Ahora que la noche me susurra que ella y el agua son una misma presencia,
ahora que la voz del agua vuelve y nos invade,
ahora que en esa religión del agua he olvidado hablarte y hablarme
y por tanto nombrar al mundo y sus gestos,
tú deberías insistir, para que recuerde decir "tus manos" por ejemplo, o "mi lengua",
para que no olvide que es con los labios, la lengua y los dientes del origen
con los que velamos sobre nuestros nombres, más allá de esa boca asustada, dormida
y por todos olvidada, acaso por el recuerdo
de esa saliva y de esos dientes en tu boca, que lamen con ansiedad tu lengua,
para que ella me diga, para que ella descanse conmigo en el agua sin fluido,
y no recuerde que el agua y la noche son dos ausencias que crecen sobre un mismo nombre.
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