"Venus en el pudridero", de EDUARDO ANGUITA (CHILE, 1914-1992, d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Venus en el pudridero", de fecha 1967  d.n.e.





(Fragmento)
II.

Os contaré, amantes, qué hacéis cuando estáis juntos;
lo que yo hice y sentí
en aquel huerto de espigas corporales.

El gallo a mitad del día, erguido para el amor,
y la luna que espera al ave de fuego,
mojada, abierta y silenciosa.

La tomé por la mirada, rebanando con mi vista su entrecejo,
y desde ahí, humedecí con su vista mis manos y con mi vista su cuerpo,
hasta que su cabeza derramóse en mi hombro.
Su cabeza era una blanda caverna donde se escondía el torrente,
el que me llevaría hacia abajo, a las zarzas de sigiloso esplendor.

Palpé sus sienes, oyendo latir la piedra,
la piedra azulada por la respiración y el anhélito.

Ella tomó mi boca con su boca, llenar un hueco con otro hueco
para partir unidamente exhaustos.
Mis labios son yo que salgo; los suyos son yo que entro.

Y nos reconocimos íntimos y temblorosamente obvios.
Comencé a ser mi semejante.

Inquirí su cuello, la columna despierta
hecha de luz intencional explícita.
Besos en su garganta de cascada de nieve, y sus pechos,
particulares bóvedas del cielo, copas de árbol, salidas
de sol y cualquier cosa aquí sólo representada.
Mi boca me ungió único entre dos calores contiguos.

De ser una la esfera,
Yo habría inventado la repetición.

Rodeaba mi cintura para ser ella copa y yo agua.
Quería aprisionarme, y no sólo por fuera,
pues podría escaparme hacia adentro,
y para que no me evadiera así, me insinuó encerrarse ella dentro de mí.
Accediendo, la ceñí a mi vez por la cintura,
siendo ella ahora el agua y yo el vaso.
Y se hizo tan íntima, que aun durmiendo me encontraba con ella
como si la hubiera habitado y comulgado.
Estrechamos la condena y caímos veloz
por la corriente que arrastra juntos al pájaro y al vuelo.

III.

Su mano en mi nuca bordeaba la piel y el cabello.
Se ponía en la orilla: en la extrañeza y en la propiedad.
Estuve de acuerdo: también como ella deseé los contrarios.
Me adentré tanteando por el interior de sus muros
hasta esa cercanía más y más ajena,
pero, ¿entendéis?, sin llegar, sin llegar todavía
a decirle tú.

Sentí lo que ella sentía
y supe que yo era hombre porque ella así lo sentía.
Sentí por ella y me hice rápidamente mujer,
amándome a mí mismo.

Tú eres mujer, tú eres hombre.
Eres el muchacho y también la doncella.
Tú, como un viejo, te apoyas en el cayado.
Eres el pájaro azul oscuro
y el verde de ojos rojos.

Tú eres aquello. Y yo soy tú.
Pero no al mismo tiempo. Por eso entro y salgo.

Eduardoe-lisa Elisae-duardo
Elisaeduar-do Eduardoeli-sa

Se colapsa el vaivén, en qué quedamos,
¿a qué fracción tu-i-yo soy reducido?

E-duardoelisa E-lisaeduardo
Elisaeduardo Eduardoelisa

Si alguien pregunta por mí, respondan:
Salió y no puede entrar.
Entró y no sabe salir.

IV.

Yacentes, los brazos y los muslos del uno se enlazaron
con los del otro.
Este abrazo se llama
mezcla de grano de sésamo y arroz.
Si ella coloca, estando acostada, una de sus piernas encima de mi hombro
y extiende la otra; después, pone ésta a su vez sobre el hombro
y alarga la primera, rápida y alternativamente,
es la hendidura del bambú.

¡Oh cuerpo nunca completamente poseído!
¡Los cuerpos no osen tocar el misterio del cuerpo!

Parte con parte, todo con todo.
Aludir y eludir.
Con mis palmas sensibles como espejos internos,
amorosé su espalda;
bajaron por los flancos hasta la juntura que da acceso.

Luego giré en medio círculo y quedó mi conciencia
en dirección a sus pies, ella de espaldas y yo de bruces,
uno sobre el otro:
hicimos así lo que yo llamo
sinceramente
la clepsidra.

No sé cuál de los dos compartimientos recibía y cuál donaba.
Aunque desnudos, fue preciso esta inversión de los cuerpos
para vaciar toda la arena, hasta quedar realmente innatos:
ella y yo, pasado y futuro,
uno consumado, el otro consumido.
Medianoche, sin duda.

Rétame con tus muslos,
tiemble tu herida previa.
Me insertaré tan hondamente
que quedaremos confundidos
más que un hecho con el tiempo que ocupa.

Yo entro, joven mía, calor mío, en ti,
como un llanto en otro llanto.
Astros corren por sílabas,
animales más suaves que.

Horror si estoy en ti, mujer mía, como una llave enajenada dentro de la velocidad.

Tus pechos son las cabezas del dolor
bajo un cielo que yo amaría devorar
mezclado al agua de mi cuerpo.

Tus nuevas llagas me recorren como una madre al fuego.
Un paso infinito y que nunca llega a realizarse
es la mirada de la mujer que recibe al hombre;
sobre su nariz, el entrecejo es el puente atravesado sobre el goce y el río,
para que yo mida mi alcance, mi agonía
y mi consumación.


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