Blog de Raúl Amores Pérez, dedicado a mostrar un repertorio de besos descritos en la literatura (en verso, en prosa), en la música, en la pintura, la fotografía, el cine, la escultura y los tratados del arte del amor.
viernes, 4 de diciembre de 2015
jueves, 3 de diciembre de 2015
"Donde quiera que estés", de JOAN MANUEL SERRAT (España, 1943-- d.n.e.)
te gustará saber
que por flaca que fuese la vereda
no malvendí tu pañuelo de seda
por un trozo de pan
y que jamás,
por más cansado que
estuviese, abandoné
tu recuerdo a la orilla del camino
y por fría que fuera mi noche triste,
no eché al fuego ni uno solo
de los besos que me diste.
Por ti,
por ti brilló mi sol un día
y cuando pienso en ti brilla de nuevo
sin que lo empañe la melancolía
de los fugaces amores eternos.
Dondequiera que estés
te gustará saber
que te pude olvidar y no he querido,
y por fría que sea mi noche triste
no echo al fuego ni uno solo
de los besos que me diste.
Dondequiera que estés....
si te acuerdas de mi.
[♪♫♪ Puedes escuchar la ballada♪♫♪ pinchando aquí].
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miércoles, 2 de diciembre de 2015
"Vals criollo", de EDUARDO MÁRQUEZ TALLEDO (Perú, 1902-1975 d.n.e.)
no queda ni la más leve añoranza,
que nunca volverán las horas idas
que hicieron de los dos una sola alma;
que nunca volverán las horas idas
que hicieron de los dos una sola alma.
Hoy llevo en el sendero de la vida,
perdida para siempre la esperanza
jamás la blanca luz de tu sonrisa
dará su suave beso a mi guitarra.
Han muerto para mí las alegrías,
de aquel amor fugaz, no queda nada,
ocultaré el dolor de mis heridas
porque perdí la gloria tan soñada;
ocultaré el dolor de mis heridas
porque perdí la gloria tan soñada.
Yo sé que ya tus labios no me nombran,
que el viento se ha llevado tus promesas,
que tu boca otra boca ardiente besa,
ha muerto un amor más entre las sombras;
que tu boca otra boca ardiente besa,
ha muerto un amor más entre las sombras.
Hoy llevo en el sendero de la vida,
perdida para siempre la esperanza
jamás la blanca luz de tu sonrisa
dará su suave beso a mi guitarra.
Han muerto para mí las alegrías,
de aquel amor fugaz, no queda nada,
ocultaré el dolor de mis heridas
porque perdí la gloria tan soñada;
ocultaré el dolor de mis heridas
porque perdí la gloria tan soñada.
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martes, 1 de diciembre de 2015
"Mañana de primavera", de FEDERICO BARRETO BUSTÍOS (Perú, 1862-1929 d.n.e.)
Le pedí un beso: se mostró ofendida
y con la faz llorosa y encendida
huyó sin rumbo en rápida carrera.
-"Espera -le grité- por Dios, espera!".
Más ella, por el pánico impelida,
cruzó volando la extensión florida,
como blanca paloma mensajera...
Cayó por fin, de la fatiga al peso;
la alcé triunfante de la tierra helada
y la oprimí con tímido embeleso.
Ella me dijo entonces asustada:
-¿Quieres que te dé un beso? Toma un beso;
pero, por caridad... no me hagas nada..."
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lunes, 30 de noviembre de 2015
"Posesión", de EFRÉN REBOLLEDO (Méjico, 1877-1929 d.n.e.)
Y como una paloma agonizante,
Abatiste en mi pecho tu semblante
Que tiñó el rosicler de los sonrojos.
Jardín de nardos y de mirtos rojos
Era tu seno mórbido y fragante,
Y al sucumbir, abriste palpitante
Las puertas de marfil de tus hinojos.
Me diste generosa tus ardientes
Labios, tu aguda lengua que cual fino
Dardo vibraba en medio de tus dientes.
Y dócil, mustia, como débil hoja
Que gime cuando pasa el torbellino,
Gemiste de delicia y de congoja.
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sábado, 28 de noviembre de 2015
"Amantes", de JORGE GAITÁN DURÁN (Colombia, 1924-- d.n.e.)
como dos ángeles equivocados,
como dos soles rojos en un bosque oscuro,
corno dos vampiros al alzarse el día.
Labios que buscan la joya del instante entre dos muslos,
boca que busca la boca, estatuas erguidas
que en la piedra inventan el beso
sólo para que un relámpago de sangres juntas
cruce la invencible muerte que nos llama.
De pie como perezosos árboles en el estío,
sentados como dioses ebrios
para que me abrasen en el polvo tus dos astros,
tendidos como guerreros de dos patrias que el alba separa,
en tu cuerpo soy el incendia del ser.
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viernes, 27 de noviembre de 2015
jueves, 26 de noviembre de 2015
"Maithuna", de OCTAVIO PAZ LOZANO (Méjico, 1914-1998 d.n.e.)
Mis ojos te descubren
Desnuda
Y te cubren
Con una lluvia cálida
De miradas
Una jaula de sonidos
Abierta
En plena mañana
Más blanca
Que tus nalgas
En plena noche
Tu risa
O más bien tu follaje
Tu camisa de luna
Al saltar de la cama
Luz cernida
La espiral cantante
Devana la blancura
Aspa
X plantada en un abra
Mi día
En tu noche
Revienta
Tu grito
Salta en pedazos
La noche
Esparce
Tu cuerpo
Resaca
Tus cuerpos
Se anudan
Otra vez tu cuerpo
Hora vertical
La sequía
Mueve sus ruedas espejeantes
Jardín de navajas
Festín de falacias
Por esas reverberaciones
Entras
Ilesa
En el río de mis manos
Más rápida que la fiebre
Nadas en lo oscuro
Tu sombra es más clara
Entre las caricias
Tu cuerpo es más negro
Saltas
A la orilla de lo improbable
Toboganes de cómo cuándo porque si
Tu risa incendia tu ropa
Tu risa
Moja mi frente mis ojos mis razones
Tu cuerpo incendia tu sombra
Te meces en el trapecio del miedo
Los terrones de tu infancia
Me miran
Desde tus ojos de precipicio
Abiertos
En el acto de amor
Sobre el precipicio
Tu cuerpo es más claro
Tu sombra es más negra
Tú ríes sobre tus cenizas
Lengua borgoña de sol flagelado
Lengua que lame tu país de dunas insomnes
Cabellera
Lengua de látigos
Lenguajes
Sobre tus espaldas desatados
Entrelazados
Sobre tus senos
Escritura que te escribe
Con letras aguijones
Te niega
Con signos tizones
Vestidura que te desviste
Escritura que te viste de adivinanzas
Escritura en la que me entierro
Cabellera
Gran noche súbita sobre tu cuerpo
Jarra de vino caliente
Derramado
Sobre las tablas de la ley
Nudo de aullidos y nube de silencios
Racimo de culebras
Racimo de uvas
Pisoteadas
Por las heladas plantas de la luna
Lluvia de manos de hojas de dedos de viento
Sobre tu cuerpo
Sobre mi cuerpo sobre tu cuerpo
Cabellera
Follaje del árbol de huesos
El árbol de raíces aéreas que beben noche en el sol
El árbol carnal El árbol mortal
Anoche
En tu cama
Éramos tres:
Tú yo la luna
Abro
Los labios de tu noche
Húmedas oquedades
Ecos
Desnacimientos:
Blancor
Súbito de agua
Desencadenada
Dormir dormir en ti
O mejor despertar
Abrir los ojos
En tu centro
Negro blanco negro
Blanco
Ser sol insomne
Que tu memoria quema
(Y
La memoria de mí en tu memoria)
Y nueva nubemente sube
Savia
(Salvia te llamo
Llama)
El tallo
Estalla
(Llueve
Nieve ardiente)
Mi lengua está
Allá
(En la nieve se quema
Tu rosa)
Está
Ya
(Sello tu sexo)
El alba
Salva
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lunes, 23 de noviembre de 2015
"Recinto. II", de CARLOS PELLICER CÁMARA (Méjico, 1897-1977 d.n.e.)
que no me deja estar a solas con tus besos.
Que se cierre esa puerta
por donde campos, sol y rosas quieren vernos.
Esa puerta por donde
la cal azul de los pilares entra
a mirar como niños maliciosos
la timidez de nuestras dos caricias
que no se dan porque la puerta, abierta...
Por razones serenas
pasamos largo tiempo a puerta abierta.
Y arriesgado es besarse
y oprimirse las manos, ni siquiera
mirarse demasiado, ni siquiera
callar en buena lid...
Pero en la noche
la puerta se echa encima de sí misma
y se cierra tan ciega y claramente,
que nos sentimos ya, tú y yo, en campo abierto
escogiendo caricias como joyas
ocultas en noches con jardines
puestos en las rodillas de los montes,
pero solos, tú y yo.
La mórbida penumbra
enlaza nuestros cuerpos y saquea
mi ternura tesoro,
la fuerza de mis brazos que te agobian
tan dulcemente, el gran beso insaciable
que se bebe a sí mismo
y en su espacio redime
lo pequeño de ilímites distancias...
Dichosa puerta que nos acompañas,
cerrada, en nuestra dicha. Tu obstrucción
es la liberación de estas dos cárceles;
la escapatoria de las dos pisadas
idénticas que saltan a la nube
de la que se regresa en la mañana.
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sábado, 21 de noviembre de 2015
jueves, 19 de noviembre de 2015
"Mi corazón emprende", de JAIME SABINES GUTIÉRREZ (Méjico, 1925-1999 d.n.e.).
último viaje.
Retoño de la luz,
agua de las edades que en ti, perdida, nace.
Ven a mi sed. Ahora.
Después de todo. Antes.
Ven a mi larga sed entretenida
en bocas, escasos manantiales.
Quiero esa arpa honda que en tu vientre
arrulla niños salvajes.
Quiero esa tensa humedad que te palpita,
esa humedad de agua que te arde.
Mujer, músculo suave.
La piel de un beso entre tus senos
de obscurecido oleaje
me navega en la boca
y mide sangre.
Tú también. Y no es tarde.
Aún podemos morirnos uno en otro:
es tuyo y mío ese lugar de nadie.
Mujer, ternura de odio, antigua madre,
quiero entrar, penetrarte,
veneno, llama, ausencia,
mar amargo y amargo, atravesarte.
Cada célula es hembra, tierra abierta, agua abierta, cosa que se abre. Yo nací para entrarte.
Soy la flecha en el lomo de la gacela agonizante.
Por conocerte estoy,
grano de angustia en corazón de ave.
Yo estaré sobre ti, y todas las mujeres
tendrán un hombre encima en todas partes.
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martes, 17 de noviembre de 2015
"Triunfo del amor", de VICENTE ALEIXANDRE (España, 1898-1984 d.n.e.)
en el cielo luciendo como un dolor largamente sufrido.
Pero no será, no, el poeta quien diga
los móviles ocultos, indescifrable signo
de un cielo líquido de ardiente fuego que anegara las almas,
si las almas supieran su destino en la tierra.
La luna como una mano,
reparte con la injusticia que la belleza usa,
sus dones sobre el mundo.
Miro unos rostros pálidos.
Miro rostros amados.
No seré yo quien bese ese dolor que en cada rostro asoma.
Sólo la luna puede cerrar, besando,
unos párpados dulces fatigados de vida.
Unos labios lucientes, labios de luna pálida,
labios hermanos para los tristes hombres,
son un signo de amor en la vida vacía,
son el cóncavo espacio donde el hombre respira
mientras vuela en la tierra ciegamente girando.
El signo del amor, a veces en los rostros queridos
es sólo la blancura brillante,
la rasgada blancura de unos dientes riendo.
Entonces sí que arriba palidece la luna,
los luceros se extinguen
y hay un eco lejano, resplandor en oriente,
vago clamor de soles por irrumpir pugnando.
¡Qué dicha alegre entonces cuando la risa fulge!
Cuando un cuerpo adorado;
erguido en su desnudo, brilla como la piedra,
como la dura piedra que los besos encienden.
Mirad la boca. Arriba relámpagos diurnos
cruzan un rostro bello, un cielo en que los ojos
no son sombra, pestañas, rumorosos engaños,
sino brisa de un aire que recorre mi cuerpo
como un eco de juncos espigados cantando
contra las aguas vivas, azuladas de besos.
El puro corazón adorado, la verdad de la vida,
la certeza presente de un amor irradiante,
su luz sobre los ríos, su desnudo mojado,
todo vive, pervive, sobrevive y asciende
como un ascua luciente de deseo en los cielos.
Es sólo ya el desnudo. Es la risa en los dientes.
Es la luz o su gema fulgurante: los labios.
Es el agua que besa unos pies adorados,
como un misterio oculto a la noche vencida.
¡Ah maravilla lúcida de estrechar en los brazos
un desnudo fragante, ceñido de los bosques!
¡Ah soledad del mundo bajo los pies girando,
ciegamente buscando su destino de besos!
Yo sé quien ama y vive, quien muere y gira y vuela.
Sé que lunas se extinguen, renacen, viven, lloran.
Sé que dos cuerpos aman, dos almas se confunden.
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lunes, 16 de noviembre de 2015
"Tu boca", de LAURA VICTORIA VALENCIA (seudónimo de GERTRUDIS PEÑUELA) (Colombia, 1.904-2.004 d.n.e.).
Pulpa de fruta que destila un vino tinto de sombra en el lagar rosado, dátil maduro, mora del camino, granado en flor bajo el azul tostado. Dientes más blancos que la flor de espino y más menudos que el arroz cuajado. Nievan en la sonrisa como el lino, y son puñales de marfil tallado. Boca, en sazón, perfecta, deleitosa, que tiene a veces languidez de rosa y ansia insaciable de recién nacido. Ya que fuiste la copa de mi canto, sella hoy mi beso desteñido en llanto y ayúdame a partir hacia el olvido.
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domingo, 15 de noviembre de 2015
"Las cuatro alas de abeja", de JUANA DE IBARBOUROU, seudónimo de JUANA FERNÁNDEZ MORALES (Uruguay, 1.892 - 1.979 d.n.e.).
He vuelto de la cita con cuatro alas de abejas
Prendidas en los labios. Cuatro alas de abejas
Doradas y bermejas.
¡Milagro como el de la barba de Dionisos,
El dios de acento dulce! La barba de Dionisos
Que tenía cuatro alas de abeja en vez de rizos.
Tus labios en mis labios derramaron su miel
Y brotaron las alas. Derramaron su miel
Y tuve las dulzuras de un panal en la piel.
No riáis. Las cuatro alas de abeja no se ven,
Mas las siento en la boca. Las alas no se ven,
Mas a veces, ¡prodigio!, vibran hasta en mi sien.
Y más adentro aún. Las dulces alas vibran
Hasta en mi corazón. Las dulces alas vibran
Y a mi alma de toda angustia y pena libran.
Mas si un día dejaran de aletear y zumbar...
Si se hicieran ceniza... Si cesara el zumbar
De las alas que hiciste en mis labios brotar...
¡Qué tristeza de muerte! ¡Qué alas negras de queja
Brotarían entonces! ¡Qué alas negras de queja
En lugar de las alas transparentes de abeja!
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jueves, 12 de noviembre de 2015
"Apólogo y meridiano del amante", de EFRAÍN HUERTA ROMA (Méjico, 1914-1982 d.n.e.)
retorno al monumento-flor de una saturada piel.
Estuve ausente todo un verano tembloroso,
en medio de la contienda florida
de los hirvientes amantes.
Atisbo el orquestal tejido de su escultura,
anudo la mirada en el cristal de su vientre.
Creo iluminar la tormenta,
perfumar él bosque;
imagino a mi difamada juventud
en actitud de templo desguarnecido.
Humillado acaso, mas no desintegrado,
adivino en la espesura de sus venas
la última suerte —echada ya—
del desamor innoble,
del fantasma y sus puñales,
de tu terrible existencia que no muere lo suficiente.
Hoy resido en tu muslo derecho,
aquí y allá, para necesitarme, para,
invisible, ascender hasta tus ciudades
y tus pueblos; necesito aterrarme
con mi propia ruina, voltear
de revés mis remordimientos, porque,
ay amada, he perdido la llave
del inocente territorio de las catástrofes.
Palidezco y emerjo de un sueño
con la diafanidad del galope lunar
y el borrado zurear de la paloma.
Cielo y tierra, bastiones neblinosos
y oportunos para grabar de una buena vez
—nunca es tarde para los transidos,
los desnudos, los boquiabiertos,
los insurrectos, los límpidos, los ebrios—
este infinito y giratorio epitafio.
Cabeceas inclemente y esmeraldina
como los bateles en el dormido lomo del río.
Te amo y te adoro en esa armonía
de hosca noche, de sórdido naufragio.
Un día cualquiera pude ser la fe,
la semilla, una calle virginal,
una carretera de capullos.
Aquel día que no sangró
me extravié en un gran patio invernal
donde los nísperos parecieron
los ojos amarillos de Donatello.
Entonces mi breve furia se acogió
al doliente arrebol de tus rodillas
hincadas a la mitad del alma
—y el alma se mostró caballunamente cadavérica.
Silencioso, pero todavía no vencido,
avanzo como la hormiga real
fascinado por la ciencia de tu naturaleza de gata.
Hoy era miércoles, era una repentina penumbra.
Luego vacilé como ante una muralla transparente,
porque los balcones de tu pecho ardían
y mi espada sin filo sólo era un cielo roto.
A mi vez ardí cuatro semanas sin monedas para el alquiler
ni para el vino; me saqué los ojos cinco momentos
para no ver al médico ni a la depresiva enfermera.
¿Cómo es que a tu lado no huele a hospital?
¿Por qué me dejas con el goce a secas?
¿Cuándo con un demonio podré sitiar ese horizonte desalmado?
Aspiro tus manzanas, tus duraznos,
tu dominadora rosa de cobre. No aspiro más ni aspiro a más.
Así la flecha que no partió jamás del seno de su dueña.
En aquellos litorales, el guerrero sin laureles
se protegió en la aridez de tus ámbitos.
Estrella en mano, como una raíz
interrogante y poderosa
se aferró a la caracola, al desconsolado
secreto de lo tuyo más umbrío:
Un cántico de tristeza, gozosamente lamentoso,
secó mis antiquísimos labios;
vertí en el vaso de tu Belleza
los disecados diamantes del olvido
y un belicoso bufón se desplomó dueño del cansancio.
Ahora me pregunto ¿Cuánto por el rescate?
¿Cuántas llamas necesito para turbarme,
cuántos billetes para preservarme de los terribles címbalos
y para no abandonar jamás de los jamases
tu esbelta superficie de mariposas
y el glacial aroma de mi Muerte?
Tramonto colinas, traspaso eléctricas fronteras,
alzo los brazos, clamo y vocifero de manera desdeñosa
cuando lamo leve sangre en tu hombro
—y mis dientes estallan alucinados
porque ya han aprendido la lección de la sábana y sus colmillos.
El guerrero es ahora una hormiga colérica.
El guerrero es voraz, débil y solemne.
Tú tienes dos alas, dos ojos, dos palomas,
dos brazos, dos piernas, una boca
fosforescente,
una meridiana entrepierna.
Recuerdo que compré a plazos ciertas hechicerías;
que mi choza era blanda porque la tapizaban frescos ramos de juncia;
que halagué y santifiqué el bosque cercano,
porque no puedo vivir sin el reino del follaje,
las maderas metálicas y el llagado perfil de la orquídea.
Di salvación a tu cuerpo
con el atavío de las danzas vespertinas;
al empezar el agua nocturna
te dominé de mil maneras.
Tus caderas rechinaron como la última carroza del cortejo.
Tu cuerpo, tu almendrado sexo
despedía los secretos de la resina.
Acrecí mi amor hasta parecer un gigante
aburrido en los herbazales.
Amanecí enanizado hasta la misericordia.
Ácida es la lengua del hombre,
agria la voz del ángel que huele a humo,
eterizada la palabra de tu dorso
y aceitosos los vocablos de tus murmurantes nalgas.
No discutamos nunca,
porque nada hay más insidioso que la mordedura rechazada
el doble universo que no me niegas
el asunto de mis desnudas tenazas
la crisis de mis miedos nocturnos
las cuestiones fálicas de mis profecías
la incineración de un guerrero cuya grandeza es la podredumbre
las almohadas que me convierten en tu lacayo
tu cintura
tus largos dedos...
Después de todo, ya era hora de escupir
y de volver a conversar estúpidamente.
¿Valió la pena secarme como a una cucaracha
de La Batalla de San Romano
para abrumarme con sueños apacibles
y despertarme a gritos de sirena tempranamente preñada?
De ningún modo te muevas. No hay necesidad
de ser cautelosos. Voy a envejecer
en la Casa de los Poetas Embrutecidos
y dar mi nombre al martirologio.
Ahora mírame, siénteme redondear un mundo
de sílabas, un viaje a los estanques del hambre.
Te poseo torvamente, torpemente.
Asesino sin vestigios, revelo mis crímenes
al primer interrogatorio.
Tú eres mi escudo, mi lanza astillada.
Yo soy quien se lamenta en la perla de tu axila,
el que oyes llorar de frío, cínicamente desilusionado.
Soy Paolo Dccello con su espejo al hombro.
La Capilla de los Dioses está a la vuelta,
en las orillas moribundas del infinito.
La reunión debe semejar la sencillez de una visita
al Museo Nacional de Antropología.
¿No lo crees así, sumergida y derribada doncella?
Pago la entrada y firmo al pie de mi acta de defunción,
porque nos ahogaremos en mares de sílex
y a mí en lo personal me volverá a degollar
la inmóvil lucidez de una máscara teotihuacana.
Soy el golpeado, el deshonroso, el enfermo de moho.
Soy el que no duerme y no vive
y no se entremezcla con Nadie en la transitoria arquitectura de tu lecho.
Bramo cuando no hay más remedio
cuando los halcones despluman al gorrión de la suerte
cuando las basílicas se tornan polvo
y lo que perdura sobre tus mejillas
es el relampagueo de un helénico incendio.
¿Qué más da? Pedro y Lucía se conocieron
en el Metro de París,
pero sus trabajos amorosos yacen en el pavimento
de todas las ciudades hostiles.
Yo te conocí en mi edad príncipe,
en tu edad enferma y disolvente.
Te conozco, piedra luminosa y ágil,
paloma a perpetuidad.
Te conozco como a la palma de mi mano
-y mi mano es la vivienda de los pobres,
de los que desordenan al mundo
a golpes de dolor y aletazos.
Me duele ayunar y maldecir.
Me asombra dañarte y tú tan vegetal,
divagando, dejándome ir y venir
con los pasos retorcidos y la boca agónicamente beligerante.
Me gustan, vuelven a gustarme dos cosas:
tu liviana grandeza y tu magnífica pequeñez.
A tu lado, a un minuto de la cosecha,
soy una luna fría de ningún crepúsculo.
Te poseo celestialmente —imagino—
y ambos celebramos una danza sin ofrendas ni sacrificios.
Verificamos ondulaciones, uñas,
sudor, saliva, posturas incómodas,
metamorfosis, escamoteos,
preocupados ríñones, míticos nectáreos seminales,
astuta lucha a muerte fratricida.
El guerrero ha perdido la paz, no la guerra.
Ahora supón que mis orígenes carecen de valles, ríos y collados,
¿podríamos entonces dialogar con un cuerno de caza?
Digo que ni el guerrero desfavorable querría
llamarte dama becqueriana,
mucho menos contender con lo más bruñido
de la amenazante caballería.
Estoy vencido de antemano.
Mi sustancia no galopa, no penetra.
Un millón de gatos mueren alrededor
de nuestros cuerpos en fuga.
Hace años, siglos, dije algo semejante
y mi mujer no me creyó.
Mis hijos eran ajenas provincias.
Yo era el rumor de los bronces derretidos,
pero bien sabía que iba a perder la cabeza,
la camisa, la perspectiva (Paolo),
las fábulas y los conjuros.
Lo supe y me tragué la verdad
de tu terrible Hermosura rodeada de siniestras alabanzas. ¡Cuánto lo siento, Vida mía!
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miércoles, 11 de noviembre de 2015
martes, 10 de noviembre de 2015
"Amor, eres lo único que tengo", de CARMEN GONZÁLEZ HUGUET (El Salvador, 1958-- d.n.e.).
agua que entre mis dedos se diluye,
que cuanto más persigo, más me huye,
por más que mi penar sin fin prevengo.
Tenaz tormento que al latir sostengo,
casa en la arena que el azar destruye.
Lunar marea, medra y disminuye
la herida de vivir que en ella vengo.
Rota de sed, desnuda y calcinada,
mi boca tu veneno dulce bebe
y bebe tu palabra alucinada
mi oído fiel. Cautiva en tu mirada
se me queda la piel enamorada
del borbotar templado de tu nieve.
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lunes, 9 de noviembre de 2015
"Estaba tendido", de LUIS CERNUDA (España, 1902-1963 d.n.e.)
Sus espaldas parecían dos alas plegadas. Lo besé en las espaldas, porque el agua sonaba debajo de nosotros. Entonces lloró al sentir la quemadura de mis labios.
Era un cuerpo tan maravilloso que se desvaneció entre mis brazos. Besé su huella; mis lágrimas la borraron. Como el agua continuaba fluyendo, dejé caer en ella un puñal, un ala y una sombra.
De mi mismo cuerpo recorté otra sombra, que sólo me sigue a la mañana. Del puñal y el ala, nada sé.
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domingo, 8 de noviembre de 2015
"Pandémica y celeste", de JAIME GIL DE BIEDMA (España, 1929-1990 d.n.e.)
muy tarde ya en la noche
hablemos hombre a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector —mon semblable, —mon frére!
Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo hacia otros cuerpos
a ser posible jóvenes:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.
¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir —aunque sea nada más que un momento—
igual deslumbramiento que a los veinte años!
Y es necesario en cuatrocientas noches
—con cuatrocientos cuerpos diferentes—
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.
Y por eso me alegro de haberme revolcado
sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,
mientras buscaba ese tendón del hombro.
Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones...
Aquella carretera de montaña
y los bien empleados abrazos furtivos
y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,
pegados a la tapia, cegados por las luces.
O aquel atardecer cerca del río
desnudos y riéndonos, de yedra coronados.
O aquel portal en Roma —en vía del Babuino.
Y recuerdos de caras y ciudades
apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
de escaleras sin luz, de camarotes,
de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
y de infinitas casetas de baños,
de fosos de un castillo.
Recuerdos de vosotras, sobre todo,
oh noches en hoteles de una noche,
definitivas noches en pensiones sórdidas,
en cuartos recién fríos,
noches que devolvéis a vuestros huéspedes
un olvidado sabor a sí mismos!
La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota
de la languer goütée a ce mal d'étre deux.
Sin despreciar
—alegres como fiesta entre semana—
las experiencias de la promiscuidad.
Aunque sepa que nada me valdrían
trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
Mi amor,
íntegra imagen de mi vida, sol de las noches mismas que le robo.
Su juventud, la mía,
—música de mi fondo—
sonríe aún en la imprecisa gracia
de cada cuerpo joven,
en cada encuentro anónimo,
iluminándolo. Dándole un alma.
Y no hay muslos hermosos
que no me hagan pensar en sus hermosos muslos
cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.
Ni pasión de una noche de dormida
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento,
los años de experiencia
de nuestro amor.
Porque en amor también
es importante el tiempo,
y dulce, de algún modo,
verificar con mano melancólica
su perceptible paso por un cuerpo
—mientras que basta un gesto familiar
en los labios,
o la ligera palpitación de un miembro,
para hacerme sentir la maravilla
de aquella gracia antigua,
fugaz como un reflejo.
Sobre su piel borrosa,
cuando pasen más años y al final estemos,
quiero aplastar los labios invocando
la imagen de su cuerpo
y de todos los cuerpos que una vez amé
aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.
Para pedir la fuerza de poder vivir
sin belleza, sin fuerza y sin deseo,
mientras seguimos juntos
hasta morir en paz, los dos,
como dicen que mueren los que han amado.
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