos,
que persuasión los bañe
con su licor divino;
convidando a robarla
un celestial besito.

¡Oh sueño regalado!
escucha mis suspiros,
y de la dura ausencia
mitiga el cruel martirio.
mas si, tirano intentas,
que entregue adormecido,
mi Abibina y su Beso
a manos del olvido;
vuélate, sueño, ingrato,
a tu Cimerio asilo,
y para siempre huyendo
de los párpados míos,
vele, saboreando
mi Beso favorito.




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viernes, 10 de enero de 2020

"Soñaba yo, señora, y fue mi sueño", ANÓNIMO (ESPAÑA, s. XVI)

Soñaba yo, señora, y fue mi sueño
que estábamos los dos como señores
en un vergel fresquísimo de flores,
durmiendo sin licencia de su dueño.

Llegó el Amor y con decir risueño
nos llamó de su fruta robadores,
prendiéndonos ató como a traidores,
donde tuve el solaz que no desdeño.

Y viéndose así juntas las dos almas,
y en prisión puestas de amoroso fuego,
juntaron de sus cuerpos la cadena;

en cada espalda nuestra un par de palmas,
las bocas juntas atizando el fuego,
prisión de gloria, mas que no de pena.






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martes, 7 de enero de 2020

"Quien ve las blancas y hermosas rosas", de FRANCISCO DE FIGUEROA (ESPAÑA, ca. 1530-1588 d.n.e.)

Quien ve las blancas y hermosas rosas
de mano virginal reçién cogidas,
y con diversos tallos retejidas,
guirnaldas bellas hacen y olorosas;

quien gusta de las aves más preciosas
las tiernas pechuguillas, convertidas
en líquidos manjares y comidas
suaves, odoríferas, sabrosas
;

y quien panales albos destilando
la rubia miel de la amarilla cera,
a lo que al gusto y vista más provoca,

pues tal es de mi ninfa el rostro, cuando
mi vista de la suya reverbera
y bebo las palabras de su boca.





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lunes, 6 de enero de 2020

"Dulces labios hermosos", ANÓNIMO (ESPAÑA, siglo XVI)

Dulces labios hermosos,
que mill veçes estáis mill besos dando,
y a mi alma alegrando,
con un sonido manso,
juntamente matáis y dais descanso.
Porque si me besáis,
en besos
me lleváis envuelta el alma,
y si muriendo ceso,
mill vidas me volvéis con sólo un beso.
Y pues que a puros besos me habéis muerto,
resucitadme, ¡oh labios amorosos,
más dulces que la miel y más sabrosos!




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viernes, 3 de enero de 2020

"Bésame, espejo dulce, ánima mía", de FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS (ESPAÑA, 1580-1645)

Bésame, espejo dulce, ánima mía,
bésame, acaba, dame este contento,
y cada beso tuyo engendre ciento
sin que cese jamás esta porfía.

Bésame cien mil veces cada día,
porque encontrando aliento con aliento
salgan de aqueste intrínseco contento
dulce suavidad, dulce armonía.

¡Ay boca, venturoso el que te toca!
¡Ay labios, dichoso es el que os besa!
Acaba, vida, dame este contento,

y dame ya ese gusto con tu boca,
bésame, vida,
ya, si no te pesa,
aprieta, muerde, chupa, y sea con tiento.





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jueves, 2 de enero de 2020

"Primero es abrazalla y retozalla", de FRAY MELCHOR DE LA SERNA (ESPAÑA, segunda mitad s.XVI-primera década del s. XVII, d.n.e.)


Primero es abrazalla y retozalla,
y con besos un rato detenella.
Primero es provocalla y encendella,
después viene el deleite de gozalla.

Primero es por fuerza arremangalla,
metiendo piernas entre piernas della.
Primero es acabar esto con ella,
después viene el contento de gozalla.

No hacer, como acostumbran los casados,
más de llegar y hallar aparejado,
de puro dulce, creo, que da dentera.

Han de ser los contentos deseados;
si no, no dan placer ni valen nada;
que no hay quien lo barato comprar quiera.




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viernes, 27 de diciembre de 2019

"Dualidades", de ADEEB KAMAL AD-DIN (IRAQ, 1953--, d.n.e.)

ALFREDO VALENZUELA PUELMA - La perla del mercader (1885)


El beso es una gacela;
el encuentro, dos ojos, desierto y un rifle.

El beso es un poema de amor;
el encuentro es una puñalada en el vientre.

El beso es una mariposa;
el encuentro es un pez dorado.

El beso es una nostalgia increíble;
el encuentro es una enorme cama.

El beso es un banquete;
el encuentro, unos niños alegres en medio de calles abarrotadas con carretas.

El beso es una imprecisión;
el encuentro es una tentativa de descifrar los acertijos.

El beso es una mentira;
el encuentro es un testigo falso.

El beso es una separación;
el encuentro es una canción glorificando la separación.

El beso es una sonrisa apagada en la boca de un borracho;
el encuentro es un cristal hecho pedazos.

El beso es una leyenda;
el encuentro es un congreso de mitos.

El beso es la (f) de fiesta;
el encuentro es la (s) de sueño.

El beso es una espera;
el encuentro, los poemas de la espera escritos en cuneiforme, sánscrito y árabe, en el libro de la existencia.

El beso es una flor;
el encuentro es un jardín bañado de miel.

El beso es una playa verde;
el encuentro es un poeta que no para de fumar la esperanza.

El beso es una estrella;
El encuentro es un cielo en la mano de una mujer enamorada.

El beso es un ahogado;
el encuentro es un mar indescifrable.

El beso es tu pestaña asombrosa;
el encuentro es tu sonrisa que me dirige cada noche a la muerte deliciosa y no me deja hasta que canta el gallo.

El beso es el punto de tu (n) o la (n) de tu punto perdido;
el encuentro es el alfabeto que revela los talismanes del mundo pero no sabe cómo traerte a casa.

El beso es una amistad;
el encuentro es un contrato hasta la muerte.

El beso es una silla;
el encuentro es un lecho.

El beso es una llave;
el encuentro es el cuerpo.

El beso es un violín;
el encuentro es la danza del amor.

El beso es una lágrima;
el encuentro es una ráfaga de lluvia que baña a los amantes en el jardín del placer.

El beso es un grito;
el encuentro es una estafa romántica.

El beso es una morada verde;
el encuentro, cortinas cerradas.

El beso es un sueño;
el encuentro es la (s) del sueño, la (ñ) y la (o).

El beso es una canción;
el encuentro es cantante, compositor y poeta, quienes lloraron debido a la hermosura de la consonancia y las palabras.

El beso es un murmullo agradable;
el encuentro, galerías secretas del sauce.

El beso es un niño perdido;
el encuentro, una novia lamentando su mala suerte.

El beso es una aclaración;
El encuentro es herejía y alucinación.

El beso es la cumbre de un poema;
el encuentro es un poemario de amor, cada línea en él es tu letra y cada letra en él es tu nombre.

El beso es una ventana;
el encuentro es un caserío contemplando el sol y los patos.

El beso es un placer;
el encuentro es una llamada para escribirlo, una muerte profunda, incurable.

El beso, tus ilusos ojos;
el encuentro, tus labios maravillosos, abandonando sus rarezas.

El beso es una hora de amor;
el encuentro es la noche de la boda, las velas de la boda y el vestido blanco de la novia.

El beso eres tú;
el encuentro eres tú... también.



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miércoles, 25 de diciembre de 2019

"Madrigal", de JOSÉ ASUNCIÓN SILVA (COLOMBIA, 1865-1896, d.n.e.).

Marina Igorevna

Tu tez rosada y pura; tus formas gráciles
de estatua de tanagra; tu olor de lilas;
el carmín de tu boca de labios tersos;
las miradas ardientes de tus pupilas;
el ritmo de tu paso; tu voz velada;
tus cabellos que suelen, si los despeina
tu mano blanca y fina, toda hoyuelada,
cubrirte con un rico manto de reina;
tu voz, tus ademanes, tú... No te asombre:
todo eso está, ya a gritos, pidiendo un hombre.



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lunes, 23 de diciembre de 2019

"El secreto de Villa Mimosa", de ELIZABETH ADLER (GRAN BRETAÑA, 1950--, d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "El secreto de Villa Mimosa", de fecha 1994  d.n.e.



En el bar de la planta baja Brad la contempló con admiración.

—El norteamericano que hay en mí diría que tiene el aspecto de un millón de dólares —dijo él, besando galante la mano de Phyl. —Pero esta noche el francés que hay en mí debe confesarle que usted parece ravissante.

La llevó a Le Grand Véfour, y Phyl pensó que el comedor rococó con sus espejos dorados y sus enormes despliegues florales era maravilloso; opinó que la comida era deliciosa y los vinos en realidad sublimes. Brad Kane la cuidó como si ella hubiese sido una preciosa flor de invernadero. Phyl sonrió mientras se sentía florecer ante el calor de los sutiles cumplidos; recordaba que había dicho a Mahoney que ella misma era una doncella de hielo. Mahoney no le había creído, y Phyl pensó ahora que había estado en lo cierto. Casi podía sentir que estaba derritiéndose bajo la mirada cálida de Brad.

El demostró que era un anfitrión perfecto y un acompañante atento. Recomendó los platos que le pareció que podían agradar a Phyl, ordenó vino tinto porque ese era el favorito de la psiquiatra y le mostró todas las celebridades que cenaban allí. Relató la historia de ese antiguo y grandioso restaurante y le contó anécdotas de la vida de París, así como muchas murmuraciones. Se dedicó a entretener y divertir a Phyl y lo consiguió con tanta eficacia que ella se sintió encantada.

Cuando llegó el café, Brad sonrió y dijo con tranquilidad:

—Parece que he hablado yo solo. ¿Y qué me dice de usted? Hábleme de su vida, Phyl Foster. De su trabajo fascinante.

Ella volvió con resistencia a la realidad.

—En efecto —reconoció, —es fascinante descubrir cómo funciona la mente de los individuos. Le sorprendería saber que algunas personas al parecer comunes y corrientes viven fantasías extraordinarias. Y que hay personas brillantes y excitantes que me dicen que su vida está marcada por la desesperación y la duda. Trato a personas que son maniacos depresivos y que no ven motivos para vivir, y a psicópata que cometen delitos terribles y no muestran signos de remordimiento. Veo a niños de quienes se ha abusado, adolescentes perturbados, a madres recientes y angustiadas que anhelan matar a sus hijos. —Meneó la cabeza y contempló con tristeza la copa de vino. —A veces vuelvo a casa de noche y me pregunto si en este mundo hay personas cuerdas. Incluida yo misma.

—Pero usted asumió la carga de los problemas de esos individuos —dijo Brad. —¿Eso está mal?

—Por supuesto, está mal. Y evito continuar en esa actitud. De noche intento aflojarme y olvidarlo todo. Bebo una copa de vino. Escucho música, leo un libro. Hay un solo caso en que me he permitido aceptar un compromiso personal y eso responde tanto a mis propias necesidades como a las necesidades de la paciente. Es un caso de pérdida de la memoria.

—¿Puedo suponer que es fácil devolver la memoria a alguien? preguntó Brad. —¿Los parientes no vienen a buscar a los enfermos? Un hermano, un esposo, una madre? —No en este caso. La joven perdió la memoria como resultado de un accidente, y hasta ahora nadie vino a buscarla. —Sonrió. —Tal como explico las cosas, parece que se tratara de un objeto perdido.

—Y así es.

—Supongo que eso es cierto. De todos modos, todavía no he podido restaurar su memoria. Ahora estoy tratando de rehabilitarla de modo que pueda continuar viviendo. Le encontré trabajo con una de mis amigas. Por eso voy a Antibes la semana próxima. A verla.

—¿A verificar los progresos de su experimento? —preguntó Brad, y a Phyl le pareció que lo hacía con cierto cinismo.

—No es una condición tan clínica —replicó Phyl, con un poco de su antigua firmeza. — Mi paciente es una mujer joven. Poder ayudarla significa mucho para mí.

—Touché, doctora. —Brad sonrió en actitud de disculpa. —Creo que no dispongo de tiempo para enfermedades de la cabeza. Puedo entender una pierna rota —se encogió de hombros en actitud muy expresiva. —¿Pero la locura? Nunca.

—Mis pacientes no están locos —protestó Phyl. —Están perturbados.

El rió y le tomó la mano. La invirtió y la besó con suavidad. Dijo, mirándola a los ojos:

—Doctora Phyl Foster, creo que usted es una dama muy bondadosa, además de muy bella.

El deseo se manifestó en la mirada de los ojos azules. En un instante ella olvidó todo lo que se relacionaba con el trabajo, los asesinatos y Bea. Lo único que podía ver eran sus ojos, lo único que podía sentir era el contacto. De pronto se le cortó la respiración a causa del deseo.

Salió del restaurante enlazada por el brazo de Brad, apenas consciente de la cortés despedida del personal. Volvieron en silencio al apartamento de Brad, sin tocarse, pero cada uno consciente de la presencia del otro. Estacionaron en el garaje de la planta baja y caminaron tomados de la mano hasta el ascensor.

Él le rodeó los hombros con el brazo mientras esperaban. Empezó a besarla. Besos pequeños que le cubrían la cara, los ojos, la garganta. El ascensor llegó en ese momento, y una pareja de personas mayores, muy elegantes, descendió. Los miraron, divertidos, cada uno rodeado por los brazos del otro, pero Phyl ni siquiera prestó atención.

En el ascensor Brad deslizó las manos bajo la chaqueta de Phyl. La acercó, sosteniéndola con firmeza, mientras su boca cubría los labios femeninos. Escalofríos de placer recorrieron el cuerpo de Phyl; no deseaba que el beso terminase.Cuando el ascensor se detuvo en el último piso, Brad la alzó en brazos y la llevó al apartamento, sin separar sus labios de los labios de Phyl.

Se sentaron juntos en las profundidades del gran sofá de brocado, aún absortos cada uno en el otro. Por fin, él dejó de besarla. Le apartó los cabellos desordenados y la miró a los ojos. Leyó en ellos el mensaje que era la expresión del deseo de Phyl. Le movió el mentón, de nuevo acomodó su boca para que recibiese el beso y bebió este como si hubiese sido vino. Una descarga eléctrica pasó de los labios de Phyl a sus senos, de las profundidades de su vientre a sus pies, y ella gimió feliz.

La tomó de la mano y la llevó sin resistencia al dormitorio. Las lámparas con las luces amortiguadas por las pantallas enviaban fragmentos de luz a los distintos rincones de la habitación, mientras un fuego ardía en el hogar de piedra caliza. Las alfombras de suave seda, todas de color rosa, cubrían el piso de parquet oscuro y las largas persianas los separaban de la noche. Estaban en su propio mundo, un lugar que Phyl no había visitado durante mucho tiempo. Quizá nunca.

La obligó a volverse y abrió el vestido de encaje negro. Ella bajo los brazos y permitió que el vestido cayese al suelo. Un minuto después los dos estaban desnudos.

Permanecieron mirándose. Después él le sostuvo la mano. Phyl se la entregó en actitud de confianza. Brad la acercó a él y permanecieron con sus cuerpos desnudos y temblorosos apretados en el abrazo. Phyl echó la cabeza hacia atrás, y él comenzó a besarla, primero la garganta y después los pechos, hasta que ambos se hundieron en la cama. Brad deslizó los brazos bajo el cuerpo de Phyl y la alzó para acercarla a su boca, bebiéndola como un licor, hasta que ella temblando y gimiendo pidió compasión. Y sólo entonces la penetró.

El era un enamorado exigente, que reclamaba de ella más de lo que la propia Phyl sabía que podía ofrecer, y a su vez Phyl cerró las piernas sobre el cuerpo de Brad, llegando a una cumbre casi inconcebible de deseo. Y eso se repitió varias veces. Largo rato después, finalmente quedaron tendidos en silencio y fatigados, y los temblores continuaron sacudiendo sus cuerpos.

El permaneció tendido sobre las almohadas, con las manos tras la cabeza. La miró y dijo con suavidad:

—No sentí nada parecido desde que tenía catorce años.

Phyl le sonrió, todavía sumida en una especie de fulgor tierno y cálido. Esperó aturdida que él le hablase de su primer amor, de alguna fresca y joven condiscípula del colegio secundario y del primer beso que sacudió su existencia juvenil.

Pero la voz de Brad de pronto cobró matices duros cuando dijo:

—Yo tenía catorce años y estaba abrumado por la curiosidad sexual, aunque carecía en absoluto de conocimiento práctico. Una tarde estaba montando mi bicicleta y se me pinchó una goma. Me encontraba precisamente frente a la casa de un amigo de mi padre, de modo que llevé la bicicleta hasta el sendero, con la esperanza de conseguir que me ayudara.

"La puerta estaba abierta y no había nadie cerca. Me asomé al vestíbulo, pero estaba vacío. Rodeé la casa, con la esperanza de encontrarlo en la pista de tenis o en la piscina. La ventana de lo que él denominaba su sala de recibir permanecía abierta, y de pronto oí un sonido que provenía de allí. Me detuve a escuchar. Era una clase diferente de sonido.

Misterioso. Algo me indujo a adoptar precauciones, de modo que avancé de puntillas y espié por la ventana.

"Vi a una mujer acostada desnuda sobre la enorme alfombra de piel. Era la que emitía esos ruidos extraños. Tenía las piernas alrededor del cuello del hombre. Las manos del individuo le sostenían las nalgas, y mantenían el cuerpo en alto. Y él estaba devorándola. Ella gemía y gritaba. Tenía los ojos cerrados, pero su cara estaba deformada por la pasión."

Brad miró en silencio el lecho, y Phyl esperó, preguntándose qué vendría después. Un momento más tarde, él dijo:

—Fue mi primera relación con el sexo, y los resultados fueron inmediatos. Me alejé avergonzado. Pero nunca olvidé esa escena. Está indeleblemente grabada en mi memoria, y juro que jamás hice el amor en mi vida sin recordarla.

—Me lo imagino —dijo Phyl en actitud comprensiva. —Fue tu primera experiencia pornográfica.

—Más que eso. —Brad se puso de pie y se acercó desnudo a la ventana. Levantó un paquete de cigarrillos depositado sobre la mesa, extrajo uno y lo encendió. Inhaló profundamente y después exhaló el humo, mirando sin ver por la ventana hacia el jardín iluminado por la luz de los faroles. Por fin dijo, con voz fría: —El hombre era un amigo a quien conocía de toda la vida. Y la mujer a quien devoraba tan ávidamente era mi madre.

Los ojos de Brad tenían un vacío terrible. Phyl comprendió que ella estaba asomada a las profundidades del alma de Brad y ahora no podría hallar palabras para consolarlo. No había nada que pudiera decir a su amante. En su condición de profesional, con la distancia adecuada entre paciente y doctor, habría podido encontrar la fórmula, las respuestas acertadas que lo apartasen de sus crueles recuerdos. Pero esto era diferente. Mientras yacía desnuda en la cama, con la impronta del amor de Brad todavía sobre ella, lo único que pudo decir fue:

—Lo siento.

Brad se encogió de hombros malhumorado.

—Así era Rebecca. Nunca sabré por qué mi padre la toleró tantos años. Ni cómo lo hizo. Mi padre era un hombre apuesto... rico y con éxito. Pero mi madre era una aristócrata, una mujer que se movía en los grandes círculos sociales. Y él no era más que el hijo de un ranchero. —Se encogió de hombros. —Creo que armonizaban el uno con el otro. Nunca hablé del asunto con mi padre. Y nunca dije a nadie lo que vi —Se acercó y besó levemente la mejilla de Phyl. —Tampoco debí decírtelo. Perdóname.

Por supuesto, ella lo perdonó, pero continuaba impresionada. Los cambios de humor de Kane de la tristeza a la alegría eran inquietantes.

Y ahora de nuevo él se encogió de hombros, desechó su ánimo sombrío y la llevó a desayunar en el Café Flore. Más tarde, fueron a hacer compras en la Rue du Cherche- Midi y recorrieron los puestos de libros a orillas del Sena. Phyl olvidó todo lo relativo a la conferencia que había determinado su visita a París. Brad era apuesto, un hombre encantador, y además divertido, Y ahora ella se sentía sexualmente tan atraída por Brad y él por la psiquiatra que pensó qué la gente sin duda podía percibir el calor que emanaba de los cuerpos de ambos, mientras se detenían para besarse sin vergüenza en los portales de las casas o para mirarse profundamente cada uno a los ojos del otro. Percibían el calor fulminante de la atracción sexual que determinaba que cada uno sólo deseara tener al otro. Phyl no pensaba en Bea o en Millie. O en Franco Mahoney. Sólo pensaba en Brad.

Pasaron tardes largas y sensuales en el dormitorio penumbroso de Phyl, veladas románticas en los bistros mal iluminados, y noches maravillosas en el apartamento de Brad. Se desnudaban cuando atravesaban la puerta, tocándose, besándose, devorándose uno al otro. Una noche Brad ni siquiera alcanzó a esperar para desvestirse y la poseyó contra la pared, alzándola en el aire, penetrándola salvajemente. Ella gritó de dolor, pero él no se detuvo hasta que rodaron juntos por el suelo, medio sollozando, medio riendo. Hacían el amor por doquier, en la cama de Brad, en la valiosa alfombra Aubusson frente al fuego en el gran salón y en la ducha, empapándose de jabón y de sus propios jugos.



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domingo, 22 de diciembre de 2019

"La total liberación", de JUAN CARLOS ONETTI (URUGUAY, 1909-1994 d.n.e.)

La sospecha de Jason persistía, agudizándose por momentos. Algo nuevo había aquella noche en Isabel. Un elemento extraño se agregaba a ella, evidenciándose en los ojos ausentes y la boca entristecida. Al besarla sintió tan claramente la existencia de aquel algo indefinido y molesto, que la tomó por los hombros y la interrogó con sencillez, buscándole los ojos. Las vacilaciones de Isabel lo fueron preparando para una noticia grave y dolorosa. No llegaba a temer que Isabel le confesara no quererlo ya. De ser así, no hubiera admitido sus caricias; se lo hubiera dicho en cuanto él llegó, sin temblarle la voz y con los ojos abiertos frente a sus gestos.

Cuando logró que ella iniciara la frase:

—Anoche… —descansó en la palabra como en un peldaño. La precisión del tiempo lo hacía suponer que la confesión de Isabel revelaría un hecho concreto, una acción sucedida fuera del espíritu de ella. Esto, fuera lo que fuese, no le parecía ya tan temible. Interrogando, sin prisas, seguro de que iba a ser capaz de oírlo todo sin dejar de dominarse, repitió:

—Anoche.

Isa dejó caer la cabeza a un lado. Volvió a levantarla, escrutando el rostro impasible de Jason. Estuvo así unos segundos, calculando las alteraciones que sus palabras iban a provocar en él. Tratando de saber si la vitalidad del amor de Jason podría resistirlas. Nuevamente los cabellos ocultaron una parte de su cara. Jason veía solamente un pedazo de perfil, con los ojos tercamente elevados hacia la unión de la pared y el techo.

Atrajo a la muchacha hacia sí y dijo nuevamente:

—Anoche…

Sordamente, como si las palabras no pasaran de la garganta, ella completó:

—… me abrazaron… —hizo un descanso, terminando luego—… y me besaron…

Tenía la boca más triste y los ojos seguían mirando hacia arriba. Jason aflojó los brazos y quedó junto a ella, rígido e impasible. Bien sabía que su rostro entrenado y obediente no le traicionaría con ninguna delación. Pero un montón de preguntas torpes se formaron en su cerebro. El instinto quería saber quién y cuándo y cómo y dónde. Esto le causó vergüenza y ocultó la cara contra el rostro de Isabel. Esquivadas las preguntas, volvió a mirarla acariciándole los cabellos. Ella se volvió y, con la boca entreabierta y los ojos dilatados, analizó anhelante sus rasgos; se hundió en su mirada. Jason continuaba deslizando la mano por la cabeza querida, pero su atención no estaba allí. Ahora fue ella quien lo tomó por los hombros:

—¿Qué?

Con una media sonrisa, él dijo:

—Nada…

Pero estaba ausente. «Me abrazaron y me besaron», «me abrazaron y me besaron…». Sí; ese era el elemento extraño que se había colocado entre ellos, la piedra caída en el agua serena de sus sentimientos. Así como él lo hacía, tan sencilla y naturalmente como él, otro la había besado. Miró la boca de Isabel; una boca a la que la presión de sus labios masculinos había hecho perder por un momento la gracia tranquila de su diseño. La boca estaba igual que ayer, que anteayer, que siempre. Pero él se empeñaba en creer que el hombre, al besarla, le había contagiado algo incomprensible y exótico. Como si en adelante, desde aquel «anoche» que él acababa de vivir, Isabel hubiera de ser una mujer distinta. Una mujer que imitaría de manera perfecta la voz, los gestos, las miradas, las actitudes y hasta los pensamientos de Isabel.

Jason quiso engañarse pensando que su cuerpo contenía, hasta los bordes, un sufrimiento inmensurable. Pero reconoció que no sufría: odiaba. No a ella ni al otro. Odiaba al hecho sencillo y brutal que tal vez prolongara para siempre su presencia entre ellos; apretaba rabiosamente los maxilares, pensando en el beso y en el abrazo. Pero sentía que si él dijera esto a Isabel, ella no lo entendería. No podría creerlo. Sería capaz de comprender su dolor, su tristeza; acaso su odio hacia ella o hacia el otro. Pero la simple verdad —el odio hacia el hecho— no. En silencio, descendió la mano desde los cabellos hasta la mejilla y acarició lentamente su contorno. Volvió a sonreírle y tomó el sombrero. Al abrir la puerta tuvo la impresión de que, lejos de ella, su extraño odio sería totalmente inútil; lo dejó en la habitación, cerrando lenta y cuidadosamente.

Bajó las escaleras con el tranquilo paso de siempre y salió a la calle. Afuera lo esperaba la noche; pero no la noche madura, dilatada en silencio y serenidad que Jason hubiera deseado, sino una noche recién hecha, fresca, bulliciosa, llena del movimiento de los coches y las gentes. Una noche jovial que abría cuadrados de luz y gesticulaba en los letreros luminosos.

A los pocos pasos Jason estaba aislado; no entendía las voces de la multitud y los codazos que recibía de vez en cuando rebotaban en él como en una pared indiferente. Sin proponérselo, fundía los ruidos de la ciudad en el ritmo de su paso. El movimiento de avance de la pierna izquierda demoraba el tiempo justo que necesitaba para decir «me abrazaron». La derecha decía: «y me besaron». Me abrazaron /y me besaron. Me abrazaron /y me besaron. Jason fue contando su dolor a las gentes con el ritmo de sus pasos. Lo dijo, inexorable y lento, durante cuadras y cuadras. Cuando el tráfico lo obligaba a detenerse en una esquina, procuraba que la última pierna que se moviera fuera la derecha. Así no truncaba la frase ni la escena que esta le sugería. Abrazaron, no. Besaron, tampoco. No, no era esto. Me abrazaron y me besaron. Me abrazaron /y me besaron. Proseguía la marcha; caminaba con el tranquilo paso de siempre. Continuaba diciendo su dolor a las mujeres rientes, a los hombres sentados frente a los cafés, a los negocios deslumbrantes de luces, a los árboles de follaje inquieto, a los vehículos brillantes y temblorosos. Pero, sobre todo, lo decía a la vereda: a la humilde y resignada vereda, llena de papeles, restos de cigarrillos y escupitajos. A la vereda pisoteada millones de veces por la multitud todos los días, a toda hora, con prisa, con lentitud, yendo hacia un destino, o paseándose, simplemente.

Jason también se había paseado muchas veces por la calle ancha y cordial, de paredes limpias y hermosas. En sus paseos de muchos años había trabado amistad con la vida ciudadana. La calle y él llegaron a intimar profundamente, a conocerse en todos los detalles y hasta a armonizar sus respectivos sentimientos. Él sabía cuándo la calle vibraba orgullosamente al paso de los trenes que corrían en sus entrañas, bajo el gris de la vereda resignada y humilde. Y conocía también los atardeceres en que la calle lo recibía desfallecida y triste, como si añorara la tierra, la hierba y las bestias; como si aquella baraúnda que limitaban sus brazos poderosos le causara malestar, un poco de jaqueca, acaso.

Sí; Jason se entendía perfectamente con la calle ancha y hermosa; sus estados de ánimo solían correr paralelamente. Pero ahora no; no se trataba de eso. Que la amiga lo perdonara, pero ya no era el Jason de todos los día, que la saludaba paseándola. Ahora iba, un paso y otro —me abrazaron y me besaron— metido en sí mismo. Y, metido en él, un dolor que aún no había llegado a comprender. Un dolor envuelto todavía en un papel hecho de sorpresa y desconcierto. «Me abrazaron y me besaron». Quería representarse la escena que traducían las palabras: otro hombre apretando a Isabel y besándola. Mordiéndole rabiosamente el labio inferior. Humedeciéndose en él, como enloquecido por una sed infinita. Pero no lo conseguía con claridad. Cuando recordaba a Isabel diciéndole aquello, se recordaba a él mismo, con la mujer apretada fuertemente y los dientes sujetando con suavidad el labio inferior, húmedo y caliente. Isabel había doblado la cabeza, desviando los ojos; su voz había temblado en los dos golpes: me abrazaron, primero; y luego: y me besaron. Y esto era justo. Lógicamente debía de haber sucedido así: un abrazo y un beso. Era normal, razonable, perfectamente graduado. Jason lo sentía así. Pero lo que sentía con más intensidad era su impotencia para desatar el paquetito que llevaba adentro. Un pequeño paquetito que podría llevarse cómodamente en la mano y donde se escondía el dolor. Seguía escondido, y Jason no sufría ni podía indignarse. Fallaba su imaginación, y los momentos dolorosos a cuyo encuentro había salido para que lo tomaran en la calle abierta y no en la soledad de su cuarto, no llegaban. Jason temía el dolor en la soledad. Se amplifica; se lo siente como una herida que pulsa y uno acaba por acostumbrarse y hasta por gozar sufriendo. Aumentando el dolor con imágenes; recogiéndose para sentirlo mejor, como un pedazo de música.

El otro, el hombre que había besado —abrazado y besado— a Isabel, no tomaba forma. Jason no lograba verlo. No pudo pasar de un hombre vestido de oscuro; menos todavía: un traje oscuro de hombre. Un hombre decapitado y sin manos. Pero veía entera a Isabel. Alguien que se perdía en la forma impersonal de los verbos la había abrazado, besándola luego. Fuertemente, con rabia, con ansias de macho. Sí, podía exaltar la virilidad del otro todo lo que quisiera. Pero Jason seguía viendo entera a Isabel y no al otro. Hasta el traje negro se borró, perdiéndose en la sombra. Isabel quedaba, entera, desde los zapatitos claros hasta las cejas circunflejas. Más aún: hasta los hilos de cabellos escapados del peinado; hasta la atmósfera que la rodeaba y que iban haciendo sus movimientos y su perfume. Isabel seguía siendo. Era su Isa, con las inflexiones de voz, el aletear de manos, la mirada de siempre.

Ya podía Jason caminar hasta que la calle se durmiera, moviendo los pies con el mismo ritmo: «me abrazaron», el izquierdo; «y me besaron», el derecho. Caminaría kilómetros, cansado y sudoroso. Pero el paquetito no se desataría: no dejaría escapar el dolor.

Mucho mejor sería amoldar los pasos a otras palabras. Por ejemplo: el pie izquierdo interrogaría: «¿Y qué?». Y el derecho repetiría la pregunta, burlonamente. «¿Y qué? ¿Y qué?».

Con este ritmo, Jason caminaría más ligero. Golpearía velozmente la vereda de la calle amiga y el suelo devolvería sus golpes con otros, alegres y ligeros. «¿Y qué?». «¿Y qué?».

Al principio, Jason sentiría que la pregunta invariable de sus zapatos sonaba cínicamente. Pero luego afirmaría el paso y cada golpe tendría el vigor de un desafío. Un desafío a las estúpidas gentes, tan estúpidas que pueden suponer que un abrazo y un beso dados a una muchacha bastan para alterar su personalidad, pueden tocar su alma. El alma de Isa, que se derramaba por toda su piel y cuya esencia estaba, sin embargo, tan profundamente oculta que solamente se podía llegar a ella usando otra alma. Pero nunca con un abrazo y un beso.

Y en los golpes rápidos de los dos «¿y qué?» que se repetían incansables, netos y burlones en la hermosa calle en que se iniciaba la enérgica noche ciudadana, Jason oía también un desafío al otro Jason no totalmente extraño a las estúpidas gentes. Al Jason que hubiese admitido que las almas ocultas de las frescas muchachas pueden tocarse con un beso y un abrazo.

A derecha, a izquierda, frente a él y a sus espaldas, la multitud se movía, hablaba, gritaba y reía. Jason seguía golpeando la vereda gris, la vereda con papeles rotos y escupitajos.

Los dos zapatos —tac, tac; tac, tac— remedaban el ruido de las paletadas de tierra, llenando un pozo. Allá, en el fondo oscuro y cada vez más lejano, el otro estúpido Jason seguiría probablemente caminando con lentitud, arrastrando a cada pierna el grillete de la media frase.

Pero aquí arriba no había nada más que Jason, marchando jovialmente entre la multitud apretada y bulliciosa.



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viernes, 20 de diciembre de 2019

"Te abrazaría", de JOSÉ HIERRO DEL REAL (ESPAÑA, 1922-2002 d.n.e.)

Alex Alemany - Desnudo

Inútilmente fui
recorriendo senderos
entre mármoles.

Luz
de prodigiosa hondura.
(Toda la noche había
llovido. Al clarear
cesó la lluvia. Nubes
navegaban el cielo;
nubes blancas.)

Inútil
fue recorrer senderos,
buscar tu nombre. Inútil:
no lo hallé.
Y recé una oración
por ti -¿por ti o por mí?-.
Después te olvidé. Sean
los muertos los que entierran a sus muertos.

¡Estaba
tan olvidado todo!
Pero esta noche...

¿Por qué será imposible
verte de nuevo, hablarte,
escucharte, tocarte,
ir -con los mismos cuerpos
y almas que tuvimos,
pero con más amor-
uno al lado del otro...
(Ilusión descuajada
del espacio y del tiempo,
lo sé para mi daño.)

Yo te hablaría lo mismo que hablaría,
si yo fuese su dueño
mi verso: con palabras
de cada día, pero
bajo las que sonara
la corriente fluvial
de la ternura.
Como se hablan los hombres,
conteniendo las ganas
de llorar, de decirse
'te quiero'. Sin llorar
ni decirse 'te quiero',
que es cosa de mujeres.

Qué quedaría entonces
de ti, después de tantos
años bajo la tierra.
Dónde hallarte -pensé
aquel día-. No estamos
jamás donde morimos
definitivamente,
sino donde morimos
día a día.

Pero esta noche...

Te abrazaría, créeme,
te besaría,

te daría calor,
te adoraría. Haría
algo que es más difícil:
tratar de comprenderte.

Y te comprendería,
te comprendo ya, créelo.
Nos va enseñando tanto
la vida... Nos enseña
por qué un hombre ve rota
su voluntad, y sueña,
y vive solitario;
por qué va a la deriva
en el témpano errante
arrancado a la costa,
y se deja morir
mientras mira impasible
cómo se hunden los suyos,
la carne de su carne,
su hermoso mundo...

Son líneas sin sentido
éstas que trazo.
Yo mismo no comprendo
qué es lo que dejo en ellas.
Acaso sea música
de mi alma, arrancada
de modo misterioso
por tu mano de muerto.

Tu mano viva.
Yo pensé en ella, pero
era una mano muerta,
una mano enterrada
la que yo perseguía.

Inútilmente fui
buscando aquella mano.
Se estaba convirtiendo
en festín de las flores.
En vaho tibio para
empeñar las estrellas.
En luz malva y errante
que da su son al alba.
Estaría mezclándose
con la tierra materna.
Se hacía mano viva:
lo que es ahora.

Te abrazaría, créeme.
Te daría calor.
Te comprendo ya. Entonces
no era tiempo. Fue un día
de septiembre, en Ciriego,
-un cementerio que oye
la mar- el año mil
novecientos cincuenta.

Cuando vivías, eras
un extraño. Aquel día
entre mármoles, fui
buscándote, tratando
de comprenderte. Sólo
esta noche, de modo
inesperado, al fin
he comprendido.

Tarde,
para mi daño.



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miércoles, 18 de diciembre de 2019

"Todo eso que no puede ser", de VICENT ANDRÉS ESTELLÉS (ESPAÑA, 1924-1993, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro, escrito originalmente en valenciano, "Cançoneret de Ripoll", de fecha 1985  d.n.e.




TOT AÇÒ QUE JA NO POT SER

Et besaria lentament,
et soltaria els cabells,
t'acariciaria els muscles,
t'agafaria el cap
per a besar-te dolçament,
estimada meua, dolça meua,
i sentir-te, encara més nina,
més nina encara sota les mans,
dessota els pèls del meu pit
i sota els pèls de l'engonal,
i sentir-te sota el meu cos,
amb els grans ulls oberts,
més que entregada confiada,
feliç dins els meus abraços.
Et veuria anar, tota nua,
anant i tornant per la casa,
tot açò que ja no pot ser.
Sóc a punt de dir el teu nom,
sóc a punt de plorar-lo
i d'escriure'l per les parets,
adorada meua, petita.
Si em desperte, a les nits,
em desperte pensant en tu,
en el teu daurat i petit cos.
T'estimaria, t'adoraria
fins a emplenar la teua pell,
fins a emplenar tot el teu cos
de petites besades cremants.
És un amor total i trist
el que sent per tu, criatura,
un amor que m'emplena les hores
totalement amb el record
de la teua figura alegre i àgil.
No deixe de pensar en tu,
em pregunte on estaràs,
voldria saber què fas,
i arribe a la desesperació.
Com t'estime! Em destrosses,
t'acariciaria lentament,
amb una infinita tendresa,
i no deixaria al teu cos
cap lloc sense la meua carícia,
petita meua, dolça meua,
aliena probablement
a l'amor que jo sent per tu,
tan adorable! T'imagine
tèbia i nua, encara innocent,
vacil.lant, i ja decidida,
amb les meues mans als teus muscles,
revoltant-te els cabells,
agafant-te per la cintura
o obrint-te les cames,
fins a fer-te arribar, alhora,
amb gemecs i retrocessos,
a l'espasme lent del vici;
fins a sentir-te enfollir,
una instantània follia:
tot açò que ja no pot ser,
petita meua, dolça meua.
Et recorde i estic plorant
i sent una tristesa enorme,
voldria ésser ara al llit,
sentir el teu cos prop del meu,
el cos teu, dolç i fredolic,
amb un fred de col.legiala,
encollida, espantada; vull
estar amb tu mentre dorms,
el teu cul graciós i dur,
la teua adorable proximitat,
fregar-te a penes, despertar-te,
despertar-me damunt el teu cos,
tot açò que ja no pot ser.
Et mire, i sense que tu ho sàpies,
mentre et tinc al meu davant
i t'estrenyc, potser, la mà,
t'evoque en altres territoris
on mai havem estat;
contestant les teues paraules,
visc una ègloga dolcíssima,
amb el teu cos damunt una catifa,
damunt els taulells del pis,
a la butaca d'un saló
de reestrena, amb la teua mà
petita dintre la meua,
infinitament feliç,
contemplant-te en l'obscuritat,
dos punts de llum als teus ulls,
fins que al final em sorprens
i sens dubte em ruboritzes,
i ja no mires la pantalla,
abaixes llargament els ulls.
No és possible seguir així,
jo bé ho comprenc, però ocorre,
tot açò que ja no pot ser.
Revisc els dolços instants
de la meua vida, però amb tu.
És una flama, és una mort,
una llarga mort, aquesta vida,
no sé per què t'he conegut,
jo no volia conèixer-te...
A qualsevol part de la terra,
a qualsevol part de la nit,
mor un home d'amor per tu
mentre cuses, mentre contemples
un serial de televisió,
mentre parles amb una amiga,
per telèfon, d'algun amic;
mentre que et fiques al llit,
mentre compres en el mercat,
mentre veus, al teu mirall,
el desenvolupament dels teus pits,
mentre vas en motocicleta,
mentre l'aire et despentina,
mentre dorms, mentre orines,
mentre mires la primavera,
mentre espoles les estovalles,
mor un home d'amor per tu,
tot açò que ja no pot ser.
Que jo me muir d'amor per tu.
Te besaría lentamente,
te soltaría los cabellos,
te acariciaría los hombros,
te cogería la cabeza
para besarte dulcemente
,
querida mía, dulce mía,
y sentirte, aún, más niña,
más muñeca aún bajo las manos,
debajo los pelos de mi pecho
y bajo los pelos de la ingle,
y sentirte bajo mi cuerpo,
con los grandes ojos abiertos,
más que entregada confiada,
feliz entre mis abrazos.
Te vería ir, toda desnuda,
yendo y viniendo por la casa,
todo eso que ya no puede ser.
Estoy a punto de decir tu nombre.
Estoy a punto de llorarlo
y de escribirlo por las paredes,
adorada mía, pequeña.
Si me despierto, por las noches,
me despierto pensando en ti,
en tu dorado y pequeño cuerpo.
Te amaría, te adoraría
Hasta llenar tu piel,
Hasta llenar todo tu cuerpo
de pequeños besos ardientes
.
Es un amor total y triste
el que siento por ti, criatura,
un amor que me llena las horas
totalmente con el recuerdo
de tu figura alegre y ágil.
No dejo de pensar en ti,
me pregunto donde estarás,
querría saber qué haces,
y llego a la desesperación.
¡Como te quiero! Me destrozas,
Te acariciaría lentamente,
con una infinita ternura,
y no dejaría en tu cuerpo
ningún lugar sin mi caricia,
pequeña mía, dulce mía,
aliena probablemente
al amor que yo siento por ti,
tan adorable! Te imagino
tibia y desnuda, aún inocente,
vacilante, y ya decidida,
con mis manos en tus hombros,
revolviéndote los cabellos,
cogiéndote por la cintura
o abriéndote las piernas,
hasta hacerte llegar, al mismo tiempo,
con gemidos y retrocesos,
al espasmo lento del vicio;
hasta sentirte enloquecer,
una instantánea locura:
todo eso que ya no puede ser,
pequeña mía, dulce mía.
Te recuerdo y estoy llorando
y siento una tristeza enorme,
querría estar ahora en la cama,
sentir tu cuerpo cerca del mío,
tu cuerpo, dulce y friolero,
con un frío de colegiala,
encogida, asustada; quiero
estar contigo mientras duermes,
tu culito gracioso y duro,
tu adorable proximidad,
fregarte a penas, despertarte,
despertarme encima de tu cuerpo,
todo eso que ya no puede ser.
Te miro, y sin que tu lo sepas,
mientras te tengo delante
y te aprieto, quizá, la mano,
te evoco en otros territorios
donde nunca hemos estado;
contestando tus palabras,
vivo una égloga dulcísima,
con tu cuerpo encima de una alfombra,
encima de los tableros del piso,
en la butaca de un salón
de reestreno, con tu mano
pequeña dentro de la mía,
infinitamente feliz,
contemplándote en la oscuridad,
dos puntos de luz en tus ojos,
hasta que al final me sorprendes
y sin duda me ruborizas,
y ya no miras la pantalla,
bajas largamente los ojos.
No es posible seguir así,
yo bien lo comprendo, pero ocurre,
todo eso que ya no puede ser.
Revivo los dulces instantes
de mi vida, pero contigo.
Es una llama, es una muerte,
una larga muerte, esta vida,
no sé por qué te he conocido,
yo no quería conocerte…
En cualquier lugar de la tierra,
En cualquier parte de la noche,
muere un hombre de amor por ti
mientras coses, mientras contemplas
una serie de televisión,
mientras hablas con una amiga,
por teléfono, de algún amigo;
mientras te metes en la cama,
mientras compras en el mercado,
mientras ves, en tu espejo,
el desarrollo de tus pechos,
mientras vas en motocicleta,
mientras el aire te despeina,
mientras duermes, mientras orinas,
mientras miras la primavera,
mientras sacudes el mantel,
muere un hombre de amor por ti,
todo eso que ya no puede ser.
Que yo me muero de amor por ti.



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